El 4 de mayo de 2001, un anciano de noventa años llamado Antonio Altarriba puso fin a su longeva existencia arrojándose al vacío desde el cuarto piso de la residencia de ancianos donde vivía, un trágico salto que coronó una vida repleta de esperanzas, frustraciones, desilusiones y anhelos de libertad.
El punto
exacto de partida de esta tragedia se localiza en la localidad riojana de
Lardero, desde cuya ventana Antonio emprendió su vuelo final. Para narrar esta
historia y revivir la trayectoria vital de su progenitor de la manera más
íntima y visceral posible, el escritor, guionista y académico zaragozano
Antonio Altarriba adoptó una decisión formal y psicoanalíticamente
transgresora: en un acto artístico y de voluntad mediante el cual su propia
identidad se fusionó con la de su padre, optó por apropiarse de su voz y
relatar los hechos en estricta primera persona.
Al leer el diario y las memorias que su padre dejó escritas -recuerdos crudos y directos que sirvieron como sólido sustrato para la obra- Altarriba hijo inició un viaje muy personal en busca de quién había sido realmente su padre, y descubrió a un hombre que poco o nada tenía que ver con aquél al que creía conocer. Poniéndose en su lugar, el hijo narra la vida de quien le dio la vida y, junto a ella, la de tantos hombres y mujeres a los que les tocó recorrer un similar camino de frustración y fracaso. “El Arte de Volar” es, por tanto, no sólo un conmovedor homenaje al padre del autor, sino a los anhelos de libertad e ideales truncados de una generación entera.
P
ara
estructurar este amplio fresco que abarca noventa años de evolución política y
social en España, Antonio Altarriba concibió una división simétrica en cuatro
capítulos que no solo corresponden a periodos históricos claramente
delimitados, sino también al recorrido físico y simbólico por los diferentes
pisos de la residencia geriátrica durante la caída final de su padre.
“Tercera
Planta: 1910-1931. El Coche de Madera”. Este primer segmento nos lleva a la
infancia del protagonista, en el seno de una familia campesina en Peñaflor de
Gállego, un pueblo de Aragón anclado en unas estructuras y dinámicas casi
feudales, asfixiantes y propiciatorias de una crueldad y codicia que causa
estragos. Es un entorno cuya absoluta falta de esperanza en algo mejor atormenta
prematuramente a los niños, quienes dudan incluso de los límites de su propia
imaginación. Antonio se niega a doblegarse a la servidumbre del campo, a su
tiránico padre y a la separación de clases entre los “señoritos” y los
agricultores, y marcha a Zaragoza para tratar de labrarse una vida allí. Pero en
las calles d
e la capital sólo descubre otro tipo de abusos y miserias y, al
final, no tiene más remedio que regresar al hogar, sin fortuna pero con mucha
vergüenza. El final de su adolescencia coincide de manera trágica con la muerte
de su mejor amigo, víctima de su sueño de volar, en su caso, al volante de un
coche, símbolo de libertad.
“Segunda Planta: 1931-1949. Las Alpargatas de Durruti”. Este es el capítulo más extenso y el considerado como mejor del libro –aunque, personalmente, me parece mucho más terrible y emotivo los dos siguientes. En él se narra la proclamación de la República en 1931, la adquisición de Antonio de un permiso de conducir –en su época, la llave maestra hacia otra vida posible-, el posterior servicio militar y la generosidad inquebrantable de la dueña de una pensión en la que se aloja. Soñador y poseedor de firmes ideales, Antonio huye de la zona nacional para enrolarse en el bando anarquista durante la Guerra Civil española, forjando un compromiso político y de sangre con otros tres camaradas, al que bautizan como “alianza del plomo” y simbolizan con cuatro anillos hechos de balas fundidas.
El rel
ato
detalla el desembarco del general Franco, la creciente desorganización de las
fuerzas republicanas -que pronto pasan a estar controladas por los comunistas, convirtiendo
a los románticos anarquistas en miembros de un ejército similar al que
combatían-, los enfrentamientos internos entre anarquistas y comunistas, los
combates en el frente y el éxodo de los vencidos hacia territorio francés. Una
vez al otro lado de la frontera, Antonio tendrá que padecer campos de
internamiento, trabajos forzados, abusos laborales y persecución policial por carecer
de documentos. Durante un tiempo, encuentra la felicidad gracias a la acogida
que le brinda una familia campesina en la región de Creuse. Pero la invasión
nazi y la instauración del gobierno títere de Petain lo convierten, de nuevo y
en su calidad de ex soldado republicano, en víctima de la persecución. Contacta
y colabora con la Resistencia francesa durante la ocupación, pero tras la
liberación, se ve involucrado junto a un camarada de armas en el mercado negro.
Desilusionado e incapaz de seguir abusando de los más desfavorecidos con las
armas del capitalismo, decide volver a España no sin antes quemar el que había
sido su talismán durante muchos años: las alpargatas de Durruti, legadas por un
camarada anarquista justo antes de morir. La cremación simbólica de estas
alpargatas y del anillo de
plomo en 1949 marcará también el funeral ideológico
de los sueños que albergó antaño y la aceptación de la pérdida de su propia
libertad.
“Primer Piso: 1949-1985. Galletas Amargas”: Este segmento aborda el difícil regreso de Antonio a España bajo el régimen franquista para trabajar junto a un amigo de la infancia reconvertido a última hora en falangista que se dedica a trapichear en el mercado negro, utilizando una fábrica de galletas como fachada. Aquí asiste el lector a la asociación con oportunistas conversos al nuevo orden, la aceptación de un matrimonio católico que se vive como un abandono resignado de las últimas convicciones políticas y, por fin, el trágico reflejo de una convivencia insostenible con una esposa cada vez más difícil de soportar por su beatería. Se suceden la infidelidad, la caída en la pobreza y la alternancia doméstica entre la apatía y la hostilidad. El nacimiento de su hijo aporta una breve luz de esperanza, pero su llegada es demasiado tardía como para reconducir el lento y doloroso descenso hacia la desolación interior. Finalmente, Antonio hijo se lleva a su madre y Antonio padre toma la decisión de ingresar en una residencia de ancianos en Lardero para no soportar más una vida de sueños rotos y soledad.
“Suelo:
1
985-2001. La Madriguera del Topo”. El capítulo final retrata la cotidianeidad en
el microcosmos de la residencia, capturando esa curiosa e incómoda mezcla de
hastío existencial y resistencia vital que se aferra al cuerpo incluso cuando
las últimas ilusiones se han disipado mucho tiempo atrás. Se describen las
actividades un tanto descabelladas que los internos inventan para matar el
tiempo, la depresión profunda, la desesperación terminal, la insensibilidad del
personal sanitario… Pero más allá de esa especie de coma consciente en el que vive
Antonio, consigue mantener la hermosa complicidad que forjó con su hijo desde
la infancia. Antes de que ni la mente ni el cuerpo se lo impidan, Antonio toma la
única decisión autónoma que le queda: decidir cuándo y cómo morir.
Aunque en
las primeras páginas algunos lectores puedan sentirse decepcionados al pensar
que lo que tienen por delante es una historia de miseria y Guerra Civil teñida
de tremendismo, lo cierto es que “El Arte de Volar” evoluciona de una manera
inesperada a partir de un momento bisagra, transformándose en una dolorosa crónica
de una vida convertida en larga agonía espiritual. De hecho, las últimas frases
del prólogo resumen a la perfección el núcleo existencial del relato: “Voy a contar la vida de mi padre con sus
ojos, pero desde mi perspectiva. Puedo, por lo tanto, asegurar que así fue como
se suicidó. Puedo igualmente asegurar que, aunque parecieran unos pocos
segundos, mi padre tardó noventa años en caer de la cuarta planta”. Asistir
cómo la vida aplasta a Altarriba padre nos enfrenta a la certeza de que la
felicidad es una quimera inalcanzable o, en el mejor de los casos, una ilusión
transitoria; y que a nosotros también la existencia terminará por marchitarnos
en todos los planos: físico, psicológico, anímico y espiritual.
Para plasmar
visualmente esta historia de gran extensión y densidad, la elección del
dibujante Joaquín Aubert, “Kim”, resultó un acierto quizá inesperado.
Acercándose ya a los setenta años, Kim había sido una figura clave del cómic
satírico y de protesta desde el crepúsculo del régimen franquista y cofundador
en 1977 del histórico semanario “El Jueves”, donde dio vida al célebre
personaje “Martínez el Facha”. El desafío que asumió con “El Arte de Volar” fue
intimid
ante dada no sólo la edad con la que ya contaba, sino a la extensión de
la obra: más de doscientas páginas y mil quinientas viñetas. Comenzó a dibujarla
en mayo de 2006 y finalizó hacia principios de 2009. Casi tres años de trabajo en
los que tuvo que aparcar temporalmente su habitual registro cómico y
caricaturesco para enfrentarse por primera vez a un estilo realista y minucioso
que exigía un alto grado de documentación.
En “El Arte
de Volar”, Kim demostró una versatilidad artística colosal. Su trazo delata la influencia
del underground estadounidense, recordando a autores como Gilbert Shelton,
publicados en España desde 1980 en la revista “El Víbora”, en la que Kim también
colaboró. Su consolidada línea cruda, casi punk y exenta de falsas florituras,
se transforma sutilmente en las páginas de esta obra. Tal y como muestran los
bocetos iniciales con los que trabajó, las viñetas comienzan en su estadio
inicial exhibiendo un trazo claro, clásico y refinado que luego se somete a una
suerte de feroz mutación, complicándose y añadiendo matices mediante la tinta,
las aguadas, la alternancia de grises y claroscuros y una serie de calculados
efectos texturales: pequeños trazos, reflejos, acumulaciones de grasa, ar
rugas,
polvo… Aunque la legibilidad es siempre perfecta y la narrativa gráfica fluye
con un ritmo impecable, la línea gráfica aparece deliberadamente lastrada por
esa grava visual que Kim esparce en viñetas que aportan tanta información que
permiten que Altarriba no tenga que describir nada. Es un recurso metafórico
magistral para recordarnos de forma constante que la huida –o el vuelo- resultan
físicamente imposibles.
Aunque el trabajo de Kim, con su enorme expresividad y su dominio de las expresiones faciales, resulta inmejorable por su detalle y funcionalidad narrativa, lo cierto es que su labor queda en buena medida diluida ante la abrumadora calidad literaria del guión. Los textos son tan abundantes que en ocasiones la trama puede seguirse a la perfección sin prestar atención al dibujo, al punto de considerarse un cómic de guión que, a pesar de la magnífica documentación, la puesta en escena y un par de pasajes oníricos excelentes hacia el final, el resultado con otro dibujante igualmente veterano y comprometido habría sido quizá igualmente bueno.
A ello
se
suma la impresionante reconstrucción visual que abarca desde la España rural de
principios de siglo hasta los campos de internamiento franceses del Rosellón,
pasando por la Marsella de los años cuarenta y las calles de Zaragoza en 1965.
La ingente investigación documental no es mero exhibicionismo gratuito; al
contrario, los autores optan por permitir que la narración se adentre, en
momentos cuidadosamente seleccionados, en una ensoñación difusa que puntúa la
historia con imágenes simbolistas, como aquella en la que el águila franquista
alza el vuelo desde una enorme peseta para arrancarle los ojos a Antonio padre,
quien, profundamente aliviado, exclama que, por fin, no ve nada, justo en el
instante en que toma la fatídica decisión de regresar de su exilio en Francia a
la España de los años cincuenta.
Más allá de
ofrecer una meticulosa biografía, la historia de Antonio Altarriba padre sirve
de eje a un amplio y desolador fresco del siglo XX español que no tiene nada
que envidiar a las obras de otros autores como Carlos Giménez. De 1910 a 2001,
la trama transita desde los albores de una sociedad
rural asfixiante hasta una
vejez sombría en una claustrofóbica residencia geriátrica. Antonio termina sus
días con el alma corroída por la moral hipócrita, el hambre y la cerrazón de
unos valores que lastraron el desarrollo social de España durante décadas y cuyas
consecuencias aún se dejan sentir.
Atrapado continuamente en entornos tóxicos en un sentido u otro, el periplo vital de Antonio se muestra como un esfuerzo desesperado e infructuoso por “alzar la voz”, por emanciparse de las estrecheces existenciales impuestas por las realidades sociales, económicas, políticas y sexuales de su país y de su tiempo. La realidad se le impone de forma implacable, desmoronando cada una de sus esperanzas al descubrir, una y otra vez, en uno y otro país, cómo la gente que le rodea traiciona las que antaño habían sido sus convicciones.
Aún peor,
Antonio siente que se ha traicionado a sí mismo, obligándose a correr dentro de
una rueda como un hámster que no va a ninguna parte. Lucha contra las
c
ondiciones adversas que el mundo arroja contra él, pero es una guerra en la
que pierde todas las batallas, un proceso de desgaste que destroza
paulatinamente sus aspiraciones. Siguiendo sus pasos, el lector recorre los
hitos mayores del siglo XX, desde la dictadura de Primo de Rivera hasta la
interminable monotonía del franquismo, pasando por la Guerra Civil y los campos
de concentración del sur de Francia, pero también muestra los pequeños
suicidios internos y las renuncias cotidianas que trufaron su biografía.
“El Arte de
Volar” es, por tanto y en su doble recorrido histórico y personal, una crónica
muy dura. Aunque sin caer en histrionismos, la visión de la humanidad y de la
sociedad que transmite la obra es de una negrura contundente: los ideales no
sirven para nada, la revolución es una utopía inalcanzable porque quien la
defiende, en cuanto gana algo de dinero, busca aplastarla. Altarriba padre
aprende con dolor que debe renunciar si quiere vivir en sociedad, tragar mierda
y volverse como los demás. Los momentos de felicidad efímera o de camaradería
en el frente parecen existir únicamen
te para arrojar una luz aún más brutal
sobre los ecos doblemente grises de sus múltiples fracasos existenciales e
históricos.
A pesar de su participación activa en el bando republicano y, posteriormente, en los círculos de la Resistencia francesa, Altarriba padre está muy lejos de encarnar la figura del héroe tradicional. Se trata, por el contrario, de un hombre corriente arrastrado por la fatalidad y por acontecimientos que le superan, vapuleado en direcciones opuestas, empujado y rechazado por las circunstancias, cuyo objetivo primordial es, ante todo, sobrevivir, capeando como puede la injusticia y esforzándose por llegar al día siguiente. Lejos de idealizarlo, la obra lo expone sin coartadas ni barnices edulcorados, desnudando tanto sus virtudes como sus defectos más humanos: su infidelidad conyugal, su natural y desinhibida aproximación a la prostitución, o el pragmático abandono final de sus ideales en el momento en que nace su hijo.
Cada uno de
los episodios de este fresco transmite una fuerza innegable que toca la
sensibilidad del lector. Sin embargo, desde un punto de vista formal, la obra
refleja acertadamente la propia dinámica de la vida: los años de juventud son
los más densos, aquellos en los que ocurren más cosas y en los que más
cambiamos, motivo por el cual el guionista les dedica, lógicamente, más
páginas. Progresivamente, una vez que la vida está encarrilada, pasan años sin
nada digno de mención; la rutina y el paso fugaz del tiempo hacen que las
últimas páginas muestren el envejecimiento casi de viñeta a viñeta, de tal modo
que los dieciséis últimos años de vida del protagonista ocupan muy poco
desarrollo.
“El Arte de
Volar” conjuga el descaro y la modestia, la tragedia más absoluta y la comedia
agridulce, destilando una lección magistral de Historia en acción, lanzando un
grito silencioso de rebeldía contra el acomodamiento y el dejarse llevar, una
reivindicación de la pasión por la vida y la dignidad que supone elegir cómo
vivir y cómo morir. Junto a otros títulos biog
ráficos imprescindibles como “Maus”
de Art Spiegelman o “Persépolis” de Marjane Satrapi, este comic se alza por
derecho propio como un hito del noveno arte español, un testimonio gráfico de
una vida y una época que es al tiempo bello y desgarrador, recordándonos que
nuestra historia está íntimamente conectada con la de nuestros padres y
abuelos.
En definitiva, una de las novelas gráficas más inteligentes, conmovedoras, sensibles y necesarias que ha dado el comic patrio, en la que el último acto de libertad del protagonista y, al mismo tiempo, el primero de verdadera independencia como individuo, se consuma al saltar por la ventana, demostrando que el arte de volar no es otra cosa que el arte de vivir, o el arte de morir.

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