19 jul. 2017

2003- BATGIRL AÑO UNO – Scott Beatty, Chuck Dixon, Marcos Martín y Álvaro López



El nacimiento de Batgirl respondió a algo tan anodino como la necesidad de recuperar audiencia televisiva. La serie de “Batman” había cosechado un éxito colosal tras su estreno en 1966, pero al cabo de un año empezaba a mostrar claros signos de agotamiento, por lo que se apeló al editor de DC encargado de los títulos de Batman, el mítico Julius Schwartz, para que creara algún personaje femenino que pudiera insuflar nuevas energías a la serie. ¿Por qué femenino? Probablemente porque Catwoman había obtenido muy buena respuesta en el programa, pero claro está, la sexy mujer gato no podía aparecer de forma tan regular como para mantener continuadamente el interés del espectador masculino, así que los productores pensaron no vendría mal un refuerzo con curvas.



Schwartz se puso manos a la obra y creó a Batgirl con la identidad de Bárbara Gordon, la hija del comisario de Gotham; Carmine Infantino se ocupó de diseñar su aspecto, uniforme y equipo, motocicleta incluida; y el guionista Gardner Fox escribió el guión de su debut, en “Detective Comics” 359 (enero 67). Unos meses después, en septiembre, saltaba a la pequeña pantalla interpretada por Ivonne Craig. Pero en los años que siguieron el personaje no tuvo casi recorrido. Ya en los setenta Batman adoptó un tono más oscuro que poco o nada tenía que ver con el espíritu camp y la Bat-familia de los sesenta, por lo que Batgirl quedó como una incómoda reliquia de otra época con una presencia muy marginal en el Universo DC.

En 1988, Alan Moore deja parapléjica a Barbara Gordon en “La Broma Asesina”, marcando un punto de inflexión para el personaje que, merced al guionista Chuck Dixon, se transformaría unos años después, en 1995, en Oráculo, la hacker socia de Canario Negro en la lucha contra el crimen. Posteriormente, llegarían a existir otros cuatro personajes con el nombre de Batgirl, tres de los
cuales protagonizaron sus propias colecciones. Pero en el corazón de muchos fans sólo existe una, la pelirroja hija del comisario Jim Gordon. Por suerte para todos, de vez en cuando DC retoma al personaje para narrar alguna historia de su pasado, como es el caso de la obra que ahora comento.

“Batgirl: Año Uno” sigue la tradición de narrar el origen de los superhéroes más icónicos en forma de miniserie, expandiendo las historias originales –normalmente más sencillas-, modernizando al personaje y adaptando ese origen a los cambios que éste ha experimentado a lo largo de los años. Es esta una corriente que nació a raíz de “Crisis en Tierras Infinitas”, la miniserie que, literalmente, destruyó el Universo DC para volver a
reconstruirlo. Fue precisamente Batman el primer personaje con un arco argumental titulado “Año Uno”, una historia mítica firmada por Frank Miller y David Mazzuchelli. Aunque esta miniserie de Batgirl llega bastante tarde –casi veinte años tras Crisis- y en un punto en el que la heroína original ya no actuaba como tal –recordemos, había adoptado la identidad de Oráculo-, es un trabajo de muy recomendable lectura.

La miniserie nos retrotrae a una época más feliz dentro de los comics de los superhéroes, menos oscura y en la que los héroes disfrutaban con lo que hacían. Barbara Gordon, hija del detective de la policía de Gotham Jim Gordon (todavía no comisario), es una jovencita de gran inteligencia y talento informático recién graduada, que trabaja como bibliotecaria y que a pesar de su pequeña estatura y aspecto frágil quiere seguir los pasos profesionales de su padre en las fuerzas de la ley. Pero éste, muy consciente de lo peligrosa que es la ciudad, no quiere ni oír hablar de ello. Más por accidente que resultado de un plan, Barbara acaba embarcándose en una carrera como luchadora enmascarada contra el crimen: mientras asiste a
una fiesta de disfraces con un traje de Batman para fastidiar a su padre, unos criminales interrumpen en el evento y ella les planta cara con éxito.

A partir de ese momento, la historia nos narra sus esfuerzos por mantenerse viva en esas actividades nocturnas al tiempo que las esconde de su cada vez más mosqueado padre. Por supuesto, sus incursiones atraerán la atención de los dos vigilantes “oficiales” de Gotham, Batman y Robin, con los que tendrá una relación algo complicada. Mientras que Batman trata constantemente de desanimarla para que abandone una misión para la que no está preparada, Robin parece estar ayudándola a escondidas de su tutor, aconsejándola y pasándole equipo que ella no podría permitirse con su sueldo de bibliotecaria. Incluso colabora con Canario Negro en un número.

Su principal enemigo es un supervillano conocido como Polilla Asesina, un criminal absurdo y
de segunda fila que ni siquiera consigue ser tomado en serio en el mundo del lumpen de Gotham. Pero las cosas se ponen feas cuando decide aliarse con Luciérnaga, un pirómano psicópata infinitamente más peligroso.

Como ya mencioné más arriba, este tipo de relatos “Año Uno” son tanto una oportunidad de ampliar y desarrollar los viejos orígenes de los héroes para un lector más moderno y –se supone- más sofisticado, como una puerta abierta a la reinvención integral de dicho origen. En esta ocasión la miniserie se encuadra más en la primera modalidad puesto que no hay nada que difiera en exceso de cualquier versión pasada del origen de Batgirl. De hecho, el enfrentamiento con Polilla Asesina había sido el punto de arranque de la heroína allá por 1967 (Luciérnaga, eso sí, no había intervenido en aquella historia). Por su parte, Polilla Asesina es un fracasado que no
debiera haberlo sido. Creado en 1951, era una suerte de reverso oscuro de Batman, un millonario que se alquila a otros criminales de la misma forma que Bruce Wayne-Batman “presta sus servicios” a la policía de Gotham.

El resultado global es muy disfrutable. Su éxito creativo se debe en parte al tono más ligero, amable, humano y a ratos humorístico que se le da tanto a la historia como al personaje en contraste con otros títulos de la Batfamilia. Bárbara es una jovencita irónica y entusiasta, una muchacha bastante “normal” en contraste con el porte oscuro, solemne y a veces incluso inhumano de Batman. Ese aire liviano viene dado también por la participación de unos villanos decididamente ridículos aunque tal espíritu se diluya un tanto con la incorporación de Luciérnaga y su inclinación a utilizar su lanzallamas para carbonizar salvajemente a sus enemigos (aunque en verdad esas escenas no son demasiado explícitas y están sobre todo pensadas para incrementar el sentimiento de amenaza que recae sobre la protagonista).

Suele tenderse a enfocar las historias retro de Batgirl de tal forma que sintonicen con la
atmósfera oscura del universo de Batman, convirtiéndolas en una suerte de relatos de “pérdida de la inocencia”, como el número especial “Batman: Batgirl” (narrando su primer encuentro con el Joker), “DC 1st: Batgirl/Joker” (con mayor énfasis en la Batgirl moderna) o “Girlfrenzy: Batgirl” (la heroína peleando contra un villano homicida). Por tanto, está claro que los guionistas deciden seguir una línea más original bajo el presupuesto –acertado en mi opinión- de que el atractivo de Bárbara reside precisamente en que no es simplemente un Batman con grandes pechos y que debe tener su propia personalidad, perspectiva y entorno. No suele ser fácil para los guionistas masculinos adoptar una perspectiva femenina sin parecer pedantes, ignorantes de la condición del género opuesto o, aun peor, moralizantes. Pero Dixon y Beatty, dos de los escritores más vinculados a los títulos de Batman de los noventa, consiguen salvar ese obstáculo sin tropiezos.

La Batgirl que aquí se nos presenta constituye un soplo de aire fresco dentro de la Batfamilia, un grupo de héroes compuesto de huérfanos traumatizados e individuos movidos por la sed de venganza. Batman considera su tarea de protector de Gotham como una obligación, una responsabilidad y una pesada carga que lleva cabo a rodeándose de misterio y proyectando terror en los criminales. Bárbara Gordon, en cambio, disfruta con lo que hace y sabe perfectamente que eso es lo que la aleja de su inspirador. Hay una viñeta en la que piensa: “Batman habría terminado la pelea hace tres minutos. Pero no se estaría divirtiendo”. Tanto se divierte que no sólo no se amilana ante las letales amenazas a las que debe hacer frente ni por los errores que comete, sino que se esfuerza continuamente en mejorar su desempeño. Ser superheroína no es fácil pero cuando amas lo que haces, lo intentas todavía con más intensidad.

Cuando Bárbara quiere ser policía, su padre no la deja; cuando se dirige a la Sociedad de la
Justicia y les demuestra que podría ser un miembro valioso de ese supergrupo, Wildcat la rechaza; cuando se pone su traje definitivo, Batman le dice que no tiene derecho a llevarlo (lo que hace que ella le pregunte quién demonios le dio derecho a él para vestir el suyo)…. “Batgirl: Año Uno” es una historia acerca de las decisiones que debe tomar Bárbara y su lucha por ser dueña de su propio destino. Un destino que, todos los aficionados a Batman lo saben, acabará en tragedia –y en el curso de la historia hay detalles que a eso apuntan-. Pero los guionistas no compadecen a Bárbara porque tampoco ella misma se arrepentirá nunca de las decisiones que ha ido tomando sin importar cuáles sean las consecuencias.

Dado que es un relato del tipo “Año Uno”, encontramos la inevitable inclusión de fragmentos proféticos o líneas irónicas que se supone el lector veterano será capaz de entender al conocer el futuro del personaje. Es el caso, por ejemplo, de su emparejamiento temprano con Canario Negro (tras quedarse paralítica, ya lo dije, Bárbara formara equipo con ella en el dúo “Aves de Presa”). Hay también una subtrama sobre el origen
de Jason Bard, un detective del Universo DC al que anteriormente no se había relacionado con Batgirl. Su adición aquí es hasta cierto punto innecesaria pero tampoco está mal encajada. De cualquier forma, el lector poco familiarizado con estas sutilezas no se perderá nada porque funcionan bien no sólo como heraldos de eventos por venir, sino en el propio contexto de la historia y en absoluto dificultan la comprensión de la lectura para los no iniciados.

La miniserie, como ya apunté, es muy disfrutable e incluye excelentes escenas de acción –tanto épica como bufonesca- y algunos trucos narrativos como el del capítulo seis, en el que la acción está contada de forma deliberadamente ambigua y no es hasta el final del mismo que el lector puede unir todas las piezas.

Si alguna pega se le puede poner a esta historia es su extensión. Nueve números se antojan demasiados para contar una historia que, en el fondo, es bastante sencilla. Salvo una breve aparición de Blockbuster, Polilla Asesina y Luciérnaga son los únicos
villanos durante toda la aventura y el papel de los personajes secundarios es bastante limitado (incluso las apariciones de Jason Bard). Entiéndaseme bien: no es que la historia de la sensación de transcurrir con lentitud o tener mucho relleno insustancial, sino que Beatty y Dixon –como muchos guionistas modernos- alargan durante varias páginas escenas que en realidad podrían contarse en muchas menos. Tampoco estamos ante una historia particularmente compleja en la que cada relectura revele matices nuevos, referencias sutiles o detalles que habían pasado inadvertidos en una primera revisión. Es por ello que quizá la miniserie podría haber resultado más compacta y satisfactoria con solo seis números.

El dibujo de Marcos Martín, a caballo entre el de Tim Sale, David Mazzuchelli y Bruce Timm, resulta ideal a la hora de conjugar todas las necesidades del guión: es al tiempo sencillo y ligero, incluso un poco caricaturesco, capturando el espíritu amable de los comics de los sesenta sin descuidar el dinamismo, la atmósfera nocturna de Gotham y el diseño de personajes más actuales. Su línea recoge la
elegancia de maestros clásicos como Alex Toth pero al mismo tiempo es inconfundiblemente moderno en sus dinámicas composiciones, sinuosa rotulación y la energía congelada de sus personajes en plena acción. El ritmo que imprime a la narración es tan rápido que uno corre el riesgo de no prestar la atención debida, por ejemplo, a la arquitectura de su Gotham, mucho mejor plasmada de lo que pueda parecer a primera vista.

El estilo de Martín recuerda vagamente a las mujeres fatales del “Spirit” de Will Eisner –aunque con menos curvas y más movimiento-, las damas de los carteles publicitarios del modernismo y el deje caricaturesco de “Batman: The Animated Series”. A diferencia de muchos de sus colegas, más interesados en encajar simultáneamente los culos y pechos de las heroínas en la misma viñeta, Martín prefiere hacer hincapié en la naturalidad, energía y carácter de Bárbara por encima de cualquier sugerencia erótica. En este sentido, los rostros que dibuja están perfectamente definidos por la cantidad necesaria de líneas. Martín sabe utilizar las ventajas de un dibujo minimalista, sin caer en los excesos. Cada personaje tiene sus expresiones características, ya sea la obsesión maniaca de un villano, las muecas adolescentes de superioridad de Robin o la fiera determinación de Bárbara.

Mención aparte merece el color a cargo de Javier Rodríguez y el estudio Heroic Age. Su paleta
cromática está dominada por los dorados o marrones en sus tonos más suaves, pero también hay ramalazos de color –por ejemplo el traje de Robin o la melena de Batgirl- que le dan una viveza especial justo cuando ésta es requerida. Asimismo, Rodríguez demuestra una notable pericia a la hora de colorear las llamas, los faros de los automóviles y la fusión cromática de los fondos.

“Batgirl: Año Uno” es, en resumen, una historia muy entretenida y elegantemente dibujada que mezcla perfectamente la acción con el desarrollo del personaje principal, que tiene un tono ligero pero que no evita salpicarlo de algunos momentos oscuros. Para amantes del comic de superhéroes bien hechos y, desde luego, seguidores del universo de Batman.



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