14 jul. 2017

1980- CONAN REY (2)



(Viene de la entrada anterior)

De los números 5 al 8 (marzo-diciembre 81), Roy Thomas continúa adaptando obras ajenas, en esta ocasión la novela “Conan el Vengador”, escrita en 1968 por el autor sueco de fantasía Björn Nyberg y L.Sprague De Camp. Se trata de una narración en flashback que el conde Trocero refiere a Conn mientras regresan a Aquilonia finalizada su aventura anterior. Se trata de un argumento tópico y carente de interés: años antes de que naciera Conn, la reina Zenobia fue secuestrada por una criatura y Conan emprende su búsqueda llegando hasta la lejana Khitai y enfrentándose a múltiples enemigos.


De nuevo, los defectos de esta historia no son tanto achacables a Thomas como a los escritores, que elaboran un pastiche destinado, ahora más que nunca, a los aficionados más veteranos. Y esto es así porque episodio tras episodio se van rescatando personajes del pasado de Conan, bien sea para ajustar cuentas finales con ellos, bien como sentido adiós: el hechicero Pelías, sus saqueadores zuagiros del desierto, el rey Yezdigerd, Rolf de Asgard, la reina Yasmina o sus colegas piratas del mar de Vilayet. Encontramos los elementos de siempre: duelos singulares, incursiones, fugas imposibles, combates con monstruos, mujeres hermosas (algunas perversas y otras deseosas de colaborar en todos los sentidos), brujos, etc… Sin embargo, hay algunos detalles bastante significativos que están fuera de lugar, como que Conan recurra a la magia (en forma de anillo hechizado) para vencer a sus enemigos; su comparecencia ante Crom para que en un torpe deux ex machina lo devuelva a la vida y derrote al hechicero de turno; y las dos mujeres con las que se encama de camino a rescatar al que se supone es el amor de su vida.

En resumen, no hay nada nuevo aquí. A un buen comienzo le sigue una trama progresivamente más inverosímil y excesivamente alargada en la que unas cosas suceden a otras sin solución de continuidad, para terminar de forma tan predecible como implausible. Eso sí, gracias al buen hacer de Thomas, Buscema y Ernie Chan, la lectura es soportable aun cuando se detecte un progresivo cansancio y desgana a partir de la mitad del nº 7. Quizá fuera debido a la marcha de Roy Thomas, que en 1981 y por razones que ya comentamos en otra entrada, abandonó Marvel por DC, dejando huérfano a Conan.

De hecho, en el número 9 (marzo de 1982) comienza lo que podríamos denominar como segunda etapa de la colección. Al frente de los guiones encontramos a Doug Moench, un guionista que claramente estaba fuera de su entorno en la era hiborea. Lo suyo eran las historias de espionaje o con tintes terroríficos o policiacos, siempre con abundante acción, como ya había demostrado en “Master of Kung Fu”, “Caballero Luna”, “Doc Savage”, “Hombre Lobo” o “Deathlok”, series todas ellas de Marvel. Desde su entrada en “Conan Rey” quedó claro no sólo que los bárbaros y los brujos no eran lo suyo, sino que ignoraba mucho del mundo creado por Howard y desarrollado por Roy Thomas.

La primera historia, “Los Huesos del Hombre Marrón”, transcurre en tierras de los pictos,
donde Conan y su hijo acuden para negociar un acuerdo de paz con uno de sus jefes. Este presupuesto ya choca frontalmente contra lo que se había establecido anteriormente respecto a la relación entre aquilonios y pictos, pero es que además Moench aborda la historia como si de un western se tratara. Los pictos son retratados como un pueblo bastante civilizado –dentro de un orden, claro-.más parecido a los indios americanos que a las belicosas tribus escocesas de la antigüedad de la que toman su nombre. Ni siquiera el guionista –ni, ya puestos, John Buscema- se molesta en recrear el entorno de estos, los espesos y claustrofóbicos bosques en los que había luchado años atrás Conan. Tampoco el equipo Buscema-Chan se muestra inspirado. Es difícil que un narrador tan profesional y experimentado como John Buscema ofrezca un mal trabajo, pero está claro que realizó este número (casi el último de los que se encargó en la colección. El último sería un fill-in, el 17) bien por motivos alimenticios bien por hacerle un favor a Marvel y facilitar la transición del siguiente equipo creativo.

La cosa empeora en el número siguiente, el 10 (mayo 82), “El Colmillo de Set”, un refrito de “El Mundo Perdido” y “King Kong” sin ningún interés y dibujado de forma bastante tosca y sucia por Ernie Chan en solitario. Moench iniciaba aquí una subtrama sobre una conspiración contra Aquilonia (¡otra más!) que se prolongará hasta el número 13 (noviembre 82). Por supuesto, dicha intriga está urdida por un trío de hechiceros ajustados a los esperables clichés (ni siquiera Moench fue capaz de distanciarse de los estereotipos raciales y sexuales): un fornido negro, un maquiavélico chino (con un nada casual parecido con el Ming de “Flash Gordon”) y una sensual y perversa hechicera de Ofir (correspondiente a Arabia). Conan viajará a una lejana isla para enfrentarse y derrotar, uno por uno, a todos ellos.

La verdad es que cuanto menos se hable de estos números mejor. Son previsibles, absurdos y, para colmo, mal dibujados. Alan Kupperberg y unos primerizos Ron Frenz y Marc Silvestri no eran ni de lejos sustitutos aceptables para John Buscema. Uno tiene la impresión de que con la salida de Thomas y Buscema de la colección, los editores perdieron la fe en las posibilidades de la colección, procediendo a asignar a la responsable de la serie, Louise Jones, un presupuesto insuficiente para contratar a autores realmente competentes. A partir de este momento, la serie parecería dibujada por amateurs recién salidos de un fanzine. Hay graves fallos en cosas tan
básicas como la perspectiva o la anatomía y todo el conjunto tiene aspecto de haberse realizado de forma apresurada y con poco interés.

Lo único bueno que se puede decir de estos episodios es que Moench hizo un intento por agrietar la relación, hasta ese momento platónica, entre Conan y Zenobia. Ésta desaprueba la terquedad de su marido, su tendencia a enfrentar personalmente y en solitario los peligros del reino y el riesgo que esa actitud supone para ella y sus hijos. En los números siguientes, por desgracia, estropea ese enfoque en el número 14 (enero 83), donde la convierte en compañera guerrera de su esposo, un giro inverosímil e inconsistente con una escena de ese mismo episodio en la que ella actúa de guía sensata de Conan y custodia de las tradiciones reales de Aquilonia. Es esta una aventura verdaderamente estúpida en la que ambos, junto a un brujo, se enfrentan a un demonio representado de forma muy poco inspirada por Silvestri.

El último episodio firmado por Moench, el 15 (marzo 83), es algo mejor, un homenaje
melancólico a los inicios de Conan como ladrón. Durante una visita de incógnito a una taberna de Tarantia, el rey conoce a Thandar, un ladrón pendenciero y fanfarrón que le recuerda a él mismo cuando era joven. Tras un choque inicial y una vez revelada la identidad de Conan, Thandar le confiesa que es un admirador de su época juvenil de ladrón y le propone asociarse para hacerse con un tesoro oculto en las ruinas de un templo. Aunque el desarrollo es previsible (incluso los imprescindibles guardianes del templo son reciclados de una aventura anterior de Conan, “La Espada Llameante”) y el dibujo de Silvestri no llega ni a mediocre, el personaje de Thandar es atractivo y podría haber dado más juego de haber permanecido Moench más tiempo en la colección.

En el número 16 (mayo 1983), los aficionados, por fin, detectaron las primeras señales de que algo podía estar cambiando. Ello fue sin duda obra del nuevo editor a cargo del título, Jim Owsley, seudónimo tras el que se ocultó el más tarde famoso escritor de ciencia ficción Christopher Priest. Fue él quien animó al nuevo guionista regular de la colección, Alan
Zelenetz, a profundizar en la caracterización de personajes y establecer un plantel de secundarios fijos con los que asentar las tramas (tramas en las que él también colaboraba).

Zelenetz era por entonces un recién llegado al mundo del comic y encontró su lugar en Marvel gracias a que por esos años se produjo un éxodo de guionistas hacia DC (el propio Roy Thomas, o Gerry Conway, por ejemplo), dejando huecos en bastantes colecciones. Amante y conocedor de la mitología clásica, llamó la atención gracias a una muy interesante historieta corta sobre Thor –ilustrada magníficamente por John Bolton y publicada en el nº 32 de “Aventuras Bizarras” (agosto 1982)-. Ello fue probablemente lo que le valió el puesto de guionista de la colección regular de Thor (marzo del 83), una etapa que hoy ha pasado al olvido tanto por los mediocres dibujantes que le asignaron (Herb Trimpe, Bob Hall, Don Perlin, Mark Bright) como por quedar –justamente- oscurecida por la inmediatamente posterior a cargo de Walter Simonson.

Simultáneamente, tuvo lugar su primer contacto con la Edad Hiboria de Conan, en una prescindible historia para el nº 83 de “La Espada Salvaje de Conan” (diciembre 82). De ahí, entró de lleno en la fantasía heroica de Howard, escribiendo tanto las aventuras de “Kull el Conquistador” (en su segundo volumen) como las de “Conan Rey”, los dos monarcas más famosos de la fantasía heroica en los comics (con perdón del depuesto Elric de Melniboné, claro).

Su trabajo en “Conan Rey” estuvo marcado por el abandono de las fórmulas más trilladas a favor de relatos en los que predominaba el estudio de personajes, la intensidad emocional y la intriga política. Ya en ese primer episodio, “Sangre de Aquilonia”, se pone de manifiesto su interés por dotar de mayor protagonismo e independencia de criterio al príncipe Conn. Nada más empezar la historia, Zelenetz plantea un dilema: un destacamento aquilonio en maniobras es atacado por unos rebeldes y descubre a continuación un importante alijo de armas fabricadas fuera del reino. Conan opta inmediatamente por sojuzgar la plaza supuestamente rebelde por la fuerza, pero Conn se le opone públicamente, posicionándose en contra de la violencia y, por tanto, de su padre. Ello lleva a un conflicto que, vista la primera
saga escrita por Thomas, parecía imposible. Conn resulta ser no sólo hijo de un salvaje cimmerio sino de la refinada Zenobia, y eso es algo que preocupa y decepciona a Conan. Para aliviar las tensiones, el conde Trocero, un firme aliado y amigo del rey, se lleva a Conn de viaje “de iniciación” por otras tierras hiborias. Mientras Conan lleva a cabo su campaña contra la plaza rebelde, Conn aprende por la fuerza en sus viajes que su tierra natal, Aquilonia, es a pesar de todos sus reparos, un faro de civilización en el mundo hiborio. Finalmente, ambos, padre e hijo, se reconcilian y el guionista se las arregla para que la situación se resuelva un poco a gusto de todos. Puede que no sea lo suficientemente valiente como para llevar la propuesta inicial hasta sus últimas consecuencias, pero desde luego aquí ya se apreciaba una dirección nueva y prometedora.

El 17 (julio 83), Zelenetz empieza a deconstruir el personaje de Conan, restándole heroísmo para mostrar el lado más oscuro de su vida personal. Tras todos los años que lleva en el trono, es incapaz de asentarse y asumir sus verdaderas responsabilidades, causando sufrimiento a su familia. Así, cuando la princesa semita Ayelet acude a palacio para
solicitarle ayuda en su aspiración a ocupar el trono que legítimamente le corresponde, en lugar de enviar tropas decide ir él en persona desoyendo los ruegos de una cada vez más infeliz Zenobia. Incluso, quizá atraído por esa joven con innegable parecido, aptitudes y circunstancias a las de su antiguo amor Belit, desplaza y humilla a su hijo, mucho más cercano a la edad de Ayelet que él mismo. Este número, además, cuenta con dibujo de John Buscema entintado por Rudy Nebres, todo un respiro tras la mediocridad de Marc Silvestri.

El 18 (septiembre 83) es un fill-in dibujado en solitario por Rudy Nebres, una aventura bien escrita pero sin demasiada trascendencia que transcurre durante el viaje de vuelta de Conan a Tarantia tras completar su misión de ayuda a Ayelet. Silvestri vuelve a estropear con sus torpes dibujos el siguiente episodio, 19 (octubre 83). Por lo menos, a partir de este momento y durante bastante tiempo el lector tendrá como mínimo el goce de disfrutar de las impresionantes portadas de Mike Kaluta, uno de los mejores ilustradores de fantasía contemporáneos. Las suyas son cubiertas impactantes, de diseño y ejecución impecables, elegantes y nada obvias (en bastantes de ellas ni siquiera aparecerá Conan).

La premisa de la historia es harto conocida por repetida: durante un viaje de Zenobia a Argos, es secuestrada por unos piratas barachanos que tienen el poco tino de pedir rescate por ella a
Conan. Éste, como era de esperar, monta en cólera y sale en persecución de los piratas, robando un barco, obligando a su tripulación a seguirle en su arriesgada empresa e incluso sofocando a sangre y fuego el motín que estalla por su testarudez. Zenobia vuelve a hacer una vez más de damisela en peligro al que el héroe debe rescatar, un cliché propio de la literatura pulp más rancia. Pero al menos Zelenetz tiene el acierto de introducir un personaje, Nestor, que consigue en parte conquistar el corazón de Zenobia con su nobleza, algo que quizá no habría logrado de no hallarse ésta un tanto harta de convertirse en víctima por culpa del puesto de su marido. No ayuda al resultado final el flojísimo dibujo de Silvestri, que no es capaz de dar personalidad propia a los piratas barachanos y los retrata como bucaneros del siglo XVII, Barbanegra incluida.



(Finaliza en la siguiente entrada)

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