La Aventura es cosa de hombres. O así era como se veían las cosas en el mundo del comic juvenil europeo a mediados del siglo pasado. Los personajes que desfilaban por las revistas periódicas de comic francesas y belgas eran siempre varones, ya fueran adultos (“Bernard Prince”, “Tif y Tondu”, “Buck Danny”) o más jóvenes aunque de edad indefinida (“Tintín”, “Spirou”). Las mujeres, cuando aparecían, eran meros accesorios exóticos, estorbos en la misión del héroe u ocasionales aliadas. En el comic de aventuras francobelga ni siquiera solían intervenir como las novias eternas del héroe o sensuales vampiresas que abundaban en el comic de prensa estadounidense, dirigido a un público más adulto.
Pero a finales de los sesenta, los nuevos
vientos que se respiraban en la sociedad empezaron a llegar también a los
comics. Las mujeres empezaron a transformarse en las viñetas y a reclamar un
papel más relevante. Entre las pioneras pueden citarse a “Barbarella” (1962),
con ánimo provocador y aún centrada en explotar la sexualidad femenina; y la
agente secreta británica “Modesty Blaise” (1962), que trataba a los hombres de
igual a igual y demostraba ser capaz de cualquier hazaña sin renunciar a su
evidente femineidad. Laureline, la compañera profesional y sentimental del
agente espacio-temporal Valerian (1967) es más inteligente, sensata y arrojada que
el propio protagonista…
Encajar esa nueva sensibilidad en una revista tan conservadora como “Spirou” y con un público muy nutrido de niños, demostró ser algo más complicado. La primera heroína en disfrutar de su propia serie fue “Sofía” (1965), creada por Jidéhem como personaje secundario en “Starter”; pero no dejaba de ser una niña de once años. Lo mismo se aplicaba a “Isabelle” (1969), de Will y Delporte.
Entonces, en julio de 1969, se produce un cambio
en el sillón editorial, que pasa a ocupar Thierry Martens con la misión de
detener el declive en las ventas y encontrar nuevas fórmulas y autores que
sustituyeran a los grandes nombres de antaño (Peyo, Franquin, Jijé, Tilleux…),
cuya producción era cada vez más escasa. De los ayudantes de éstos es de donde
va a salir la nueva cantera, incluyendo a Roger Leloup y François Walthéry,
creadores de los dos primeros personajes femeninos verdaderamente adultos de la
revista “Spirou”. De “Yoko Tsuno”, la valiente ingeniera electrónica de Roger
Leloup, ya hablé extensamente en su propia serie de entradas. Veamos ahora a su
rubia compañera de revista, mujer también, pero inmensamente diferente en
aspecto, personalidad, profesión y orientación de sus peripecias.
François Gilles Émile Walthéry nació en 1946
en una Bélgica empobrecida tras la Segunda Guerra Mundial. Aunque con las
lógicas privaciones, su infancia transcurrió pacíficamente en una pequeña
población y fue ya entonces cuando nació en él la pasión por los comics. Le
fascinaban las aventuras de sus compatriotas de ficción “Tintín” y “Spirou” y
tanto Hergé como Franquin se convirtieron en dos de sus principales referentes,
a los que luego se sumarían el también belga Maurice Tilleux y los
norteamericanos de la escudería “Mad”, como Jack Davis o Wally Wood.
Su aspiración de convertirse en artista de
comic encontró el apoyo de sus padres y a los 15 años, le enseñó su trabajo a
un conocido dibujante que vivía cerca, Mittéï (seudónimo de Jean Mariette),
colaborador de la revista “Tintín”. No sólo lo tomó como ayudante sino que a
través de él consiguió su primer trabajo profesional en 1962 para el suplemento
juvenil de una revista semanal, para la que realizó tiras humorísticas
protagonizadas por un niño, “Pipo”. Aquel mismo año se matriculó en la
prestigiosa Escuela Superior de Artes Saint-Luc, en Lieja, donde permaneció un
año y conoció a otros futuros profesionales de las viñetas con los que volvería
a cruzarse en su carrera: Seron, Dany, Hachel, Michel Dusart…
En el verano de 1963, en pantalones cortos y acompañado de su madre, un joven Françoise acude a la redacción de la revista “Spirou” para mostrar su trabajo al propietario, Charles Dupuis, el editor en jefe, Yvan Delporte y uno de los principales artistas de la casa, Peyo. Su talento era tan evidente que consiguió un puesto en el estudio de este último –mudándose incluso a vivir a su casa, dado que no podía trabajar desde la propia y era todavía menor de edad-. Bajo el ala de Peyo y hasta 1967, se ocuparía de dibujar la serie de humor y aventuras “Jacky y Celestine”, realizando además el arte de cuatro álbumes del personaje “Benito Sansón”, el niño con superfuerza creado por Peyo; varias historias de “Los Pitufos” y el álbum “El Sortilegio de Malasombra” (1969), de Johann y Pirluit. Mientras tanto, y como hacían los otros colaboradores del estudio de Peyo, Walthéry iba dando forma a su propio proyecto en colaboración con Gos (alias de Roland Goosens, del que hablé en las entradas de “Quena y el Sacramús”): “Natacha”.
La rubia azafata llevaba cocinándose como
concepto desde 1965, cuando Walthéry cumplía su servicio militar, y tenía poco
que ver con el mundo de amable fantasía de Los Pitufos o Benito Sansón. Con
ayuda de Gos y Will, Walthéry diseñó su rostro a partir del de una vecina de la
infancia añadiéndole facciones de las
actrices Mireille Darc y Dany Carrel –y los grandes ojos de Bambi-. Pero la
idea básica partió de Yvan Delporte, que deseaba incorporar al catálogo de
personajes de Dupuis una nueva heroína más mayor que la ya mencionada Sofía y,
cuando vio los bocetos en el estudio de Peyo, le animó a seguir adelante con el
proyecto. Gos le ayudó con el guion y Walthéry empezó a dibujar unas cuantas
páginas, pero como siempre estaba muy ocupado con las series que el propio Peyo
no
tenía tiempo de realizar, la iniciativa fue retrasándose. Tres años después,
los dos amigos no habían avanzado demasiado e hizo falta un empujón para
obligarles a completarlo.
El nuevo editor, Thierry Martens, vio las primeras páginas, le gustaron y les dijo a los autores en diciembre de 1969 que iba a anunciar la publicación en “Spirou” en febrero. Así que Gos y Walthéry se vieron forzados a improvisar y terminar como pudieron la aventura, unas prisas que se dejan ver en el resultado final Así que, efectivamente y como Martens había previsto, “Natacha, Azafata de Vuelo”, empezó a serializarse en “Spirou” en febrero de 1970 (el álbum apareció en 1971).
Esta historia de debut es muy clásica tanto en
su estructura como en los clichés que utiliza. Natacha y su amigo, el asistente
de cabina Walter, vuelan en un chárter que transporta un equipo de fútbol
sudamericano, un cargamento de oro y otro de juguetes. Resulta que los
auténticos deportistas habían sido secuestrados y sustituidos a bordo por
delincuentes que toman el control del avión para dirigirlo a una pista de
aterrizaje oculta en mitad de la selva, pero se estrellan durante el
aterrizaje. Los pilotos y Walter son hechos prisioneros por los secuestradores,
pero Natacha, lanzada a la espesura por la violencia del impacto que secciona
la parte de cola donde ella se encontraba, queda libre. Libre, pero no exenta
de peligro, porque se topa con la tribu de indios Guyapo, hábiles reductores de
cabezas.
Es este un álbum evidentemente primerizo que, como he dicho, evidencia cierta improvisación en su desarrollo. Y es que un intervalo de cinco años separa las primeras páginas de las últimas y ello se nota en la evolución del aspecto tanto de Natacha como de Walter. Sin embargo y a pesar de la premura por terminarlo (recibiendo sabios consejos de Franquin y Hubinon, este último un especialista en dibujar aviones gracias a “Buck Danny”), se nota hacia el final una clara mejora en la línea y la narrativa.
Pero el caso es que aquella primera historia
obtiene un gran éxito y Dupuis le encarga a Walthéry una segunda, que aparecerá,
serializada y en álbum, en 1972: “Natacha y el Maharajá”. Después, la azafata
era ya tan popular entre los lectores de “Spirou” que Walthéry pudo permitirse
dejar el estudio de Peyo y dedicarse por completo a su personaje, si bien su
gratitud le llevó a ayudar a su mentor en los años por venir cuando éste lo
necesitara en “Los Pitufos”.
Al comenzar la historia (de nuevo guionizada por Gos), encontramos a Natacha en un aeródromo local siguiendo un curso de pilotaje de avionetas mientras Walter practica paracaidismo. Entre los concurrentes se encuentra el Maharajá de Kajastan, el cual acaba de dar un golpe de estado contra su hermano, que se ha refugiado con sus seguidores en una fortaleza perdida en las montañas del desierto. La intención del tirano y sus consejeros es contratar al instructor de paracaidismo, Fortemps, para que adiestre a sus soldados en la delicada maniobra de lanzarse sobre el reducto de su hermano.
Fortemps rechaza la oferta y el encuentro a
punto está de terminar mal de no intervenir Natacha, ofendiendo de paso al
maharajá… el cual resulta ser pasajero en el avión en el que Natacha y Walter
estarán desempeñando su trabajo al día siguiente. Una emergencia médica es la
excusa que necesita aquél para hacer aterrizar la aeronave y arrestar a los dos
por espionaje en un intento de chantajear a Fortemps. Pero Natacha y Walter
conseguirán escapar y llegar a las montañas, donde se reunirán con el hermano
del tirano.
Para esta historia que mezcla el realismo geopolítico
de la época (la inestabilidad política de Oriente Próximo, los tiranos que
buscan asesores militares en occidente…), la fantasía (maravillosos templos
perdidos en los que se ocultan pasadizos secretos, gurús con poderes
telepáticos) y los clichés de la aventura pulp, Walthery quiso evitar las
improvisaciones de su primer álbum y documentarse más a fondo, por ejemplo en
los paisajes de Kajastán (país imaginario pero que modeló a partir de
reportajes de “National Geographic”), los aviones o las técnicas de
paracaidismo. Otro rasgo distintivo de esta serie respecto a otras que
publicaba “Spirou” es ya patente: su estilo de dibujo es mucho más dinámico y
suelto, algo que se puede apreciar especialmente en las escenas de acción y
persecuciones.
Pero, sobre todo, “Natacha y el Maharajá” es cuando el personaje alcanza ya su forma definitiva y el momento en el que podemos hacer un alto para dedicarle un poco más de atención. Desde los años 30 del pasado siglo, habían abundado en los comics los aviadores. Aviación equivalía a aventura: viajes, guerras, peligros, libertad, tecnología en continua evolución… A finales de los 60 todavía no había llegado el momento –ni en las viñetas ni en el mundo real- de que una mujer pudiera asumir ese rol así que el de azafata era el sucedáneo más conveniente. Desde el punto de vista creativo, no era una decisión tan valiente como la de Roger Leloup (cuya Yoko Tsuno era ingeniera electrónica y, para colmo, japonesa), pero los viajes a lugares exóticos y riesgos asociados a su profesión podían servir de excelente excusa para guiones de lo más variado.
Eso sí, a diferencia de la atenuada
sensualidad de Yoko, Natacha era, sin lugar a dudas, una mujer de los pies a la
cabeza. El primer álbum todavía era algo titubeante en cuanto a mostrar
abiertamente la sensualidad de la protagonista –entre otras cosas porque
Walthéry todavía no había madurado del todo como dibujante y aún trataba de
encontrar la forma definitiva de su personaje-, pero en “Natacha y el
Maharajá”, su atractivo físico ya es más que evidente.
Natacha no era, como Sofía o Isabelle, una
escolar traviesa que corría sus aventuras escapando a la vigilancia de los
adultos sino una mujer emancipada, soltera, trabajadora, que vivía sola y que
se desenvolvía a la perfección en un mundo de hombres. Estos comics datan de
una época en la que un sector del feminismo todavía no había hecho sentir
culpables a las mujeres por tener y mostrar un cuerpo hermoso y a los hombres
por admirarlas. Sus voluptuosas formas sugeridas por su ajustada vestimenta
sorprendieron y cautivaron a los lectores más jovencitos de “Spirou” y
supusieron una ruptura en la política conservadora de la católica revista. Y no
estoy hablando aquí de cosificación de la mujer dado que, en primer lugar,
Walthéry siempre supo retratar a su heroína con estilo y elegancia; y, segundo,
que su fiera personalidad estaba a la altura de su físico y nunca corrió el
riesgo de presentarse como una víctima más o menos pasiva de los babeantes
deseos masculinos. De hecho, se produce una inversión de clichés porque el
coprotagonista masculino, Walter, será siempre superado por su amiga y, a
menudo, obligado por el guionista a desempeñar el papel de “damisela en
peligro”.
Lo que está claro es que Natacha aportó un
toque muy sexy al catálogo de personajes de Dupuis. Walthéry tenía un don para
dibujar mujeres atractivas y, sin mostrar abiertamente nada “inconveniente”, a
menudo la mostraba con minifaldas y blusas ajustadas o bikinis. La siempre
vigilante censura tomará cartas ocasionalmente de vez en cuando al detectar mayor
grado de erotismo del que juzgaban conveniente en una publicación “para todos
los públicos”. Algunas portadas de los álbumes, por ejemplo, hubieron de ser
redibujadas para hacer menos prominentes los pechos de la heroína.
Más allá de su físico, Natacha se distingue por otras características propias del héroe aventurero: serenidad ante el peligro, valor y sentido común; y aunque es de espíritu generoso y a menudo sale en defensa de los débiles, no es tampoco ajena a estallidos de mal humor, especialmente ante actos de crueldad injustificada, insultos a su condición femenina o incluso torpezas de Walter. Lo que la diferencia de sus contrapartidas masculinas del género de aventuras es su relativa ineficacia en la lucha cuerpo a cuerpo o con armas (Yoko Tsuno, por ejemplo, era una experta en jiu-jitsu y tiro con arco). En subsiguientes episodios Walthéry añadiría más pinceladas biográficas, como que su vocación inicial fue la de arqueóloga, que no pudo seguir por problemas familiares.
Su eterno compañero, Walter (que lleva el nombre
del primer hijo de Gos) ha ido registrando muchos más cambios que la propia
Natacha con el paso de los años. Al principio carecía de personalidad, pero
conforme fue avanzando la serie, se añadieron más datos a su biografía y fue
adquiriendo entidad propia más allá de servir de obligatorio alivio cómico y
receptor involuntario de la violencia que Natacha, por su condición femenina y
de acuerdo a la sensibilidad de la época, no podía encajar.
A pesar de ser gruñón, impulsivo y un tanto
gafe, Walter es un leal amigo que siempre está allí cuando Natacha se encuentra
en un apuro. Walthéry lo convirtió también en un repositorio de muchas de sus propias
aficiones o rasgos de carácter. Así, Walter es un gran aficionado al jazz, el
blues, la fotografía, el cine clásico y los comics, se irrita con facilidad,
bebe más de lo que debe, le gusta holgazanear entre vuelo y vuelo… pero no es
ningún estúpido y, de hecho, sus lecturas son de considerable nivel intelectual.
Como era el caso de Walthéry, su padre falleció y sufre de daltonismo. Fruto de
su paso por el ejército, sabe cómo utilizar armas de diferente calibre, tiene
reumatismo en su hombro derecho, practica paracaidismo…
¿Y en cuanto a la relación que le une con Natacha? Podría pensarse que es algo ambigua, pero a la hora de la verdad y tras medio siglo de historia, nada hay en la serie que lleve a pensar en algo más íntimo que la amistad. Nunca se tutean, algo que puede obedecer a una imposición –devenida costumbre- de la compañía para la que trabajan y que prohíbe la confraternización estrecha entre sus empleados. Y, de hecho, no hay muestras de que ambos sientan algún tipo de mutua atracción física. Es más, Walter parece ser el único personaje insensible al encanto de Natacha, lo cual no impide que le invada la furia asesina cuando ella es atacada, despertando en esos momentos sus mejores habilidades marciales.
(Continúa en la siguiente entrada)
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