En 1975, “Dani Futuro”, la serie de ciencia ficción que contaba con guiones de Víctor Mora, se había quedado pequeña para las necesidades expresivas de su dibujante, Carlos Giménez. El franquismo daba sus últimas boqueadas y la liberación creativa de la historieta se respiraba ya próxima. Giménez se había unido a Luis García y Adolfo Usero en el breve proyecto “Premiá 3”, en cuyo seno se habló de la edición de una posible revista autogestionada (que vería la luz años más tarde como “Trocha”), se charló de arte, de política, se intercambiaron trucos y experiencias historietísticas…
Giménez decide abandonar los poco estimulantes trabajos de agencia e iniciar, a sus treinta y cuatro años de edad, un proyecto de incierto futuro, una obra personal para la que no tenía comprador. Para un dibujante, invertir su tiempo y su esfuerzo en páginas y más páginas sin saber si interesarán a algún editor es un riesgo muy considerable que puede llegar a ponerle en serias dificultades. Pero Giménez no sólo tenía fe en su trabajo y seguridad en su capacitación profesional, sino la necesidad espiritual de satisfacer su ansia creativa, de realizar un trabajo personal al tiempo que responsable.
Tal proyecto fue un álbum –compuesto de cuatro capítulos y un epílogo claramente delimitados

En su versión, Giménez nos presenta rápidamente a Hom, un pobre individuo de aspecto más bien indefenso que ha abandonado su aldea por razones que sólo al final se detallan. Su compañera muere en la tercera página víctima de una planta carnívora e inmediatamente después un hongo inteligente se apodera de su cerebro, utilizándolo para sus propios fines. Le obliga a esclavizar a unos indefensos pescadores utilizando la violencia para emprender luego un descenso por el río que les lleva a encontrar a un grotesco ser, el Gran Yo, un delfín antropomorfo que viaja a lomos de un desgraciado anciano y es atendido por dos silenciosas esclavas. Dice ser el profeta de la Verdad y cuando el grupo se ve amenazado por los peligrosos “aulladores”, asume el liderazgo arrastrándolos hacia la destrucción…

“Hom”, sin embargo, no es una ciencia ficción clara e inmediatamente reconocible. La acción bien podría transcurrir en un pasado mítico y la presencia de criaturas grotescas y espacios físicos irreales son también patrimonio de la fantasía. No hay referencias a que la acción se desarrolle en el lejano futuro o que el mundo que vemos sea el resultado de tal o cual cataclismo o progreso evolutivo. No importa, porque la meta del autor no es hacer ciencia ficción, sino construir una alegoría, utilizar una historia ajena para insertar en ella el mensaje que a él le interesa.
Lo que hace en realidad Giménez es recurrir al libro de Aldiss exclusivamente como inspiración

En “Hom” podemos encontrar momentos de acción y suspense muy bien resueltos, pero es principalmente un tebeo reflexivo que funciona como metáfora del poder y las opciones que el débil tiene ante su dominio. Hom es un pobre desgraciado que, tratando de evitar la tiranía en su aldea, ha iniciado una vida en solitario solo para encontrarse primero indefenso ante los peligros de la Naturaleza, y luego manipulado por diferentes seres que lo utilizan en su provecho.
El hongo parásito que controla el cerebro de Hom bien podría representar el poder político


“Hom” es, también, una historia que se encuadra perfectamente en el tópico del “camino del héroe”. El protagonista comienza su andadura inseguro, débil y temeroso; pero su experiencia a lo largo del relato le enriquece física y mentalmente hasta que consigue superar y enfrentar con éxito sus miedos. Eso sí, ofreciendo a cambio un sacrificio que en este caso toma la forma de una mutilación física que servirá de permanente recordatorio de su ordalía. Finalmente, volverá al punto de partida, más fuerte y sabio, para liderar a sus iguales.

“Hom” es pues, la primera creación auténticamente madura de ese maestro de la historieta mundial que es Carlos Giménez. Es una obra producto de su tiempo en mayor medida que otras, eso resulta evidente. Y no sólo es innovadora en cuanto a que se aleja ideológicamente del comic patrio más tradicional –apoyado tanto en los cuadernos de aventuras como en el humor de Bruguera-, sino que es uno de los pioneros en España a la hora de utilizar una narrativa gráfica moderna y atrevida que huye de lo seguro y monótono para aspirar a la máxima expresividad.
He dicho narrativa, no estética. Porque a diferencia de otros autores europeos coetáneos, Giménez rechaza las florituras gráficas sin sentido y las experimentaciones efectistas pero vacías. Utilizará todos los recursos a su alcance, sí, pero siempre que se hallen al servicio de la historia que desea contar. Y en ese sentido “Hom” resulta ejemplar.

Se alternan momentos de acción con otros de introspección psicológica e incluso silencio, prescindiendo de textos de apoyo (con excepción de una secuencia en flashback) e introduciendo tiempos muertos. Esto supone un trabajo doble para los dos sujetos del comic: el dibujante debe utilizar su habilidad para transmitir la emoción a través del paisaje, de la cualidad del trazo, la iluminación, el ritmo narrativo o los elementos que incluya en la escena;

Giménez cuenta ya aquí con el que será su personal estilo gráfico, con un trazo fluido y una atención muy especial a la gestualidad facial y corporal (sobre todo a las manos). Quizá otro de los factores que contribuyeron al destierro editorial de “Hom” fue la explícita violencia que destilan sus páginas. La ausencia de color –y, por tanto, que no se aprecie bien la sangre- apenas atempera la crueldad de la historia. Hay asesinatos a sangre fría, masacres y una violencia psicológica que se plasma en unas figuras y rostros de gestualidad exageradamente expresionista, rozando la caricatura.
“Hom” supuso un punto de inflexión en la carrera de Giménez y también del comic español. En primer lugar, se trató de su primer guión largo; pero es que además el tratamiento conceptual y gráfico que vuelca en él supone un cambio espectacular sobre su obra precedente y pone las bases para lo que vendrá después. A partir de ese momento, Carlos Giménez ya no abandonaría su faceta de dibujante comprometido políticamente con las ideas de izquierda. Todos sus comics llevarían desde entonces una nítida impronta ética, social o política.

Pero mereció la pena. La brecha estaba abierta. Y fue “Hom” quien la abrió.
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