(Viene de la entrada anterior)
En 2011, llegó a su final la etapa de Hellboy dibujada por Duncan Fegredo. Y lo hizo a lo grande, nada menos que con su muerte. Tras las dos miniseries “La Tormenta” (2010) y “La Furia” (2011), el personaje no puso punto y final a su historia, pero su editorial, Dark Horse, sí cambió de planteamiento y formato editorial.
Al final de “La Furia”, Hellboy muere luchando
contra Nimue, la Reina de la Sa
ngre, y su cuerpo queda en la Tierra mientras su
alma desciende al infierno. La propia cronología oficial de Dark Horse sitúa su
muerte el 10 de agosto de 2011. Mignola regresaría a Hellboy como autor
completo en otra miniserie, “Hellboy en el Infierno”, de la que hablaré en otra
entrada. Pero antes, merecen la pena comentarse otras historias cortas que
fueron apareciendo durante este periodo.
En 2007, Duncan Fegredo había sustituido a Mignola como dibujante de los grandes arcos argumentales, mientras éste se reservaba para sí el guion y las portadas. Pero mientras la vida de Hellboy avanzaba hacia su destino final durante las miniseries “La Oscuridad Llama” y “Cacería Salvaje”, Mignola seguía simultáneamente escribiendo relatos independientes de su personaje destinados a explorar episodios de su pasado y publicados en formatos diversos.
Fue el caso, por ejemplo, del número único
“Hellboy en México” (2010), un episodio bastante singular que recupera un caso
en el que trabajó el personaje décadas atrás, cuando aún formaba parte de la
AIDP. Aquí vuelve a colaborar con Richard Corben, con quien ya había trabajado
con excelentes resultados en “Makoma” (2006) y “El Hombre Retorcido” (2008).
La historia se sitúa en 1956, cuando Hellboy tiene poco más de diez años de edad desde su llegada a la Tierra, y presenta una de esas aventuras que explican por qué el personaje terminó convertido en una figura casi legendaria entre los investigadores de lo paranormal. La narración comienza, sin embargo, en 1982, con Hellboy y Abe Sapien esperando ser recogidos por otros agentes en pleno desierto mexicano. A raíz del hallazgo, en una casa abandonada, de una vieja foto en la que aparece junto a unos luchadores locales, Hellboy aprovecha la espera para contarle a Abe lo que le ocurrió allí un cuarto de siglo antes.
En 1956, Hellboy había llegado México para
resolver un misterio y terminó v
iajando por el país durante meses junto a tres
hermanos, luchadores que habían abandonado el ring para dedicarse a combatir
vampiros y otras criaturas sobrenaturales. La premisa ya resulta
deliberadamente pulp: Hellboy, luchadores enmascarados, vampiros, templos
precolombinos, monstruos y borracheras se mezclan en una aventura que parece
salida de una película mexicana de serie B.
La historia se complica cuando uno de los
hermanos desaparece. Hellboy obtiene una información que lo conduce hasta un
templo maya, donde debe enfrentarse en solitario al luchador conocido como
Camazotz. Allí descubre que su adversario es, precisamente, el amigo perdido
que ha sido transformado en vampiro. Rodeado de zombis y criaturas monstruosas,
Hellboy se enfrenta a él y termina atravesándolo con una estaca de madera. La
muerte devuelve al monstruo su aspecto humano y Hellboy se ocupa después de
enterrar a su antiguo compañero. Aquella tragedia lo dejó devastado y, tras
separarse de los otros dos hermanos, se refugió
durante meses en los peores
tugurios, sumiéndose en una nube etílica que explica el subtítulo original: “Una
Borrachera de Campeonato”.
Cuando volvemos a 1982, Hellboy termina su relato, que concluye con una pequeña broma visual: en un cine, tres niños contemplan una vieja película rodada en Guadalajara el 3 de agosto de 1956, en la que aparece Hellboy, con máscara de luchador, enfrentándose a un contrincante disfrazado de pantera. Ese cierre tiene su sentido porque convierte las correrías del protagonista en México en una especie de película perdida de serie B, como si el propio cómic estuviera reconstruyendo una producción mexicana de terror y lucha libre.
La historia aborda el tema de la amistad y la
pérdida. Hellboy establece vínculos con personas con las que termina compartiendo
una existencia casi nómada hasta que la muerte de uno de ellos le afecta de
manera muy profunda. Esto recupera uno d
e los rasgos más interesantes del
personaje, a saber, que suele reaccionar ante lo sobrenatural de una forma muy
humana. No le interesa tanto descubrir qué es una criatura como decidir qué
hacer con ella. Y es que, en este caso, el vampiro que debe matar no es un
monstruo anónimo, sino su amigo.
Otro elemento importante es la mezcla cultural, presente en muchas de las historias de Hellboy. Mignola no utiliza México como simple escenario exótico, sino que combina la tradición de la lucha libre con el imaginario de los vampiros, la iconografía prehispánica y el cine fantástico popular. El resultado es una aventura que parece construida a partir de retazos de cultura popular procedentes de múltiples lugares. Y está, por supuesto, el alcohol. El Hellboy de 1956 aparece asociado a la camaradería, la cerveza y el tequila; el de 1982 recuerda aquella época desde una posición mucho más melancólica. La bebida funciona como factor humorístico, pero también como expresión de duelo.
Mie
ntras que Mignola construye sus imágenes a
partir de siluetas, masas negras, composiciones muy sintéticas y una reducción
deliberada de los detalles, Richard Corben parte de una concepción estética
mucho más física y voluptuosa. Sus personajes, sean humanos o monstruos, poseen
mayor volumen, textura y carnalidad. En “Hellboy en México”, esta
característica favorece la dimensión pulp de la historia porque los luchadores tienen
una presencia física muy marcada; los vampiros y monstruos parecen criaturas de
una película de terror de los años 50; y el héroe protagonista adquiere una
contundencia corporal que se distancia abiertamente de la estilización habitual
de Mignola.
Pero quizá lo más destacable de este historia
corta es que nos permite contemplar al personaje desde una perspectiva que las
grandes sagas apenas dejan vislumbrar. Aquí no tenemos al Hellboy que descubre
progresivamente su condición de demonio del Apocalipsis ni al guerrero que se
enfrenta a adversarios de talla mítica, como Nimue, Baba Yaga o Rasputín, sino
a un joven investigador paranormal que puede pasarse meses viajando con
luchadores, bebiendo tequila y cazando vampiros. Eso explica también por qué
Mign
ola pudo permitirse publicar esta historia en 2010, cuando la trama
principal del personaje se encontraba ya cerca de su resolución. El relato
funciona como una pieza lateral de la mitología. Sin modificar cuál será su
destino final, enriquece y matiza su faceta humana.
Pocos meses después de la aventura mexicana, Richard Corben repite como dibujante en “El Programa Doble del Mal” (2010), una historia muy peculiar en la trayectoria de Hellboy porque, pese a publicarse como número único, contiene dos relatos independientes conectados por un recurso narrativo que remite de forma directa al cine de terror clásico y homenajea las películas de monstruos y las sesiones dobles de las salas de barrio.
La historia comienza en un viejo cine
abandonado, donde un grupo de zombis asiste a la proyección de una sesión doble
de películas de terror. Las dos películas que están viendo son, en realidad,
los dos relatos que componen este volumen. La primera se titula “L
a Recompensa
de Sullivan”, y está ambientada en la Kansas de 1960. Hellboy recibe el encargo
de investigar el caso de Sullivan, un hombre que asegura haber recibido la
propiedad de una casa en circunstancias extrañas. Hasta que un desconocido le
entregó las escrituras de la vivienda, era un alcohólico sin futuro. Pronto
descubre que dicha casa mata a las personas que el nuevo propietario encierra en
una determinada habitación y, a cambio y como recompensa, le entrega oro a éste.
Sullivan consigue engañar a Hellboy e introducirlo en la habitación maldita,
donde descubre el auténtico origen del mal: el espíritu del dueño original. Hellboy
se enfrenta a él mientras, fuera, Sullivan recibe su recompensa: una enorme
cantidad de oro que acaba aplastándolo. Hellboy sobrevive, destruye los restos
del creador de la casa y consigue que el edificio se venga abajo.
La segunda película se titula “La Casa de
Sebek” y, en este caso, Hellboy se las tiene que ver con el empleado
enloquecido de un museo de Historia que ha conjurado una nueva amenaza
sobrenatural, Sebek, a través de una reliquia egipcia. Los museos son uno de
los espacios predilectos de Mignola en cuanto lugares donde objetos procede
ntes
de culturas desaparecidas mucho tiempo atrás conservan un poder que el mundo
moderno ya no comprende.
Las dos historias presentan, por tanto, una estructura similar: Hellboy llega a un lugar aparentemente ordinario y descubre que bajo su superficie existe una amenaza sobrenatural. La primera se apoya en una casa maldita; la segunda, en un museo y una reliquia asociada a un culto antiguo. Ambas comparten también el tema de la codicia de unos humanos que intentan aprovecharse de fuerzas arcanas que no entienden y que acaban destruyéndolos.
“El Programa Doble del Mal” no es una pieza fundamental para comprender la mitología de Hellboy, pero sí una de las que mejor sintetizan la relación de Mignola con el cine, el pulp y el terror clásico. Su importancia está menos en lo que cuenta sobre el destino del personaje que en lo que revela sobre sus influencias.
Otr
a historia que ilustra muy bien la
capacidad de Mignola para tomar un motivo clásico del terror -en este caso, el
vampiro y la amenaza de una plaga de no muertos- y transformarlo en un relato
de atmósfera gótica, tragedia familiar y horror sobrenatural es “Los Durmientes
y los Muertos” (2010), dos números dibujados por Scott Hampton y coloreados por
el habitual Dave Stewart.
Una vez más, la acción transcurre en el pasado de Hellboy, concretamente en 1966, cuando aún trabajaba para la AIDP, lo que Mignola vuelve a utilizar para enriquecer la biografía de su héroe sin interferir con el devenir de la serie principal que, en esos momentos, se aproximaba a su desenlace.
La trampa que Hellboy ha tendido a una vampira
en un caserón inglés se tuerce y, tras perseguirla por la campiña, se topa con
un anciano que no sólo la ha matado, sino que luego dispara a Hellboy. Cuando
éste recupera el conocimiento, el desconocido le revela que el monstruo era
Kate, su hermana, a la que había sometido un vampiro má
s antiguo, que también
torturó y dejó en un estadio intermedio entre la vida y la muerte a Mary, su
otra hermana. El anciano espera que la destrucción de Kate provoque la reacción
del vampiro que la creó y así darle la oportunidad de destruirlo. Hellboy se ve
así envuelto en una historia que no consiste en una simple cacería de vampiros,
sino una auténtica tragedia familiar.
El anciano conduce a Hellboy hasta Mary, pero la muchacha hace mucho tiempo que dejó de ser humana y, mientras ambos se enfrentan, los acontecimientos a su alrededor adquieren una dimensión más siniestra y potencialmente apocalíptica cuando el vampiro original, tras descubrir la muerte de Kate, despierta a los sirvientes bebedores de sangre que ha ido creando durante generaciones. Lo que había comenzado como un caso muy localizado y aparentemente menor, amenaza ahora con transformarse en una auténtica epidemia que amenaza a toda la Humanidad. Los agentes de la AIDP que se encuentran en el exterior comienzan a ser atacados por criaturas que surgen del subsuelo.
El vampirismo funciona aquí como algo más que
una mera amenaza física. Mignola lo convierte en una cadena de violencia que
pasa de una generación a la siguiente. Mary permaneció atrapada durante años
bajo el dominio del vampiro hasta perder su humanidad; Kate se convierte en uno
de ellos y el anciano ha vivido obsesionado con la pérdida y la venganza. Para
cuando Hellboy entra en escena, ya no es posible una solución limpia; para
terminar con la maldición hay que matar a quienes ya han sido transformados.
Esta dimensión trágica diferencia “Los Durmientes y los Muertos” de una historia de vampiros convencional. Hellboy no está ante criaturas malvadas sin personalidad y a las que sólo cabe eliminar. Algunas de las víctimas del monstruo se han convertido a su vez en monstruos y, en este sentido, Mary resulta ser un caso especialmente conmovedor, porque su condición no es consecuencia de una elección personal, sino de la violencia que ha padecido.
En cuanto a los Durmientes del título, hacen
referencia, claro, a los vampiro
s que el antagonista principal ha ido creando,
dejándolos dormir bajo tierra durante siglos hasta que reciben su llamada. Se
trata de una idea muy asociada al terror gótico: que el pasado no desaparece,
sino que permanece enterrado y puede regresar para destruir el presente. La
casa cumple la misma función: en su interior esconde cadáveres, secretos y
violencia familiar. Las habitaciones subterráneas, los ataúdes y los huesos
convierten el espacio doméstico en una especie de sepulcro. El hogar deja así de
ser un lugar de protección y se transforma en el epicentro de una maldición.
El dibujo de Scott Hampton dota a este relato de una estética bastante alejada de la de los otros autores que se han ocupado del personaje. Su aproximación gráfica es más pictórica, atmosférica y detallada, lo cual sintoniza bien con un relato de vampiros situado en la Inglaterra rural. Los bosques, la casa aislada, los interiores penumbrosos y las escenas nocturnas poseen una textura que acerca el cómic a la ilustración gótica. Hampton también presta una atención considerable a los rostros. La historia necesita transmitir miedo, agotamiento existencial y sufrimiento, y el dibujante utiliza las expresiones de los personajes para reforzar ese componente trágico.
(Continúa en la siguiente entrada)

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