Desde su creación en 1964 hasta finales del siglo XX, Natasha Romanoff, la Viuda Negra, se había definido por una contradicción relativamente sencilla: ser una antigua agente soviética que había desertado a los Estados Unidos para convertirse en agente de SHIELD y superheroína, a veces acompañando a Daredevil o como miembro de Los Vengadores. Su pasado como espía la dotaba de un aura de misterio y cierta ambigüedad moral, pero sus historias estaban integradas en el universo superheroico convencional.
A
partir de finales de los noventa y comienzos de los 2000, esa situación empiez
a
a invertirse cuando Marvel, dirigida por el editor jefe Joe Quesada, recupera para
ella precisamente aquello que había quedado parcialmente marginado, a saber, su
faceta como profesional de la inteligencia, asesina y agente clandestina. En
este sentido, la presentación de Yelena Belova (en la miniserie “Viuda Negra”,
publicada bajo el sello Marvel Knights en 1999) fue un paso esencial porque,
inicialmente, ejerció de espejo oscuro de Natasha, representando lo que podría
haber seguido siendo si nunca hubiera abandonado su pasado soviético. La
rivalidad entre ambas mujeres permitió, además, que los guionistas pudieran
empezar a preguntarse qué significa realmente ser “la Viuda Negra”.
El
sello Marvel Knights, establecido en 1998, fue la plataforma con la que Marvel
se atrevió a contar historias con un enfoque y arte más adultos y menos sometidos
a las convenciones del cómic superheroico tradicional. El sello MAX, creado en
2001, llevó todavía más lejos esa premisa. “Black Widow: Pale Little Spider”
(2002), miniserie escrita por Greg Rucka e ilustrada por Igor Kordey, fue
especialmente importante en esta nueva trayectoria del personaje porque desplazó
el centro de gravedad hacia Yelena,
presentando un mundo de espionaje mucho más
sórdido, sexualizado y moralmente ambiguo que el que habitualmente se veía en,
por ejemplo, SHIELD.
Con Richard K. Morgan, en la miniserie “Hogar, Dulce Hogar” (2004-2005), esa evolución se agudizaba, porque Natasha dejaba de ser una superheroína con habilidades de espía e incluso una agente de campo para convertirse en una “mera” protagonista de thriller de espionaje. Sobre esa miniserie ya hablé en su respectiva entrada y a ella me remito. Y continuando directamente su trama aparece en 2005-2006, “Las Cosas que Dicen de Ella”, escrita también por Morgan y para cuya comprensión es imprescindible haber leído la aventura anterior.
Al
final de “Hogar, Dulce Hogar”, Natasha había cruzado una línea roja
imperdonable para el gobierno estadounidense al asesinar a sangre fría al CEO
de una poderosa corporación farmacéutica que tenía muchas operaciones turbias
que ocultar pero que contaba con importantes conexiones en el Capito
lio. Por
eso, al arrancar la acción de esta miniserie, Natasha, declarada enemiga del
Estado, ocupa el puesto más destacado de la lista de los más buscados. Ni
siquiera su viejo aliado Nick Fury (quien termina cayendo en desgracia e
ingresando en prisión por intentar protegerla) puede salvarla de las
consecuencias de sus actos.
Natasha, mientras tanto, se encuentra en La Habana, intentando ver a Yelena Belova, pero es acorralada por un grupo de policías. Al no tener documentos de identificación y para evitar una inminente agresión y posterior arresto, ella carga contra ellos. Cuando llegan refuerzos policiales y su situación se hace insostenible, Belova la rescata y la lleva a su casa. Su colega y antigua rival vive con lujo e independencia gracias a la manipulación que ejerce sobre importantes autoridades del régimen.
En
Estados Unidos, el agente Martin Ferris, traumatizado por su encuentro con la
Viuda Negra en la miniserie anterior, se ve o
bligado ahora a acudir a terapia
por sus recurrentes ataques de ansiedad. Ferris se resiste a seguir los
consejos médicos y lo único que quiere son medicamentos más fuertes. Otra
agente del Instituto North, Kestrel –a quien la Viuda no había matado al final
de la aventura precedente, aunque sí a su compañero, Max- le hace una propuesta
para salir en busca de la ex espía y obtener ambos su venganza.
Yelena
le explica a Natasha cómo Cuba está combatiendo la epidemia del SIDA
reprimiendo el turismo sexual. Ella ha estado ayudando a prostitutas
ofreciéndoles trabajos de modelo y, a aquellas que no pueden abandonar la
calle, consiguiéndoles atención sanitaria. Pero la mafia que le vende sus
suministros médicos se está volviendo más difícil de controlar, por lo que quiere
que Natasha la ayude a darles un toque de atención. Y así, en la costa de
Florida, la Viuda y algunos matones de Yelena irrumpen en el complejo de la
mafia, donde toman prisioneros a los gánsteres y los obligan a entregar los
medicamentos prometidos a su compañera. Nat ve un medicamento en el almacén que
le es familiar, Medusagen, y quiere saber de dónde proviene. Uno de ell
os
intenta sacar un arma, así que la Viuda Negra tiene que matarlos a todos. Se
asegura de que los secuaces que la han acompañado entreguen los suministros a
Belova, pero tiene otros asuntos que atender: seguir la pista de una
adolescente, Sally Anne Carter, quien participó en la miniserie anterior y tendrá
un papel más importante en esta. Lo que no sabe es que Kestrel y Ferries la
siguen de cerca para matarla.
“Las
Cosas Que Dicen de Ella”, aunque oscura y violenta, carece de la trama
cautivadora de la primera miniserie, que giraba en torno a quién estaba
asesinando a las Viudas Negras, sustituyéndola por elementos típicos del género
de gánsteres. La historia prescinde de cualquier elemento cósmico o fantástico
para sumergirse en redes de trata de personas, corrupción gubernamental y
mafias farmacéuticas. Una de las decisiones que Morgan tomó en este sentido fue
la de eliminar los clásicos brazaletes de la heroína, argumentando que eran un
remanente kitsch de épocas pasadas que desentonaban con una exagente de la
Guerra Fría curtida en el peligro y la brutalidad. En “Hogar, Dulce Hogar”, Natasha
lo justificaba así: “Eran pesados,
incómodos. Siempre me
molestaban. Una vez en Moscú, casi me vuelo la mano.
Además, eran cosa del Pacto de Varsovia. Nunca podía conseguir repuestos en los
USA. Y siempre se estaban rompiendo. Así que, un día, me los quité”.
Más allá del rechazo a utilizar tecnología “superheroica”, una de las aportaciones más interesantes de la etapa de Morgan es la evolución de Natasha desde el arquetipo de la espía letal hacia un personaje mucho más consciente de las consecuencias de su propio pasado. La Viuda Negra siempre ha tenido una biografía marcada por la manipulación. La convirtieron en un arma entrenada para asesinar y luego se sirvieron de ella diferentes agencias de inteligencia y gobiernos. En otras versiones anteriores del personaje, ese pasado funcionaba principalmente como explicación de sus habilidades: como el gobierno soviético deseaba una superagente, le enseñaron a luchar, espiar, infiltrarse y matar.
Pero
Morgan hace algo diferente: convierte ese pasado en la raíz del conflicto
psicológico y moral del personaje. Natasha sigue siendo una mujer
extraordin
aria en su área de conocimiento, pero su eficacia ya no constituye
por sí misma su principal atractivo. Al contrario, el guionista opta por mostrar
el coste humano de haber convertido a una persona en una herramienta para
ejercer la violencia.
De ahí que la relación con Yelena adquiera tanta importancia. Ésta representa, en cierto modo, una imagen alternativa de lo que Natasha podría haber sido. Recibió el mismo adiestramiento en el mismo lugar y, durante un tiempo, ejerció de Viuda Negra. Pero, al final, desengañada por unos y otros, eligió su propio camino: el de empresaria relacionada con una agencia de modelos, una ocupación que, además, introduce deliberadamente una ironía: una mujer entrenada para utilizar su cuerpo como arma termina trabajando en un mundo en el que el cuerpo femenino vuelve a convertirse en mercancía. La relación entre Natasha y Yelena le permite a Morgan hablar de las distintas formas en que las mujeres son instrumentalizadas por las estructuras de poder, principalmente en manos de hombres. Natasha ha sido utilizada por los servicios secretos; otras mujeres pueden ser explotadas por corporaciones, organizaciones criminales o sistemas económicos. El mecanismo cambia, pero la lógica de fondo permanece.
Yelena
es también uno de los personajes secundarios fundamentales de la historia,
porque, estando mucho más allá del rol de “sidekick” o socia con la que
compartir la acción física, humaniza a Natasha. Ésta no es ya únicamente la
loba solitaria capaz de resolver cualquier situación sin ayuda externa, sino
alguien que establece vínculos, adquiere responsabilidades y decide intervenir
porque hay otra persona, la joven Sally Ann, que necesita ayuda.
La Viuda es presentada aquí como una mujer con un adiestramiento excepcional, pero no como alguien infalible. Sus capacidades físicas y profesionales siguen estando muy por encima de las de una persona corriente, pero sus motivaciones son profundamente humanas: culpa, venganza, deseo de reparación, afecto y necesidad de proteger a alguien vulnerable. En este sentido, resulta significativo que la propia Natasha manifieste su cansancio respecto a la utilización de su cuerpo como instrumento para conseguir sus objetivos. Es una declaración importante porque ataca directamente uno de los elementos más problemáticos de la representación tradicional de la Viuda Negra: la combinación de espionaje, sensualidad y sexualización.
La
Natasha de Morgan no renuncia a su sexualidad ni a su atractivo fí
sico, pero
deja claro que no quiere que estos constituyan la medida de su valor como persona.
La ironía es que la poco inspirada portada que Bill Sienkiewicz realizó para el
volumen recopilatorio –y que encabeza este artículo- parece contradecir esa
intención al presentar una imagen fuertemente sexualizada –y anatómicamente
imposible- de la heroína. En 2006, la sexualización de personajes femeninos en
las portadas superheroicas estaba lejos de ser excepcional. Sin embargo, dentro
de una obra que cuestiona explícitamente la utilización del cuerpo femenino
como instrumento de poder, esa representación adquiere una dimensión
particularmente problemática y resume bastante bien las tensiones existentes en
torno al personaje durante aquella época.
Uno de
los detalles más interesantes es la comparación que Natasha establece entre
enfrentarse al crimen organizado y realizar su trabajo habitual de espionaje.
En cierto sentido, los criminales resultan más fáciles de tratar porque son
menos sofisticados y su estupidez los hace más previsibles. Es una observación
muy propia del cinismo con el que Morgan suele recubrir a sus protagonistas. Natasha
pertenece a un mundo en el que la inteligencia, l
a manipulación y la capacidad
para anticipar las intenciones del adversario son tan importantes como la
fuerza física. Por eso, la violencia nunca constituye su única arma ni Morgan
la utiliza como exclusivo recurso narrativo.
En otro
orden de cosas, trasladar parte de la acción a Cuba permite introducir la no
demasiado sofisticada dimensión política de esta historia. La isla no es sólo
un escenario exótico para una aventura de espionaje sino un lugar en el que entran
en contacto sistemas económicos y políticos a priori diferentes, pero que
comparten la corrupción, el abuso de poder y la explotación de los indefensos.
La miniserie establece una suerte de continuidad entre el pasado soviético de
Natasha, la realidad cubana y el capitalismo estadounidense. Las fronteras
ideológicas se difuminan porque, por encima de las diferencias entre sistemas,
aparecen dinámicas y objetivos sorprendentemente similares. El enemigo no es
tanto una ideología concreta como la utilización del poder para proteger
intereses privados y someter a quienes carecen de él. La conclusión de la
historia lleva esta crítica todavía más lejos y la conecta explícitamente con
Estados Unidos durante la época post
erior al 11-S. La referencia a la Patriot
Act alude al debate sobre la reducción de libertades civiles en nombre de la
lucha contra el terrorismo.
El subtexto político es, probablemente la dimensión potencialmente más controvertida del guion. Para algunos lectores, esta vertiente política amplía de manera coherente los temas de la historia; para otros, el comentario se vuelve demasiado explícito. Las secuencias protagonizadas por Nick Furia y Matt Murdock, en particular, se apartan de la trama principal para introducir de manera más directa ese discurso. Sea cual sea la valoración, resulta evidente que Morgan no pretende limitarse a contar una aventura de espías, sino abordar temas como la relación del poder y la corrupción, la violencia institucional y las libertades civiles.
Nick
Furia encaja de forma natural en el mundo de Natasha. Ambos han dedicado sus
vidas al espionaje y las operaciones clandestinas, y su participación en esta
historia amplía la di
mensión política del relato dado que él mismo se convierte
en víctima de su propio gobierno cuando se niega a traicionar a su antigua
agente. Daredevil, por el contrario, tiene una función más circunstancial y
sirve en buena medida para conectar la historia con el universo superheroico
convencional.
Esto produce una incómoda tensión, porque, por un lado, la presencia de personajes conocidos nos recuerda continuamente que estamos leyendo una historia Marvel. Por otro, la intriga funciona mejor cuando se mantiene alejada de los superhéroes y se concentra en la conspiración, la violencia y los personajes. Y ese, a mi juicio, es uno de los principales problemas de esta miniserie. Morgan desplaza periódicamente el foco hacia otros personajes y organizaciones (mafias, corporaciones, el gobierno americano, el Instituto North, SHIELD…), y eso hace que la historia parezca por momentos menos una aventura de la Viuda Negra que un thriller político coral en el que ella desempeña un papel fundamental.
A
priori, los nombres encargados del apartado gráfico, Sean Phillips y Bill
Si
enkiewicz, deberían ser un fuerte gancho para el lector. El primero,
británico, había trabajado anteriormente en series como “Sleeper”, “WildC.A.T.s”,
“Batman” y “Hellblazer,” además de su trabajo en la veterana revista inglesa de
ciencia ficción “2000 AD”. Posteriormente se convertiría en uno de los
colaboradores fundamentales de Ed Brubaker, sobre todo gracias a la serie “Criminal”.
Y en cuanto a Sienkiewicz, sinceramente, si estás leyendo este blog creo que no
necesitas que te lo presente, porque es uno de los mejores y más personales
dibujantes del comic norteamericano desde los años 70.
Pues
bien, sorprendentemente, el arte de esta miniserie constituye, a mi juicio, su
principal punto negativo. Sean Phillips realiza unos lápices aparentemente muy
básicos que después son completados por Bill Sienkiewicz. Sobre el papel, la
combinación resulta fascinante: Phillips posee una estética especialmente
apropiada para el noir y el thriller criminal, mientras que Sienkiewicz aporta
una personalidad gráfica mucho más expresionista y experimental. Cuando se
produce la sintonía, el resultado es tan atmosférico y sugerente como podría
esperarse: rostros deformados, sombras densas,
composiciones violentas y una
sensación constante de suciedad visual que encaja muy bien con el mundo
moralmente degradado en el que se mueve la Viuda Negra.
El problema es la irregularidad, porque también hay demasiadas páginas en las que se evidencia desgana o apresuramiento, sobre todo hacia el final, como si Phillips proporcionara a su colega una estructura cada vez menos trabajada y Sienkiewicz no estuviera por la labor de tapar los agujeros de su colega. Precisamente por eso resulta difícil considerar el apartado gráfico como un éxito. Hay momentos brillantes, pero la irregularidad rompe la continuidad visual.
“Viuda
Negra: Las Cosas Que Dicen de Ella” es un cómic ambicioso y deliberadamente
áspero. Su principal virtud no está tanto en la perfección de su argumento como
en la voluntad de Richard K. Morgan de utilizar a Natasha Romanoff para hablar
de cuestiones bastante más incómodas de lo habitual en el Universo Marvel hasta
ese momento: la instrumentalización y explotación de las mujeres; la corrupció
n
a todos los niveles económicos, políticos y sociales; la violencia institucional; el espionaje; la
manipulación y el precio de convertir a una persona en un arma. Como he dicho,
el discurso político resulta demasiado evidente y la trama coral reduce el
protagonismo de Natasha quizá más de lo deseable. El dibujo tampoco es una
fortaleza y el desenlace puede dejar cierta sensación de anticlimax.
Pero sus mejores momentos compensan buena parte de esas limitaciones. Morgan entiende que la evolución más importante de la Viuda Negra en esta etapa no es física ni profesional. Es moral. Natasha sigue matando, sigue engañando y sigue recurriendo a métodos extremos, pero comienza a hacerlo desde una posición distinta: ya no es simplemente un arma que recibe órdenes, sino una mujer que intenta decidir qué merece la pena defender. Y esa diferencia convierte a esta miniserie en un eslabón importante dentro de la trayectoria del personaje, aun cuando los autores no logren que sus ambiciones narrativas y artísticas funcionen con absoluta eficacia.

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