(Viene de la entrada anterior)
Quizás se deba a que en todos sus demás comics trabaja con otros artistas, pero casi nunca se habla de Mignola como guionista. Sólo después de escribir “Hellboy” durante casi dos décadas, empezó a reconocérsele como tal. Incluso cuando ha trabajado con otros dibujantes como P. Craig Russell, Kevin Nowlan o Richard Corben, Mignola mantuvo su propio ritmo y estilo en las historias del personaje y ninguna de ellas se aleja, en el espíritu, de lo que él mismo habría dibujado. Con el paso de los años, perfeccionó el tipo de historia concisa, autónoma y evocadora que trata tanto sobre sus personajes como sobre el folclore, la mitología o el terror. En “La Tormenta y la Furia” (2010), con la que cierra la trilogía compuesta, además, como ya vimos, de “La Oscuridad Llama” (2007) y “La Cacería Salvaje” (2008) y pone punto final al épico arco de Hellboy en la Tierra, retomando las semillas que durante dos décadas fue sembrando en las narraciones más breves y construyendo una epopeya a partir de ellos.
La acción comienza de forma bastante
tranquila, con Hellboy y Alice Monaghan
conduciendo un pequeño coche de
alquiler por la campiña inglesa. Muy pronto se topan con el primero de muchos
enfrentamientos violentos que irán sucediendo hasta el final. Mientras tanto,
Hellboy deberá decidir si es el destructor o salvador del mundo; qué hacer con
ejércitos de nobles británicos muertos que se levantan de sus tumbas para ponerse
a su servicio como futuro rey; esquivar la magia de Morgana le Fay, la reina
Mab y Merlín; determinar el destino final de la espada Excalibur; enfrentarse a
los Cuatro Jinetes del Apocalipsis, el rey Voldemort y la Cacería Salvaje, una
visita de Azaroth, e incluso pactar con Baba Yaga. La intriga y la acción no
cesan ni un instante en las 176 páginas de este comic (que, originalmente, Dark
Horse publicó como dos miniseries de tres números cada una, “La Tormenta” y “La
Furia”).
En los veinte años de trayectoria que ya
acumulaba su personaje en este punto, Mike Mignola nunca trató de engañar al
lector respecto
al destino de Hellboy: gobernar este mundo como el Infierno en
la Tierra. Sus enemigos creían firmemente que él sería el diablo que ganaría la
batalla entre el Bien y el Mal. Eso es lo que hizo que esta extraña historia de
terror sobrenatural acerca de un tipo que parecía un demonio fuera tan
fascinante. Mignola lo representaba como alguien “normal”, cercano a nuestras
emociones e instintos, pero el mundo que lo rodeaba rebosaba de monstruos,
magia y fenómenos extraordinarios.
En “La Tormenta y La Furia”, todos esos
horrores y maravillas han alcanzado por fin a Hellboy, quien acaba de descubrir
en “La Cacería Salvaje” que en realidad desciende del Rey Arturo por parte de madre.
Puede que el linaje paterno quiera que reine en el Infierno, pero el materno desea
que se alce como el próximo y glorioso rey de Gran Bretaña. Mignola aborda y
resuelve por fin el conflicto central de la vida de Hellboy. Durante toda su
existencia se le ha dicho que está destinado a ser el catalizador del fin del
mundo, el rey de las hordas infernales y la mano derecha del Mal. La historia
explora su resistencia a aceptar un destin
o impuesto por la sangre y las
profecías, defendiendo su derecho a elegir su propio camino. Y a ese conflicto,
se añade otro, porque el héroe se encuentra atrapado no sólo entre dos posibles
destinos, sino, como he dicho, entre dos herencias imposibles: por parte de su
padre biológico, está destinado al Infierno, pero en esta etapa se descubre
también genealogía materna que lo marca como descendiente directo del Rey
Arturo, lo que le otorga derechos legítimos al trono de Inglaterra y a portar
la espada Excalibur. Hellboy resolverá el dilema cortando el nudo gordiano,
esto es, rechazando tanto la corona celestial de Inglaterra como el trono
infernal.
Porque lo único a lo que aspira Hellboy es a
recuperar su vida, reunirse con sus amigos en la AIDP y sentar la cabeza con
Alice, una chica agradable y normal (aunque bastante más mayor de lo que aparenta)
a la que una vez salvó de una amenaza sobrenatural. Pero antes de conseguirlo, debe
luchar contra un dragón por su propia alma. En las páginas previas a la batalla
climática que Mignola ha estado preparando desde el primer número de “Semillas
de Destrucción”, permite finalmente que su personaje se
encuentre a sí mismo y
descubra quién quiere ser. En las tres miniseries dibujadas por Duncan Fegredo,
Mignola recoge casi todo lo que ha pasado años insinuando sobre la verdadera
naturaleza de Hellboy y lo aclara y remata (a pesar de que al finalizar el
comic todavía queden algunos misterios por revelar).
Al principio de “La Tormenta y la Furia”, Hellboy decide enfrentarse a sus enemigos en solitario. Podría haber contado con la ayuda un gran ejército de resurrectos guerreros británicos, pero Mignola sabe que su héroe jamás haría eso. Incluso en su estado de embriaguez, huyendo de su supuesto destino, Hellboy sabe que no puede dejar que nadie más luche sus batallas. Ante la inminencia del apocalipsis y el despliegue de ejércitos colosales, tanto los monstruos y brujas de la Reina de la Sangre como los ejércitos ancestrales de Inglaterra, Hellboy toma la decisión de apartar a sus amigos y marchar en solitario. Asume que hay batallas y cargas personales que uno debe librar por sí mismo para proteger a los demás.
“La Tormenta y la Furia” no es solamente un
espectáculo de monstruos, fantasmas
y duendes, sino una historia de personajes.
Quizás por primera vez en veinte años, Mignola pone todo su empeño en
desarrollar su héroe, convirtiéndolo en algo más que un simple secundario con
el que recrear leyendas, mitos y cuentos folclóricos. Tras tantos años contando
las andanzas de Hellboy por el mundo, su creador le da una auténtica razón para
luchar por la justicia y el futuro de la especie entre la que ha vivido; una
misión trascendente que va más allá de la simple caza de criaturas
sobrenaturales como medio de evadir su profetizado destino. De esa forma,
Mignola consigue que el lector empatice y simpatice con este Hellboy que se
presenta como figura sacrificial e irónica, a saber, como demonio del infierno
que encarna algunas de las mejores y más admirables virtudes de la humanidad.
Para conseguir la vida que, después de tanto
tiempo, se da cuenta que desea, Hellboy debe enfrentarse al dragón místico que
lo ha estado manipulando desde el principio. A medida que el personaje avanza
en su viaje, Mignola no deja de lado la acción que también ha car
acterizado siempre
la serie. Las batallas están bien escritas y son entretenidas tanto a nivel
visceral como motor para el desarrollo de los personajes. Paralelamente a ellas
transcurre algún tipo de narración paralela de un evento que acontece en otro
lugar, proporcionando información adicional y significado a la escena
principal.
Hay mucha acción, sí, pero no por ello se descuida la atmósfera, tan importante también en la serie. Eliminando casi toda referencia al mundo real (excepto cuando el apocalipsis empieza a abatirse sobre el planeta), Mignola logra que cada página destile el sabor de un cuento de hadas. De hecho, los momentos más dramáticos de la miniserie no son tanto las batallas y duelos singulares como aquellas escenas en las que parece que el tiempo se ha detenido en el tránsito de una era a otra. “La Tormenta y la Furia” entrelaza de manera orgánica el mito artúrico, la brujería tradicional británica y las mitologías nórdica y eslava para contarnos el colapso de la era de la magia y la transición inevitable hacia un nuevo orden cósmico aterrador.
Puede sonar extraño, ya que se trata de su personaje,
pero Mike Mignola no era el dibujante idóneo para esta historia. Reclutar a Duncan
Fegredo para ilustrar estas
épicas miniseries fue un acierto completo, puesto
que este artista británico es capaz de plasmar a la perfección tanto las
batallas grandiosas como las luchas internas que Hellboy afronta en estas
páginas. Si observamos los cómics anteriores, Mignola es un maestro en dar vida
a sus historias, pero Fegredo las hace brotar de los personajes, manteniéndose
fiel al estilo narrativo que aquél estableció desde el principio en “Semilla de
Destrucción”.
En una historia en la que toda vida corre
peligro de muerte, Fegredo logra, de forma imperceptible, transformar la
perspectiva de un “hombre” que busca su lugar en el mundo a la de un héroe que
libra una de las batallas más importantes de la Historia. Es un cambio sutil
pero esencial. El arte de Fegredo tiene un toque duro. En el rostro de Hellboy,
tal y como lo dibuja, se puede apreciar la carga y el cansancio que hacen mella
en su espíritu. Ha pasado por mucho y, sin embargo, ha logrado encontrar la
felicidad con Alice sin necesidad de seguir bebiendo para olvidar. Fegredo transita
con fluidez y sin aparente difi
cultad de los momentos de acción desmesurada en
los que, por ejemplo, Hellboy lucha contra una especie de orco gigante, a otra
escena íntima en la que el protagonista medita sobre su futuro sentado en una
taberna rural. Es un maestro en la representación de bosques y aldeas
tranquilas tanto como de escenas multitudinarias, moviéndose con facilidad y
coherencia entre lo espectacular y lo sobrio, lo épico y lo íntimo. Pero, sobre
todo, es la humanidad y emoción que transmite en cada viñeta lo que hace que
"La Tormenta y la Furia" destaque por sobre todas las historias que
la precedieron.
Como ya he hecho otras veces, tengo que destacar el extraordinario trabajo del colorista habitual de “Hellboy”, Dave Stewart, que sabe acentuar el dramatismo de la historia y el dibujo. Los bosques lucen un verde exuberante, los castillos un azul solitario, y la violencia se representa con rojos y amarillos intensos. La violencia del color disminuye en el acto final, a medida que los personajes comprenden la tragedia del desenlace.
Mi principal crítica a “La Tormenta y la Furia”
es que, en algunos momentos, p
arece que la historia se acelera demasiado,
dejando sin desarrollar eventos interesantes relacionados con la batalla final.
El ejército de muertos vivientes, por ejemplo, es una aparición espeluznante,
pero apenas se le utiliza. Todo sucede muy rápido y hay poco tiempo para
asimilarlo. Es una historia con mucha acción, sí, pero eso no significa necesariamente
que todo tenga que discurrir apresuradamente. Un número más habría dado al
lector más tiempo para comprender bien lo que ocurre.
Por otra parte, el papel que desempeña Alice
quizá no justifica que aparezca tanto. Sin duda, está involucrada en la acción,
pero dados los pocos detalles que se habían dado sobre su pasado, el lector
puede asumir que tendrá un cometido más activo en la trama, en lugar de ser un
mero elemento al que otros personajes aporten información y expliquen ciertos
detalles. La forma en que el guion junta a Hellboy y Alice no resulta en un
romance convincente, al menos tal y como Mignola plantea sus diálogos (¿Llevan
saliendo una semana y ya planean mudarse j
untos a Estados Unidos? ¿A otro
continente? En un comic lleno de demonios, dragones y caballeros zombis esa
conversación es lo más descabellado que sucede). Al menos, en las viñetas donde
Fegredo los muestra pasando tiempo juntos o riendo, puede creerse que son una
pareja que se preocupa el uno por el otro. El arte, en este caso, tiene que encargarse
de lo que el guion no consigue y Fegredo lo hace únicamente a través del
lenguaje corporal y las expresiones faciales.
Pero estas pegas, en realidad, son menores. En general, “La Tormenta y la Furia” es una buena lectura, y una excelente conclusión a una larga trayectoria en la que Mignola logra encontrar el equilibrio perfecto entre el héroe y el monstruo. Hellboy se enfrenta al fin del mundo y lo hace solo, sin equipo que lo respalde ni aliados que lo acompañen. Está solo, abriéndose paso entre hordas de soldados no muertos para llegar hasta el dragón y hacer el sacrificio supremo para salvar al mundo. Entre brujas, trolls, cerdos parlantes y aterradoras criaturas cósmicas, Mignola por fin encuentra el corazón y el alma de su personaje emblemático.
(Continúa en la siguiente entrada)

No hay comentarios:
Publicar un comentario