Cuando la industria del cómic-book despegó en la década de 1930 para convertirse en un fenómeno de masas, lo hizo arrastrando una serie de malas prácticas, abusos y vicios empresariales que hubieron de soportar los autores, trabajando horas sin fin por tarifas miserables y sin recibir reconocimiento ni acreditación, privados de seguro médico, mendigando trabajos por los despachos de editores déspotas o perdiendo cualquier derecho sobre su obra. Puede que los aficionados bautizaran aquellos años como “Edad de Oro”, pero, sin duda, muchos profesionales lo vivieron de una forma que poco tenía que ver con semejante expresión. Los progresos que se fueron haciendo desde entonces se sucedieron muy lentamente y no sin luchas y resistencias por parte de las empresas.






