La primera página del comic, con siete viñetas, resume a la perfección el estado del mundo en un futuro próximo: “La manera en que F.G.Wilson sometió al mundo fue de lo más retorcida. No llegó al poder tras un golpe de Estado. Tampoco fue elegido. A decir verdad, Wilson ni siquiera es político. Es empresario. Fuimos nosotros los que voluntariamente abrazamos el confort tecnológico que nos brindaba: prótesis biomecánicas, órganos sintéticos…Wilson tiene ya 115 años y ni una sola arruga. ¿Quién podría negarse a la inmortalidad así? Cuando Technolab lanzó el implante cerebral, un chip orgánico que optimiza las aptitudes físicas y mentales, todo el mundo quiso uno. Ahora se les coloca a los bebés de todo el mundo nada más nacer. ¿Y qué podría haber más natural que el hecho de que dicho implante conllevara una “cláusula neuronal” que impedía al portador “perjudicar a F.G.Wilson? Y así, se volvió imposible oponerse a sus decisiones. Y así, creamos al tirano que nos merecíamos: inmortal y omnipotente. A pesar de ello, voy a tratar de alterar el curso de la historia”.
Quien esto
narra es Nolan Ska, un ingeniero que encuentra la manera de viajar al pasado con
el fin de reescribir la Historia. Sabe cuál es el evento concreto que llevó al
entonces joven Wilson a entrar como contable en Technolab, una empresa de
reciente creación y de la cual, en última instancia, sería presidente. A tal
fin, impide que le roben el manuscrito de su primera novela en un café. Resulta
que el a
dolescente Wilson tenía aspiraciones de convertirse en escritor de
ciencia ficción y Nolan lo convence para que persevere en ello. El problema es
que el muchacho es un absoluto negado. No sólo escribe mal, sino que no tiene
ni una sola idea original. Jamás conseguirá que ningún editor le publique nada.
Así que el viajero del tiempo decide “ayudarle”, convirtiéndose en su escritor
“fantasma” para alejarlo de la posibilidad de que entre en Technolab y termine
construyendo la distopía de la que proviene.
Hasta aquí, las cuatro páginas del preámbulo. El resto del comic consta de las historias que Nolan escribe para Wilson y que terminan publicándose primero y pasando a la televisión después, intercaladas por breves segmentos en los que va explicándose cómo Wilson va escalando posiciones en la industria del entretenimiento como creador y Nolan va encontrando cada vez más insoportable lidiar con un cretino engreído incapaz de reconocer su absoluta ausencia de talento literario ni agradecerle su decisiva contribución al ascenso a la fama que experimenta.
Cada una de
las seis historias que escribe Nolan para Wilson son episodios que él recuerda
de su propio futuro y en los que se abordan diferentes problemáticas,
ambientes
y personajes muy en la línea de los episodios de “La Dimensión Desconocida”
(1959-1964), los comics de la EC de los años 50 o los que aparecían en la
revista británica “2000 AD” a partir de los 70.
En todos los casos, está de una u otra forma involucrada alguna de las empresas del conglomerado Technolab, que en ese futuro parece dominar todos los aspectos de la vida social y económica. “El Método 100%” (“Technolab Detention: La Cárcel que Quiere Lo Mejor para Usted”) nos presenta a un recluso que se resiste al método implementado para conseguir la total docilidad de los internos: convertirlos en adictos a un culebrón interminable que es obligatoria y diariamente proyectado en sus celdas. En “El Big Flush” (“Technolab Services: Alcantarillas Limpias”), un equipo especial de limpiadores debe jugarse la vida en los subterráneos de la ciudad para recuperar contrarreloj un objeto valioso que un ricachón ha perdido.
“El Día de
los Muertos” (“Technolab Space, el Espacio, Dimensión Humana) traslada la
acción fuera de la Tierra, a una estación-faro cuyo único habitante experimenta
en el día de Halloween una experiencia perturbadora que profetiza su propia muerte.
“Un Hombre con Prisa” (“Technolab Biosoft: El cuerpo soñado, a la venta
sin
receta”) aborda el tema del dopaje deportivo, que, al quedar legalizado, desata
una fiebre en los laboratorios por experimentar nuevos químicos con cobayas
humanos necesitados de dinero o autoestima, uno de los cuales, como es de
esperar, sufre un desagradable efecto secundario.
“El Juicio de Salomón” (“Technolab Genetics: Hijos a su imagen”) trata el tema de los niños genéticamente modificados y las madres de alquiler, una mezcla que puede dar lugar no ya a dilemas éticos y laberintos legales, sino a auténticas tragedias humanas. Y “La Noche del Samurai” (“Technolab Games: ¡Siempre el más fuerte!”) alerta de la alienación tanto de la realidad como del resto de los seres humanos a que puede llevar la adicción a la realidad virtual.
Pese al recurso del viaje en el tiempo, ésta no es una historia sobre paradojas temporales o realidades alternativas, sino una advertencia sobre los peligros de una tecnología, manejada por empresarios sin escrúpulos, que puede acabar construyendo una distopía disfrazada de paraíso utópico. Porque, sí, los avances tecnológicos que promueve aquí F.G.Wilson puede que alarguen la vida y mejoren las capacidades físicas y mentales, pero también destruyen la democracia encumbrando y empoderando a psicópatas egocéntricos, alienando y confundiendo a muchos ciudadanos y consolidando brechas sociales.
Cuando se
pu
blicó originalmente este comic, el mundo estaba viviendo el “Salvaje Oeste”
de internet. De ver la red a distancia como una mera curiosidad universitaria,
pasó a convertirse en el centro de la economía mundial. Casi de la noche a la
mañana, los emprendedores tecnológicos de esos años saltaron de sus garajes a
las portadas de “Time”. Entre 1995 y 2005, alcanzaron fama y fortuna Jeff Bezos
(Amazon), Larry Page y Sergei Brin (Google), Pierre Omidyar (eBay), Steve Case
(AOL), Shawn Fanning y Sean Parker (Napster), Peter Thiel y Elon Musk (PayPal,
Tesla, SpaceX, LinkedIn) o Mark Zuckerberg (Facebook).
Esos hombres
y otros dieron forma al mundo en el que vivimos hoy, pero también sentaron la
bases para muchos de los problemas estructurales que hoy nos afligen, desde el fin
de la privacidad a la precarización laboral, de la erosión del co
mercio local y
la monopolización a la crisis del periodismo y la burbuja de gratuidad, de la
adicción a las redes sociales al uso de éstas como medio de presión social y
desinformación.
Fabian Vehlmann, que por entonces rondaba los treinta años y aún no era el reconocido guionista que es hoy, supo ver estos peligros y los expuso en “Un Futuro sin Nubes”, concentrando todos esos emprendedores tecnológicos en uno solo, un individuo con complejo de inferioridad, resentido y megalómano que acaba al frente de un gigante empresarial y mediático (Nolan Ska, por el contrario, simboliza los valores del pasado). El comic, por tanto, plantea la cuestión de qué pasa cuando el poder pasa a estar en manos de jóvenes inmaduros y sociópatas que ni comprenden ni asumen aquel decreto emitido por el Comité de Salvación Pública durante la Revolución Francesa (1793) en el que se decía que "Una gran responsabilidad es el resultado inseparable de un gran poder".
A
demás de
las admoniciones de cada uno de los segmentos individuales (y que básicamente
se resumen en que la tecnología no resolverá –o incluso agudizará- problemas
como la soledad, la dependencia o las injusticias sociales), Vehlmann demostró
una notable presciencia cuando nos dice que en el futuro (su futuro) los
inventores ya no serán venerables y experimentados científicos, sino jóvenes
genios emprendedores que ejercerán una malsana fascinación e influencia sobre
la sociedad y amasarán un poder económico y político que hasta entonces siempre
estuvo en manos de los Estados.
Hay quien ha
establecido paralelismos entre “Un Futuro sin Nubes” y “S.O.S.Bienestar” (1984),
de Jean Van Hamme y Griffo. No en la génesis, puesto que la segunda fue una
nunca materializada serie de televisión y en el caso del pr
imero fue una idea
original de los dos ilustradores, que pasaron a continuación a Vehlmann para su
desarrollo. Pero sí en el concepto, esto es, mostrar las dinámicas propias de
una sociedad distópica. Mientras que Van Hamme hacía hincapié en el sistema
sanitario, las vacaciones estatalizadas, los peligros de la digitalización, el
trabajo en las grandes empresas, el control gubernamental de la natalidad y la
creación artística o la justicia impartida por ordenadores, Vehlmann actualiza
los temas al tiempo que le tocó vivir: cárceles de gestión privada, embrutecimiento
de las masas a través de entretenimiento basura, atletas que logran hazañas
extraordinarias gracias al dopaje legal, niños genéticamente modificados que
son increíblemente inteligentes a cambio de sufrir serias perturbaciones
psicológicas…
Pero “Un
Futuro sin Nubes” no consigue alcanzar la cota de calidad y agudeza intelectual
de “S.O.S Bienestar” por una sencilla razón de concepción. Mientras que el
comic escrito por Van Hamme constaba originalmente de tres álbumes, Vehlmann lo
concentra todo en uno. En la ciencia ficción más que en otros géneros se
distingue entre la premisa y su ejecución. Muy a menudo, los autores, ya sean
escritores o guionistas, tienen un concepto de partida con potencial, pero
fracasan a la hora de transformarlo en una historia sólida. Este no es
exactamente el caso con “Un Futuro sin Nubes”, pero algo de eso hay. Los
conceptos tanto de cada relato como de la trama que los enlaza son
interesantes, pero, habida cuenta de la extensión del álbum, no hay páginas
suficientes para desarrollarlos con un mínimo de profundidad más allá de
exponer el problema rápidamente y darle un desenlace, sin espacio para
conseguir que los personajes adquieran auténtica personalidad. Así, lo que tenemos
es un comic más ligero pero menos desolador que el de Van Hamme, con un enfoque
más cínico y humorístico.
El dibujo, eso sí, es magnífico. Tanto Ralph Meyer como Bruno Gazzotti han demostrado ser, individualmente, artistas de gran talento que, además, han colaborado con Vehlmann en otros proyectos de ciencia ficción (“Ian”, en el caso del primero; y “Solos” en el segundo). Ambos lo hicieron todo juntos, desde el abocetado y composición hasta el entintado. Al compartir un estudio, podían intercambiar páginas constantemente de acuerdo a su inspiración, cruzando ideas y enriqueciendo lo que, a la postre, es un resultado de gran nivel artístico. A veces es más reconocible el estilo de uno y otras el del otro, pero “Un Futuro sin Nubes” es, desde el punto de vista gráfico, obra de un dúo en el que ninguno de sus dos componentes buscó acaparar el protagonismo.
Ambos son herederos insignes de la mejor tradición de las escuelas de “Spirou” y “Pilote”, fusionando el realismo con la caricatura. Sin embargo, aunque los dos son gráfica y narrativamente impecables, tienen estilos bastante dispares. Meyer es un maestro del claroscuro y la textura. Utiliza un trazo nervioso que no busca la línea perfecta y limpia. Heredero de Moebius, se sirve de grandes masas de negro para crear volumen y profundidad, lo que otorga a sus páginas una calidad cinematográfica. Gazzotti, por su parte, es un representante de la evolución moderna del estilo semirealista de la escuela de Marcinelle. Su dibujo es mucho más definido y sintético que el de Meyer y posee una gran habilidad para caricaturizar las expresiones sin perder la base anatómica real.
Los dos autores tienen, además, otras dos virtudes particularmente importantes para la ciencia ficción. Por una parte, son capaces de narrar secuencias complejas en las que intervienen múltiples personajes de forma que el ojo del lector nunca se pierda. Por otra, son grandes diseñadores, lo que les facilita ambientar cualquier entorno más allá de los decorados genéricos y de cartón piedra a los que recurren otros artistas. Igual nivel de detalle y verosimilitud tienen sus ciudades futuristas o actuales, el ambiente carcelario, un laberinto de alcantarillas, un set de televisión o una flota interestelar. Meyer y Gazzotti juegan sutilmente con las sombras y las líneas de los contornos para dar fluidez y vida a los dibujos; y, especialmente el segundo, logra que entornos muy oscuros o dramáticos se sientan amables gracias a la limpieza de su trazo y la redondez de sus figuras.
“Un Futuro sin Nubes” es, en resumen, un comic engañosamente sencillo y eficaz porque ofrece una lectura ágil y agradable al tiempo que expone al lector problemas, peligros y dilemas que entonces ya se preveían pero con los que ahora ya tenemos que lidiar.

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