Aunque es uno de los padres del Universo Marvel (fue creado por Bill Everett en 1939 en el número 1 de “Marvel Comics”) y tener el honor de ser el primer mutante, Submariner, el príncipe Namor, nunca ha gozado de demasiado aprecio por parte de los fans cuando se ha tratado de apoyar sus colecciones en solitario. Hay que decir que tenía varios puntos en su contra: un personaje exageradamente dramático y siempre dispuesto a saltar a la menor provocación, un escenario de opereta rancia (un reino submarino repleto de aburridas intrigas y luchas por el poder tejidos por malvados nobles) y un “uniforme” que se reducía a un bañador ajustado. Ninguno de los autores que se ocuparon de él parecía encontrar el enfoque adecuado y las series que le tuvieron como titular no aguantaron más de uno o dos años.
Pero hubo un momento en el que Namor sí pareció salir de esa mediocridad cuando un autor en el mejor momento de su carrera trató de hacer con él algo diferente. Tras su regreso a a Marvel desde DC a finales de los ochenta, John Byrne se propuso dar al personaje –al que ya había tratado en sus etapas en Los Cuatro Fantásticos y Alpha Flight- un giro radical que le hiciera atractivo para los lectores de finales de siglo. Y lo hizo apartándose de la amargura que por aquella época teñía tantos superhéroes, liberando al mutante submarino de sus ansiedades y lanzándolo a otro mar tan peligroso como los suyos: el de las finanzas. El resultado fue un comic que, mientras Byrne permaneció en él, ofreció entretenimiento superheroico puro y magníficamente narrado. Y ello aun cuando esta etapa, sobre todo al principio, resultó bastante errática.
En el arranque de la colección, Namor ha sido depuesto del trono de Atlantis y el mundo lo cree


Cuando Marvel relanzó al personaje de la mano de John Byrne, su campaña de publicidad mostraba a un Namor vestido con un elegante traje y un cigarrillo con boquilla en una pose que parecía sacada de una revista de modas. De monarca de un reino submarino, villano ocasional y miembro de los Vengadores pasaba a jugar en la liga de Bruce Wayne o Tony Stark: la de millonarios hombres de negocios con una doble vida como superhéroe. Fue la manera que encontró Byrne para romper con su pasado y entorno marino e introducirlo de lleno en el mundo del hombre de la superficie
Desde el comienzo del Universo Marvel, los tiburones financieros estuvieron presentes en el mundo de los superhéroes. Los guionistas con problemas de inspiración para llenar agujeros en sus historias siempre podían recurrir a algún ejecutivo de la Roxxon para hacer el papel de villanos en la sombra. Pero incluso esas eran situaciones que el héroe de turno

Namor también era un tipo propenso a la melancolía, pero jamás dejó que nadie que amenazara a su persona o su reino saliera impune. Una vez que el mundo de la superficie empezó a interferir con el suyo, no le tembló la mano a la hora de llevar la guerra a aquél. Y básicamente esto es lo que hace ahora, rechazando las tácticas “hippies” por inútiles. A los ejecutivos de las corporaciones les dan igual las sentadas y las llamadas al boicot. Son como tiburones en el océano de las finanzas globales, devorando más y más, sin pausa, imparables…hasta que se topan con un tiburón más grande que ellos. Y Namor siempre ha sido el tiburón más grande. Su inmensa arrogancia natural pasaba a ser, por fin, un valor apreciado en ese mundo de individuos con un ego mayor que su yate. No se acaba con esos tipejos pegándoles un puñetazo en la nariz o paralizándolos con rayos, sino jugando a su mismo juego y

Ahora bien, es un comienzo interesante que se olvida casi inmediatamente. Quizá Byrne se diera cuenta paulatinamente de que al fin y al cabo Namor no era el personaje adecuado para desempeñar ese papel; o puede que no supiera cómo desarrollar la premisa inicial, pero el caso es que ya en el número 2, vemos a los Alexander, al Hombre Submarino y a la prima de éste, Namorita, asentados en la sede de una nueva corporación, Oráculo. Del plan ecologista de Namor no se vuelve a hablar en lo sucesivo y los argumentos se centran, por una parte en el héroe haciendo frente a la amenaza de turno; y, por otra, en sus devaneos amorosos. En el número 1 flirtea con Carrie, en el 2, parece que su relación ya está en crisis y en el 6 empieza a acercarse a la manipuladora Phoebe Marrs.
Además y aun cuando Namor pasa a formar parte de la élite empresarial de Wall Street (al principio de incógnito, puesto que, como he dicho, el mundo le cree muerto), el comic sigue teniendo un enfoque claramente superheroico. En estos

El decorado del mundo de las altas finanzas le permite a Byrne introducir pinceladas de crítica social. Básicamente, lo que hace es llevar al terreno de los superhéroes la villanía financiera y corporativa en sus diferentes formas: consejos de administración y financieros codiciosos (la Roxxon, los Marrs), políticas empresariales que llevan a desastres medioambientales como el caso de la creación de Sluj, pasando por oportunistas o arrogantes millonarios (Cazacabezas) o ecoterroristas radicales (nº 4 y 5). Dentro de esta galería de “malos” de segunda fila, los más destacables por su insidia son los gemelos Marrs,

Pero en el nº 10, la serie cambia el paso. El ambiente financiero y de la alta sociedad parecía haber agotado su recorrido para Byrne, así que a partir de ese momento empieza a plantear la colección como una serie de aventuras superheroicas en las que se dedica a recuperar héroes de segunda fila del Universo Marvel pero por los que él sentía un cariño especial. En ese episodio, una de las subtramas que había ido planteando desde el nº 6, pasa a ser la principal: el regreso de viejos villanos nazis de la Segunda Guerra Mundial con ocasión de la reunificación de Alemania. Es una premisa que recoge el temor de la época respecto a las posibles consecuencias que podían derivarse de aquel acontecimiento político, pero que además Byrne utiliza para reintroducir al Hombre Supremo y la Mujer Guerrera,

No contento con eso, Byrne recupera para el Universo Marvel a la Antorcha Humana original, aquel personaje creado en 1939 por Carl Burgos, insertado en el Universo Marvel a mediados de los sesenta (en el Anual 4 de Los Cuatro Fantásticos) y mayormente olvidado desde entonces por la editorial. Aun más, retomando los personajes que diez años atrás ya había tratado junto a Roger Stern en el Capitán América (253-254, 1981), rejuvenece a una anciana Lady Farnsworth para que se convierta en una adolescente Spitfire y recupera también al moderno Union Jack.
Byrne ya había utilizado otros personajes del Universo Marvel en números anteriores: Reed y Sue Richards (de los Cuatro Fantásticos) e Iron Man ayudan a Namor durante la crisis del vertido del petróleo. Pero Byrne prefirió alejar al personaje de los grandes nombres de la casa. Por una parte, pensaba

Los números 13 al 16 sirven como interludio entre dos sagas. En ellos, además de avanzar un par de subtramas, se resuelve –quizá de forma apresurada y poco convincente- el tema del juicio a Namor por los delitos y crímenes cometidos en su pasado en el mundo de la superficie; también se profundiza y da mayor entidad al personaje de Phoebe Marrs y se reintroduce un personaje muerto largo tiempo atrás: Lady Dorma, la consorte de Namor. O, más bien, un clon suyo encontrado cerca de Atlantis y cuyo origen, en el que también tendrá que ver Namorita, se revelará en los números 19 y 20. Con su habilidad habitual, Byrne va introduciendo nuevos misterios conforme cierra otros.
Pero antes, en el nº 15, los aficionados volvían a reencontrarse con otro personaje perdido, uno



Por desgracia, su dibujo de corte clásico va deteriorándose a ojos vista más o menos a partir del número 15: pierde finura, toma atajos en la elaboración de fondos y definición de figuras y el entintado se vuelve más tosco. Fuera porque él mismo se diera cuenta de la pérdida de calidad de su trabajo o fuera una imposición de la editorial, Bob Wiacek regresa como entintador en los números 22 y 23. Los últimos números de Byrne como artista, el 24 y 25, lo acreditan de nuevo como dibujante completo y, también de nuevo, se detecta otro paso atrás en la calidad.

Las razones dadas por el propio Byrne para su marcha son un tanto vagas. Era evidente que su prestigio profesional a esas alturas le había facilitado manga ancha por parte de la editorial y que era el dueño y señor de la colección, llevándola por donde deseaba y usando los personajes que más le gustaban. Disfrutaba con Namor y se notaba. Sin embargo, al tiempo que su dibujo se deterioraba, sus ideas también empezaron a secarse. Él mismo admitió que pidió su relevo como dibujante esperando que ese cambio le renovara la frescura inicial. Pero el grafismo oscuro y expresionista de Jae Lee, muy diferente del suyo, no debió ejercer el efecto deseado y acabó marchándose de la serie.
El Namor que nos ofrece aquí Byrne es más explícitamente mujeriego de lo normal en el mundo de los superhéroes, pero, fiel a su temperamento orgulloso, no se lamenta por el fracaso de sus


El “Namor” de John Byrne es un comic de superhéroes ejemplar, un perfecto equilibrio entre

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