18 feb 2026

1990- GIVE ME LIBERTY – Frank Miller y Dave Gibbons (2)



(Viene de la entrada anterior)

 

Como muchos cómics importantes de la década de los 80 del pasado siglo, “Give Me Liberty” se adscribe al subgénero distópico, en este caso retratando el declive de una antaño gran nación. En este sentido, el comic puede alinearse temáticamente con dos de las obras maestras contemporáneas de Alan Moore: “Watchmen” y “V de Vendetta” (1982-88). Resulta sorprendente que Miller compartiera las mismas preocupaciones que su homólogo inglés sobre el futuro político de sus respectivos países y, además, al mismo tiempo. Esta convergencia es un buen ejemplo de ese dicho que reza que “Las grandes mentes piensan igual” (y que se completa con “pero los tontos rara vez difieren”).

 

Definir quién y qué es Frank Miller, ideológicamente hablando, no es tarea fácil. Cuando se publicó “Give Me Liberty”, ya era uno de los autores más valorados por la crítica y los lectores, tanto en su faceta de guionista como en la de dibujante. Sus obras solían ser una combinación salvaje de sátira y solemnidad en las que demostraba tanto humanismo como una profunda comprensión de los personajes, a la vez que se regodeaba en un gusto pueril por la violencia y la brutalidad. Miller ha sido uno de los guionistas más inteligentes del cómic... y uno de los más burdos; y ello a veces dentro de la misma obra. Basta comparar su magna “El Regreso del Caballero Oscuro” con su desafortunada secuela, “DK2” (2001), para ver los dos extremos de la personalidad creativa de Miller.

 

Tras pasar la mayor parte de los 80 transitando por el cómic mainstream de superhéroes (salvo el poco convencional y en su momento insuficientemente apreciado “Ronin”, 1983), en la siguiente década, Miller comenzó a explorar otros géneros, empezando por “Give Me Liberty”, una combinación de política ficción, thriller violento, sátira social y distopía que difícilmente hubiera funcionado igual de bien en cualquier otro medio distingo al comic. Como ya indiqué antes, inicialmente se pensó como una obra seria, enfoque que se mantiene en ciertos elementos, como unos personajes con emociones reales y una sucesión de huidas y enfrentamientos destinados a mantener el suspense. El giro hacia lo absurdo se incorpora a través de la visión grotesca y exagerada de ciertas tendencias contemporáneas que ya preocupaban entonces a quien estuviera mínimamente atento. Cuando las tropas estadounidenses se enfrentan a los conglomerados empresariales de comida rápida, éstos envían al campo de batalla amazónico a robots gigantes con la forma de sus iconos empresariales. Es una idea que sin duda deja al lector perplejo, indeciso de si reír o indignarse.

 

En cualquier caso, el estilo, tono y perfil ideológico de Alan Moore y Frank Miller tienen poco en común (este último, en concreto, parece más influido por Howard Chaykin y su también distópico “American Flagg”, si bien Miller es menos cínico y maltrata menos a sus personajes) por mucho que ambos hayan utilizado el comic para imaginar futuros sombríos. El estadounidense transmite sus opiniones políticas de carácter conservador con un estilo directo, inflexible y visceral; el inglés escribe con más cinismo y creando narrativas más sofisticadas e inquietantes.

 

Los temas explorados por Miller en “Give Me Liberty” y su intensidad narrativa hacen de esta miniserie una obra diferente dentro no sólo de su trayectoria sino del panorama contemporáneo y más interesante que cuando filtraba los mismos temas a través de iconos del cómic como Batman (en “El Regreso del Caballero Oscuro”) o Elektra (“Elektra Asesina”, 1986). Al romper con las convenciones del género superhéroico, es como si su voz se hubiera liberado.

 

Empezando por la elección de su heroína, una figura digna de Dickens cuya vida seguimos desde su nacimiento para observar mejor cómo, a través de numerosas pruebas, se convierte en una joven cuyo camino hacia la edad adulta queda marcado por el dolor y la adversidad. He dicho digna de Dickens, pero también de Miller, porque el autor ha explorado a menudo en sus obras qué factores convierten a alguien en un héroe –o heroína-. Martha personifica la lucha contra el destino preestablecido: nacida en la intersección de la pobreza y la discriminación racial y de género, logra romper las barreras de la marginalidad. Su historia no es solo la de una guerrera, sino la de un individuo que se impone a un sistema diseñado para que fracasara. Por eso, “Give Me Liberty” es, ante todo, el retrato de una mujer memorable que de indigente se convierte en heroína de guerra hasta llegar a jugar un papel decisivo en el destino de Estados Unidos. Su apellido no es casual, dado el gusto de Miller por los símbolos. De hecho, el viaje de esta mujer ferozmente decidida, disciplinada e inteligente, viene a ser una destilación del alma negra de Estados Unidos, una oda a la nobleza de esa cultura y homenaje a quienes defendieron su causa. Así, el animal con el que Wasserstein compara a Martha cuando la captura es una pantera negra (nombre también del grupo activista radical de los años 60 y 70), que es la forma que metafóricamente adopta en tres ocasiones.

 

Toda la saga está repleta de imágenes, símbolos y conexiones que resumen perfectamente sus elementos clave. Así, las miserables condiciones de vida de los habitantes de Cabrini Green hallan su reflejo en las igualmente atroces condiciones de los apaches. Por eso, los similares orígenes de Martha y Wasserstein los convierten más en aliados que en enemigos. Incluso parece existir un sentimiento romántico entre la rubia negra y el nativo americano de cabello oscuro: la atracción de Martha es delatada por Andrajann, que habla en sueños repitiendo lo que la joven piensa en secreto de su captor, mientras que la inquebrantable determinación de Wasserstein de salvar siempre a Martha a partir de entonces indica claramente que está enamorado de ella.

 

El vergonzoso trato que esa sociedad del futuro próximo inflige a las minorías tiene otro ejemplo en el ámbito sanitario. Cuando Martha es internada en un hospital psiquiátrico, comprueba que todos los pacientes están desatendidos o son víctimas de maltratos por parte de los “cuidadores”. Para colmo, cuando el gobierno empieza a padecer serios problemas financieros, ordena el cierre de esos centros y la eliminación de los internos. La descripción que hace Miller de esa institución y, en general, de la negligencia, cuando no opresión o directa agresión, que el gobierno inflige a los más vulnerables, es impactante y conmovedora. Es cierto que Miller no destaca por su sutileza y que las herramientas de las que se sirve para despertar la compasión del lector saltan a la vista, pero funcionan y encajan con el tono de la narrativa.

 

Con su característico estilo en el que mezcla acción y sátira política, Miller ofrece la imagen de una América enferma que repite una y otra vez los mismos errores y alberga y consiente los mismos extremismos. El guion se hace eco de aquella contundente frase (más bien una idea) de Orson Welles, “Estados Unidos es una mentira”, negando que el país siga siendo la encarnación del promisorio Nuevo Mundo, la tierra de la tolerancia. Al contrario, es un país podrido y gangrenoso, al borde de la implosión y cuyos fanatismos han dividido profunda y violentamente a los ciudadanos: homosexuales nazis, lesbianas feministas, exaltados religiosos obsesionados con la pureza, cabilderos de la agroindustria y la comida basura…

 

En el cuarto número, se incluye un mapa a doble página que muestra el extenso territorio de los Estados Unidos fracturado en regímenes grotescos y aterradores: La Patria de Dios (el noroeste), el País de las Maravillas (California), la Auténtica América (el sudoeste), el Territorio Mexicano, la República de la Estrella Solitaria (Texas), Florida, la Primera Confederación Feminista (el sureste), la Dictadura Capitalista de la Costa Este (Nueva York) y la Federación de Estados de Nueva Inglaterra. Y, atrapado y arrinconado entre todas estas microdictaduras y Canadá, lo que queda del antiguo Estados Unidos, básicamente los estados del norte y centro del país. Este mapa puede provocar en primera instancia cierta sonrisa ante su aparente absurdez, pero examinado con mayor atención y habida cuenta del enfrentamiento social y político que hoy viven los Estados Unidos, quizá sea más exagerado que descabellado.

 

“Give Me Liberty” es una obra que entronca directamente con la ideología libertaria estadounidense. La frase a la que pertenece el título (recordemos, “¡Denme libertad o denme muerte!”), es un pilar del pensamiento libertario, el cual antepone la libertad individual por encima de la propia vida y, por supuesto, del Estado. Por otra parte, Miller plantea temas muy queridos por el libertarismo: la ineficiencia estatal y la visión del Estado como una institución villanesca, la aversión a la burocracia y la convicción de que los programas estatales de bienestar solo generan dependencia y miseria.

 

Otro punto clave es la distinción que hace Miller entre el libre mercado y el poder corporativo descontrolado. En el cómic, las corporaciones disponen de sus propios ejércitos y ejercen un control efectivo sobre la política. Los libertarios argumentarían que esto no es un "capitalismo real", sino un “capitalismo de amigotes” en el que las empresas usan al Estado para aplastar la competencia. Los autores retratan un mundo en el que la línea entre "Gobierno" y "Empresa" ha desaparecido, lo cual es una de las mayores pesadillas de cualquier libertario de la vieja escuela. Y, por último, tenemos el tema del Individuo frente al Sistema. La esencia del libertarismo es el individualismo metodológico. Martha Washington no es una superheroína con capa e identidad secreta sino una mujer que intenta sobrevivir y mantener su integridad en un mundo que quiere usarla como una pieza de ajedrez. Su lucha es la del individuo contra las estructuras colectivas (el ejército, las corporaciones, las sectas fanáticas…).

 

Con todo lo dicho, tampoco es que pueda calificarse a Miller, al menos a partir de lo que cuenta en esta serie, como un libertario de pura sangre. “Give Me Liberty” se diferencia de un panfleto puramente libertario en la desconfianza que muestra hacia ciertos postulados de esa ideología. Por ejemplo, Miller nos dice aquí que, en ausencia de un Estado fuerte y libre de corrupción, serán las corporaciones o los fanáticos religiosos quienes llenaran ese vacío instaurando tiranías más o menos soterradas, pero con igual grado de intolerancia y agresividad hacia el rival comercial o el divergente ideológico. La libertad sin responsabilidad o bajo el mando de monopolios privados puede ser tan opresiva como un Estado poderoso.

 

Si pudiera identificarse un tema recurrente en “Give Me Liberty” es que nada es tan simple como parece. Los personajes, tanto héroes como villanos, intentan arrebatar el control al estamento político y "mejorar" la situación, solo para ver cómo todo se desmorona a medida que cada aparente solución conlleva un sinfín de complicaciones. Este tipo de parábolas mordaces y amargas pueden verse superadas por el tiempo, pero no es este el caso. Escrita en los 90, el primer presidente fascista y derechista de Miller, Rexall, está claramente inspirado en Ronald Reagan y sus homilías propias de un infante y arcaicas exclamaciones. Y, sin embargo, leído unos años después, durante la presidencia de George W. Bush, uno bien podría jurar que Miller estaba escribiendo sobre él. No digamos ya con el mandato de Donald Trump, donde ciertos escenarios del comic parecen salir del ámbito de la ciencia ficción para materializarse en nuestro mundo.

 

Hay que decir que la serie tiene una calidad algo desigual. La mejor parte, con diferencia, es el primer capítulo, por momentos desgarrador a la vez que ingenioso. Los números siguientes, aunque entretenidos y con ideas y momentos fascinantes, quizás no sean tan sólidos. Uno de los puntos fuertes de la historia es que es imposible adivinar hacia dónde se dirige, ya que Miller da continuos giros (la guerra en la selva, por ejemplo, que da la impresión va a constituir el núcleo narrativo, concluye bastante rápido) e imprime un ritmo tan acelerado que no le permite al lector aburrirse demasiado ni a él caer de bruces en la autocomplacencia. Sin embargo, el punto débil es que Miller parece anteponer sus alocadas ideas (como el Cirujano General, esa especie de aterrador mesías demente que siempre viste con bata y gafas de cirujano) a la consecución de una narrativa central sólida y un trabajo más pulido de caracterización. Aunque Martha es la heroína de principio a fin, después del primer capítulo la historia parece centrarse menos en ella y más en los acontecimientos en que participa.

 

Entre los personajes, cabe destacar, obviamente, a la némesis y doble malvado de Martha, el infame Moretti, símbolo de la desintegración física y moral del país. Es el arquetipo del blanco advenedizo, ambicioso, arrogante, sin escrúpulos y que se cree con derecho a hacer lo que le plazca amparado por la riqueza e influencia de su familia; la encarnación, en suma, del imperialismo estadounidense, que desprecia a quienes los colonos masacraron, esclavizaron, marginaron, sacrificaron y olvidaron. Hay algo deliciosamente repulsivo en este personaje, el complemento perfecto, el villano que encanta odiar. Desde el principio, resulta antipático, pero también es un adversario a la altura de Martha: metódico, paciente, inteligente, manipulador y mentiroso.

 

El manejo que Miller hace de otros personajes es mucho más superficial, como es el caso de Wasserstein o Andrajann, meros peones de la trama. Más intrigante resulta el presidente Nissen, quien al pasar de héroe a villano pierde la simpatía del lector, pero no sin que puedan comprenderse las razones de tal transición. En cualquier caso, como ya he dicho, a partir del primer número, la serie pasa a estar dominada por las ideas estrafalarias, los personajes extremos y un ritmo muy rápido, todo lo cual facilita una lectura tan absorbente como emocionalmente distante. Sencillamente, ni los personajes ni la velocidad a la que todo transcurre, permite involucrarse demasiado.

 

En cuanto a Dave Gibbons, tras haber colaborado con Alan Moore en “Watchmen”, añade aquí a su palmarés un trabajo con el otro gran autor de los 80, Frank Miller. Las diferencias en la escritura de ambos guionistas se trasladan al dibujo y la composición. Después de la sofisticada, controlada y contenida narrativa que había exhibido en “Watchmen” (donde había jugado con los travelling, los raccords, la simetría, el punto de vista subjetivo…), aquí se adapta al gusto de Miller por las grandes viñetas horizontales que evocan las dimensiones de la pantalla cinematográfica, alternadas con otras verticales que sirven para contextualizar las escenas. Cada elipsis viene seguida de magníficas páginas de presentación de la nueva situación en la que se encuentra Martha.

 

Tengo que decir que, reconociendo sus virtudes, nunca he sido un gran entusiasta del arte de Gibbons, considerándolo poco dinámico y propenso a dibujar figuras demasiado rígidas. Sin embargo, su estilo se adapta mucho mejor a esta historia que a las de superhéroes; o quizá se sintió particularmente inspirado por este material que alternaba el drama y la comedia, el realismo crudo y la extravagancia rayana en lo ridículo –una suerte de estilización del tipo de comic frecuente en la revista británica “2000 A.D.”, donde él mismo dio sus primeros pasos-.

 

Dejando aparte que dibuja a Martha más como una mujer adulta que como la adolescente que se supone que es, Gibbons destaca por ser capaz de transmitir los sentimientos de los personajes y por congelar la acción en su forma más pura, como si de instantáneas cinematográficas se tratara. Es difícil no conmoverse, por ejemplo, cuando Martha rompe a llorar tras descubrir los horrores del campo de batalla y luego se seca las lágrimas con una expresión desafiante, dispuesta a sobrevivir en cuerpo y alma a aquella tragedia; o sentirse impresionado por viñetas como esa en la que el águila Wassertein se abalanza sobre la pantera negra Martha, o donde el avatar de ésta ataca a Moretti, representado como un cazador de safari. También sabe manejar perfectamente las proporciones y la tridimensionalidad, manejando múltiples elementos en una sola viñeta sin perder claridad.

 

A pesar de sus diferencias estéticas, “Give Me Liberty” y “Watchmen” comparten una característica: la inserción de páginas que representan extractos de revistas falsas, como los artículos de "This Week" que informan sobre los trastornos políticos en los Estados Unidos, o el mapa rediseñado del país que mencioné antes. Estos pasajes funcionan como puntos y aparte narrativos entre escenas al tiempo que píldoras de información concentrada que enriquecen la narración principal. ¿Se inspiró Miller en esta idea que Moore puso en práctica en “Watchmen”? No lo sé, y francamente, da igual porque siempre vale la pena adoptar las buenas ideas ajenas si se hace con inteligencia y personalidad propia, y este es el caso. Además, Gibbons nos permite, en estos insertos, apreciar su habilidad como ilustrador, sin recurrir a efectos fotorrealistas.

 

Give Me Liberty n.º 1 vendió 120.000 ejemplares y la miniserie ganó el Premio Eisner a la "Mejor Serie Limitada". Pero como ocurre con tantas obras en el mundo del cómic norteamericano, no fue concebida para ser independiente. Es cierto que no termina con un "continuará", y que la historia culmina con Martha enfrentándose a su archienemigo, pero la idea central, que se resume básicamente en que "cuanto más cambian las cosas, más permanecen igual", impide un cierre satisfactorio. Aunque la secuela se publicó unos años después, da la sensación de que Miller siempre la tuvo en mente.

 

El problema -desde mi exclusivo punto de vista, claro- es que el peculiar enfoque de la miniserie, con su mezcla de idealismo y cinismo, parodia y realismo, tragedia y sátira, confianza en el individuo y desprecio por la sociedad, ridículo y seriedad… no podía estirarse más sin perder efectividad. Y así, como luego Miller haría con “Sin City”, fueron sucediéndose otras miniseries y especiales, todos publicados por Dark Horse y dibujados por Gibbons, en los que Martha Washington continuaba su periplo vital.   

 

“Martha Washington Goes to War” (cinco números, 1994) sitúa la acción varios años después de lo ocurrido en la primera serie, siendo Martha ahora una heroína de guerra. La trama se vuelve más densa y explora la corrupción dentro del gobierno de Rexall y la aparición de facciones rebeldes bajo el filtro de la filosofía objetivista.

 

El especial “Happy Birthday, Martha Washington” (1995) recopila historias cortas que expanden su pasado y presente, incluyendo relatos como "Daño Colateral” (basado en el diario de guerra de Martha) o “Insubordinación”, historias que profundizan en su psicología y temperamento indómito. “Martha Washington Stranded in Space” (1995) es otro especial en el que la protagonista acaba en una estación espacial enfrentándose a amenazas que rozan lo surrealista.

 

En la miniserie “Martha Washington Saves the World” (1997, tres números) la escala sube a nivel global (y orbital). El regreso de la protagonista a la Tierra se convierte en un duelo contra Venus, una inteligencia artificial autoconsciente que busca el dominio absoluto de la Humanidad. Al percibir a Martha como una amenaza, el sistema la desplaza estratégicamente, asignándole una misión suicida: interceptar un meteorito en curso de colisión con el planeta. Sin embargo, durante la expedición, el equipo descubre a la raza alienígena responsable de la creación de la vida terrestre. Tras desmantelar el control de Venus, la miniserie concluye con Martha liderando una odisea espacial para encontrarse, cara a cara, con nuestros creadores.

 

Finalmente, diez años después, en 2007, aparece otro número especial, el último, “Martha Washington Dies”, con el que se cierra el ciclo y que está protagonizada por una Martha anciana en el año 2095, dándole una conclusión definitiva y poética a su vida.

 

Personalmente, de todo este material, yo recomendaría únicamente la primera miniserie, por su frescura y osadía. En un momento en el que la industria del comic mainstream norteamericano abrazaba la oscuridad, el nihilismo, la ambigüedad moral y la desesperanza, Frank Miller y Dave Gibbons, que, en buena medida habían ayudado con sus obras más recientes a crear esa tendencia, dieron la vuelta a la tortilla con “Give Me Liberty”. Al infundir humor absurdo en lo que por lo demás es una historia trágica y utilizar una protagonista heroica al tiempo que muy humana, recordaron a los lectores que quisieron leerles con atención que había luz al final del túnel y que un comic podía ser maduro sin necesidad de ser absolutamente cínico y descreído.

 

Si bien la serie incluye un buen número de declaraciones políticas, especialmente en su representación de minorías marginadas y un Estados Unidos literalmente fracturado por corporaciones todopoderosas y fanatismos diversos, "Give Me Liberty" es más una farsa que un tratado abiertamente ideológico. A pesar de su tono aparentemente sombrío y absurdamente cómico, la historia de Martha, la otra cara del sueño americano, deja espacio para la esperanza dado que, frente a todo tipo de adversidades, consigue mantener intactos sus principios y seguir con vida.

 

 

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