16 oct. 2016

2013-VELVET – Ed Brubaker y Steve Epting (y 2)

En el transcurso de la serie se descubre que Velvet entró en contacto con el mundo del espionaje –como el propio Brubaker- a través de un familiar. Aunque creció y se educó sobre todo en un internado de Suiza, durante unas vacaciones con su padre, un diplomático durante la Segunda Guerra Mundial, curioseó en sus archivos mientras éste dormía, enterándose de algunas operaciones de espionaje que se llevaron a cabo en el periodo del conflicto y del papel que algunas increíbles mujeres jugaron en ellas. Brubaker no quería que Velvet se hubiera introducido en el mundo de la inteligencia a tenor de alguna tragedia como el asesinato de sus padres por algún terrorista. Le pareció más atractiva la idea de una chiquilla que, fascinada por la figura de las heroínas de guerra, quisiera emularlas.


Pero el mundo del espionaje, nos dice Brubaker, es una trituradora emocional que acaba con cualquier ilusión juvenil al respecto. En este sentido, “Velvet” explora algunos de los rincones más oscuros y menos tratados por las ficciones del género. Por ejemplo, cuando Velvet persigue al asesino de un agente británico –éste sí, reminiscente de James Bond- y sigue la pista hasta la esposa de un general yugoslavo que un día fue seducida por ese espía para obtener información. La mujer fue condenada por traición y enviada a una prisión brutal. Brubaker se preguntaba así por el destino de las mujeres que caen seducidas por espías y les ayudan. En los relatos al uso, nunca se las vuelve a ver después de que el héroe vuelva triunfante a casa, pero probablemente acaben en prisión esperando la muerte. Según el guionista, esas historias nunca contadas de los personajes secundarios son oportunidades perdidas.

Incluso los agentes victoriosos que vuelven ilesos a casa no se libran de sufrir heridas emocionales. El que el “juego” de los espías, el mundo secreto, parezca tan atractivo se debe a que los participantes en él pueden tener acceso a las verdaderas historias que se esconden tras los grandes misterios de la Historia: quién mató a tal presidente o cómo tal país estuvo a punto de ser atacado… el tipo de información que el mundo no conoce o no quiere conocer. La tragedia es que una vez que se ha sido parte de ese mundo secreto, ya no se puede retroceder a la vida “normal”; uno queda atrapado en un ciclo de violencia, mentiras y engaños que si no te mata
físicamente puede hacerlo psicológicamente. Y esto fue así especialmente en el caso de muchos profesionales de la inteligencia, Velvet incluida, de los años cincuenta y sesenta, gente que sufrió la Segunda Guerra Mundial sólo para caer en la Guerra Fría. Incapaces de volver a una vida civil, se convierten en peones voluntarios de una guerra interminable.

Pero no todo es oscuridad y depresiones. Brubaker aligera el contenido emocional introduciendo muchos guiños a las historias de superespías de los sesenta y setenta, aunque desde el punto de vista femenino. Encontramos aquí el coche lleno de gadgets, el agente secreto que rezuma encanto varonil al tiempo que actúa de forma brutal, las elegantes fiestas de etiqueta, la figura del líder paternal (Manning), el mentor carismático (Lady Pauline)… reconociendo la fuerte carga de misoginia que impregnaba muchas de esas historias y contrarrestándola con el empaque de la protagonista. Velvet es superior a sus compañeros y adversarios varones: más rápida, más astuta y mejor conocedora de todos los trucos del oficio, trucos que ella ya utilizaba antes de que la mayoría de sus perseguidores hubieran entrado en el mundo de la inteligencia. De hecho, la continua sorpresa que causan sus habilidades es un tema recurrente en la serie. Los agentes a los que se enfrenta la subestiman una y otra vez en los enfrentamientos físicos, encontrándose con que es más que capaz de derrotar a
múltiples oponentes. Sus ataques son tan feroces y brutales que dejan a Bond a la altura de un monaguillo.

Velvet es decidida, desenvuelta, bella y letalmente eficiente, una síntesis de la Viuda Negra, Modesty Blaise o Emma Peel de la serie televisiva “Los Vengadores”. Como esta última, Velvet confía en sus indudables capacidades y aunque a sus cuarenta años sigue siendo muy atractiva, no se la representa como una mujer exuberante. Tiene un cuerpo atlético y elegante pero realista, sin caer en la abierta y generosa sexualización.Tampoco se limita a servir de centro de las ardientes miradas del agente de turno –o del propio lector-. Velvet devuelve la mirada, probablemente calculando cómo puede utilizar para sus propios fines las atenciones que se le dirigen y el deseo que despierta.

Brubaker acierta, no obstante, en no convertirla en una superagente invencible e infalible. El primer arco argumental, “Antes del Gran Final” sirve para revelar tanto al lector como al resto de protagonistas de la historia su capacidad como espía: tiene memoria fotográfica, gran capacidad de análisis, recursos, experiencia y habilidad en el combate físico. Parece que nada la va a parar, que su plan llegará a buen término, los lectores confían en ello habida cuenta de lo que han visto hasta ese momento. Pero en el segundo, “Las Vidas Secretas de los Muertos”, esas expectativas se ven frustradas: sus planes resultan estar llenos de agujeros y las cosas se tuercen para Velvet, lentamente al principio y muy rápidamente después. Quizá no es tan maravillosa como parecía; o, más probablemente, no hay plan que pueda cubrir todas las contingencias y la confianza en sus propias capacidades puede acabar siendo para ella más debilidad que fortaleza.

Velvet es, desde luego, el personaje más elaborado y el absoluto protagonista, pero Brubaker amplia la historia recurriendo a las perspectivas que aportan otros personajes. Ya en el segundo arco argumental, cobran más peso los agentes Colt (obviamente inspirado en Steve McQueen) y el sargento Roberts de Asuntos Internos, encargados de encontrar a Velvet. A través de sus ojos asistimos a otra faceta de la intricada trama, abundando en la evidencia de que hay algo más peligroso en todo el asunto que un agente rebelde a la fuga. Los diferentes personajes añaden diversidad y
mantienen la frescura de la historia evitando que dependa exclusivamente del punto de vista de la protagonista.

Otro elemento importante en la serie es su marco temporal: la Guerra Fría. Brubaker afirmó que su decisión venía motivada por dos razones. En primer lugar, nadie tenía teléfonos móviles. Para él, este avance tecnológico ha diluido la tensión de las películas de espionaje. La capacidad de los individuos para estar continuamente en contacto con alguien o ser detectados y seguidos a través de esos dispositivos, dificulta imaginar y narrar una historia de espías. En segundo lugar, para el guionista la Guerra Fría fue una verdadera guerra, un conflicto gris en el que podían situarse los planes y acciones de las diversas agencias de inteligencia. Es un entorno que le resultaba más sugerente que las intrigas actuales entre gobiernos y corporaciones.

Brubaker, por tanto, destaca a la hora de crear personajes y utilizarlos para tejer una historia en la que se equilibran perfectamente la utilización de los elementos más clásicos del género con la subversión de los mismos. Pero tampoco pierde
nunca de vista lo verdaderamente importante de la historia: la narración. Se desmitifican tópicos, se exploran los lados oscuros del espionaje y se realiza un comentario sobre el papel de la mujer en el género; pero al final lo que tenemos es una gran historia de suspense y acción muy bien contada que atrapa al lector desde el principio hasta el final y que aunque tiene giros y sorpresas tan inverosímiles como en las tramas más pintorescas de James Bond, Brubaker los hace parecer factibles y realistas. El guionista domina el sentido del ritmo, alternando escenas íntimas e introspectivas con secuencias de acción, momentos meramente descriptivos con otros dominados por el diálogo. Y, sobre todo, pese a que la trama se complica cada vez más, nunca se enreda, se pierde ni se torna confusa. Una auténtica lección de un guionista que reconoce, asume y utiliza sus influencias para crear algo nuevo y provocador.

El trabajo de Steve Epting, por su parte, es sobresaliente, mejor incluso que el que realizó para “Capitán América”. Es este un artista que nunca ha recibido el respeto que merece. La calidad de su trabajo ha ido en permanente ascenso desde sus inicios en “El Cazador” de CrossGen, pasando por su afinado sentido de la acción en “Capitán América” o la ciencia ficción al estilo Kirby de
“Cuatro Fantásticos”; pero aun así, no ha recibido la atención y los elogios de otros talentos, como Leinil Francis Yu o John Cassaday, nombres que bastan por sí solos para vender un comic. Epting, en cambio, está considerado, “simplemente”, como un buen dibujante.

En realidad, es bastante mejor que un mero “buen dibujante”. De hecho, su talento puede compararse favorablemente con el de algunos maestros del pasado, como Paul Gulacy, otro autor que destacó en el género del espionaje y la acción. Epting domina la anatomía y expresividad humanas y sus personajes son realistas sin que les lastre la rigidez propia de los estilos fotográficos. Se siente igual de cómodo en las escenas
de peleas y persecuciones que en aquellas en las que los personajes se limitan a conversar. Puede dibujar con igual eficacia un plano general de la ciudad de París que una escena intimista en una habitación cerrada. Su recreación de París, Viena, Belgrado o Mónaco no se limita a repasar fotografías, sino que presta atención a los vehículos de la época o la moda que se llevaba en ese momento. Dada la minuciosidad con la que trabaja, no es de extrañar que la serie sufriera frecuentes retrasos, algo que, de todas formas y dado el resultado obtenido, es perfectamente perdonable.

Sus composiciones de página y viñeta son elegantes sin resultar chirriantes: se limita al formato de cuatro o cinco viñetas por página con alguna splash page ocasional que agilice el ritmo cuando es necesario; libera a los personajes de los límites de la viñeta para acentúar el dramatismo de la escena; cambia los planos para mantener la narración en constante movimiento y se sirve generosamente del claroscuro –especialmente en las escenas más tranquilas- para enfatizar el mundo de sombras en el que transcurre la acción. Aunque la mayor parte de la colección transcurre por las noches o en habitaciones en penumbra, los artistas no toman atajos de ningún tipo en cuanto a detalles y matices y los personajes resultan reconocibles en cualquier situación. Lo que fácilmente podría haber sido un comic lastrado por una mezcolanza de colores oscuros y  poco definidos, resulta ser una auténtica delicia. En este sentido, no se puede olvidar la magnífica labor de Elisabeth Breitweiser como colorista. 

 
A la vista de la calidad de las planchas y la perfecta sintonía alcanzada por ambos autores,
Brubaker decidió prescindir de los efectos de sonido y redujo al mínimo los cuadros de texto, que sólo hubieran estorbado la claridad narrativa del dibujante, concentrando a cambio la máxima información en los diálogos. La fluidez narrativa de “Velvet” es fruto del perfecto equipo que componen guionista y dibujante. Brubaker sabe perfectamente de lo que Epting es capaz y confía en su talento para definir a los personajes, moverlos por los diferentes ambientes y hacer avanzar la acción; éste, por su parte, comprende, asume y plasma perfectamente lo que Brubaker quiere transmitir. Es una relación creativa que ha ido consolidándose gracias tanto a la sintonía entre ambos autores como a los años que llevan colaborando juntos en el Capitán América.

“Velvet” es el mejor trabajo de Epting hasta la fecha. Las influencias que habían permanecido ocultas mientras trabajó en el ámbito de los superhéroes, emergen ahora de forma evidente. Rendido admirador de los dibujantes ingleses John Bellamy y Jim Holdaway (este último el encargado de ilustrar la etapa de “Modesty Blaise” escrita por Peter O´Donnell desde 1963 hasta su muerte en 1970), Epting aborda la serie con el mismo tipo de sobria distinción. Personajes elegantes, atractivos coches y fondos de época muy bien delineados, están
dibujados con un estilo realista, pero no totalmente disociado del estilismo propio del comic-book. Con “Velvet”, Epting asciende a la categoría de grandes artistas norteamericanos del comic de espionaje entre los que se cuentan Alex Raymond y Al Williamson (“Agente Secreto X-9”), el mencionado Holdaway (“Modesty Blaise”) o Stan Drake (“Kelly Green”)

“Velvet” es, en resumen, una inteligente historia de espionaje que fusiona intriga y acción para atrapar al lector de principio a fin gracias a su interesante trama, ritmo y belleza gráfica. Es, además, una historia que puede disfrutarse, de principio a final, en quince números (o tres volúmenes), sin que realmente sea necesario continuar más allá si no se desea hacerlo. Recomendable para todos aquellos que gusten del género, ya sea en su vertiente de superagente invencible como los que se decanten por las narraciones más serias y sosegadas. Tanto si gustas de Modesty Blaise o James Bond, Jason Bourne o Smiley, seguro que disfrutarás de las peripecias de Velvet en su búsqueda de la verdad.



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