1 dic. 2015

2006- CRIMINAL – Ed Brubaker y Sean Phillips (y 2)




(Viene de la entrada anterior)

“Mala Noche” puede que sea el mejor arco argumental de la serie. El dibujo de Phillips es más atmosférico y personal que nunca, tanto como insomne y sombrío es su protagonista. El estilo “pulp” de Brubaker no decepciona en ningún momento en esta historia llena de giros sorprendentes y atroces descubrimientos, un relato de primera mano del descenso de un hombre hacia la locura.



Jacob Kurtz es un antiguo falsificador que ahora está viudo y discapacitado. Dedica sus solitarios días a escribir y dibujar una tira de periódico sobre un detective, Frank Kafka, claramente inspirado en Dick Tracy y que ya habíamos visto en el primer volumen, “Cobarde”. Las noches las pasa tratando sin éxito de conciliar el sueño. Está completamente atrapado por su inmutable y solitaria rutina. Su cojera es el resultado de una inmerecida paliza que le propinó un policía cuando fue considerado sospechoso del asesinato de su mujer, quien, según se supo después, había sido víctima de un accidente de automóvil que dejó su cuerpo oculto durante meses. Ahora Jacob es un recluso en su propia casa, tan absorto en su monótona existencia que, cuando llega la Mala Noche, no puede estar menos preparado.

Al final de casi todas sus jornadas va a al mismo local a cenar y mirar en el periódico su última tira publicada. En una mesa cercana, un hombre discute violentamente con quien parece su novia hasta que el dueño del establecimiento los echa. Jacob no presta mayor atención hasta que, de vuelta a casa en su coche, ve a la mujer, sola, caminando bajo la lluvia. Todo cambia para él cuando decide invitarla a subir. A partir de ese momento se verá envuelto a su pesar en una red de engaños, chantaje y violencia que no voy a detallar para no estropear la lectura a quien se acerque a ella por primera vez.

“Mala Noche” es uno de los mejores ejemplos de “mujer fatal” que el comic de género negro puede ofrecer. A medida que avanza la trama, Iris encaja a la perfección en el rol: atractiva, despiadada y manipuladora, es capaz de utilizar sin recato sus encantos para salirse con la suya y traicionar a quien sea necesario. Brubaker nos ofrece aquí una historia cerebral que se sustenta no tanto en la acción como en la continua y angustiosa tensión psicológica que sufre Jacob durante todo el drama, un individuo aparentemente indefenso pero cuya mente, tal y como se nos revela, es tan frágil como su cuerpo.

El personaje más popular de la serie, Tracy Lawless, regresa en el siguiente volumen: “Los Pecadores”. Ha pasado ya un año desde que Tracy, para pagar su deuda, se comprometiera a trabajar para la organización criminal de Central City encabezada por Sebastian Hyde. Ni empleado ni empleador están contentos con esta relación profesional. A Tracy no le gusta agredir a desgraciados ni asesinar a
gente sin saber por qué, y Hyde, aunque reconoce la valía de Tracy, cree que piensa demasiado. Entonces empiezan a aparecer los cadáveres de una serie de individuos a los que nadie debería haber tocado: criminales protegidos e informantes. Dado que no parece haber razón para esos asesinatos y que Hyde no puede recurrir a la policía para averiguar la identidad de los pistoleros, encarga a Tracy el trabajo.

Tracy se está convirtiendo en lo que fue su padre, y se detesta por ello tanto como odió a aquél. No quiere ser un matón y un asesino, pero tampoco dejar de pagar sus deudas. Aún peor, está mordiendo la mano que le alimenta, haciéndose notar y causando problemas. Debería permanecer quieto, sumiso, hacer su trabajo y callar, pero no puede evitar ser quien es. Hay algo en su interior que se resiste a doblegarse, tiene un código del que no puede deshacerse, un peculiar pero firme sentido del honor.

“Los Pecadores” es un drama criminal moralmente ambiguo y descarnado en el que cada personaje no es ni blanco ni negro, sino una tupida sombra de grises. Tracy no es un detective privado, no le han adiestrado para ello y se equivoca una y otra
vez en su misión. Trata de mantener su cabeza fuera del sucio agujero en el que se encuentra, pero no hace sino enterrarse más en él. No es ni un supersoldado ni un virtuoso policía del que al final tienes la certeza que obrará bien, sino un tipo ordinario que trata de sobrevivir al tiempo que hacer lo correcto. No suena muy atractivo, pero es que “Criminal” tampoco es un comic al uso: es oscuro, emocionante, inteligente y adulto.

“El Último de los Inocentes” es una historia brutal sobre la perdida inocencia infantil de un hombre que creció para convertirse en algo que nadie esperaba. Riley Richards se halla de regreso en su pequeña ciudad natal, Brookview, para acudir al funeral de su padre. Años atrás, Riley se casó con la exuberante Felicity (Felix) Doolittle, pero la vida real no ha resultado ser en absoluto lo que entonces soñó. Es infeliz en su matrimonio con una mujer caprichosa y en su
trabajo en la compañía del suegro. En Brookview se reencuentra con su viejo amigo Friqui (ahora un adicto en recuperación) y Lizzie, un viejo amor al que abandonó por Felix. De repente, empieza a considerar si sería posible romper con su vida actual y recuperar lo que siempre debió ser.

A partir de este arranque bastante ordinario, Brubaker y Phillips recurren a sus influencias pulp para tejer la trama criminal. Riley se propone resolver sus problemas (deudas de juego, depresión, matrimonio infeliz) asesinando a su mujer y culpando a su antiguo rival en el instituto y ahora amante de ella, Teddy. Conforme avanza la historia pasamos de sentir cierta simpatía por Riley -¿quién no ha pensado alguna vez que se equivocó en sus decisiones y lo bueno que habría sido escoger otro trabajo, seguir viendo a los viejos amigos y quedarse con aquella otra chica del instituto?- a la repulsión pasando por la fascinación de verle cada vez más
atrapado en la red de mentiras que él mismo ha ido tejiendo a su alrededor.

La historia tiene profundidad porque nos parece que ya conocemos a los personajes. Brubaker les añade densidad contándonos cosas sobre su pasado sin que ello distraiga la atención de la trama principal. Y lo hace de una forma harto original: integrando en aquélla pasajes ambientados en el pasado de instituto de los protagonistas y para los que se utiliza el estilo gráfico y los temas adolescentes (el chico desgarbado, su atontado amigo, la amiga que quiere ser novia y la chica rica) de los populares comics de Archie para representar el proceso de degeneración iniciado ya en la adolescencia.

Se trata de un ejercicio de metalenguaje que utiliza los recuerdos que tiene el lector –más el norteamericano que el europeo, donde Archie no tiene ni de lejos la omnipresencia que disfruta en la cultura popular estadounidense- de la serie infantil para añadirle capas de complejidad y mostrarnos lo que en el mundo adulto sería de aquellos personajes al cabo de los años, unos
personajes cuyas decisiones demostraron ser erróneas y que ahora están dispuestos a cualquier cosa para obtener lo que desean.

No es tan fácil como parece utilizar el estilo “Archie” para los fines que buscaban los autores. Muchos han intentado ofrecer versiones “adultas” de esos personajes, limitándose a hacerles hablar mal e introducir escenas de sexo o drogas… enturbiando los recuerdos de niñez sólo para burlarse de ellos. Pero aquí forma parte de una historia mayor sobre un chico de pequeña ciudad torturado por sus apetitos y deseos por algo fuera de su alcance. La principal diferencia con el material que Brubaker y Phillips toman como fuente, los comics de Archie, es que los personajes de “El Último de los Inocentes” no son eternos e inmutables. Sus vidas transcurren en una época concreta, algo que nos recuerda Riley cuando nos dice que no podía salir con una chica negra. Ahora, años después, no sólo han crecido todos ellos, sino que han de vivir con las decisiones que tomaron en el pasado y no tienen un botón al que recurrir para borrar sus traumas y volver a la feliz adolescencia.

El estilo sencillo y los colores planos y brillantes que se utilizan en estos insertos, reminiscentes
de épocas más sencillas, contrasta con la estética sucia y apagada de las escenas ambientadas en el presente. Utilizando los recursos estilísticos que ofrece el comic, Ed Brubaker y Sean Phillips hacen que la historia brille en su retorcido y hermoso estilo.

No es fácil comparar a “Criminal” con alguna otra serie de televisión de temática similar porque la mayoría de ellas tienen una estética excesivamente limpia y se centran en los actores protagonistas y en regalarles diálogos contundentes en lugar de trabajar la historia. Sin embargo, si te gustó “The Wire” e imaginas que la narración está volcada sobre el lado de los criminales en vez del de los policías, la obra de Brubaker y Phillips guardaría un parecido razonable.

“Criminal”, según admite el propio Brubaker, es el resultado final de la mezcla de todas las influencias que ha recibido a lo largo de su vida junto a la evolución de sus propios intereses y temas favoritos. En lo que a comics se refiere, “Love and Rockets”, la creación de Jaime Hernández, le marcó en la forma en que los personajes se desenvuelven en una ciudad imaginaria y cómo construir para todos un pasado al que continuamente se hace referencia pero que solo de cuando en cuando se muestra de forma expresa; “Alack Sinner”, de Muñoz y Sampayo, ha sido una obsesión para él durante veinte años. De esta última obra, como también de
los escritores del género Jim Thompson, James M.Cain o David Goodis, aprendió a construir lugares y tramas atmosféricas así como personajes con tanto peso emocional como suspense tenga la propia historia que se cuenta. En el cine, además de las películas mencionadas algo más arriba, podemos citar “Asesino Implacable” (1971), “A Quemarropa” (1967) o “Harry Dedos Largos” (1973), además de tomar como referencia para el ambiente y el aspecto de la ciudad los films blaxploitation de los setenta.

Y fue también una película la que le decidió finalmente a escribir “Criminal” después de haber estado años dándole vueltas a la idea: se trató de “Kiss Kiss Bang Bang” (2005), película dirigida por el antiguo guionista Shane Black, quien decidió dejar de vender sus historias para que otros las rodaran y ponerse él mismo tras las cámaras. El resultado, una película divertida, moderna y clásica a la vez, hizo que Brubaker tomara la determinación de recuperar sus viejos cuadernos de notas llenos de ideas y argumentos, les diera forma y construyera la obra que él verdaderamente deseaba; una obra que, inversamente a lo que ocurre en muchas otras en las
que el protagonista es un buen tipo que sólo pretende ser malo o duro, está protagonizada por gente que vive fuera de la ley, que son técnicamente “malos”, pero a los que, si se lee atentamente, se les puede descubrir una sutil trama de grises gracias a un código moral propio que les hace menos despreciables que aquellos con los que se relacionan.

Estafadores, falsificadores, matones, criminales de alta y baja estofa, strippers, garitos de mala muerte, policías corruptos, detectives, drogadictos, abogados, boxeadores, mujeres fatales, ladrones…entrelazan sus particulares tragedias para desarrollar una serie de temas de fondo: el peso de la familia y los pecados de los padres, las adicciones, los sueños frustrados, la pérdida de la inocencia, el honor,… Todo ello se da cita en un mundo ficticio focalizado en Central City, una urbe inexistente pero al tiempo muy real, y en la misma línea temporal, a veces en el pasado, a veces en el futuro o incluso simultáneamente. Los personajes de algunas historias aparecen en otras o simplemente se mencionan, dando coherencia y consistencia a ese particular universo salido de la mente de Brubaker. Lo único que realmente está presente en todas las historias es el Undertow, el carismático bar de maleantes que el propio Brubaker admitió haber creado a partir de la fusión de uno real que conoció en San Francisco y otro imaginario que Muñoz y Sampayo imaginaron para “Alack Sinner”.

En cada arco argumental, Brubaker se revela como un maestro en el rápido planteamiento de la situación, el ágil desarrollo y complicación de la trama y la violenta resolución. “Cobarde” es tan entretenido y complejo como una novela de Elmore Leonard y el intrincado argumento de “Los Muertos y los Moribundos” se desarrolla tan meticulosamente como la mejor película de Tarantino.

Por supuesto, una parte importante de la excelente calidad de “Criminal” reside en el trabajo de Sean Phillips y los colores de Val Staples. Puede que una rápida ojeada al comic no nos dé la impresión de hallarnos ante un trabajo gráfico particularmente destacable. Falso. Cada género demanda una aproximación estética diferente y lo policiaco, lo criminal, exige sobre todo atmósfera, un tono estilístico y cromático que sea acorde con el contenido de la historia. Y en este sentido, Phillips cumple con nota. El suyo es un estilo austero sin llegar a la abstracción. Center City y sus habitantes se mueven en un ambiente de realismo sucio, desde la mugre que tapiza los apartamentos baratos a la basura de las calles, que refleja la desagradable vida que llevan los protagonistas. Éstos son igualmente expresivos: el lector no necesita un texto que le aclare cuáles son sus emociones o pensamientos, basta mirar a sus caras o la postura de sus cuerpos. El propio Phillips se encargó de añadir viñetas al guión de Brubaker con el fin de enriquecer, matizar y subrayar determinados pasajes en los él consideraba
que era necesaria una mayor atención a las reacciones de los personajes. Su acertado manejo de la iluminación resulta asimismo fundamental a la hora de reflejar la decadencia moral en la que transcurren las historias.

Una de las razones por las que al leer la obra se tiene la impresión de que se podría convertir en una gran película es que sus imágenes provienen de fuentes cinematográficas: títulos clásicos del cine negro como “Retorno al Pasado”, neo-noir como “Blast of Silence”, blaxploitation como “Super Fly” o las películas de gangsters de Hong Kong como “La Misión”. A partir de todas esas influencias, Phillips y Staples crean escenas de gran belleza, una belleza oscura y retorcida, fría, sexy y violenta. Su trabajo es cinematográfico, pero no en el sentido de estar mirando una fotografía retocada y coloreada, sino en la forma que tiene de utilizar las sombras y los ángulos para mostrar las partes menos atractivas de la ciudad.

Destacables asimismo son las portadas pintadas o dibujadas, diseñadas deliberadamente –logos y espacios en blanco incluidos- para asemejarse a las de las viejas revistas pulp o novelitas baratas de género negro, pero al mismo tiempo sin perder su tono moderno, un tanto austero pero sugerente y, desde luego, alejado de la estética habitual del comic book mainstream, más proclive a la espectacularidad.

Leer “Criminal” es un placer culpable. Sabes que deberías sentirte mal por querer meterte en la vida de los diferentes perdedores que nos presenta la serie, pero no lo haces. Brubaker te introduce en todos los ambientes y sensaciones propios del mejor género negro: los bares sórdidos, los callejones oscuros, la desesperación de un golpe que se tuerce, el terror del perseguido, la fascinación incontrolable de la mujer fatal, la angustia de verse atrapado en una situación sin salida, la venganza, las mentiras y traiciones… En el panorama viñetero actual, nadie entiende y maneja ese género negro como Brubaker, uno de los mejores guionistas del comic mainstream que ha encontrado en Sean Phillips la media naranja ideal para esta obra..

“Criminal” ganó el Premio Eisner en 2007 y fue nominado a otros dos en 2010. Los Eisner son los
equivalentes en el comic a los Oscar o BAFTA cinematográficos y no es hazaña baladí el que un comic menor como “Criminal” consiguiera tal reconocimiento por parte de los profesionales. Y con baladí no me refiero a la calidad de la serie, sino a que no se le ve en lo alto de las listas de ventas norteamericanas cada mes, algo reservado a los superhéroes de cualquier tipo. Sin embargo, Brubaker consiguió una gran masa de seguidores incondicionales (incluidos renombrados novelistas y guionistas de cine y televisión además de personalidades del mundo del comic) para un género que se prodiga menos de lo que debiera en el mundo de las viñetas.

El complejo tapiz que forma “Criminal”, con las conexiones intertextuales e implícitas que establece entre sus diferentes historias y personajes, hace de este comic no sólo una obra maestra del género negro, sino uno de los más completos, ricos y absorbentes de la última década.

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