Tras luchar duramente durante dos días contra una terrible tempestad en alta mar, un hombre llamado Raúl se ve obligado a buscar refugio con su pequeño yate en un puerto situado en una isla tan diminuta y aislada que ni siquiera aparece registrada en los mapas. Al atracar, descubre un extraño y larguísimo muelle blanco que se adentra en el mar, coronado por un muro igualmente extenso y alto cubierto de grafitis. Un joven le ayuda a amarrar su bote antes de correr hacia la única construcción del lugar: una posada situada a los pies de una gran roca coronada por un faro en desuso.
En ese momento, esa peculiar isla está
habitada por dos personas: una mujer
de mediana edad, Sara, de formas
voluptuosas pero algo tosca y ajada quizá por la soledad, que se ocupa de la
posada; y su hijo Dimas, un muchacho extrañamente reservado que se dedica a
afilar unas finas lanzas con las que mata gaviotas. Tras su llegada, la amable
Sara recibe a Raúl, le prepara la cena y le ofrece una habitación.
Al día siguiente, Raúl descubre un segundo velero amarrado al otro lado del muelle y se cruza con su propietaria: Ana, una escritora discreta, culta y de espíritu independiente que parece estar esperando la llegada de alguien. Intrigado, Raúl intenta seducirla de inmediato; sin embargo, tras un aparente éxito inicial, fracasa estrepitosamente y acaba desilusionado, encontrando consuelo temporal en la compañía de una de las miles de gaviotas que sobrevuelan la isla y a la que bautiza como Lucas.
La atmósfera de la isla se enturbia con la
llegada de dos hombres maleducados y arrogantes, Berto y Tato, que acosan
violentamente a las mujeres del lugar. Cuando se presentan por la noche en su
barco, Ana intenta ahuyentarlos con duras palabras y, al comprobar que no
sirven para disuadirlos, les dispara con su revólver. Los agresores, no
dispuestos a darse por vencidos, violan a Sara. Al día siguiente, ambos han
desaparecido sin dejar rastro, probablemente asesinados por Dimas como acto de
venganza.
A pesar de lo sucedido, Sara se recupera con
bastante rapidez del trauma. El despecho y el rechazo de Ana llevan a Raúl a
buscar consuelo en la posadera, dejándose seducir y teniendo sexo con ella en
su barco. En ese preciso instante, una arrepentida Ana se acerca con una
botella de champán para disculparse por su anterior descortesía. Al sorprender
a Raúl y a Sara juntos en la cama, la situación provoca que el primer
o, abrumado
por la vergüenza, abandone precipitadamente la isla.
Sin embargo, consciente de su profundo amor por Ana, Raúl decide regresar al cabo del tiempo. Al volver, se encuentra con una realidad desconcertante: todo parece exactamente igual que cuando llegó, como si el tiempo no hubiera transcurrido, y nada haya cambiado. Para su mayor sorpresa, se topa de nuevo con Berto y Tato, que se encuentran sanos y salvos, ahora babeando por dos mujeres diferentes que les acompañan en su barco. Además, Sara ya no lo reconoce y descubre que un mensaje que Ana le había dejado ha desaparecido misteriosamente. Ante la imposibilidad de recuperar lo perdido, lo único que Raúl puede hacer es dejar grabadas sus palabras en un mensaje sobre el gran muro junto al muelle antes de marchar de nuevo.
Desde las primeras páginas de “Trazo de Tiza”,
Miguelanxo Prado sumerge al lector en un ritmo deliberadamente moroso,
magnético y envuelto en el misterio. Todo en esta obra rezuma extrañeza y
desconcierto: ¿Qué sentido tiene la presencia aislada de una mujer y su hijo en
un islote insignificante, perdido en mitad de ninguna parte? ¿Qué aguarda
exactamente la enigmática Ana? ¿Por qué la isla está atravesada por un muro
absurdamente largo, trazado con la precisión milimétrica de una línea de tiza
en medio del inmenso océano? ¿Hasta qué punto es real algo de lo que estamos
presenciando?
Cargado de reminiscencias míticas,
supersticiones y silencios turbadores, el relato bebe directamente de la
filosofía literaria del escritor argentino Jorge Luis Borges, quien negaba de forma
sistemática la existencia de una realidad fiable, unívoca, singular y estable.
En “Trazo de Tiza”, la lógica que impera es primariamente
simbólica antes que
fantástica, tejiéndose siempre desde un lirismo visual desbordante. Porque,
aunque el ingenioso giro final gravita en torno a una sutil paradoja temporal
-esa sensación de bucle y repetición eterna-, la atmósfera general se resiste
al fantástico tradicional para instalarse en el terreno de lo onírico, el limbo
psicológico y el territorio de los sueños lúcidos.
Señalaba en el párrafo anterior las reminiscencias míticas de esta obra. Y es que, en ella, los personajes actúan como encarnaciones de figuras mitológicas dentro de un paisaje de profundo carácter alegórico. La narrativa comienza en una Arcadia de los tiempos modernos, una tierra que tradicionalmente se ha descrito como la región ideal del bucolismo rural. Esta identificación no surge de textos o referencias explícitas, sino de pistas que el autor incluye para guiar sutilmente al lector hacia la comprensión de esas capas ocultas.
Por ejemplo, el conju
nto de tubos musicales que
se encuentra en la punta del muelle evoca de inmediato una siringa y, por ende,
al dios Pan, mientras que los lascivos Berto y Tato pueden interpretarse sin
esfuerzo como sátiros modernos. Ana encarna el amor casto o divino, un afecto
que surge de la contemplación y el intelecto. Fiel a esta naturaleza, la
relación entre Raúl y Ana nunca llega a consumarse carnalmente; permanece como
una asociación idealizada, envuelta en la bruma de todas las posibilidades
latentes. Por su parte, Sara representa una fuerza mucho más
terrenal y
materialista. Cuando intenta seducir a Raúl, se muestra semidesnuda frente a un
espejo mientras se lava en una escena que evoca de forma marcadamente lasciva
el clásico motivo pictórico del aseo de Venus.
Por su parte, el hijo de Sara, Dimas, actúa como la manifestación física de Anteros, el hermano de Eros y dios del amor correspondido o de la pasión terrenal desinhibida. Castigaba a quienes despreciaban el amor de otras personas (Berto y Tato, en este caso) y solía representarse como un joven que portaba arco y flechas (como las que Dimas utiliza para matar gaviotas). Los ataques de Dimas contra las gaviotas no son meramente un reflejo de crueldad gratuita, sino una representación alegórica de la fricción inherente en la gestación del amor. Es precisamente cuando Lucas desaparece -presuntamente abatido por Dimas- cuando Raúl y Ana empiezan a añorarse de verdad. Dicha muerte simboliza el triunfo de lo sensual y lo banal sobre lo espiritual, un desenlace que cristaliza en la rendición final de Raúl ante Sara.
Por otro lado, el faro de la isla se alza
imponente presidiendo esta bacanal moderna, un símbolo fálico que, en un
momento clave, se interpone físicamente entre Ana y Raúl. Es también ese punto
elevado de vigilancia desde donde Berto y Tato intentan espiar a Ana mientras
se baña desnuda. En la antigüedad clásica, los hermas eran pilares
cuadrangulares de piedra, bronce o terracota coronados por la cabeza tallada de
una divinidad o personaje público, y decorados con un falo erecto en su parte
frontal como símbolo de fertilidad y protección. Se erigían con propósitos de
protección, delimitación de fronteras y como personificaciones de la elocuencia
y el intelecto. No es casualidad, por tanto, que sea precisamente sobre el
muelle -esa línea de tiza que actúa como una frontera en sí misma- donde el
faro aparezca incrustado geográficamente entre Ana y Raúl. Es ahí, en la
mismísima línea divisoria de sus destinos, donde ambos sostienen su
conversación más civilizada, íntima y profunda.
Más allá de su densa carga alegórica y
mitológica, el apartado visual de “Trazo de
Tiza” es, sencillamente, soberbio.
Lejos de utilizarse a la ligera, el calificativo de impactante se queda corto
ante un despliegue gráfico donde cada viñeta parece una auténtica pintura
impresionista. Miguelanxo Prado despliega un dominio absoluto de estilo, tono y
color, alcanzando una excelencia formal inatacable.
El uso de la luz está magistralmente orquestado para complementar la poesía intrínseca de la historia. A través de una paleta que desarrolla una enorme variedad cromática, Prado construye un escenario alucinado, cambiante y atmosférico: el teatro perfecto y desorientador para sustentar la complejidad psicológica del argumento. Los cielos, los reflejos en el agua y las transiciones lumínicas no son meros fondos decorativos, sino espejos que reflejan los estados anímicos y la evolución emocional de los personajes.
Esta destreza pictórica se entrelaza con una
narrativa gestual sobresaliente. La técnica artística de Prado es producto de
un estudio atento y pausado de las páginas, utilizando el lenguaje corporal con
precisión quirúrgica para desnudar la personalidad de cada habitante de la
isla. Los gestos, las posturas y las miradas comunican silenciosamente gran parte
de lo que los depurados diálogos dejan sin decir. Prado dibuja con la misma
soltura y maestría los paisajes bañados por una luz solar cegadora y los
interiores oscuros y acogedores –como si fueran un útero- de la posada,
logrando crear un telón de fondo profundamente evocador para su relato de
misterio, amistad frustrada y anhelo amoroso.
Prado confía en la inteligencia del lector y
huye deliberadamente de la narrativa lineal, lógica y cerrada. Construye un
relato envuelto en una atmósfera onírica, casi fantasmal, donde el tiempo y el
espacio parecen disolverse. Lejos de ofrecer respuestas claras, la historia
funciona más como una alegoría sobre la incomunicación, el deseo, la memoria y
la insatisfacción vital. Esa extraña sensación de que las cosas se repiten, de
que los personajes actúan impulsa
dos por pulsiones primarias y de que la isla
misma es un limbo o un estado mental invita a la relectura y al debate más que
a la simple asimilación de una trama de misterio convencional. Al llegar el
final del álbum, gran parte de los enigmas quedan sin resolver, desafiando al
lector a buscar interpretaciones más allá de lo evidente. Una atmósfera de
profunda melancolía impregna cada rincón de la historia, mientras los
personajes exploran con cautela las reacciones de los demás ante los
acontecimientos tanto cotidianos como extraños que se suceden a su alrededor.
Es la combinación entre un arte sugestivo y
una escritura madura, concisa y rica en subtexto lo
que convierte la lectura de
“Trazo de Tiza” en una experiencia tan reflexiva como estética. Aunque muchas
llamadas “novelas gráficas” no pasan de ser, en el mejor de los casos, relatos
cortos estirados, Miguelanxo Prado logra, en un solo escenario y con un reparto
de personajes muy reducido, analizar las complejidades de las relaciones
humanas de una manera insólitamente madura, guiándonos con sutileza a través de
las tortuosas etapas que configuran la génesis de un vínculo, ya sea este de
amor, de odio visceral o de esa indefinible zona gris que se halla entre ambos.
Una obra, en fin, imprescindible del comic español. Inquietante, atmosférica, absorbente, enigmática, bellamente dibujada y narrada con la precisión de un relojero, que, eso sí, necesita un lector paciente y dispuesto a aceptar que hay historias cuyos misterios jamás se resuelven y cuyo valor está en la atmósfera y los símbolos.

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