16 mar. 2016

1983- INDIANA JONES 1 y 2 - John Byrne


Múltiples fueron las influencias sobre las que se construyó “En Busca del Arca Perdida” (1981): los programas dobles que ofrecían las salas de cine los sábados por la mañana y que tanto inspiraron la imaginación de George Lucas y Steven Spielberg; los proto-superhéroes pulp como Doc Savage, el cazador Allan Quatermain creado por H.Riger Haggard; James Bond, el superespía imaginado por Ian Fleming; e incluso aventureros reales como Hiram Bingham o T.E.Lawrence. Naturalmente, los comic books, descendientes directos del espíritu pulp, también jugaron su papel en la creación de Indiana Jones a través de la figura del artista Jim Steranko, que ilustró los diseños conceptuales sobre los que se apoyó el característico aspecto del personaje. Demostrando sus cercanos lazos con todas esas influencias, Indiana Jones no tardó en saltar a los comics tras su debut cinematográfico.



A comienzos de los ochenta, a pesar de las cancelaciones de series y las turbulencias editoriales por las que atravesaba, Marvel difícilmente podía ser calificada de compañía en declive. De hecho, extendió sus tentáculos hacia otros medios. En 1981, compró el estudio de animación de Depatie-Freleng, al que rebautizó como Marvel Production y puso a trabajar inmediatamente en dos series de Spiderman. Mientras tanto, en Nueva York, Jim Shooter trabajaba para conseguir los derechos de otras películas con las que imitar el fenomenal éxito que la casa había obtenido con la colección regular de “Star Wars”. En realidad, Shooter pensaba que aquél había sido un fenómeno único, pero debía obedecer las órdenes de sus superiores. Así que en aquel año Marvel publicó adaptaciones de la nueva película de James Bond, “Sólo para Sus Ojos” (escrita por Larry Hama y dibujada por Howar Chaykin y Vince Colletta), la fantasía medieval “Dragonslayer (por Denny O´Neil y Marie Severin)… y “En Busca del Arca Perdida”.

Meses antes del estreno de la película de Lucas y Spielberg, Jim Shooter había tenido la oportunidad de leer el guión y le causó una impresión tan desfavorable que desechó la idea de adaptarla. Pero Lucasfilm había quedado tan satisfecha con
el trabajo de Marvel en los comics de “Star Wars” que enviaron representantes a Nueva York para mostrar a Shooter un fragmento de 25 minutos de la película. Eso cambió su opinión por completo y dio el visto bueno al proyecto.

En septiembre de 1981 aparece “En Busca del Arca Perdida” nº 1, primer episodio de una serie limitada de tres, escrita por Walter Simonson y dibujada por el todoterreno John Buscema. De hecho, todas las películas mencionadas más arriba fueron adaptadas por Marvel en ese formato de miniserie. Con anterioridad, la editorial publicaba este tipo de comics en forma de números especiales con la denominación “Marvel Super Special”. Puede que Shooter estuviera probando la viabilidad del formato de “serie limitada” (tal y como sería bautizado por la editorial) antes de generalizarla al universo tradicional de personajes. Además, publicar las adaptaciones cinematográficas en forma de serie de corta duración le permitía evitar los riesgos de lanzar una colección regular basada en la película de turno para verse obligado a cancelarla poco tiempo después.

Más adelante y a la vista del éxito de la película, Marvel se mostró interesada en lanzar una serie
periódica. Pero entonces fue Lucasfilm quien se mostró remisa. Sencillamente, no les había gustado nada el resultado de la adaptación del film. Como era habitual, Simonson y Buscema (cuyos lápices –o quizá simplemente bocetos- fueron entintados por Klaus Janson) hubieron de trabajar sobre un guión que luego no se ajustó exactamente al montaje definitivo de la película pero, con todo, se trató de una traslación razonablemente fiel, nada excepcional, pero correcta.

Si Marvel quería convencer a Lucasfilm y apaciguar los ánimos tras la decepción que les supuso la adaptación de la película, debería ofrecerles un proyecto convincente. Para empezar, Simonson, que ya gozaba de reconocimiento como dibujante, no era la opción más obvia para encargarse de escribir una posible serie regular basada en las aventuras del arqueólogo, por cuanto carecía de experiencia en esas lides, contabilizando en su haber tan sólo cuatro números de “Battlestar Galáctica” (otra adaptación de Marvel, esta vez de la serie televisiva).

Lo que hizo la editorial fue proponer como guionista y dibujante a John Byrne , quien se había convertido en uno de los creadores más apreciados por los fans gracias a su magnífica etapa en X-Men y Los Vengadores. Él mismo estaba ilusionado con el proyecto y manifestó que tenía muchas ideas para historias ambientadas en el mundo de la aventura pulp de los años treinta. E igualmente importante: Terry Austin entintaría su trabajo. Ambos llevaban colaborando años y se compenetraban muy bien. Austin era un entintador de línea fina que comprendía el dibujo de Byrne y sabía embellecerlo con detalles, sombras y texturas.

Y así apareció, en enero de 1983, el primer número de “The Further Adventures of Indiana Jones”, la colección mensual. La primera viñeta mostraba al profesor Marcus Brody entrando en el despacho de Indy y encontrándolo practicando con el látigo con una alumna a cambio de mejorarle la nota (una idea políticamente incorrecta donde las haya, pero que en aquella época no debió interpretarse así). Tras contestar con arrogancia a la regañina que le lanza Marcus, Indiana se reencuentra con un antiguo
alumno suyo, Charlie Dunne, quien afirma que él y su hermana Edith han encontrado el paradero de los Ídolos de Ikammanen, estatuas legendarias que se podían transformar en criaturas vivientes con ánimo vengador. Charlie muere asesinado, lo que convence a Indy para viajar a Liberia y contactar con Edith, someterse al chantaje del mafioso Solomon Black y embarcarse en un buque propiedad de éste para localizar la isla en la que se emplazan las míticas estatuas.

John Byrne ofreció lo que había prometido: un sólido tebeo de aventuras al mejor estilo pulp, que respetaba el espíritu de la película sin convertirse en esclavo de la misma (no trata, por ejemplo, de reproducir fielmente el rostro de Harrison Ford, aunque sí la vestimenta y algunas poses del personaje). Hay acción, algo de humor, exotismo, suspense, un ritmo impecable y un buen dibujo con el grado necesario de detalle en fondos y figuras.

El segundo episodio continuaba y finalizaba la aventura aportando un giro sorpresa del argumento, pero en esta ocasión Byrne ya sólo figuraba como responsable de los bocetos. El guión había pasado a manos de Denny O´Neil y la parquedad de
detalles y la pobreza de algunas viñetas denotaban que Austin no estaba a la altura cuando se trataba de dibujar en solitario. Los lectores que compraron el número 3 (marzo 1983), se encontraron con la deserción absoluta de Byrne. ¿Qué había ocurrido?

En contraste con la satisfactoria –y bien remunerada- experiencia de Simonson con la adaptación de la película, John Byrne tuvo problemas desde el primer número de la colección regular. De hecho, el propio autor la considera su peor experiencia profesional, lo cual, teniendo en cuenta su larguísimo currículo y la cantidad de conflictos y broncas que ha acumulado a lo largo del mismo, es mucho decir.

Byrne achacaba buena parte de la culpa a Jim Shooter. El dibujante quería recuperar parte del espíritu de los antiguos seriales, los cuales terminaban cada capítulo con un cliffhanger aparentemente de imposible resolución. Shooter, en cambio, era inflexible en su política editorial del momento, esto es, que cada historia debía resolverse en un solo episodio. Byrne podría introducir cliffhangers…si los resolvía en el propio capítulo.

Tampoco ayudó –más bien lo contrario- la interferencia del enlace entre Marvel y Lucasfilm, una
ejecutiva ignorante de todo lo que implicaba el proceso creativo de los comics. Byrne escribía la trama y la enviaba a Lucasfilm para su aprobación; la aprobaban y se la devolvían; dibujaba las páginas y las enviaba para su aprobación; las aprobaban y se las devolvían; y luego escribía el argumento para rellenar las páginas con los globos y cartuchos de texto…y lo enviaba para su aprobación. Y era entonces cuando le pedían que cambiara elementos de la trama, lo que implicaba volver a dibujar todo el número. Puede que en el campo del arte publicitario se puedan realizar fácil y rápidamente este tipo de cambios, pero el proceso creativo de un comic-book es algo completamente diferente que los responsables de Lucasfilm no parecían entender. Dos números de este continuo someterse a la aprobación de terceros ignorantes de lo que significaban los comics, fue demasiado para Byrne y decidió abandonar.

Fue una auténtica lástima y hoy sólo podemos soñar cómo hubiera evolucionado la colección de haber contado con la dirección de Byrne, habida cuenta de las magníficas revitalizaciones que llevó a cabo con Los Cuatro Fantásticos primero y con Superman después. No había razón alguna por la que un comic protagonizado por un personaje ajeno a Marvel no pudiera tener éxito. De hecho, la
editorial ganó muchísimo dinero con, por ejemplo, Conan el Bárbaro o G.I.Joe. Pero en esta ocasión, por culpa de la ignorancia y la obsesión por el control de sus licencias de Lucasfilm, se perdió la oportunidad de consolidar un nuevo género dentro del mundo del comic-book, el de la aventura.

Tras la renuncia de Byrne, los problemas con Lucasfilm no disminuyeron, lo que sumió a la serie en una continua inestabilidad y deriva creativas que ninguno de los profesionales que intervinieron en la colección (Denny O´Neil, David Michelinie, Archie Goodwin, Howard Chaykin, Kerry Gammill, Steve Ditko, David Mazzuchelli, Herb Trimpe o Ron Frenz) pudieron enderezar. Trabajar en la colección era como sostener una patata caliente de la que todo el mundo quería librarse lo antes posible. Ello acabó provocando la silenciosa cancelación del título en su número 34 (marzo de 1986). De hecho, ese último episodio se titularía, muy apropiadamente, “Algo ha salido mal otra vez”.


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