19 abr 2026

2018- MIS HÉROES SIEMPRE HAN SIDO YONQUIS – Ed Brubaker y Sean Phillips


Ed Brubaker y Sean Phillips llevan trabajando juntos desde 1999, cuando el segundo entintó parte de la miniserie de Vértigo “La Escena del Crimen”. Su asociación creativa, sin embargo, se consolidaría algo después, en 2003, en la serie “Sleeper” para Wildstorm. A partir de aquí, fueron casi inseparables. Poco después del cierre de esa colección, crearon “Criminal” (2006), para el sello Icon de Marvel, una antología de la que ya hablé en su entrada respectiva. Esta carta de amor al género cosechó un gran éxito tanto de público como de crítica y fue encadenando arcos argumentales hasta 2011, momento en el que ambos decidieron poner en barbecho la serie hasta sentirse lo suficientemente inspirados como para retomarla con algo nuevo.

 

Y eso sucedió en 2018, en formato de novela gráfica y con la que los autores ganaron el Premio Eisner. “Mis Héroes Siempre han sido Yonquis” es una historia autónoma pero inserta en el universo compartido de “Criminal” y que recupera como protagonista a un personaje secundario de la primera etapa de esa serie.  

 

Ellie y Skip se conocen en las sesiones de terapia grupal de la clínica de adicciones en la que han sido internados, una de esas dinámicas que muchos terapeutas parecen adorar y que prácticamente todos los demás detestan. Y como sucede en muchos grupos de este tipo, las historias personales que se les obliga a compartir a los pacientes suelen ser menos veraces de lo que los terapeutas quisieran creer. Los adictos y su capacidad para mentir según sus circunstancias son parte integral de esta historia. No se puede confiar en lo que dicen sobre sí mismos, su pasado o sus motivaciones.

 

Esto plantea al lector un dilema bastante interesante: la pareja protagonista, joven y atractiva, no son de fiar. Si bien este es un recurso ingenioso para generar suspense e intriga (no hay un narrador omnisciente que lo cuente todo y el lector tiene que analizar fragmentos y tratar de discernir qué es verdad y qué no), también es un problema. Después de todo, si no podemos estar seguros de cómo son realmente los personajes, ¿cómo empatizar con ellos? Es un enfoque que potencialmente puede alienar a los lectores y, de hecho, por mucho que estemos hablando de Brubaker y Phillips, sin duda es algo que les sucede a muchos con esta historia.

 

Al principio, la trama recuerda a la de los clásicos amantes desdichados: dos jóvenes atractivos unidos por circunstancias inusuales, que forjan un vínculo no solo por su edad, sino también por el confinamiento forzado y las normas de la clínica que los oprimen e impulsan a rebelarse. Una especie de “Romeo y Julieta” con un toque de “Alguien Voló sobre el Nido del Cuco”. Esas insubordinaciones comienzan con pequeños gestos: robarle los cigarrillos a la doctora mientras Elli recibe una bronca (un detalle revelador: la figura de autoridad que le dice cómo vencer su adicción y lo malo que es ceder a ella no tiene reparos en fumar mientras lo hace), escaparse del edificio por la noche para fumar, hablar y besarse…  

 

Esta primera parte de la historia está magníficamente ejecutada por Phillips, que aporta detalles visuales perfectos, como las miradas cómplices que cruzan Ellie y Skip mientras alguien más habla, las expresiones finamente plasmadas con tan solo unas pocas líneas, una sonrisa pícara y cómplice que captura en una sola viñeta cómo se siente Ellie en ese momento mientras admite para sí ser una mala influencia y no tener intención de cambiar…

 

Esa rebeldía crecerá, sin embargo, cuando aparece la chispa del romance entre ambos. Dan el paso final, huyen del centro en el coche de otro interno, se convierten en okupas, roban drogas, trapichean y, convertidos en una suerte de Bonnie y Clyde, se entregan a satisfacer sus adicciones. Son jóvenes enamorados, con una actitud desafiante, y es fácil dejarse llevar por su alegría de vivir y su actitud de "al diablo con las consecuencias". Siempre hay algo embriagador en esa indisciplina juvenil y la pose de sabelotodo… excepto que cualquier lector adulto sabe que habrá consecuencias, especialmente, en su caso, dado que son adictos. Y esa condición, además, hace que, como ya dije, no pueda confiarse en sus motivaciones declaradas ni en lo que cuentan de sus respectivos pasados. Pronto queda claro que no todo ni todos son lo que parecen.

 

Entrelazado con todo esto está el amor por la música de Ellie, recordando al lector la importancia que ésta tiene en nuestras vidas y cómo a veces sentimos que alguien ha escrito las letras de nuestras canciones favoritas pensando en nosotros. La música es la banda sonora de nuestras vidas y, en el caso concreto de Ellie, la que ella ama y con la que se siente más identificada es la que fue compuesta o interpretada por artistas adictos.

 

Hay un cierto glamour morboso en todo esto, una romantización de lo que, en esencial, es una enfermedad mental. Ellie se alinea con ese punto de vista que reconoce el daño que pueden causar las drogas, pero también ve un lado positivo en su consumo como catalizadoras de creaciones artísticas de todo tipo: “¿Y por qué asumimos sin más que estar limpio es lo más maravilloso del mundo? ¿Y si las drogas te ayudaran a descubrir qué es lo que te hace tan especial. Como les ocurrió a David Bowie o Brian Wilson…¿O Lou Reed? (…) Nada de lo que hicieron cuando dejaron las drogas se puede comparar a esas grandes obras. Es como si la heroína y las pastillas les hubieran permitido llegar a una parte de su ser a la que nunca pudieron volver a acceder”. Es una fascinación y romanticismo enfermizos ligados a ese espíritu de rebeldía juvenil que en su día encarnó el rock.

 

La cuestión de si alguno de los personajes de esta historia necesita tratamiento médico se pasa por alto sin mayor reflexión, optando por ignorar la posibilidad de que alguien pueda buscar ayuda para sus problemas en lugar de, simplemente, hundirse cada vez más en un pozo determinista cuyos límites están definidos por una serie aparentemente infinita de malas decisiones. Ahora bien, al igual que la novela “Trainspotting” (1993), de Irving Welsh (o su adaptación cinematográfica a cargo de Danny Boyle), este comic tampoco glorifica el consumo de drogas. Muestra el caos en que esas pulsiones convierten las vidas de los adictos, pero también los subidones y por qué resultan tan atractivos. “Mis Héroes Siempre Han Sido Yonquis” ni se sube a la tribuna para condenar el consumo ni tampoco lo romantiza, sino que mezcla ambos aspectos, recordándonos que, como en todo en nuestras vidas, lo positivo y lo negativo no siempre están claramente separados, pueden ser confusos y estar interrelacionados

 

El tema es atractivo y cautivador en sí mismo, pero aquí es solo el adorno de una historia absorbente. Aunque, como dije al principio, “Mis Héroes Siempre Han sido Yonquis” está incluido en el gran universo compartido de la serie “Criminal” (Ellie había aparecido, siendo una niña, en el arco “El Último de los Inocentes”), lo cierto es que el elemento delictivo es bastante marginal y, podríamos decir, de poca monta. No hay tiroteos, robos ni estallidos de violencia. Es un romance, uno terriblemente oscuro y triste, que retoma otros temas muy presentes en la obra del dúo: dramas familiares, el peso del pasado, la manipulación o el poder seductor de las mujeres que, en última instancia, toman las riendas. En este caso, el énfasis se pone en la caracterización de Ellie y en cómo llegó a ser quien es.

 

A lo largo de sus diversas colaboraciones, Ed Brubaker y Sean Phillips siempre han presentado personajes muy bien desarrollados, tanto verbal como visualmente. Esto es algo que distingue especialmente sus comics criminales respecto a otros del mismo género. Sumergirse en el mundo y la visión de esos personajes es una de sus fortalezas, una que otorga fuerza y ​​credibilidad a la historia y quienes participan en ella. Sus comics criminales son tan absorbentes como difíciles de digerir porque están protagonizados por desgraciados que constantemente toman decisiones equivocadas y, como consecuencia, se perjudican a sí mismos y a quienes les rodean. Son siempre vulnerables, guardan algún terrible secreto y arrastran un pasado que los oprime. Ellie encaja a la perfección en ese molde: una joven atractiva ingresada en un centro de rehabilitación por su tío, pero que no cree tener ningún problema con su consumo de drogas, no se adapta al programa y, aunque es consciente de ser una mala influencia, tampoco está dispuesta a enmendarse.

 

Desde pequeña y habiendo crecido en un ambiente de adictos, ha idealizado las drogas, obsesionándose en particular con la música de una cinta magnetofónica que le regaló su madre fallecida. Dándose cuenta de que todos los artistas incluidos en esa playlist, desde Billie Holiday a David Bowie pasando por Gram Parsons o Nick Cave, (referencias que pueden resultar demasiado oscuras para los no melómanos o pertenecientes a las generaciones más jóvenes) consumían drogas en grandes cantidades, Ellie prefiere interpretar esto como una liberación de su musa creativa en lugar de un alivio a su tormento interior. A pesar de su aparente seguridad, acaba demostrándose que está muy perdida. Algunas de las escenas que recuerda de su pasado son verdaderamente desgarradoras, pero gran parte de lo que luego expresa verbalmente es superficial.

 

Ed Brubaker ha sido uno de los modernizadores del género negro en el comic, adaptándolo a la actualidad y mezclándolo con otros géneros, incluso con el terror sobrenatural (como en “Fatale”), pero siempre manteniendo el respeto a la esencia de las historias criminales. Aquí, como en casi todas sus obras, utiliza profusamente el monólogo interior en primera persona (característico de las novelas y películas de cine negro) condensado y con un obvio estilo literario, a través del cual se ofrecen tanto detalles sobre el caso como de la psicología del narrador. Mediante el uso extensivo de flashbacks y un ritmo impecable, construye un universo muy particular en el que el lector acaba sumergiéndose fácilmente.  

 

Gráficamente, esta obra se distancia de las colaboraciones anteriores de Brubaker y Phillips. Este último utiliza una línea increíblemente delicada, perfecta para las expresiones, complementándola con un vibrante coloreado de Jacob Phillips, diferente a todo lo visto en su trabajo anterior. La escala de grises propia del género negro se utiliza sólo en los flashbacks, mientras que la historia principal rebosa de azules fríos y tonos pastel eléctrico. En lugar de una aplicación plana, los colores son moteados y desgastados, lo que crea una atmósfera etérea y ligeramente psicodélica que captura a la perfección los estados alterados de conciencia en los que entran los adictos. Aunque los Phillips eligen una aproximación gráfica divergente a la de la serie principal de “Criminal”, no por ello dejan de transmitir toda la gama de emociones por las que pasan los protagonistas, desde la felicidad hasta la tristeza, desde la euforia hasta la amargura o la ansiedad.

 

A pesar del esmero con la que se construye la personalidad de Ellie, “Mis Héroes Siempre Han Sido Yonquis” es, en última instancia, un comic que se antoja un ejercicio narrativo demasiado estéril. El final es ingenioso, pero la trama es poco sustanciosa y nadie en esta historia inspira la menor simpatía. El hecho de que Ellie deje entrever sus nefastas intenciones desde el principio le resta dramatismo y suspense. Skip es un desgraciado que parece estar realmente enfermo, y ver cómo alguien se aprovecha de él no es nada agradable (aunque tampoco creo que los autores tuvieran intención de que lo fuera).

 

Con las pegas expuestas, dado que está firmado por un equipo creativo de primer nivel en la cima de su carrera, “Mis Héroes Siempre Han Sido Yonquis” no es ni mucho menos un comic insatisfactorio; simplemente se queda algo atrás respecto a otras de sus colaboraciones.

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario