Sin el contexto adecuado, hoy es difícil comprender la importancia que en su momento y para el futuro de la animación tuvieron “Los Picapiedra. Sin ellos, difícilmente habrían visto la luz los muy posteriores “Los Simpson”, “South Park” o “Padre de Familia”. Y es que antes de 1960, cuando empezaron a emitirse las aventuras domésticas de ese entrañable conjunto de hombres y mujeres de la Edad de Piedra, los dibujos animados se consideraban contenido exclusivo para niños o programas cortos que precedían a las películas proyectadas en los cines. El estudio de Hanna-Barbera rompió el molde no sólo creando la primera serie de animación emitida en horario de máxima audiencia sino pensándola para que fuera disfrutada tanto por los padres como por los hijos.
La serie, que
se emitió en la ABC durante seis años en los 60 y medio siglo en el
mercado
sindicado televisivo norteamericano, fue, en esencia, la traslación al formato
animado de lo que ya venían haciendo sitcoms de acción real como “Los Recién
Casados” (1955-1956). Narraba los altibajos profesionales, familiares y
sociales de un hombre común de la prehistoria, Pedro Picapiedra, víctima de los
abusos de su mezquino jefe, la arpía de su esposa Vilma e incluso sus mascotas,
contando sólo con el apoyo de su vecino y amigo de pocas luces, Pablo Mármol.
Al final de cada episodio, eso sí, todos reconocían que el cabeza de familia solo
quería lo mejor para ellos y solía ser recompensado con un beso de la ahora
dócil Vilma o un enorme filetón.
“Los
Picapiedra” introdujeron el formato de narrativa continua de media hora, con
una trama central, conflictos de pareja y problemas laborales, algo inusual
para los dibujos de la época que solían consistir en una sucesión de gags
cortos y eminentemente físicos. Fue la primera serie animada en mostrar a una
pareja compartiendo la misma cama (un tabú en la época) y en tratar temas
complejos como la infertilidad y la adopción (cuando los Mármol deciden tener a
Bam-Bam). Sobre todo y a pesar de estar ambientada en el 10,000 a.C., la serie
era una
sátira mordaz de la sociedad estadounidense de los años 60.
Así que, utilizar a “Los Picapiedra” como vehículo para satirizar los valores, tendencias, instituciones, dinámicas y obsesiones sociales del siglo XXI, no es, como podría parecer, una idea absurda sino una progresión lógica respecto a la serie de los años 60. Y ello fue posible, en primer lugar, gracias a que, a diferencia de Marvel, que debe negociar licencias con los propietarios de los derechos de los personajes que quiera adaptar, DC Comics y Hanna-Barbera pertenecen al mismo conglomerado: Warner Bros. Discovery. Esto facilitó que los directivos de DC, Dan DiDio y Jim Lee, tuvieran vía libre para reimaginar estos catálogos clásicos sin las restricciones que suelen imponer los licenciantes. Ese fue el gérmen de “Hanna-Barbera Beyond” en 2016, un proyecto que buscaba reciclar para el comic moderno a algunos personajes clásicos del antiguo estudio animación con un enfoque adulto, como, entre otros, Scooby Doo, los Autos Locos, el león Melquiades, los Supersónicos…
Para “Los
Picapiedra”, DC buscaba a alguien capaz de manejar la sátira social
sin caer en
un tono nihilista o cínico. El elegido fue Mark Russell, quien por entonces no
era un guionista estrella aunque sí había llamado la atención de los editores
con “Prez” (2015, basado en un comic de 1973-74), una sátira política sobre una
adolescente que se convierte en presidenta de EE. UU. Russell mencionó en entrevistas
que esperaba que DC rechazara sus ideas (como incluir el primer bar gay de
Piedradura, el "Homo Erectus"), pero, para su sorpresa, la editorial
lo apoyó sin fisuras porque Dan Didio buscaba algo que rompiera el molde y era
consciente de que para ello era necesaria una libertad creativa total. Y así,
el guionista aceptó el encargo realizando una serie limitada de 12 números que,
en lugar de una sucesión de chistes de dinosaurios y cavernícolas, resultó ser
un agudo análisis sobre nuestra civilización moderna y el lugar que ocupamos en
ella. El guionista recalibró las preocupaciones, problemas y dilemas de Pedro y
Vilma Picapiedra por un lado, y Pablo y Betty Mármol por otro (con sus
respectivos hijos, Peebles y Bam Bam), para acercarlos tanto a la sensibilidad
actual como a la de un lector más adulto.
La
serie
comienza en nuestra época, con la guía de un museo de Historia Natural
mostrando a un visitante el cuerpo congelado de un neandertal. Le cuenta que
ahí mismo, en el valle de Piedradura, se han encontrado indicios arqueológicos de
una sociedad de la Edad de Piedra, más avanzada que cualquier otra descubierta
antes. Al volver la página, encontramos una doble página-viñeta que representa
“el pueblo de Piedradura hace 100.000
años”, una anacrónica combinación de edificios hechos de de roca, madera y
colmillos, con referencias a marcas modernas (“Starbricks” –“Starbucks”; “Casa
de Serpientes del Desierto” – “Outback Stakehouse”). Todo resulta diferente y
al mismo tiempo familiar. A continuación, conocemos al señor Rajuela, a punto
de contratar a tres neandertales para su cantera: "Son el doble de fuertes que el homo sapiens y no tienen un concepto
formal del dinero". El empresario manipula a Pedro, endosándole a los
tres brutos para que se lo pasen bien y firmen el contrato a cambio de
prometerle el puesto de nuevo capataz. Sin embargo, Vilma le llama para
recordarle que él y Pablo tienen reunión de veteranos… Russell solo ha necesitado
un puñado de páginas para demostrar que esta no es la versión de “Los
Picapiedra” que podía esperarse.
Cada
capítulo aborda normalmente un par de temas diferentes: el insopo
rtable turismo
de masas (en forma de extraterrestres ansiosos de juerga); la inhumanidad del
capitalismo; los prejuicios sociales frente a ciertas formas de emparejamiento
sentimental (la reciente monogamia que desafía la tradicional poligamia); el
esnobismo artístico; la gentrificación; la manipulación a la que los líderes
religiosos someten a sus fieles; la explotación laboral; el elitismo de los
poderosos; la insatisfacción del estilo de vida basado en el consumo; la estulticia
del pueblo ante los líderes populistas; el escaso apoyo del gobierno a los
veteranos con estrés postraumático…
Ru
ssell
analiza todo con perspicacia, pero es quizá el arco relacionado con el ascenso
al poder de un político populista, patriotero y belicista, el que tiene más
fuerza y resulta más inquietante por las resonancias que tiene en nuestros
tiempos. Y es que los orígenes de Piedradura están bañados en sangre. Pedro y
Pablo son veteranos de una guerra a la que se alistaron voluntariamente y que
fue fomentada por el político de turno que identificó y demonizó a un enemigo
que no lo era para luego enviar tropas, arrasar su hábitat y obtener espacio
para expandirse y enriquecerse. Ahora, el ascenso de un nuevo líder, Brutus,
amenaza con repetir la misma historia, presentando a otra tribu como enemiga
peligrosa y desviando fondos del hospital infantil a la compra de armaduras
para dinosaurios de combate. Esta historia se escribió durante la agitada
campaña presidencial norteamericana de 2016, y los paralelismos son fáciles de
identificar.
No hay que
ser muy observador para darse cuenta de que Russell ha tomado a “Los Simpson”
como referente para esta miniserie. Así, el reducido elenco de la serie animada
original se amplía para incluir como personajes recurrentes al científico
Profesor Sargon (un cariñoso homenaje a Carl Sagan); el ambicioso y arrogante
señor Rajuela, propietario de la cantera donde trabaja Pedro; Rock St
one, el cínico
presentador de las noticias; el duo de sacerdotes que van sacándose dioses de
la chistera en un proceso de prueba y error para convencer a sus fieles; Gazoo,
el extraterrestre que observa y recopila información de los primitivos humanos
para sus jefes del planeta La Vegas… Obviamente, dado el número y diversidad de
temas que Russell quería abordar, necesitaba un reparto de personajes extenso,
pero también es cierto que les dota a todos de una personalidad diferenciada e
incluso un arco de aprendizaje.
Hay que
decir no obstante que, aunque la mordacidad de Russell mantiene su pulso, la
segunda mitad de la serie tiene un tono algo más disperso, como si el guionista
hubiera concentrado casi todo lo que quería decir en los primeros números ante
el temor –que él mismo confiesa en la introducción del volumen recopilatorio-
de que la colección fuera cancelada de la noche a la mañana, una experiencia desagradable
que ya le había ocurrido con “Prez”. Así, en lugar de condensarlas, distribuye
las tramas a lo largo de varios episodios, un cambio de estructura que tiene
sus ventajas e
inconvenientes. Los problemas del alcalde Clod para recaudar
fondos y su continua y ridícula demonización del Pueblo Lagarto generan muchos
momentos cómicos, pero otros asuntos flotan sin llegar a concretarse. Los gags
sobre la frustrada carrera artística de Vilma son divertidos, como también su
“descubrimiento” por parte del director de cine Werner Hertzrock y las
reflexiones sobre la autoconfianza a que todo ello da lugar, pero esta trama,
en lugar de culminar, se desvanece. Mucho mejor es la deconstrucción de la
economía que hace el profesor Pebblen a escondidas de la oficialidad del
sistema educativo, ya que la verdad sobre ella no se considera adecuada para
mentes juveniles. Igualmente, las observaciones del alienígena Gazoo sobre la Humanidad
son muy certeras y algunas de ellas incluso tienen una carga filosófica nada
despreciable.
El arte de Steve
Pugh es magnífico. Como “Los Simpsons” han venido demostrando desde hace
décadas, la sátira mordaz funciona a la perfección con un reparto compuesto de
dibujos animados, pero el dibujo de Pugh va más allá de la mera caricatura. Los
habitantes de Piedradura son indiscutiblemente carnales, pero de una forma
mucho más coherente con la narrativa de lo que consiguieron las dos películas
de acción real (1994 y
2000). Conceptual y gráficamente, “Los Picapiedra” una
idea que funciona mejor en papel que en pantalla, ya que Pugh crea formas
convincentemente voluminosas para Fred y Barney, manteniendo a sus esposas
esbeltas y voluptuosas. Igual “realismo” utiliza para retratar a los
secundarios, recurriendo ocasionalmente a las caricaturas como la del actor y
presentador Tony Danza.
Pugh también
hace una labor sobresaliente de diseño, recuperando y actualizando una de las
características más recordadas de “Los Picapiedra” animado: la sustitución de maquinaria
y artilugios modernos por animales cautivos adaptados y adiestrados para una
tarea específica, un aspecto que el comic recupera y subraya para criticar el
consumismo. La nueva cortadora de césped de Pedro es una voraz cabra atada a un
anticuado mango de arado, Vilma tiene un lavavajillas con forma de pulpo y un
dodo con un batidor en el pico... Pugh se deleita con las ideas más
extravagantes, como ese perezoso gigante que sirve de gran sofá a Rajuela, el
ave de pico largo que ejerce de tocadiscos, la cobra-manguera, la cotorra-contestador
automático o los elefantitos aspiradores… En este último aspecto encuentro el
único punto chirriante de la miniserie. Pugh y Russell, de forma algo forzada,
rodean de patetismo a lo
s animales-electrodomésticos del hogar de Pedro y
Vilma. La intención es insertar un comentario sobre la esclavitud y la
alienación, pero la aventura en la que varios de ellos tratan de rescatar a un
compañero llevado al vertedero no sólo carece de humor o latigazos satíricos,
sino que lo acerca al sentimentalismo banal de la animación infantil, una
desviación desconcertante e incoherente con el tono y dirección del resto de la
serie.
“Los Picapiedra” conservan el espíritu y la intencionalidad de la serie animada original, pero que nadie espere tampoco encontrar en este comic una versión fiel de sus personajes de infancia. Russell y Pugh combinan de forma brillante la originalidad y ojo analítico de la serie clásica con un enfoque más adulto y una mirada certera y divertida a los problemas del mundo desarrollado de nuestros días. Puede que a veces su visión parezca algo desilusionada y pesimista, pero en realidad su mensaje es mayormente de esperanza. Entre las muchas frases inteligentes, perspicaces y emotivas que el guionista pone en boca de Pedro, hay una que quizá resume la pregunta central de la serie, a saber, si la civilización merece la pena: “Si la civilización ha de perdurar, si ha de ser algo más que un sitio donde ver la tele y conseguir serpiente barata para comer, sólo será porque hemos aprendido a hacer una cosa: preocuparnos por la gente que no significa nada para nosotros”.

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