(Viene de la entrada anterior)
Ed Brubaker y Sean Phillips llevan más de dos décadas colaborando en la creación de novelas policíacas en formato de cómic. Con la posterior incorporación como colorista del equipo de Jacob, hijo de Sean, el trío produce historias sólidas, fiables, bien narradas y con un estilo impecable. En resumen, son los mejores creadores de cómics policíacos de Estados Unidos y, si a veces se les subestima, es solamente por su impresionante prolijidad.
Brubaker ha
declarado que su inspiración para la serie “Reckless” son las
llamativas
portadas de las novelas policíacas de bolsillo de los años 60 y 70 que él cogía
de la biblioteca de su padre, estimulado por la promesa de sordidez, violencia
y sexo que sugerían esas ilustraciones. Ethan Reckless no es detective, aunque hace
investigaciones por el precio adecuado; y, desde luego, no forma parte de las
fuerzas del orden, aunque le gusta causar problemas a los malos. Es un solucionador
de problemas a sueldo. Si tienes una complicación embarazosa o un asunto
personal que no quieres que la policía conozca o que no puede solucionarse
rápida y justamente por las vías convencionales, él puede ayudarte.
Cada volumen
de la serie funciona prácticamente de manera autónoma. Como en las viejas
series televisivas, que tenían una entradilla en la que se ponía al espectador
en contexto con un breve repaso al personaje/s y su situación, en “Reckless”
basta saber que el protagonista es, como he dicho, una suerte de mercenario
selectivo; que trabaja desde El Ricardo, un cine abandonado que recibió como
pago de uno de sus clientes; y que tiene una joven ayudante, Anna, que le
recoge las llamadas, le echa una m
ano con las investigaciones y se encarga de
mantener el cine operativo –aunque cerrado al público.
No existe
una continuidad estricta en las historias que nos ofrecen Brubaker y Phillips
en esta serie. Cada álbum es un caso que se plantea y se cierra, sin dejar
cabos sueltos pendientes de resolver en una siguiente entrega. Eso sí, cada
historia está ambientada en un periodo posterior a la siguiente dentro de la
década de los 80; y, aunque, como digo, no hay una continuidad, sí es
recomendable leerlos en orden porque en cada uno de ellos se aportan datos
relevantes sobre el protagonista. En la historia de presentación, “Reckless”,
conocíamos el origen de Ethan, su pasado como infiltrado del FBI en un grupo
terrorista norteamericano en los 70 y la razón por la que sus emociones, tanto
las positivas como las negativas, quedaron anestesiadas. En el segundo volumen,
“Amigo del Diablo”, descubríamos otra faceta suya cuando estableció una
relación romántica destinada a un ineludible y amargo final. Y en este tercer
volumen, “Destruir a Todos los Monstruos” (2021), ambientado ya en 1988, Ethan
y Anna se ven obligados a afrontar las dificultades y ansiedades propias de sus
respectivas edades y reformular la relación de amistad y profesional que han
mantenido durante años.
Como en todas las historias de Reckless, esta comienza in medias res. El cine abandonado donde Ethan vive está en llamas. Al llegar al lugar, descubre a un hombre con una máscara de gas y una palanca. El prólogo termina con un golpe en su cabeza y, a partir de ahí, descubrimos en un flashback cómo la obstinación de Ethan fue la causa última de este ataque sobre él y, todavía peor, su compañera Anna.
Hasta este momento, Anna había sido un personaje secundario con carisma, una cinéfila con alma punk que ayudaba a Ethan en sus casos. Es capaz de ver a través de la actitud desdeñosa de su jefe y apreciar al hombre de principios que esconde en su interior. Puede quejarse, enfurecerse y entregarse a la melancolía, pero cuando las cosas se pongan difíciles, Ethan tomará la decisión correcta.
Co
mo en las
otras ocasiones, Ethan narra la acción desde el futuro. Ésta transcurre, como
he dicho, en 1988 y él y Anna llevan ya tiempo juntos, habiendo establecido su
propia dinámica. Pero cuando un “intruso” se interpone entre ellos, un muchacho
con el que Anna empieza una relación, el cambio irrita profundamente a Ethan.
Su incomodidad se traduce en comentarios pasivo-agresivos para pasar luego a
ataques directos. Su amistad llega a un punto crítico, y es entonces cuando un
político local requiere de sus servicios.
Isaac Presley es concejal del ayuntamiento y quiere contratar a Ethan para que encuentre pruebas que le permitan desprestigiar o incluso encarcelar a Gerard Runyan, un empresario inmobiliario muy influyente y con contactos en las altas esferas, que perjudicó gravemente a su padre y, con sus tejemanejes, provocó el deterioro económico y social de una parte de la ciudad. Ethan comprende que Runyan es un tiburón sin escrúpulos al que merece la pena retirar de la circulación y se pone manos a la obra. Al aceptar el caso, no es consciente de las consecuencias que ello tendrá para él mismo y para Anna.
Envejecer es
relativo. Pasar de los 36 a los 37 años, por ejemplo, no signific
a necesariamente
que cambien tus circunstancias materiales, sino más bien tu capacidad para
desenvolverte en ellas. Al mismo tiempo, dejar atrás los veinte puede ser una
perspectiva aterradora por la razón opuesta: es el momento de consolidar la
propia identidad. No solo ha cambiado el mundo, no solo hemos cambiado
nosotros, sino también quienes nos apoyan en las buenas y en las malas. Perder
el mundo que conocías puede no ser tan aterrador como perder a las personas con
quienes lo compartías.
Y así, “Destruir
a Todos los Monstruos”, más allá del caso criminal, es una historia reflexiva
sobre cómo afrontamos la inevitabilidad del cambio, sobre crecer y envejecer. Y
en esto juega un papel fundamental el tratamiento que aquí hace Brubaker de
Anna. Es ahora cuando conocemos su historia, cómo empezó a trabajar para Ethan,
las expectativas de su relación y cómo lidia con el proceso de maduración
personal. La diferencia de edad entre ambos permite a Brubaker examinar las
ansiedades propias de cada edad. Ethan, a sus 37 años, siente que su capacidad
física disminuye; sabe cómo resolver un enfrentamiento fí
sico contra un
adversario, pero su mente y su cuerpo se han convertido en dos cosas distintas.
No desea nada más que continuar con la vida que se ha construido, pero al igual
que sus emociones quedaron reprimidas por el accidente que sufrió muchos años
atrás, ahora empieza a tener dificultades para ejercitar sus habilidades físicas.
Anna, por el
contrario, se acerca a los 30 y quiere saber qué hacer con su vida adulta. Ha
pasado nueve años con Ethan, disfrutando de noches de cine a la carta en El Ricardo,
trabajando en casos y creciendo en un lugar que siente como su hogar. Pero ahora
tiene que decidir qué quiere hacer con su carrera, con quién quiere estar y
cómo puede alcanzar esas metas. Trabajar con Ethan ha sido divertido, pero al
entrar en la madurez, necesita encontrar la forma de consolidar su identidad.
De hecho, este es el punto de conflicto principal entre ambos: Ethan se ha
creado una burbuja para permanecer ajeno al cambio, mientras que Anna quiere
cambiar. Ethan quiere sentir que las cosas que amaba no se han desvanecido,
pero tiene que afrontar el paso del tiempo, mientras que Anna quiere acumular
experiencias nuevas. Y, sin embargo, ambos tienen que aprender que el hecho de
amar a alguien
, algo o un lugar no significa que se pueda conservar para
siempre, ni que no pueda ser amado en mayor medida por otra persona. Y esa
puede ser la píldora más amarga de tragar de toda la serie hasta ahora: el
hecho de que vayas a echar de menos a alguien no significa que no esté mejor
sin ti. (Por cierto, que resulta refrescante que no haya ni una chispa de
romance entre Ethan y Anna, y que los autores tensen su amistad utilizando fuerzas
internas y externas que nada tienen que ver con el amor o la atracción sexual
entre ambos).
En abril de
2019, en una playa del norte de California, Ed Brubaker fue arrastrado mar
adentro por una corriente mientras practicaba bodyboarding. Durante unos 30
angustiosos minutos, presa del pánico y el cansancio, intentó luchar erráticamente
contra la resaca, hasta que un joven bañista se lanzó al agua y logró
rescatarlo. Esta experiencia traumática marcó un punto de inflexión en su vida
y en su obra. La angustia existencial de ese momento y el pensamiento de qué le
dejaría a su familia si moría no sólo moldearon directamente la historia de la
novela gráfica “Pulp” (2020) sino que aceleró su decisión de abandonar casi por
completo los cómics mensuales tradicionales para
centrarse exclusivamente en
novelas gráficas originales junto a Sean Phillips.
Esa experiencia, como no podía ser de otra manera, se filtró a sus obras posteriores: la mencionada “Pulp”, “Mis Héroes Siempre han sido Yonquis”, “Bad Weekend”, “Cruel Summer” o esta entrega de “Reckless”. En todas ellas hay meditaciones sobre cómo ver de cerca la muerte no sólo cambia nuestra percepción de la propia mortalidad sino del mundo que nos rodea. En cierto sentido, “Destruir a Todos los Monstruos” se lee mejor no solo en secuencia con los otros dos volúmenes de “Reckless”, sino como obra complementaria de “Pulp” y “Bad Weekend”, en las que se introducen reflexiones sobre nuestro legado, amistades, carrera y objetos materiales frente a la muerte.
A estas alturas,
Brubaker ha afinado la estructura de cada entrega y toda la información, las
menciones a los dos volúmenes anteriores y la continuidad están simplificadas y
tienen sentido dentro del contexto de este libro. La presentación es mí
nima y
la historia empieza justo donde debe, sin desperdiciar ni una página. La voz de
Ethan Reckless ha madurado hasta adquirir un estilo propio y distintivo, y por
eso ya podemos confiar en su fiabilidad como narrador en lugar de tener que
descubrir quién es y por qué, como sucedía en el primer álbum.
Lo que distingue a la serie de “Reckless” de sus trabajos anteriores es su sobriedad y franqueza. Aquí no hay artificios narrativos innecesarios ni experimentaciones llamativas. La estructura es clara y eficiente: un comienzo explosivo que es el clímax de la historia, para pasar luego a un prolongado flashback que narra cómo Ethan y Anna llegaron a ese punto. Como en muchas historias de cine negro ambientadas en Los Ángeles, la trama gira en torno a un negocio inmobiliario que salió mal, y esa es la parte menos interesante. Brubaker no se detienen en escrituras, legislación ni contratos, sino que va directo al meollo del asunto: un tipo malo cometió actos ilícitos en el pasado y sigue cometiéndolos; Ethan y Anna deben atraparlo con las manos en la masa para ayudar a quien los contrató. Como en toda buena intriga detectivesca, por el camino hay giros inesperados y traiciones, y todo ello al servicio de lo que el novelista Jim Thompson decía que era siempre la esencia de la historia: las apariencias engañan.
Qui
zá el
único punto mejorable no sólo de este volumen sino de la serie en general hasta
este momento, reside en la caracterización de Ethan. Hemos visto que le han
sucedido cosas a lo largo de los años y cómo reacciona a diferentes
situaciones, pero, en el fondo, sigue siendo un enigma. Es el personaje menos
interesante de cada historia hasta ahora, y aunque la acumulación de
experiencias podría convertirlo en alguien con quien podemos empatizar, no
hemos llegado a ese punto. Por el momento, es, básicamente, un personaje impasible
que sirve para hacer avanzar la trama. En una película o serie de televisión,
el carisma del actor principal puede hacer que un personaje así funcione. Aquí,
todo lo que tenemos es la concisa narración de Ethan en primera persona y el sobresaliente
arte de Sean y Jacob Phillips, pero nada de todo esto hace que nos enamoremos
de Ethan Reckless.
El contraste
entre el estilo artístico de Sean Phillips y la cruda y contundente prosa de
Brubaker realza el tema de la edad. Phillips retrata la costa californiana con
una delicadeza casi onírica. La imagen de Ethan surfeando, por ejemplo, parece
sacada de una postal. Al mismo tiempo, cada
personaje tiene edad, pasado y un
carácter áspero. Este es un mundo de personas en conflicto, no solo entre sí,
sino a veces con la misma naturaleza del mundo. El caso que Ethan investiga
esta vez gira en torno al desarrollo urbanístico y los barrios fantasma en que
se convierten zonas antaño prósperas tras caer en manos de agentes
inmobiliarios sin escrúpulos. A cada paso, los paisajes idealizados de la
ciudad, la geografía urbana y el trazado de las carreteras se convierten en
desafíos cotidianos a superar. Hemos visto Venice Beach muchas veces en el cine
y la televisión, pero aquí Phillips nos muestra que la belleza evocadora de
esas imágenes a menudo representa una engañosa evasión de la corrupción, vileza
y miseria que se esconde al otro lado de la autopista.
De igual
modo, el uso del color por parte de Jacob Phillips ha alcanzado su máximo
esplendor. A diferencia de su brutal trabajo en “That Texas Blood” o la
cualidad onírica de “Mis Héroes Siempre Han sido Yonquis”, aquí nos ofrece algo
a la vez terrenal y cálido. El mundo de los años 80 de Reckless ya no existe,
ni siquiera en California. Podemos apreciar un minucioso es
fuerzo por plasmar
ese paisaje idealizado con matices acogedores y nostálgicos. El mundo parece
existir perpetuamente en la oscuridad de la noche o al atardecer; el día
siempre está a punto de terminar, el mundo cerca de acabarse… Así, la nostalgia
que evoca el color no es de mera distancia del pasado, sino de anhelo por lo
perdido.
Mi lado cínico interpreta la serie “Reckless” como un intento de Brubaker y Phillips por crear una propiedad intelectual atractiva para la pantalla. Todo en ella, desde el rápido lanzamiento (cinco volúmenes en menos de dos años) hasta su sencillez y franqueza conceptual y de ejecución, pasando por su protagonista casi vacío y fácil de llenar por un actor, apunta a que este proyecto podría tener ambiciones más allá de la página impresa. No sé si esta hipótesis se confirmará o no y, al final, no importa demasiado. Porque lo que sí es indiscutible es que Brubaker y Phillips son unos creadores tan sobresalientes que “Reckless” ofrece suficiente lectura absorbente como para disfrutarlo plenamente al margen de lo que suceda fuera de las viñetas. Es un cómic policíaco producido por autores con talento y especializados en el género. Y eso es suficiente.
(Continúa en la siguiente entrada)

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