En 1888, Julio Verne escribió “Dos Años de Vacaciones”, una novela de aventuras protagonizada por un grupo de muchachos de diferentes edades náufragos en una isla tropical. Era la fantasía juvenil por excelencia: solos en un entorno natural razonablemente acogedor, se organizan disciplinadamente no sólo para cubrir sus necesidades básicas sino para vivir con cierta comodidad. Por supuesto, han de afrontar algunos peligros externos y disensiones internas por el liderazgo, pero el propio título indica el tono general de su vivencia. Al término de la misma, todos han madurado; la experiencia les ha convertido en hombres de provecho. Independientemente de la moraleja implícita -que las tribulaciones y la asunción de responsabilidades forjan el carácter de la juventud-, se trata sin duda de un sueño frecuente en los adolescentes de todas las edades: librarse de la supervisión constante de los adultos, del yugo de sus normas y prohibiciones, y dar forma a un nuevo mundo a su gusto y en compañía de sus amigos.
Pero esa premisa, tan luminosa y optimistamente abordada
por Verne, tiene otra cara mucho más oscura. En 1954, en plena Guerra Fría y en
un clima político y social de enfrentamiento entre potencias que podría derivar
en un apocalipsis nuclear, William Golding publica “El Señor de las Moscas”. En
esta ocasión, los niños también acaban en una isla y también han de
arreglárselas solos. Pero aquí, la dinámica entre ellos se desarrolla de manera
muy diferente porque la lucha por el poder y el miedo acaba corrompiendo la
vida social y degenerando hasta llegar al crimen.
Julio Verne había querido con su libro demostrar que los
niños tenían la inteligencia y el coraje suficientes como para sobrevivir en
circunstancias difíciles; Golding, por el contrario, postulaba que los jóvenes
eran cautivos de los mismos impulsos primarios que cualquier ser humano y que
en una situación extrema acabarían reproduciendo los perversos comportamientos
de sus progenitores con todos sus prejuicios, paranoias y envidias. Los
náufragos de Verne edificaron una suerte de utopía primitiva; los de Golding,
fracasaron estrepitosamente a la hora de gobernarse a sí mismos en ausencia de
las directrices, controles y salvaguardas propias de una sociedad estructurada.
Hoy como entonces, esa premisa básica de niños o adolescentes abandonados a su suerte en un mundo sin adultos sigue conservando su interés. Y ello es en buena medida porque permite explorar temas muy interesantes. Los problemas y vicios que aquejan a nuestro mundo, ¿son producto de la obra de adultos deformados por la propia sociedad? ¿Qué pasaría si eliminamos de la ecuación educativa a esos adultos y dejamos solo a sus hijos? Las virtudes y defectos que nos caracterizan, ¿vienen condicionados por las dinámicas históricas y sociales o están codificados ya en nuestro ADN, aflorando independientemente del entorno en el que crecemos? ¿Qué ocurre cuando unos seres psicológicamente inmaduros se ven privados de referentes, instituciones, normas y censuras? ¿Reproducirán los comportamientos aprendidos de sus progenitores o serán capaces de construir una sociedad diferente? La moral y la ética, ¿se aprenden a partir de nuestros mayores y del clima social vigente o existe realmente un sustrato moral básico e innato?
En el mundo actual, las islas tropicales desiertas no son
ya el entorno más verosímil a la hora de ambientar este tipo de ficciones. ¿Qué
tipo de situación podría provocar entonces que los niños quedaran solos en el
planeta? La ciencia ficción da la solución con el subgénero postapocalíptico,
aquel que plantea futuros más o menos cercanos en los que un grupo de personas
tratan de sobrevivir a la caída de la civilización tras una guerra, una plaga o
un desastre natural de ámbito planetario. Por otra parte, vivimos una época de
desencanto, desconfianza y cinismo que lleva a los autores a inclinar la
balanza hacia los escenarios más crudos, eso sí, matizando la violencia en
función del público objetivo. Ahí tenemos, por ejemplo, libros y series
destinadas a un consumidor juvenil como “El Corredor del Laberinto” (2009) o
“The Society” (2019). En el mundo del comic, quizá la aproximación más
descarnada al tema haya sido “El Último Recreo” (1983), de Horacio Altuna y
Carlos Trillo y de la que ya hablé en otra entrada.
Y sin salir de las viñetas y teniendo en cuenta el poder
perturbador de ciertas imágenes en un contexto como el descrito, ¿es posible
plantear una obra de estas características apta para un lector infantil? Fabien
Vehlman, uno de los guionistas más prolíficos e interesantes del comic
francobelga moderno (se le ha llamado el “Goscinny del siglo XXI”), demuestra
con “Solos” que sí. Se trata de uno de esos comics dignos de la mejor tradición
de Dupuis de ofrecer tebeos disfrutables por un amplísimo rango de lectores, no
exclusivamente niños.
Nacido en 1972, Vehlmann estudió administración de empresas y pasó sus primeros años de vida profesional en un grupo teatral antes de participar en un concurso de guiones organizado por la revista “Spirou” en 1996. Esa fue su puerta de entrada al mundo del comic donde, aparte de escribir abundantes historias cortas ilustradas por distintos artistas, disfrutó de un gran éxito con la serie sobre un club de caballeros victorianos, “Green Manor”, dibujada por Denis Bodart y serializada intermitentemente en “Spirou” hasta 2005.
Es precisamente esta última serie la que llama la atención
del dibujante belga de ascendencia italiana Bruno Gazzotti que contacta con él
para proponerle una colaboración. Para entonces, Gazzotti ya contaba con una
carrera consolidada tras de sí. Había empezado a los 18 años nada menos que
como ayudante de Tome y Janry en “El Pequeño Spirou” (donde firmaba como Gazzo),
siendo rápidamente ascendido a dibujante titular de la serie policiaca “Soda”,
escrita por Tome y que ya se había convertido en una de las más notables de la
escudería Dupuis. Gazzotti dibujó diez álbums antes de que la serie se paralizara
durante algunos años a partir de 2005. Mientras tanto, compaginó “Soda” con
otros proyectos, entre ellos un álbum de ciencia ficción, “Des Lendemains sans Nuage”
(“Las Mañanas sin Nubes”, 2001), con guion de Fabien Vehlmann.
Al retomar ese contacto, Vehlmann aprovecha para recuperar
y perfilar una historia que llevaba rumiando desde hacía tiempo. Los
protagonistas serían unos niños robinsones, idea tomada de “El Señor de las
Moscas”, pero trasladados a un entorno urbano y sin cargar tanto las tintas en
el drama y la violencia e insertando generosas dosis de aventura. Gazzotti era
el dibujante ideal para este comic porque además de necesitar alguien capaz de
imprimir acción a muchas escenas, debía poseer una línea amable que suavizara
lo que en el fondo era una experiencia traumática para los muchachos y abriendo
así la historia a un rango de público muy amplio.
Gazzotti se mostró entusiasmado por la propuesta porque coincidía con Vehlmann en que no había demasiados tebeos infantiles que abordaran temas serios como la violencia, la muerte o el alcoholismo. Los calificados habitualmente como tebeos infantiles, incluso los de gran calidad, tienen dos defectos indisolublemente unidos a sus virtudes, a saber: guiones bien elaborados que los más jóvenes pueden entender, pero necesariamente limitados en su complejidad y temática; y un dibujo legible por su sencillez pero que a menudo peca de ingenuidad. Desde los años cincuenta, la editorial Dupuis supo encontrar una fórmula, explotada por todos los autores que publicaron en su cabecera estrella, “Spirou”, capaz de atraer tanto a niños como a adultos. Ahí están autores universales como Franquin, Peyo, Jijé, Roba, Will, Walthery, Tillieux Cauvin, etc.
Sin embargo, no eran tan habituales los tebeos infantiles
que abordaran temas verdaderamente serios y en opinión de Vehlman, éste era un
hueco que había de cubrirse. Debían existir comics que prepararan a los niños
para el mundo real pero sin riesgo de traumatizarlos por la lectura de los
mismos. Y con ayuda de Gazzotti, propone una fórmula ganadora: historias de
larga extensión, que tienen un principio y un final pero que están insertas en
un arco narrativo mayor, argumentalmente sofisticadas pero también sencillas de
entender para un lector joven y con un dibujo amable que no renuncia del todo
al realismo. El resultado ha gustado tanto a niños como a adultos y ha hecho de
“Solos” una de las series más exitosas del comic europeo, recibiendo múltiples
galardones e incluso adaptándose al cine en 2017.
Lo que sería el álbum inaugural, “La Desaparición”, se
serializó en la revista “Spirou” en 2005. Las primeras ocho páginas describen
con una excelente capacidad de síntesis y en el contexto de una tarde de verano
en la ciudad de Fortville, a los que van a ser los protagonistas infantiles de
la serie. Dodji es un huérfano de trece años de raza negra que oculta las
cicatrices emocionales de su infeliz infancia de maltratos bajo una fachada de
tipo duro. En el momento de empezar la historia está bajo la custodia de una
institución oficial, pero ni allí se libra de los conflictos con otros chicos
abusones. Leila, de doce años, es la hija más joven de una familia magrebí con
tres hijos. Su padre es médico y su madre funcionaria. Es una muchachita
enérgica y optimista con dotes para la mecánica.
Yvan, de once años, es el hijo único de una pareja que a
menudo está ausente de casa por sus trabajos. Ello lo ha convertido en un niño
introvertido y algo cobarde ante situaciones complicadas, pero también
inteligente y con inclinaciones artísticas. Camille, de diez años, es hija de
una familia numerosa y de condición humilde, por lo que le da mucha importancia
al estudio. Su sentido de la responsabilidad la ha convertido en una alumna
modelo. El más joven de todos es Terry, que no llega a los ocho años. Hijo de
padres divorciados, es pequeño, pelirrojo y, obviamente, inmaduro, lo que se
traduce en una explosiva espontaneidad y un comportamiento a menudo
incontrolable. Estos cinco niños de edades y orígenes diversos no se conocen
entre sí y llevan una vida ordinaria dentro de sus respectivos contextos
familiares.
Pero entonces, un día, cuando se despiertan, se encuentran con que todos los adultos y adolescentes de Fortville, y presumiblemente del resto del mundo, han desaparecido sin dejar rastro. Las calles están desiertas, la ciudad abandonada. Angustiados, los cinco salen a la calle tratando de encontrar a otro humano vivo y terminan juntándose para averiguar qué ha pasado. Irán arreglándose razonablemente bien, encontrando alimentos y haciéndose con un coche para poder explorar la ciudad más rápidamente. Pero también encuentran algunas pistas inquietantes que indican que algo probablemente peligroso anda suelto por la ciudad.
El argumento de esta primera entrega es bastante sencillo y
contiene claros préstamos de la entonces muy popular serie televisiva
“Perdidos” (2004-2010): un grupo de personas desconocidas entre sí, que de
repente se encuentran viviendo una situación absolutamente extraña y para la
que no tienen explicación, viéndose obligadas a colaborar para enfrentarse a
distintos desafíos, de lo más básico (como encontrar alimento y refugio) a lo
más complejo (averiguar qué está ocurriendo). Pero Vehlman no se limita a pergeñar
una versión juvenil de “Perdidos”. Su historia tiene una identidad propia, una
trama que engancha con los giros y sorpresas adecuados y unos personajes
entrañables. Los niños de “Solos” esquivan los clichés simplificadores y
maniqueos que los comics a menudo asocian a la infancia. Aquí encontramos
personajes con temperamentos propios y claramente diferenciados, niños cuya
personalidad aún en formación ha sido modelada por su entorno e historial
familiares.
De hecho, se diría que la preocupación de Vehlmann fue, en
primer lugar y al contrario de lo que muchos otros guionistas practican,
construir unos personajes sólidos y sólo a continuación enfrentarlos a un
problema tan desconcertante para ellos como para el lector. De hecho, éste no
averigua nada que no descubran también los muchachos, siguiendo su peripecia al
mismo ritmo que ellos. No hay en la historia nada forzado para epatar o sorprender
al lector. Las dificultades que han de solucionar los niños van desde lo
ordinario (preparar una comida, conducir un coche) a lo inusual sin ser irreal
(evitar los ataques de unos animales escapados de un circo).
Vehlmann maneja todos los elementos de la historia con gran eficacia y un evidente cariño por el mundo que ha creado. Se nota que aquí se siente más cómodo que en otros trabajos de encargo (como la serie “Spirou y Fantasio”, donde su trayectoria ha sido algo más irregular, como si no acabara de encontrar un tono propio para esas longevas creaciones).
En estos tiempos de ofensa fácil, hay quien puede criticar
a los autores el haber diseñado el grupo de protagonistas como si fuera un
anuncio de Benetton. Pero en realidad tal acusación sería injusta porque ni
Vehlmann ni Gazzotti tenían previsto hacer que Dodji fuera negro o Leila
norteafricana cuando diseñaron el concepto de los personajes. Esa decisión se
tomó a posteriori y de forma natural, sin obedecer a ningún tipo de imposición
editorial o deseo de corrección política. De hecho, resulta refrescante
encontrar en un tebeo franco belga un a niños que se alejen del canon ario.
Al final de “La Desaparición”, el guionista nos ha
convencido de que el heterogéneo equipo que han formado los protagonistas será
capaz de sobrevivir en un mundo privado de adultos, siempre y cuando, claro está,
permanezcan juntos. Cada uno tiene unas habilidades y una personalidad que
pueden ser útiles en diferentes situaciones. La dinámica del grupo está también
acertadamente descrita, con los niños más mayores teniendo las ideas y trazando
los planes pero también asumiendo el papel de padres del más joven, Terry. Tratándose
de una historia inaugural en la que debían presentarse los personajes y la situación
además de establecer el tono de la serie, Vehlmann no contaba con mucho espacio
para profundizar en todos los protagonistas so pena de ralentizar el ritmo. Esa
sería una labor que abordaría con éxito en los siguientes álbumes, pero aquí se
centra sobre todo en Dodji, un preadolescente acostumbrado a confiar sólo en sí
mismo, que tiene recursos y aunque su carácter introvertido es causa de algunos
roces con sus compañeros, su valentía y entrega le hace merecedor también de su
cariño.
La faceta sobrenatural o al menos misteriosa que sustenta
la historia –la desaparición de los adultos- no figura en un primer plano ni se
manifiesta en escenas espectaculares, pero jamás deja de estar presente, de
fondo, subrayando lo terrorífico que puede resultar algo que solo unas horas
antes nos parecía familiar y cómodo, como una calle desierta, un gran edificio
abandonado o un simple perro. En posteriores entregas, el guionista irá
aportando más pistas relativas al enigma hasta llegar a un punto de inflexión
en el que éste se desvela. Por otra parte, Vehlmann equilibra perfectamente los
momentos centrados en lo emocional (la angustia, la incomprensión, la
curiosidad, el impulso de encontrar a un semejante, la necesidad de compañía)
con la acción, salpicando el conjunto con pequeñas pero bien administradas
dosis de humor.
Difícilmente la serie habría obtenido un resultado tan sobresaliente de haber contado con otro dibujante que Gazzotti. Era este un proyecto arriesgado porque se trataba, como he dicho, de hacer un comic con temática adulta pero que pudiera ser leído por niños. Gazzotti sale airoso del desafío gracias a la combinación de varios aciertos. Para empezar, su cuidada ambientación y minuciosos –pero nunca cargantes ni excesivos- decorados, ya sean éstos interiores o exteriores. Como buen hijo de la escuela Marcinelle, además, demuestra un excelente ojo a la hora de mover los vehículos y narrar escenas de acción a cuatro ruedas.
Y, por supuesto, lo más importante: el dibujo de los niños.
Todos tienen un físico claramente diferenciado y realista, así como su
vestimenta, sus gestos y expresiones. Gazzotti tiene un trazo limpio y
definido, redondeado y amable, que resulta ideal para escenas que transmiten
alegría, como aquella en la que los protagonistas gozan de un momento colectivo
de respiro y refresco en una fuente pública. Pero también es muy hábil a la
hora de jugar con el montaje para transmitir suspense, tristeza o ternura, como
en el cierre del álbum. La composición de página es mayormente clásica, pero
eso no impide que Gazzotti mejore el guion con su inteligente disposición de
los elementos dentro de las viñetas y el ritmo narrativo que imprime a las
escenas. Prueba de su pericia es que no se echan de menos en absoluto textos de
apoyo y que Vehlman delega exclusivamente en las imágenes el peso de ciertos
momentos clave.
“Solos” se convirtió inmediatamente en una de las joyas de la revista “Spirou” gracias a la calidad de su guion, la maestría de sus dibujos, la originalidad de su tratamiento de una premisa clásica y su capacidad para atraer tanto a lectores infantiles como a adultos amantes del buen comic.
(Continúa en la siguiente entrada)
Esta es una serie que tengo muchas ganas de leer, y solo me frena la falta de tiempo para hacerlo y de espacio para guardar antes y después. Pero estoy convencido de que caerá, más aún tras tu crítica tan elogiosa.
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