13 feb. 2017

1999- 100 BALAS – Brian Azzarello y Eduardo Risso



Imagina que un extraño te ofrece un maletín en cuyo interior encuentras una pistola, cien balas imposibles de rastrear y pruebas incontrovertibles acusando a la persona responsable de lo peor que te hubiera ocurrido en la vida. Imagina que ese extraño te asegura que si te cobras venganza con esa pistola y esas balas, nadie te perseguirá. ¿Lo aceptarías?

Ese misterioso individuo es el Agente Graves y él y sus maletas portadoras de muerte y dilemas morales son el arranque de uno de los mejores cómics de temática negra de comienzos del nuevo siglo.



El inicio del sello Vértigo de DC Comics, orientado a lectores adultos, puede rastrearse hasta la Invasión Británica que experimentaron los comics mainstream norteamericanos en los años ochenta y comienzos de los noventa. Esos autores ingleses pioneros (Alan Moore, Neil Gaiman, Grant Morrison, Jamie Delano…) firmaron historias de terror sobrenatural y fantasía gótica que difícilmente podían encontrar fácil acomodo en el universo superheroico de DC. Karen Berger se convirtió en la impulsora y editora de este nuevo subsello que empezó especializándose en ese género específico con colecciones como “La Cosa del Pantano”, “Hellblazer” o “Sandman”.

El género negro hard-boiled no fue algo por lo que el comic norteamericano sintiera demasiado interés en los años noventa, y ello aun cuando aquél hubiera nacido precisamente en Estados Unidos. Incluso el “Sin City” (1991) de Frank Miller tendía más hacia la caricatura y la hipérbole que a respetar el gris realismo de cultivaban Raymond Chandler o Dashiell Hammett. Vertigo, Wildstorm o Image Comics exploraron las esquinas más oscuras del comic con diferentes colecciones, pero no prestaron interés por el género negro. Hubo excepciones, claro, como “Balas Perdidas” (1995) de David Lapham, pero éste no dejaba de ser un producto nacido en una editorial independiente y con una repercusión limitada. Lo mismo podía decirse del “Whiteout” (1998) de Greg Rucka, publicado en Oni Press. Vértigo sí dio cabida en su sello a “Sandman Teatro del Misterio”,
historias detectivescas de inspiración pulp escritas por Matt Wagner que, sin embargo, carecían de la agresividad y tono corrosivo propios de la ficción criminal americana contemporánea.

Durante varios años, Vértigo se nutrió del molde establecido por los autores ingleses aun cuando muchos de éstos acabaron marchándose a otras editoriales. A finales de la década de los noventa y a través de una serie de historias cortas, volúmenes unitarios y colecciones limitadas, el subsello empezó a diversificar sus temáticas, en buena medida gracias a los esfuerzos del editor Axel Alonso. Y así, en 1998, aparece la miniserie “Jonny Double”, que preparó el camino para el regreso del noir a las viñetas y de la que ya hablé en otra entrada de este blog. En ella no sólo se reinventaba un olvidado personaje del universo DC para insertarlo en una intriga sangrienta y retorcida relacionada con el dinero de Al Capone, sino que reunió por primera vez a un dúo creativo destinado a hacer historia: Brian Azzarello y Eduardo Risso.

Pero la colección que consolidó definitivamente el género negro no sólo en Vértigo sino en todo el
cómic mainstream fue “100 Balas”. Se trataba éste de un proyecto que Azzarello llevaba rumiando desde hacía tiempo pero que el editor Axel Alonso prefirió aparcar momentáneamente por considerarlo demasiado ambicioso. A cambio, ofreció la ya mencionada “Jonny Double”, cuya buena acogida brindó a ambos autores el visto bueno de Karen Berger para la serie regular de “100 Balas”. Combinando lo mejor del “Sin City” de Frank Miller con las intrigas de novelistas como David Goodis o Richard Stark, la serie sedujo instantáneamente a una multitud de lectores y generó un nuevo interés en los relatos oscuros, melancólicos y retorcidos de venganzas, protagonizados por personajes marginales y salpicados con abundante violencia, erotismo y palabrotas.

Los maletines y las balas que contienen son sólo el anzuelo con el que Azzarello atrapa al lector en los primeros arcos argumentales, la punta del iceberg de una historia mucho mayor, más oscura y profunda. Es en esa primera etapa donde se presentan a los personajes que el guionista utilizará como peones en el tablero de una siniestra partida. La primera en recibir el “regalo” del Agente Graves es Dizzy Cordova, una joven hispana recién salida de prisión y aún tratando de digerir las muertes de su marido e hijo pequeño mientras estuvo allí. Graves le asegura que lejos de tratarse de muertes accidentales durante un ajuste de cuentas entre bandas, fue un homicidio deliberado cometido por dos policías corruptos. ¿Qué es lo que hará Dizzy con esa información y la pistola “limpia” que le ofrecen? ¿Se lanzará a la venganza, libre del miedo a ser atrapada y castigada por la ley? ¿O no se dejará arrastrar por sus instintos pese a la inmunidad prometida?

Dizzy es la que fija el molde para los siguientes receptores del maletín: individuos que han tocado fondo o que se hallan muy cerca de ello, moralmente ambiguos pero con potencial tanto para el bien como para el mal. Todos ellos han perdido algo: un ser querido, la familia, su patrimonio, su futuro… y la
oferta de Graves llega justo en un momento crucial de sus vidas. Ante ellos –y ante el lector- se abre un dilema moral: aceptar la oferta de Graves y llevar a cabo su venganza, o no hacerlo. El descubrimiento de la verdad nunca les aporta alivio ni libertad, sino angustia, confusión y desgracia.

El segundo arco argumental está protagonizado por el camarero de un bar nocturno de mala muerte que descubre quién le arruinó la vida al colarle en su ordenador pornografía infantil; en el tercero, la intriga se apoya en un jugador, su mejor amigo y un accidente de automóvil que ambos tuvieron años atrás y que no sucedió como todo el mundo cree; el siguiente se centra en un aparentemente inocente vendedor de helados…

Los primeros arcos argumentales siguen, por tanto, la misma fórmula. Se puede tener la impresión de que ésta acabará repitiéndose hasta quedar convertida en un cliché sin gracia como sucede en tantos comics o series de televisión mediocres. Ni mucho menos. Porque la maleta de Graves es sólo la excusa para contarnos una historia más amplia. Cada arco ahonda en la situación, pasado y personalidad de una de las “víctimas” de Graves. Y cada una de ellas es diferente, tiene una personalidad y entorno distintos y reacciona de forma personal al dilema que se le plantea y no siempre de la manera en que uno espera.

Pero es que, además, esa fórmula se abandona una vez presentados los personajes principales. Cuando uno pensaba que la serie iba a estructurarse como una antología, un conjunto de arcos argumentales tenuemente hilvanados en los que Graves no era más que una excusa para contar lo que verdaderamente interesaba al autor, descubrimos a la altura del número 10 que eso no era más que una ilusión, que Graves es, de hecho, el centro de algo muy importante y secreto que debe revelársenos y que esos personajes a los que Graves ofrece la maleta, lejos de estar elegidos al azar, han sido escogidos por una razón muy concreta. Poco a poco, con las vidas de todos ellos, Azzarello va tejiendo un tapiz mucho más amplio en el que acaba dibujándose una gran conspiración de siglos de antigüedad y de ámbito mundial. El Agente Graves fue el jefe de los Milicianos, siete brutales sicarios al servicio de un grupo de trece familias muy poderosas asociadas secretamente en un consorcio conocido como El Trust y que durante siglos han marcado desde las sombras las reglas por las que se ha regido la economía del país. Cuando el equilibrio de poder y el juego de lealtades en el seno del Trust cambia, los Milicianos son perseguidos y desactivados. Pero Graves demuestra ser más duro e inteligente de lo que nadie había supuesto y decidido a obtener su propia venganza reúne a su antiguo equipo, ahora para enfrentarse a sus antiguos dueños.

Dada la larga duración de la obra, no es recomendable revelar aquí mucho del por lo demás muy
complejo y retorcido argumento. Un análisis más pormenorizado le arruinaría a quien no haya leído la obra los giros y sorpresas que constituyen buena parte del atractivo de esta colección. De hecho, sólo en los últimos números se cierran todos los misterios abiertos, completando por fin el rompecabezas cuya primera pieza se había colocado en el capítulo uno y clarificando las relaciones que existían entre todos los personajes.

“100 Balas” es, por tanto y sobre todo, una absorbente obra coral en la que se dan cita docenas de personajes importantes, desde los principales hasta los meros peones que se cruzan en su camino pero cuyas vidas también interesan. En cuanto a los principales, sus filas van engrosándose poco a poco, sus personalidades perfilándose conforme el guión añade tantos matices como secretos en el pasado de todos ellos. Cada arco argumental introduce una nueva pieza en la larga y mortal partida que narra esta larga historia, o bien un cambio de lealtad o un nuevo rumbo para alguno de ellos. Dizzy, Loop Hughes, Cole Burns, Lono y decenas de otros personajes entran y salen de la historia, ponen en marcha acontecimientos que tendrán consecuencias mucho más adelante, trazan tantos planes como los que frustran e incluso mueren
cuando ya el lector se había familiarizado con ellos y hasta les había cogido cierta simpatía. En esta colección, es mejor no encariñarse con nadie porque casi con seguridad se llevará un buen disgusto.

Mientras que se han citado como influencias literarias de “100 Balas” a nombres clásicos como Raymond Chandler, Jim Thompson, Elmore Leonard, Eddie Bunker o Dashiell Hammett, parece indudable que Azzarello también ha encontrado inspiración en cineastas modernos como Quentin Tarantino (“Reservoir Dogs”, “Pulp Fiction”), Francis Ford Coppola, Martin Scorsese o Bryan Singer (“Sospechosos Habituales”). “100 Balas” no tiene remilgos a la hora de mostrar el crimen y las vidas y mentalidad de quienes viven en y de él. Como sucede en los guiones de David Mamet, probablemente los delincuentes reales no hablen como los del comic, pero deberían. Hay cierto postureo posmodernista en los diálogos que escribe Azzarello y, de hecho, se le ha acusado de priorizar el estilo sobre el fondo, pero en general su prosa consigue un buen equilibrio entre la sofisticación intelectual y la vulgaridad barriobajera, la mordacidad sarcástica y el ritmo enérgico propio del género negro clásico.

Ahora bien, “100 Balas” no es una serie sórdida por el simple gusto de serlo. Sí, hay sexo
enfermizo, violencia explícita y montones de palabras malsonantes pronunciadas por un extensísimo plantel de individuos en diferente estado de degradación física y moral. En este sentido, Azzarello y Risso aprovecharon generosamente la calificación “Recomendado para lectores adultos” que lucía en sus portadas la colección. Pero, a pesar de toda esa desolación humana en forma de sangre, sexo y marginalidad, las historias no carecen en absoluto de corazón. Los personajes (a mitad de camino entre lo realista y lo estereotipado) pueden ser capaces de matar, pero también de amar a alguien distinto de sí mismos. Es esa dicotomía, presente sobre todo en la primera parte de la serie, lo que exploran los guiones: lo que se ama frente a lo que se desea, una vida de violencia contra una libre de ella, el valor de la vida de una persona contra el de otra. Cole Burns, uno de los Milicianos, se ve obligado a asesinar a su novia porque ésta, heredera de una de las familias del Trust, rompió las reglas que él ha jurado proteger; otro de los asesinos, Wylie Times, se ve obligado a matar por piedad a un genial trompetista de jazz después de que éste haya resultado gravemente herido …

Brian Azzarello sabe escribir sobre gente: construye bien los personajes y los diálogos y, de hecho, lo mejor de la serie son los dramas que transcurren bajo la línea narrativa principal y cuyos protagonistas se presentan y desaparecen en el curso de cada arco argumental. Menos creíble y bastante más alambicada es toda la trama tocante a la gran conspiración del Trust y la guerra entre familias y de éstas contra los Milicianos. Para un guionista que se precia de escribir comics “realistas”, esta especie de sucedáneo de “Expedientes X” resulta algo hueca en comparación con las tragedias cotidianas que tienen lugar en sus márgenes. Esa cierta implausibilidad de la trama general no es óbice para que Azzarello la narre de forma impecable, introduciendo detalles aquí y allá que se recogerán muchos números más adelante, estableciendo complejas y cambiantes relaciones entre los personajes, evitando las recapitulaciones y resúmenes e incluso prescindiendo por completo de las tradicionales cartelas de texto con las que acotar la acción geográfica o temporalmente. Este es, por tanto, un comic para lectores atentos, un comic que requiere una lectura activa porque el guionista no lo sirve todo perfectamente masticado. No sólo hay que recordar quién es quién, dónde recaen sus alianzas y en qué lugar se encuentra, sino que en la propia acción se intercalan frecuentes flashbacks que ofrecen nuevas perspectivas sobre lo que habíamos leído hasta ese momento.

La lectura de “100 balas” es un retorcido y sangriento recorrido por la naturaleza del crimen y los criminales en Estados Unidos, desde las altas esferas hasta los ambientes más depauperados, desde los drogadictos tirados a los grandes ejecutivos, desde California a Nueva Inglaterra. Azzarello supo reunir todos los elementos del género negro (desde las mujeres fatales a los misteriosos justicieros, del detective perdedor a las poderosas familias del crimen) y actualizarlos a los tiempos modernos. Por ejemplo, en lugar de limitar la acción a los tradicionales bajos fondos de una ciudad concreta y a un reparto limitado de personajes, lo amplía al ámbito internacional, presentando un extenso y variado plantel de figurantes. Hay historias de redención y pérdida de la inocencia, de padres e hijos (algunos se odian, otros se admiran y otros compiten entre sí), relatos de justicia, venganza y retribución, jugadores compulsivos, drogadictos, pandilleros, estafadores, asesinos a sueldo, atracadores, pederastas, adúlteros, periodistas demasiado curiosos para su propio bien, contrabandistas y traficantes, músicos de jazz enamorados sin esperanza…
prácticamente no se deja una miseria humana sin tocar, pero siempre sin perder esa esencia tan identificable pero difícilmente definible del auténtico noir… o mejor dicho, neo-noir.

Las mujeres de “100 Balas” están a menudo hipersexualizadas, muy en la línea de la tradicional “representación” del sexo femenino en los comic-books, y son objeto del deseo, la misoginia, la violencia o las burdas bromas de los personajes masculinos. Dos de ellas, sin embargo, constituyen sendos ejes alrededor de los cuales gira la serie: Dizzy Cordova, con quien la serie empieza y termina; y Megan Dietrich, heredera de una de las familias del Trust.

Ambas son mujeres independientes e inteligentes pero, en muchos sentidos, cada una de ellas representa los dos extremos opuestos hacia los que convergen los personajes masculinos de “100 Balas”: una latina y una blanca, morena y rubia, vulgar y sofisticada, directa y manipuladora… Dizzy, expandillera, exconvicta, viuda y aún doliente por la muerte de su hijo, deja atrás sus orígenes y se reinventa, con la ayuda de Graves y el enigmático Señor Shepperd, en Miliciana. Megan Dietrich, en cambio, es la nueva
cabeza visible de su familia, alguien que defiende con fiereza sus intereses y privilegiada posición y cuyas alianzas –a diferencia de la inquebrantable lealtad de Dizzy- cambia según su conveniencia y necesidad.

Sin lugar a dudas, uno de los factores del éxito de “100 Balas” fue el espectacular arte de Eduardo Risso, un arte que comprende y refleja a la perfección la prosa de Azzarello (lo cual no deja de resultar chocante porque ambos profesionales no se conocerían personalmente hasta años después de comenzada su colaboración y, además, Eduardo Risso no hablaba inglés, viéndose obligado a recurrir a un amigo bilingüe para que le tradujera los guiones que debía ilustrar). El estilo, ritmo e intensidad que el dibujante argentino aporta a la historia es colosal. Bebiendo de otros maestros del género en viñetas, como el español Jordi Bernet (“Torpedo 1936”) o su compatriota José Muñoz (“Alack Sinner”), sus planchas destilan elegancia aun cuando el mundo que retrate sea el más peligroso y decadente. Insufla en los personajes una vida extraordinaria que pocos autores pueden igualar. Cada una de sus páginas es una lección de dibujo, narrativa,
composición e iluminación. El ojo no puede sino demorarse en sus viñetas, por mucho que lo que en ellas se muestre sea lo peor que imaginarse pueda.

Aunque el comic cuenta con el extraordinario color de Grant Goleash y Patricia Mulvihill, éste no tapa en ningún momento el preciso trabajo de iluminación de Risso. Como todo buen cómic de género que se precie, luz y sombra se mezclan no sólo temáticamente, sino también gráficamente. Risso utiliza con maestría tanto su precisa línea como los volúmenes negros no sólo para crear la atmósfera general, sino para resaltar determinados momentos o elementos importantes desde un punto de vista narrativo: un rostro en sombras del que sólo se ve una luminosa y torva sonrisa o unos ojos aterrorizados, una figura a contraluz, una habitación en penumbra donde se está cometiendo un asesinato o una calle alumbrada por farolas en la que algo terrible va a suceder…

Risso es un artista virtuoso capaz de dibujar cualquier cosa y hacerlo bien. Y, encima, parece conseguirlo sin dificultad. Sus viñetas están repletas de
detalles que pasan a primera vista desapercibidos pero que aportan auténtica vida y realismo a las escenas. Una oficina, por ejemplo, tendrá todo el equipamiento propio de la misma por insignificante que pueda parecer, desde un botellín de agua hasta un simple clip, cada mesa tendrá un modelo de teléfono o de lámpara diferente y estará ordenada de distinta manera según quien la ocupe. Puede que, llevado por el ágil ritmo narrativo, el ojo pase por alto todos esos detalles en una primera revisión, pero una lectura más atenta los sacará a la luz y hará que el lector se demore en cada plancha, valorando en su justa medida el enorme talento de Risso.

En el cambiante mundo del comic actual resulta muy raro que los equipos creativos duren demasiado. No es el caso de Brian Azzarello y Eduardo Risso, que, en una hazaña poco común, colaboraron en total sintonía mes tras mes durante diez años y cien números. Dado este largo periodo, es natural que el dibujo de Risso evolucionara. Conservando siempre sus características principales, en la primera etapa sí se percibe cierto aire cartoon casi feísta deudor del dibujo de Frank Miller en sus figuras y rostros – eso sí, sin perder nunca del todo su aire naturalista- y un afán más evidente por impactar al lector ofreciendo planos y puntos de
vista muy inusuales, como desde el fondo de un cenicero sucio, reflejos en un plato de sopa o a través del agujero que una bala ha abierto en una cabeza. En otras ocasiones, es el fondo o la acción que debería estar en un segundo plano la que pasa a ocupar el centro de la viñeta, un efecto que obliga al lector a detenerse y fijarse bien en lo que ocurre. Más adelante, su estilo narrativo y línea se estilizan y aunque estos sorprendentes planos nunca llegan a desaparecer, cierta sobriedad se adueña de las planchas.

No es fácil abordar un comic en el que aparecen tantísimas muertes, pero Risso lo resuelve no sólo con eficacia, sino con verdadero talento. A veces, los asesinatos son explícitos y salpican al lector con toda su sangrienta crueldad; pero en otras ocasiones, los homicidios sólo se sugieren, mostrándolos bien de forma indirecta, bien ya consumados. Risso sabe que a veces causa más impacto lo que se imagina que lo que se ve, y lo aprovecha para construir secuencias de tensión creciente. Con igual pericia trata otro de los aspectos del género negro, el erotismo. No hace falta recurrir a los desnudos para que un comic sea adulto y aunque aparecen muchas mujeres (algunas fatales, otras no tanto, muchas sensuales y elegantes y
otras de un erotismo más vulgar), Risso sabe cuánta superficie corporal mostrar sin caer en el mal gusto (también es verdad que dibuja a todas las mujeres demasiado sensuales para ser reales, pero no se si calificar esto como un verdadero defecto).

Su estilo narrativo, por otra parte, es atrevido, dinámico e impredecible. Al volver cada página uno puede encontrarse o bien con planchas compuestas de ocho o más pequeñas viñetas con planos detalle, o bien viñetas-página, viñetas ordenadamente colocadas o esparcidas por toda la página como si se trataran de fotos de crímenes arrojadas sobre la mesa de un detective.

En el apartado gráfico, resulta imposible no mencionar las espectaculares portadas de Dave Johnson, cien ilustraciones magníficas e innovadoras que constituyen una excelente introducción a la historia a la que preceden. Alejadas de la típica cubierta del comic-book mainstream, Johnson metamorfosea su arte para ajustarse a la historia del arco argumental en cuestión homenajeando de paso y de forma más o menos explícita diferentes estilos, modas, películas o colegas artistas, desde la psicodelia sesentera al cartelismo comunista, de Tim Bradstreet a Brian
Bolland, de “Vacaciones en Roma” a Andy Warhol, de Alphonse Mucha a Jim Steranko, del minimalismo al hiperrealismo, de lo descriptivo a lo alegórico. Son ilustraciones elegantes, imaginativas, con una impecable composición en la que con igual soltura y precisión utiliza el collage, la línea, la geometría, los volúmenes, las sombras y el color.

Durante los diez años que estuvo apareciendo regularmente en las tiendas especializadas, “100 Balas” fue siempre uno de los tebeos más sólidos, arriesgados y mejor dibujados del panorama editorial. No sólo ganó los prestigiosos premios Eisner y Harvey en todas las categorías (serie, guionista, dibujante, colorista), sino que cambió la percepción de los lectores acerca de lo que hace adulto a un comic, confirmó la resurrección del tebeo de género negro y marcó una nueva orientación para la línea Vértigo de la que surgirían series como “Fábulas” o “The Losers”, asegurando de paso su supervivencia durante la primera década del nuevo siglo.

Han pasado ya quince años desde que “100 Balas” disparó su último cartucho, pero la serie no ha perdido un ápice de legibilidad. Azzarello y Risso, convertidos en uno de los más sólidos equipos artísticos del comic contemporáneo, seguirían colaborando en los años siguientes en obras de lectura siempre recomendable, pero “100 Balas” es aún hoy su trabajo seminal y uno de los mejores comics de serie negra jamás editados.

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