24 nov. 2014

1970- GREEN LANTERN Y GREEN ARROW – Denny O´Neil y Neal Adams




El abuso de drogas era un fenómeno bien conocido en la América de comienzos de los setenta. Pero, a diferencia de otros medios de expresión, ésa era una parte del comportamiento social que los comics no podían reflejar al hallarse constreñidos por la censura que ejercía el Comics Code Authority desde 1954.

Tres números de “Amazing Spiderman” (96-98), cambiaron la industria. En aquellos antológicos episodios, el héroe titular se entera de que su compañero de cuarto es un adicto a las pastillas. Como el Código prohibía cualquier mención a los estupefacientes, la editorial no pudo estampar el sello en portada que “garantizaba” su naturaleza “para todos los públicos”. Sin embargo, Marvel decidió seguir adelante y desafiar al Código. La historia se publicó cosechando un éxito fenomenal con cobertura en todos los medios de comunicación.



Algunos editores pensaron entonces que había llegado el momento de cambiar los parámetros por los cuales se regía la autocensura institucional. Uno de ellos fue Carmine Infantino, a la sazón editor en jefe del principal competidor de Marvel, DC. Al final, sin embargo, el desafío de Marvel quedó en nada. Los responsables del Código decidieron que todo permanecería como estaba: las drogas no debían aparecer en los comic-books. Y punto.

Pero los tiempos sí estaban maduros para el cambio. La Edad de Plata de los comics había resucitado y transformado a los superhéroes de los años 40 para los hijos del baby boom, entonces ya unos adolescentes. Esta nueva generación de héroes se alejaban de la fórmula tradicional: los seres casi divinos quedaban reemplazados por superhéroes con defectos que les acercaban a esos nuevos lectores.

Estos superhéroes eran criaturas de los sesenta, una década muy diferente de la que vio nacer a sus versiones de la Edad de Oro de los cuarenta. Tratando de mantenerse al compás de los tiempos y el interés por el género, los editores introdujeron en sus comics lo que se conocía como “relevancia social”. Y pionero en esta tendencia que haría historia en el medio fue un dúo de personajes, Green Lantern y Green Arrow, portavoces durante unos meses de la ideología progresista de un joven guionista llamado Denny O´Neil.

A comienzos de los años setenta, buena parte de la línea superheróica de DC estaba agonizando. La compañía obtenía la mayor parte de sus ingresos de las licencias y no de los comics. En un intento desesperado, la editorial llevó a cabo una serie de entrevistas con grupos de jóvenes lectores por todo el país. Se encontraron con una petición clara: querían saber “la verdad”, querían comics más apegados a la realidad. Era el momento de enfocar la actualidad con más seriedad de lo que se había hecho hasta ese momento.

Una de las colecciones inevitablemente encaminadas a su cancelación fue “Green Lantern”. Su editor, Julius Schwartz, pensó que no había nada que perder en probar algo nuevo y dio vía libre a un joven guionista, Denny O´Neil. Su misión: revitalizar la serie y recuperar el favor del público.

Antes de centrar su carrera en los comics, O´Neil había trabajado como periodista para
diferentes publicaciones, cultivando un interés especial por la actualidad y los problemas sociales y políticos. Eran los tiempos en los que el Nuevo Periodismo, esa escuela que desafiaba las convenciones tradicionales y abordaba nuevos temas con un estilo narrativo alejado del distanciamiento aséptico de antaño, hacía furor en las plumas de Tom Wolfe o Norman Mailer. O´Neil obtuvo de allí la inspiración para el enfoque que daría a la moribunda serie que había caído en sus manos: mezclar la fantasía y aventura propias de los superhéroes con los temas cotidianos de corte social sobre los que podía leerse todos los días en los periódicos.

¿Cómo hacerlo? A través de un esquema clásico: dos personajes y un viaje. En cuanto a los primeros, estaba claro que Green Lantern sería uno de ellos. O´Neil interpretó acertadamente a Lantern como una especie de funcionario policial: nombrado y armado por unos alienígenas para actuar de “policía” galáctico, era uno de esos héroes clásicos de la casa que jamás se equivocaban: el bien y el mal estaban tan claramente diferenciados como aquellos que militaban en un bando o en otro. No había grises. Esta visión irreal y forzada del mundo era claramente absurda en la América de la Guerra de Vietnam, el movimiento por los Derechos Civiles, el feminismo, el asesinato de líderes políticos y religiosos... Esa era precisamente la ideología que era preciso cambiar para afrontar los nuevos desafíos.

El encargado de “convertir” a Lantern sería un amigo suyo, Green Arrow. Éste había sido un personaje anodino, un comodín sin personalidad definida que había acabado formando parte de la Liga de la Justicia sin destacar especialmente por nada. Denny O´Neil, entonces escribiendo los guiones de ese supergrupo, comenzó su transformación haciéndole perder su millonaria fortuna y sumiéndolo en una crisis personal. Al mismo tiempo, en la colección “The Brave & The Bold”, Neal Adams actualizaba su aspecto físico dotándole de un nuevo uniforme
y la perilla que tan reconocible lo haría a partir de entonces. El resultado: un Green Arrow cínico y rebelde, combativo y realista, dispuesto a luchar por la justicia y no por la autoridad, un auténtico Robin Hood moderno. Bordeando el límite del anti-héroe, Green Arrow se convertía así en el contrapunto perfecto al idealismo inocentón de Green Lantern.

Fue precisamente Neal Adams quien pidió a Julie Schwartz encargarse del dibujo de la colección, no tanto porque fuera consciente del tipo de historias que O´Neil tenía en mente sino porque deseaba retomar un personaje hasta entonces dibujado por uno de sus ídolos, Gil Kane. La elección resultó ideal, porque Neal Adams se estaba ganando con rapidez el título de renovador gráfico de los superhéroes gracias a sus trabajos en “Deadman”, “Vengadores”, “X-Men” o “Batman”, introduciendo un estilo realista espectacular a la par que una técnica narrativa atrevida y potente. O´Neil no pudo sentirse más satisfecho con su compañero de viaje: si sus historias querían acercar los superhéroes a la realidad, Neal Adams era su hombre.

El número 76 de la colección (abril 1970) marcó el inicio de la nueva etapa. En él, Green Lantern defendía a un obeso individuo de aspecto acaudalado de un ataque callejero por parte de un grupo de indignados vecinos. La aparición de Green Arrow le hace ver que la “víctima” no es tal por mucho que su aspecto sea del de un ciudadano honrado, sino un desalmado casero que pretende echar a la fuerza a sus empobrecidos inquilinos a fuerza de dejar que el inmueble se caiga de pura decrepitud y poder así construir un aparcamiento. Un anciano negro recrimina a Lantern: “He leído mucho acerca de usted… que trabaja para los de piel azul… y que en un planeta no sé donde, ayudó a los de piel naranja… que ha hecho mucho por los de piel púrpura: pero hay pieles de las que nunca se ha preocupado… las negras, y quiero saber por qué”. Lantern, avergonzado, no encuentra respuesta.

Atormentado e inseguro acerca de su identidad y su misión, Lantern decide emprender un largo viaje por Estados Unidos. Green Arrow se ofrecerá a acompañarlo y a ejercer de guía por ese “Nuevo Mundo” que su compañero debe descubrir. En su odisea, ambos héroes deberán enfrentarse a problemas para los que sus poderes, habilidades y experiencia sirven de poco: la superpoblación, el racismo, el sexismo, la explotación laboral, los cultos religiosos, la corrupción judicial, el feminismo homófobo, la manipulación de las masas por parte de las empresas, los derechos de los indígenas, la polución ambiental…

Se ha acusado a la obra de estar excesivamente anclada en su tiempo y de tratar aquellas importantes cuestiones con ingenuidad, simplismo e incluso gazmoñería moral. Aunque no del todo incierto, dichas afirmaciones han de matizarse si se desea abordar estos comics correctamente.

En primer lugar, Denny O´Neil era muy consciente de que en 32 páginas de un cómic dirigido
mayoritariamente a un público infantil/juvenil no era posible diseccionar temas como los mencionados con un mínimo de complejidad. Pretenderlo era absurdo. Su intención era que sus jóvenes lectores tomaran contacto con los problemas de actualidad, que abandonaran las optimistas aventuras cósmicas de la etapa anterior de la colección para enfrentarse –someramente, eso sí- con debates que sin duda llegarían a sus oídos a través de la televisión o de las conversaciones de sus mayores. Su edad quizá les impediría formarse un criterio sólido, pero no era ese el fin buscado. Tampoco lo era el ofrecerles una solución: los dos héroes de verde no llegaban nunca a resolver los problemas de forma definitiva porque la solución no podía venir por la fuerza (o la luz verde de un anillo o una flecha explosiva…), sino de un cambio de actitud individual y colectivo, y eso era algo que quedaba más allá de la capacidad de cualquier superhéroe.

Pero había además otro factor que limitaba enormemente las posibilidades de tratamiento de historias adultas en un comic-book: era necesario ajustarse a las exigencias del ya mencionado Comics Code Authority de 1954, bajo
cuyas directrices los héroes debían vivir en un mundo perfecto en el que el bien y el mal eran conceptos diáfanos y en el que las figuras de autoridad jamás eran corruptas, cometían abusos o equivocaciones.

El conflicto con el Comics Code Authority se hizo más que evidente al final de la etapa al tiempo que afloraban las tensiones creativas entre Adams y O´Neil. Y el origen de todo ello fueron las drogas: DC quería publicar un comic que tratase de cerca el tema de la adicción así que Denny O´Neil y Neal Adams visitaron para documentarse varios centros de rehabilitación. El propio Adams, en su vecindario, estaba a cargo de un local de este tipo. Ambos presentaron historias que la editorial podría distribuir gratuitamente pero, por desgracia, las ideas de ambos autores no coincidían con las de la compañía, por ejemplo en lo que se refería a las razones que empujan a desarrollar una adicción. Así que el proyecto se canceló.

Aunque ambos creativos seguían interesados en el tema, no recibieron mucho apoyo por parte
de la editorial. El Comics Code Authority podía ponerles las cosas difíciles y, al fin y al cabo, DC seguía siendo una compañía fundamentalmente conservadora. Pero Adams no se rindió y por su cuenta y riesgo dibujó lo que se convertiría en la impactante portada de Green Lantern / Green Arrow nº 85 (septiembre de 1971), en la que ambos héroes descubrían de la forma más cruda posible que el pupilo de Arrow, Speedy, era un heroinómano. Adams presentó la ilustración a Julie Schwartz, quien la apartó como si tuviera entre sus manos un paquete de dinamita.

Adams perseveró. Sabía que su trabajo era bueno y estaba dispuesto a defenderlo, así que se puso en contacto con Frank Herrara, uno de los ejecutivos de Kinney, a la sazón propietaria de DC Comics. Herrara resultó ser un tipo liberal y progresista que, sin embargo, decidió no forzar las cosas. La situación se precipitó cuando Stan Lee lanzó los números de Spiderman que mencionaba al comienzo del artículo. Adams se sintió indignado por el tratamiento que se daba al asunto habida cuenta del conocimiento que él tenía del problema por su contacto personal con los centros de rehabilitación.

Pero el caso es que, cuando DC se enteró de los propósitos de Marvel, sintió que la competencia le estaba comiendo el terreno. ¿Qué hacer? Julius Schwartz tenía en su escritorio aquella portada de Adams… Los jerifaltes de la compañía convocaron una reunión del comité director del Comics Code Authoritý. Si las editoriales de comics querían obras más realistas, sus creativos necesitaban un código actualizado que respondiera al verdadero panorama social del momento.

En junio de 1970 comenzaron las reuniones de los responsables del Comics Magazine Association of America que llevarían a una revisión de las directrices de la censura, con entrada efectiva en vigor en febrero de 1971: vampiros, fantasmas, zombis y hombres lobo podían ahora mostrarse con libertad; aunque los actos sexuales “ilícitos” seguían prohibidos, ahora se podía hacer referencia a ellos; aunque la violación no podía representarse ni sugerirse, la seducción sí. En cuanto a las drogas, aunque Charles Goodman representando a Marvel Comics y Carmine Infantino por parte de DC, abogaron por una liberalización en su inclusión, otras editoriales más conservadoras (Archie Comics, Harvey
Comics y Charlton Comics) se opusieron y la moción no salió adelante. El espinoso asunto de las drogas iría relajándose poco a poco y mediante arreglos parciales del Código pero, desde luego y a pesar de su corto recorrido, Green Lantern / Green Arrow fue una pieza esencial en aquella misión renovadora, desafiando las vetustas reglas vigentes.

Porque lo cierto es que los números 85 y 86 de aquella colección (sept / oct 1971) mostraron el problema de las drogas con una crudeza devastadora y un realismo que Stan Lee jamás se hubiera atrevido a incluir en sus tebeos. El lector se encontraba en ellos con un O´Neil inspirado y un Neal Adams pletórico (especialmente en el primero de los números, entintado por él mismo) que a través de una serie de planchas, viñetas y portadas impactantes mostraron las consecuencias de la adicción, tanto físicas (síndrome de abstinencia, degeneración fisiológica, alteración de la capacidad mental) como psicológicas (dependencia, violencia, desapego, frustración, desesperación). Los autores no dudaron a la hora de mostrar a un yonqui inyectándose y muriendo de sobredosis, la indiferencia cruel de las clases más acomodadas e incluso las
autoridades, la agonía de los que sufren el “mono”, drogar a los propios héroes protagonistas, convertir a Green Arrow en un personaje desagradable e intolerante y al propio Speedy en un drogadicto que llega a la traición y la venganza.

Nunca antes se había utilizado el comic de superhéroes como vehículo de denuncia con semejante grado de claridad. Pero la senda abierta no sería aprovechada aún durante un tiempo, porque la relajación del Comics Code tuvo menos efecto sobre los comics de los setenta de lo que uno hubiera podido esperar. En parte ello fue debido a que el interés por integrar la problemática social en los comics que tanto había defendido O´Neil en Green Lantern/Green Arrow no tardó en perder fuerza. Al final resultó que los lectores preferían el lado más intrascendente y fantasioso de sus superhéroes. Sin embargo, sí hubo comics cuyos contenidos experimentaron un cambio, como lo demuestra el buen número de títulos de terror que hicieron furor en los setenta.

Por si fuera poco, tras las drogas, O Neil y Adams elegirían a John Stewart, un americano
negro combativo, rebelde y ferozmente independiente, como Green Lantern de la Tierra, toda una declaración de principios.

A estas alturas la serie había adquirido una gran resonancia. Adams fue votado mejor dibujante por la Academy of Comic Book Arts (A.C.B.A.) en 1970, tras haberse establecido como uno de los artistas más influyentes del medio. Aquel mismo año, Denny O´Neil compartió el premio a la mejor serie por su trabajo en Green Lantern / Green Arrow y, concretamente el número de apertura, el 76, “Ningún mal podrá escapar a mi vigilancia”, obtuvo el galardón al mejor comic individual. Adams fue de nuevo premiado en 1971 por la A.C.B.A.y junto a Denny O´Neil ganó el premio al mejor comic individual por Green Lantern / Green Arrow nº 85, “Los pájaros de nieve no vuelan”, el famoso número de las drogas. Por su parte, Dick Giordano, el principal entintador del trabajo de Adams, fue nombrado el mejor en su categoría en 1970 y 1971.

Pero toda esa fama y reconocimiento –que se extendió a conferencias en universidades, artículos periodísticos y reportajes televisivos- no le sirvió de nada a la colección. Con su número 89 (mayo de 1972) fue cancelada alegando problemas con las ventas, si bien hay quien
duda de que, habida cuenta del control que entonces se llevaba sobre esa cifra, tal decisión estuviera justificada.

La agonía, no obstante, se prolongó algo más. O´Neil y Adams terminaron lo que tenían que decir de la pareja de héroes de verde en unas páginas de complemento en los números 217 al 219 de “Flash” (agosto-diciembre de 1972) y, tiempo más tarde y ya bastante lejos de los mejores momentos de Green Lantern, en “Flash” nº 226 (febrero 1974). Años después se resucitaría la serie del Cruzado Esmeralda, pero su ánimo de crítica social había desaparecido y volvería a dedicarse al relato de aventuras espaciales cuyo único objetivo era el entretenimiento y la evasión de la realidad.

Fueron trece números que, si no cambiaron radicalmente el mundo del cómic, sí supusieron un peldaño de oro en la trayectoria hacia la modernidad, un experimento como nunca antes se había llevado a cabo en las páginas de un cómic juvenil.


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