11 sept 2026

2009- EL ARTE DE VOLAR – Antonio Altarriba y Kim


El 4 de mayo de 2001, un anciano de noventa años llamado Antonio Altarriba puso fin a su longeva existencia arrojándose al vacío desde el cuarto piso de la residencia de ancianos donde vivía, un trágico salto que coronó una vida repleta de esperanzas, frustraciones, desilusiones y anhelos de libertad.

 

El punto exacto de partida de esta tragedia se localiza en la localidad riojana de Lardero, desde cuya ventana Antonio emprendió su vuelo final. Para narrar esta historia y revivir la trayectoria vital de su progenitor de la manera más íntima y visceral posible, el escritor, guionista y académico zaragozano Antonio Altarriba adoptó una decisión formal y psicoanalíticamente transgresora: en un acto artístico y de voluntad mediante el cual su propia identidad se fusionó con la de su padre, optó por apropiarse de su voz y relatar los hechos en estricta primera persona.

 

Al leer el diario y las memorias que su padre dejó escritas -recuerdos crudos y directos que sirvieron como sólido sustrato para la obra- Altarriba hijo inició un viaje muy personal en busca de quién había sido realmente su padre, y descubrió a un hombre que poco o nada tenía que ver con aquél al que creía conocer. Poniéndose en su lugar, el hijo narra la vida de quien le dio la vida y, junto a ella, la de tantos hombres y mujeres a los que les tocó recorrer un similar camino de frustración y fracaso. “El Arte de Volar” es, por tanto, no sólo un conmovedor homenaje al padre del autor, sino a los anhelos de libertad e ideales truncados de una generación entera.

 

Para estructurar este amplio fresco que abarca noventa años de evolución política y social en España, Antonio Altarriba concibió una división simétrica en cuatro capítulos que no solo corresponden a periodos históricos claramente delimitados, sino también al recorrido físico y simbólico por los diferentes pisos de la residencia geriátrica durante la caída final de su padre.

 

“Tercera Planta: 1910-1931. El Coche de Madera”. Este primer segmento nos lleva a la infancia del protagonista, en el seno de una familia campesina en Peñaflor de Gállego, un pueblo de Aragón anclado en unas estructuras y dinámicas casi feudales, asfixiantes y propiciatorias de una crueldad y codicia que causa estragos. Es un entorno cuya absoluta falta de esperanza en algo mejor atormenta prematuramente a los niños, quienes dudan incluso de los límites de su propia imaginación. Antonio se niega a doblegarse a la servidumbre del campo, a su tiránico padre y a la separación de clases entre los “señoritos” y los agricultores, y marcha a Zaragoza para tratar de labrarse una vida allí. Pero en las calles de la capital sólo descubre otro tipo de abusos y miserias y, al final, no tiene más remedio que regresar al hogar, sin fortuna pero con mucha vergüenza. El final de su adolescencia coincide de manera trágica con la muerte de su mejor amigo, víctima de su sueño de volar, en su caso, al volante de un coche, símbolo de libertad.

 

“Segunda Planta: 1931-1949. Las Alpargatas de Durruti”. Este es el capítulo más extenso y el considerado como mejor del libro –aunque, personalmente, me parece mucho más terrible y emotivo los dos siguientes. En él se narra la proclamación de la República en 1931, la adquisición de Antonio de un permiso de conducir –en su época, la llave maestra hacia otra vida posible-, el posterior servicio militar y la generosidad inquebrantable de la dueña de una pensión en la que se aloja. Soñador y poseedor de firmes ideales, Antonio huye de la zona nacional para enrolarse en el bando anarquista durante la Guerra Civil española, forjando un compromiso político y de sangre con otros tres camaradas, al que bautizan como “alianza del plomo” y simbolizan con cuatro anillos hechos de balas fundidas.

 

El relato detalla el desembarco del general Franco, la creciente desorganización de las fuerzas republicanas -que pronto pasan a estar controladas por los comunistas, convirtiendo a los románticos anarquistas en miembros de un ejército similar al que combatían-, los enfrentamientos internos entre anarquistas y comunistas, los combates en el frente y el éxodo de los vencidos hacia territorio francés. Una vez al otro lado de la frontera, Antonio tendrá que padecer campos de internamiento, trabajos forzados, abusos laborales y persecución policial por carecer de documentos. Durante un tiempo, encuentra la felicidad gracias a la acogida que le brinda una familia campesina en la región de Creuse. Pero la invasión nazi y la instauración del gobierno títere de Petain lo convierten, de nuevo y en su calidad de ex soldado republicano, en víctima de la persecución. Contacta y colabora con la Resistencia francesa durante la ocupación, pero tras la liberación, se ve involucrado junto a un camarada de armas en el mercado negro. Desilusionado e incapaz de seguir abusando de los más desfavorecidos con las armas del capitalismo, decide volver a España no sin antes quemar el que había sido su talismán durante muchos años: las alpargatas de Durruti, legadas por un camarada anarquista justo antes de morir. La cremación simbólica de estas alpargatas y del anillo de plomo en 1949 marcará también el funeral ideológico de los sueños que albergó antaño y la aceptación de la pérdida de su propia libertad.

 

“Primer Piso: 1949-1985. Galletas Amargas”: Este segmento aborda el difícil regreso de Antonio a España bajo el régimen franquista para trabajar junto a un amigo de la infancia reconvertido a última hora en falangista que se dedica a trapichear en el mercado negro, utilizando una fábrica de galletas como fachada. Aquí asiste el lector a la asociación con oportunistas conversos al nuevo orden, la aceptación de un matrimonio católico que se vive como un abandono resignado de las últimas convicciones políticas y, por fin, el trágico reflejo de una convivencia insostenible con una esposa cada vez más difícil de soportar por su beatería. Se suceden la infidelidad, la caída en la pobreza y la alternancia doméstica entre la apatía y la hostilidad. El nacimiento de su hijo aporta una breve luz de esperanza, pero su llegada es demasiado tardía como para reconducir el lento y doloroso descenso hacia la desolación interior. Finalmente, Antonio hijo se lleva a su madre y Antonio padre toma la decisión de ingresar en una residencia de ancianos en Lardero para no soportar más una vida de sueños rotos y soledad.

 

“Suelo: 1985-2001. La Madriguera del Topo”. El capítulo final retrata la cotidianeidad en el microcosmos de la residencia, capturando esa curiosa e incómoda mezcla de hastío existencial y resistencia vital que se aferra al cuerpo incluso cuando las últimas ilusiones se han disipado mucho tiempo atrás. Se describen las actividades un tanto descabelladas que los internos inventan para matar el tiempo, la depresión profunda, la desesperación terminal, la insensibilidad del personal sanitario… Pero más allá de esa especie de coma consciente en el que vive Antonio, consigue mantener la hermosa complicidad que forjó con su hijo desde la infancia. Antes de que ni la mente ni el cuerpo se lo impidan, Antonio toma la única decisión autónoma que le queda: decidir cuándo y cómo morir.

 

Aunque en las primeras páginas algunos lectores puedan sentirse decepcionados al pensar que lo que tienen por delante es una historia de miseria y Guerra Civil teñida de tremendismo, lo cierto es que “El Arte de Volar” evoluciona de una manera inesperada a partir de un momento bisagra, transformándose en una dolorosa crónica de una vida convertida en larga agonía espiritual. De hecho, las últimas frases del prólogo resumen a la perfección el núcleo existencial del relato: “Voy a contar la vida de mi padre con sus ojos, pero desde mi perspectiva. Puedo, por lo tanto, asegurar que así fue como se suicidó. Puedo igualmente asegurar que, aunque parecieran unos pocos segundos, mi padre tardó noventa años en caer de la cuarta planta”.   Asistir cómo la vida aplasta a Altarriba padre nos enfrenta a la certeza de que la felicidad es una quimera inalcanzable o, en el mejor de los casos, una ilusión transitoria; y que a nosotros también la existencia terminará por marchitarnos en todos los planos: físico, psicológico, anímico y espiritual.

 

Para plasmar visualmente esta historia de gran extensión y densidad, la elección del dibujante Joaquín Aubert, “Kim”, resultó un acierto quizá inesperado. Acercándose ya a los setenta años, Kim había sido una figura clave del cómic satírico y de protesta desde el crepúsculo del régimen franquista y cofundador en 1977 del histórico semanario “El Jueves”, donde dio vida al célebre personaje “Martínez el Facha”. El desafío que asumió con “El Arte de Volar” fue intimidante dada no sólo la edad con la que ya contaba, sino a la extensión de la obra: más de doscientas páginas y mil quinientas viñetas. Comenzó a dibujarla en mayo de 2006 y finalizó hacia principios de 2009. Casi tres años de trabajo en los que tuvo que aparcar temporalmente su habitual registro cómico y caricaturesco para enfrentarse por primera vez a un estilo realista y minucioso que exigía un alto grado de documentación.  

 

En “El Arte de Volar”, Kim demostró una versatilidad artística colosal. Su trazo delata la influencia del underground estadounidense, recordando a autores como Gilbert Shelton, publicados en España desde 1980 en la revista “El Víbora”, en la que Kim también colaboró. Su consolidada línea cruda, casi punk y exenta de falsas florituras, se transforma sutilmente en las páginas de esta obra. Tal y como muestran los bocetos iniciales con los que trabajó, las viñetas comienzan en su estadio inicial exhibiendo un trazo claro, clásico y refinado que luego se somete a una suerte de feroz mutación, complicándose y añadiendo matices mediante la tinta, las aguadas, la alternancia de grises y claroscuros y una serie de calculados efectos texturales: pequeños trazos, reflejos, acumulaciones de grasa, arrugas, polvo… Aunque la legibilidad es siempre perfecta y la narrativa gráfica fluye con un ritmo impecable, la línea gráfica aparece deliberadamente lastrada por esa grava visual que Kim esparce en viñetas que aportan tanta información que permiten que Altarriba no tenga que describir nada. Es un recurso metafórico magistral para recordarnos de forma constante que la huida –o el vuelo- resultan físicamente imposibles.

 

Aunque el trabajo de Kim, con su enorme expresividad y su dominio de las expresiones faciales, resulta inmejorable por su detalle y funcionalidad narrativa, lo cierto es que su labor queda en buena medida diluida ante la abrumadora calidad literaria del guión. Los textos son tan abundantes que en ocasiones la trama puede seguirse a la perfección sin prestar atención al dibujo, al punto de considerarse un cómic de guión que, a pesar de la magnífica documentación, la puesta en escena y un par de pasajes oníricos excelentes hacia el final, el resultado con otro dibujante igualmente veterano y comprometido habría sido quizá igualmente bueno.

 

A ello se suma la impresionante reconstrucción visual que abarca desde la España rural de principios de siglo hasta los campos de internamiento franceses del Rosellón, pasando por la Marsella de los años cuarenta y las calles de Zaragoza en 1965. La ingente investigación documental no es mero exhibicionismo gratuito; al contrario, los autores optan por permitir que la narración se adentre, en momentos cuidadosamente seleccionados, en una ensoñación difusa que puntúa la historia con imágenes simbolistas, como aquella en la que el águila franquista alza el vuelo desde una enorme peseta para arrancarle los ojos a Antonio padre, quien, profundamente aliviado, exclama que, por fin, no ve nada, justo en el instante en que toma la fatídica decisión de regresar de su exilio en Francia a la España de los años cincuenta.

 

Más allá de ofrecer una meticulosa biografía, la historia de Antonio Altarriba padre sirve de eje a un amplio y desolador fresco del siglo XX español que no tiene nada que envidiar a las obras de otros autores como Carlos Giménez. De 1910 a 2001, la trama transita desde los albores de una sociedad rural asfixiante hasta una vejez sombría en una claustrofóbica residencia geriátrica. Antonio termina sus días con el alma corroída por la moral hipócrita, el hambre y la cerrazón de unos valores que lastraron el desarrollo social de España durante décadas y cuyas consecuencias aún se dejan sentir.

 

Atrapado continuamente en entornos tóxicos en un sentido u otro, el periplo vital de Antonio se muestra como un esfuerzo desesperado e infructuoso por “alzar la voz”, por emanciparse de las estrecheces existenciales impuestas por las realidades sociales, económicas, políticas y sexuales de su país y de su tiempo. La realidad se le impone de forma implacable, desmoronando cada una de sus esperanzas al descubrir, una y otra vez, en uno y otro país, cómo la gente que le rodea traiciona las que antaño habían sido sus convicciones.

 

Aún peor, Antonio siente que se ha traicionado a sí mismo, obligándose a correr dentro de una rueda como un hámster que no va a ninguna parte. Lucha contra las condiciones adversas que el mundo arroja contra él, pero es una guerra en la que pierde todas las batallas, un proceso de desgaste que destroza paulatinamente sus aspiraciones. Siguiendo sus pasos, el lector recorre los hitos mayores del siglo XX, desde la dictadura de Primo de Rivera hasta la interminable monotonía del franquismo, pasando por la Guerra Civil y los campos de concentración del sur de Francia, pero también muestra los pequeños suicidios internos y las renuncias cotidianas que trufaron su biografía.

 

“El Arte de Volar” es, por tanto y en su doble recorrido histórico y personal, una crónica muy dura. Aunque sin caer en histrionismos, la visión de la humanidad y de la sociedad que transmite la obra es de una negrura contundente: los ideales no sirven para nada, la revolución es una utopía inalcanzable porque quien la defiende, en cuanto gana algo de dinero, busca aplastarla. Altarriba padre aprende con dolor que debe renunciar si quiere vivir en sociedad, tragar mierda y volverse como los demás. Los momentos de felicidad efímera o de camaradería en el frente parecen existir únicamente para arrojar una luz aún más brutal sobre los ecos doblemente grises de sus múltiples fracasos existenciales e históricos.

 

A pesar de su participación activa en el bando republicano y, posteriormente, en los círculos de la Resistencia francesa, Altarriba padre está muy lejos de encarnar la figura del héroe tradicional. Se trata, por el contrario, de un hombre corriente arrastrado por la fatalidad y por acontecimientos que le superan, vapuleado en direcciones opuestas, empujado y rechazado por las circunstancias, cuyo objetivo primordial es, ante todo, sobrevivir, capeando como puede la injusticia y esforzándose por llegar al día siguiente. Lejos de idealizarlo, la obra lo expone sin coartadas ni barnices edulcorados, desnudando tanto sus virtudes como sus defectos más humanos: su infidelidad conyugal, su natural y desinhibida aproximación a la prostitución, o el pragmático abandono final de sus ideales en el momento en que nace su hijo.

 

Cada uno de los episodios de este fresco transmite una fuerza innegable que toca la sensibilidad del lector. Sin embargo, desde un punto de vista formal, la obra refleja acertadamente la propia dinámica de la vida: los años de juventud son los más densos, aquellos en los que ocurren más cosas y en los que más cambiamos, motivo por el cual el guionista les dedica, lógicamente, más páginas. Progresivamente, una vez que la vida está encarrilada, pasan años sin nada digno de mención; la rutina y el paso fugaz del tiempo hacen que las últimas páginas muestren el envejecimiento casi de viñeta a viñeta, de tal modo que los dieciséis últimos años de vida del protagonista ocupan muy poco desarrollo.

 

“El Arte de Volar” conjuga el descaro y la modestia, la tragedia más absoluta y la comedia agridulce, destilando una lección magistral de Historia en acción, lanzando un grito silencioso de rebeldía contra el acomodamiento y el dejarse llevar, una reivindicación de la pasión por la vida y la dignidad que supone elegir cómo vivir y cómo morir. Junto a otros títulos biográficos imprescindibles como “Maus” de Art Spiegelman o “Persépolis” de Marjane Satrapi, este comic se alza por derecho propio como un hito del noveno arte español, un testimonio gráfico de una vida y una época que es al tiempo bello y desgarrador, recordándonos que nuestra historia está íntimamente conectada con la de nuestros padres y abuelos.  

 

En definitiva, una de las novelas gráficas más inteligentes, conmovedoras, sensibles y necesarias que ha dado el comic patrio, en la que el último acto de libertad del protagonista y, al mismo tiempo, el primero de verdadera independencia como individuo, se consuma al saltar por la ventana, demostrando que el arte de volar no es otra cosa que el arte de vivir, o el arte de morir.

 


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