14 mar 2026

2022- GOTHAM CITY AÑO UNO - Tom King y Phil Hester

 


Cualquiera medianamente afín al género de los superhéroes sabrá que “Detective Comics” es uno de los títulos de DC incluidos en la esfera de Batman. Sus aventuras llevan publicándose allí desde el nº 27 (mayo 1939). Lo que es menos conocido es que el Hombre Murciélago “usurpó” esa cabecera, desplazando al personaje con el que había sido lanzada originalmente: Slam Bradley.

 

Por aquel entonces, el género hardboiled estaba en su apogeo en la literatura pulp, con autores como Dashiell Hammett o Raymond Chandler publicando algunas de sus obras más famosas en revistas como “Black Mask”. Claramente influido por detectives de ficción como Philip Marlowe o Sam Spade, Slam Bradley fue hijo de la imaginación de Jerry Siegel y Joe Shuster, el legendario dúo que apenas un año después cambiaría el mundo con la creación de Superman. Debutó en el nº 1 de “Detective Comics”, en 1937, como arquetipo del detective de la era pulp: un tipo duro, aventurero, cínico, y con un sentido del humor corrosivo.

 

Durante los primeros años de la trayectoria editorial de Batman, Slam Bradley no desapareció de inmediato de las páginas de “Detective Comics”, aunque sí dejó de ser su personaje emblemático. Sobrevivió en historias de complemento, resolviendo crímenes callejeros mientras el superhéroe de Gotham luchaba contra pintorescos villanos y amasaba un creciente número de seguidores. El nº 52 (octubre 1949), marcó su última aparición regular. DC pensó que los lectores preferían los superhéroes más famosos de la casa y personajes de corte más fantástico, condenando a Bradley a más de tres décadas de limbo editorial.

 

Pero si por algo se ha caracterizado DC es por no desperdiciar su catálogo de personajes, muchos de los cuales no fueron creados originalmente como parte de su universo superheróico, pero que con el tiempo acabaron integrados en él. Así, en marzo de 1981, aparece el especial “Detective Comics” nº 500, entre cuyas varias historias se incluía una en la que Slam Bradley unía fuerzas con otros detectives de la casa (Christopher Chance –el Blanco Humano-; el detective de la Marina, Capitán Brújula; Jason Bard; Richard Carter alias Mysto, el Mago Detective; el sioux Ohiyesa Smith -Pow-Wow Smith- y el periodista Roy Raymond) para resolver un caso.

 

Hubo que esperar otros veinte años a que el guionista Ed Brubaker lo rescatara para la serie de “Catwoman”, dándole una profundidad que nunca tuvo en los años 30 y presentándolo como un hombre fuera de su época, un anciano todavía fuerte, que bebe demasiado, fuma y añora los "viejos tiempos". Y veinte años después, resistiéndose a morir o retirarse, resurge de la mano del guionista Tom King nada menos que como protagonista de una miniserie de seis números, “Gotham City: Año Uno”, en la que confirmó su estatus de símbolo de la época dorada del género negro dentro de DC y recordatorio de que esa editorial comenzó editando comics de detectives (eso es precisamente lo que significan sus siglas). Mientras Batman es el "Mejor Detective del Mundo" gracias a su tecnología y mente analítica, Slam es el detective que patea puertas, interroga a soplones en callejones oscuros y siempre tiene un cigarrillo a mano.

 

“Gotham City: Año Uno” tiene un título engañoso, porque lo que se cuenta aquí no es el origen de la famosa ciudad sino la explicación a por qué se convirtió en el nido de crimen y corrupción que hoy sirve de teatro de operaciones a Batman.

 

La acción comienza en 1961, con la portada de un periódico en el que se informa de que la heredera de la ilustre familia Wayne, todavía un bebé, ha sido secuestrada. Slam Bradley está leyendo la noticia en su despacho cuando su ayudante, Big Johnny, le anuncia la llegada de una joven negra. Parece apresurada y algo nerviosa cuando repite mecánicamente lo que le han ordenado decir: le va a entregar una carta cuyo contenido desconoce y que, a su vez, él deberá hacer llegar a los afligidos padres, Richard y Constance (los abuelos de Bruce Wayne). Slam acepta el trabajo y cumple con su cometido. Mientras camina hacia la residencia Wayne, reflexiona sobre el buen ambiente reinante en la ciudad: “Gotham City. No hay ningún lugar mejor donde nacer y crecer. Era una ciudad construida para las familias. Un sitio precioso (…) Estar allí, vivir allí, era algo de lo que enorgullecerse (…) Existía la idea de que el mañana sería brillante y estábamos ansiosos por formar parte de él”. 

 

Sin embargo, esa impresión va a verse empañada por todo lo que se nos va a contar a continuación. Al llamar a la puerta de la mansión de los Wayne, es recibido por un hombre armado que le apunta con una pistola, un antiguo colega de la policía ahora contratado como seguridad privada por esa adinerada familia. Pronto queda claro que bajo la luminosa fachada de Gotham se esconde un buen montón de mierda. A Sam lo torturan bajo la supervisión de la gélida Constance para que diga todo lo que sabe al respecto del secuestro (aun cuando no ha tenido nada que ver); la relación del matrimonio es cualquier cosa menos afectuosa; los flashbacks nos informan de que Bradley salió de la policía por no soportar la brutalidad y el racismo de esa institución; y el propio Richard Wayne se propone, con una multimillonaria inversión, empeorar la situación para las familias negras de la ciudad.

 

Convertido en sospechoso de la policía por el asesinato de su ayudante y obligado por los Wayne a involucrarse en el caso de secuestro, Slam se ve arrastrado al corazón de la aristocracia de Gotham, un mundo que desprecia pero por el que debe transitar para encontrar a la niña. Lo que comienza como un caso de secuestro se complica rápidamente merced una espiral de secretos familiares, traiciones e imposibles dilemas morales.

 

“Gotham City: Año Uno” es una historia perfectamente accesible por alguien no familiarizado con el Universo DC o siquiera el de Batman. Éste sólo aparece marginalmente como mero oyente (la historia se la cuenta un Bradley muy anciano en el lecho de muerte) y sólo se hacen referencia a un par de lugares comunes (el Callejón del Crimen, Ace Chemicals…). La familia Wayne bien podría haber sido cualquier otra de la élite social y económica de una gran ciudad. Porque, en su esencia, este comic es un homenaje y una réplica a los clásicos de las novelas hardboiled y sus tropos: el detective cínico que recibe la visita de una atractiva y misteriosa mujer con la que se pone en marcha la acción, una mujer fatal, un cuerpo de policía corrupto, un protagonista que se ensucia las manos y recibe castigos físicos, entorno urbano, realismo sucio, narración en primera persona, diálogos ingeniosos, sexo y violencia, un caso que es más de lo que parece a primera vista y que pone en contacto las esferas sociales más acaudaladas con las económicamente más degradadas… Esta todo aquí. En este sentido, Tom King hace una buena labor de recuperación del género para el comic, pero escasamente original. El guion es correcto, tiene buen ritmo, los personajes están bien definidos y no se alarga más de la cuenta (a diferencia de otras miniseries del guionista, más extensas de lo que la historia pedía). Pero, al mismo tiempo y a poco que se haya buceado en la cultura popular, todo “sabe” a ya probado antes en muchísimas novelas, películas, series televisivas.

 

Conocer el mundo e historia de Batman añade, eso sí, una capa extra de significado. A menudo, se ha interpretado en las historias del personaje que la transformación de Gotham en un pudridero de corrupción y crimen empezó con el asesinato de Thomas y Martha Wayne en el Callejón del Crimen. Sin embargo, esta miniserie contradice esa versión, argumentando que el problema venía de bastante antes, cuando un solo evento traumático, sumado a la podredumbre interna de sus instituciones, truncaron quizá para siempre el potencial de la ciudad.

 

(Atención: Spoilers) Algo parecido ocurre con los Wayne, una familia que siempre parecía haber sido un ejemplo y faro de esperanza gracias a sus iniciativas filantrópicas y constante dedicación a la mejora de la ciudad. Pues bien, eso es algo que no se puede decir aquí de Richard y Constance Wayne. El primero es presentado como un magnate sin escrúpulos, adúltero y profundamente racista. La cueva cercana a la Mansión, que un día su nieto utilizaría como cuartel general para sus actividades de vigilante, la utiliza para ocultar sus infidelidades. El símbolo del murciélago, que Bruce usará para inspirar justicia, fue utilizado originalmente por Richard como una marca de traición. Y, para colmo, sus plantas fabriles envenenan a las comunidades negras que viven alrededor de ellas mientras él actúa como si debieran estarle agradecidos. Su cobardía y malas decisiones son el catalizador de la tragedia central de la obra.

 

Por su parte, Constance es una mujer tan bella como fría y calculadora. Nunca se sabe qué piensa realmente ni qué planea hacer. Es el verdadero poder en la sombra, pero uno oscuro y aterrador. A diferencia de su marido, es muy inteligente y, de hecho, es quien realmente maneja los hilos y las finanzas de la familia. Tras descubrir la traición de Richard, Constance no solo permite que la tragedia escale para castigarlo, sino que termina ejecutándolo ella misma de un disparo en la cabeza. Su tratamiento encaja perfectamente con el arquetipo de la femme fatale del género hardboiled que mencionábamos antes: es peligrosa, ambiciosa y está dispuesta a dejar que la ciudad arda para mantener el poder y obtener su venganza.

 

El tratamiento de ambos personajes sirve también para establecer que Gotham no se volvió corrupta por azar, sino que fue moldeada por los pecados de los Wayne. Se muestra claramente que Slam Bradley y Constance tuvieron un encuentro sexual, apuntando así a la posibilidad de que aquél sea el abuelo biológico de Bruce Wayne (lo que explicaría sus dotes detectivescas, inclinación a la melancolía y resistencia física). Con este nuevo enfoque, la miniserie plantea que la autoimpuesta misión de Bruce no sería solo una lucha contra el crimen sino una forma de expiación inconsciente por los pecados de sus abuelos, quienes prefirieron ver la ciudad degradarse antes que perder su estatus o admitir sus faltas.

 

He mencionado que tanto Richard Wayne como la policía de Gotham eran racistas. Y es que este no es un tema secundario en la historia, sino el motor narrativo de fondo y otro cáncer que contribuye a corromper definitivamente a la ciudad. Tom King aborda este aspecto en tres planos diferentes. Por una parte, en el caso policiaco central, el secuestro de la hija de los Wayne. Automáticamente, la sospecha se sitúa en la población negra de Gotham, que está protestando por la ubicación y polución de las fábricas de Wayne. Tanto el millonario como la policía no buscan al auténtico culpable sino a uno que encaje en sus prejuicios, demostrando así que la vida de una niña blanca y rica vale más que la paz social de toda la comunidad. La presión para resolver el caso justifica, a ojos de los poderosos, el uso de violencia desmedida contra los ciudadanos afroamericanos.

 

En segundo lugar, el racismo anida en el propio urbanismo de Gotham, porque los Wayne y otros líderes de la ciudad diseñaron en su día barrios para aislar a la población negra, negándoles servicios básicos y oportunidades. Así, la criminalidad futura de la ciudad a la que Batman deberá enfrentarse años después, es una consecuencia directa de este racismo institucionalizado que empobreció y llevó a la desesperación a sectores enteros de la población.

 

Y, por último, el racismo es algo que Slam Bradley debe afrontar como desafío personal. Aunque es el héroe de la historia, King no lo retrata como un iluminado moderno, sino como un hombre de su época, lastrado por los mismos prejuicios que sus contemporáneos blancos. Sin embargo, a medida que investiga, se ve obligado a reconocer esos sesgos para encontrar la verdad. Por otra parte, el comportamiento brutal del departamento de policía con los negros, es algo que repugna tanto a Bradley que le llevó a abandonarlo para establecerse por su cuenta.

 

Hablando de Bradley, Tom King eligió, como suele ser habitual en él, a un personaje secundario de la casa para tener mayor libertad a la hora de retorcerlo y dar su propia versión del mismo sin atender a consideraciones de continuidad o perturbación de la esfera de figuras más importantes. Slam, como buen detective de sabor clásico, no es un héroe de moral intachable sino un hombre falible que vive en la ambigüedad moral. A diferencia de Batman, Slam no tiene artilugios tecnológicos ni una fortuna sobre la que apoyarse. Su método es la persistencia y la capacidad de aguantar dolor físico. De hecho, lo vemos recibir palizas brutales que lo dejan físicamente mermado, acentuando así su vulnerabilidad.

 

Por otra parte, Bradley es alguien incómodo en la jerarquía policial porque desprecia a ésta, considerándola mediocre y corrupta; pero tampoco es aceptado en los círculos selectos de la sociedad de Gotham. Los Wayne lo utilizan como mero peón porque puede moverse al margen de la policía y entre los callejones del barrio negro. Y a diferencia de otras versiones modernas de personajes antiguos, King no lo convierte en una especie de progresista avant la lettre, sino alguien que comparte los prejuicios sistémicos de su época y cuya motivación inicial es la de resolver un caso y cobrar sus emolumentos (aunque acaba luchando duramente por sobrevivir y averiguar la verdad).

 

Tom King siempre ha tenido buen ojo o mucha suerte con los dibujantes con los que ha trabajado y “Gotham City: Año Uno” no es una excepción y, de hecho, podría asegurarse que sin el trabajo minimalista y sombrío de los artistas aquí implicados su guion no habría tenido ni la mitad del peso emocional y opresivo.

 

El dibujante Phil Hester complementa a la perfección este homenaje a la novela negra gracias a su estilo afilado y crudo, y sus rostros demacrados que recuerdan a los de Frank Miller en “Sin City”. Hester entiende que, en el aspecto visual, el género negro no trata tanto de lo que se ve como de lo que las sombras ocultan, así que –en colaboración con el entintador Eric Gapstur- no recarga las viñetas con detalles innecesarios y recurre a los grandes bloques de tinta negra para crear una sensación de claustrofobia y peligro inminente además de sugerir que en esta Gotham todo el mundo tiene algo que esconder.

 

La caracterización física de los protagonistas es también clave para entender su psicología. A Slam Bradley lo dibuja como un bloque de granito: hombros anchos, rasgos toscos, mandíbula cuadrada… Pero a medida que avanza la historia, cada vez aparece más encorvado y físicamente perjudicado. Por su parte, Hester dibuja a los Wayne con una elegancia clásica que, sin embargo, transmite peligrosidad. Sus rostros finos y simétricos, casi felinos, crean un contraste visual con la honesta "fealdad" de Slam.

 

Gráficamente, tan importante como el dibujo es el trabajo narrativo que aquí ofrece Hester, utilizando con frecuencia ángulos de cámara inclinados o forzados para transmitir que el mundo de Slam se está desmoronando y que nada es estable. En las escenas de acción (las palizas, los tiroteos), la composición de página se vuelve más fragmentada y dinámica, capturando la brutalidad física del guion de King.

 

De obligada mención es también el color de Jordie Bellaire, con quien King había colaborado anteriormente en, por ejemplo, “La Visión”, una etapa de su Batman o “El Sheriff de Babilonia”. Bellaire entiende perfectamente el ritmo de King, el cual suele incluir muchos silencios, repeticiones de viñetas y momentos introspectivos en los que las palabras brillan por su ausencia. En esas escenas es donde el color de Bellaire se encarga de transmitir el estado de ánimo de los personajes. En el caso que nos ocupa, recurre a una paleta monocromática y desaturada (tonos sepia, grises, azules apagados) que evoca la fotografía de las películas de los años 50, reservando el rojo para la violencia o el amarillo para momentos de revelación para así romper la monotonía y generar un impacto visual inmediato.

 

“Gotham City: Año Uno” es, en resumen, una tragedia griega disfrazada de pastiche de género negro. King opta por una narrativa más contenida que las de otras de sus obras, sin propuestas originales ni florituras estilísticas, concentrándolo todo en la propia historia sin que ningún personaje trascienda su papel. Tiene diálogos agudos y un misterio que sólo se revela al final, lo que, junto al interesante dibujo de Hester, mantiene el interés del lector desde el principio hasta el final. Desde esta perspectiva, la miniserie es una lectura tan entretenida como convencional, algo que, después de todo, es lo que siempre han ofrecido las novelas pulp de detectives.

 

 

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