21 sept 2026

2005- LA VIUDA NEGRA: LAS COSAS QUE DICEN DE ELLA – Richard K.Morgan, Sean Phillips y Bill Sienkiewicz


Desde su creación en 1964 hasta finales del siglo XX, Natasha Romanoff, la Viuda Negra, se había definido por una contradicción relativamente sencilla: ser una antigua agente soviética que había desertado a los Estados Unidos para convertirse en agente de SHIELD y superheroína, a veces acompañando a Daredevil o como miembro de Los Vengadores. Su pasado como espía la dotaba de un aura de misterio y cierta ambigüedad moral, pero sus historias estaban integradas en el universo superheroico convencional.

 

A partir de finales de los noventa y comienzos de los 2000, esa situación empieza a invertirse cuando Marvel, dirigida por el editor jefe Joe Quesada, recupera para ella precisamente aquello que había quedado parcialmente marginado, a saber, su faceta como profesional de la inteligencia, asesina y agente clandestina. En este sentido, la presentación de Yelena Belova (en la miniserie “Viuda Negra”, publicada bajo el sello Marvel Knights en 1999) fue un paso esencial porque, inicialmente, ejerció de espejo oscuro de Natasha, representando lo que podría haber seguido siendo si nunca hubiera abandonado su pasado soviético. La rivalidad entre ambas mujeres permitió, además, que los guionistas pudieran empezar a preguntarse qué significa realmente ser “la Viuda Negra”.

 

El sello Marvel Knights, establecido en 1998, fue la plataforma con la que Marvel se atrevió a contar historias con un enfoque y arte más adultos y menos sometidos a las convenciones del cómic superheroico tradicional. El sello MAX, creado en 2001, llevó todavía más lejos esa premisa. “Black Widow: Pale Little Spider” (2002), miniserie escrita por Greg Rucka e ilustrada por Igor Kordey, fue especialmente importante en esta nueva trayectoria del personaje porque desplazó el centro de gravedad hacia Yelena, presentando un mundo de espionaje mucho más sórdido, sexualizado y moralmente ambiguo que el que habitualmente se veía en, por ejemplo, SHIELD.

 

Con Richard K. Morgan, en la miniserie “Hogar, Dulce Hogar” (2004-2005), esa evolución se agudizaba, porque Natasha dejaba de ser una superheroína con habilidades de espía e incluso una agente de campo para convertirse en una “mera” protagonista de thriller de espionaje. Sobre esa miniserie ya hablé en su respectiva entrada y a ella me remito. Y continuando directamente su trama aparece en 2005-2006, “Las Cosas que Dicen de Ella”, escrita también por Morgan y para cuya comprensión es imprescindible haber leído la aventura anterior.

 

Al final de “Hogar, Dulce Hogar”, Natasha había cruzado una línea roja imperdonable para el gobierno estadounidense al asesinar a sangre fría al CEO de una poderosa corporación farmacéutica que tenía muchas operaciones turbias que ocultar pero que contaba con importantes conexiones en el Capitolio. Por eso, al arrancar la acción de esta miniserie, Natasha, declarada enemiga del Estado, ocupa el puesto más destacado de la lista de los más buscados. Ni siquiera su viejo aliado Nick Fury (quien termina cayendo en desgracia e ingresando en prisión por intentar protegerla) puede salvarla de las consecuencias de sus actos.

 

Natasha, mientras tanto, se encuentra en La Habana, intentando ver a Yelena Belova, pero es acorralada por un grupo de policías. Al no tener documentos de identificación y para evitar una inminente agresión y posterior arresto, ella carga contra ellos. Cuando llegan refuerzos policiales y su situación se hace insostenible, Belova la rescata y la lleva a su casa. Su colega y antigua rival vive con lujo e independencia gracias a la manipulación que ejerce sobre importantes autoridades del régimen.

 

En Estados Unidos, el agente Martin Ferris, traumatizado por su encuentro con la Viuda Negra en la miniserie anterior, se ve obligado ahora a acudir a terapia por sus recurrentes ataques de ansiedad. Ferris se resiste a seguir los consejos médicos y lo único que quiere son medicamentos más fuertes. Otra agente del Instituto North, Kestrel –a quien la Viuda no había matado al final de la aventura precedente, aunque sí a su compañero, Max- le hace una propuesta para salir en busca de la ex espía y obtener ambos su venganza.

 

Yelena le explica a Natasha cómo Cuba está combatiendo la epidemia del SIDA reprimiendo el turismo sexual. Ella ha estado ayudando a prostitutas ofreciéndoles trabajos de modelo y, a aquellas que no pueden abandonar la calle, consiguiéndoles atención sanitaria. Pero la mafia que le vende sus suministros médicos se está volviendo más difícil de controlar, por lo que quiere que Natasha la ayude a darles un toque de atención. Y así, en la costa de Florida, la Viuda y algunos matones de Yelena irrumpen en el complejo de la mafia, donde toman prisioneros a los gánsteres y los obligan a entregar los medicamentos prometidos a su compañera. Nat ve un medicamento en el almacén que le es familiar, Medusagen, y quiere saber de dónde proviene. Uno de ellos intenta sacar un arma, así que la Viuda Negra tiene que matarlos a todos. Se asegura de que los secuaces que la han acompañado entreguen los suministros a Belova, pero tiene otros asuntos que atender: seguir la pista de una adolescente, Sally Anne Carter, quien participó en la miniserie anterior y tendrá un papel más importante en esta. Lo que no sabe es que Kestrel y Ferries la siguen de cerca para matarla.

 

“Las Cosas Que Dicen de Ella”, aunque oscura y violenta, carece de la trama cautivadora de la primera miniserie, que giraba en torno a quién estaba asesinando a las Viudas Negras, sustituyéndola por elementos típicos del género de gánsteres. La historia prescinde de cualquier elemento cósmico o fantástico para sumergirse en redes de trata de personas, corrupción gubernamental y mafias farmacéuticas. Una de las decisiones que Morgan tomó en este sentido fue la de eliminar los clásicos brazaletes de la heroína, argumentando que eran un remanente kitsch de épocas pasadas que desentonaban con una exagente de la Guerra Fría curtida en el peligro y la brutalidad. En “Hogar, Dulce Hogar”, Natasha lo justificaba así: “Eran pesados, incómodos. Siempre me molestaban. Una vez en Moscú, casi me vuelo la mano. Además, eran cosa del Pacto de Varsovia. Nunca podía conseguir repuestos en los USA. Y siempre se estaban rompiendo. Así que, un día, me los quité”.

 

Más allá del rechazo a utilizar tecnología “superheroica”, una de las aportaciones más interesantes de la etapa de Morgan es la evolución de Natasha desde el arquetipo de la espía letal hacia un personaje mucho más consciente de las consecuencias de su propio pasado. La Viuda Negra siempre ha tenido una biografía marcada por la manipulación. La convirtieron en un arma entrenada para asesinar y luego se sirvieron de ella diferentes agencias de inteligencia y gobiernos. En otras versiones anteriores del personaje, ese pasado funcionaba principalmente como explicación de sus habilidades: como el gobierno soviético deseaba una superagente, le enseñaron a luchar, espiar, infiltrarse y matar.

 

Pero Morgan hace algo diferente: convierte ese pasado en la raíz del conflicto psicológico y moral del personaje. Natasha sigue siendo una mujer extraordinaria en su área de conocimiento, pero su eficacia ya no constituye por sí misma su principal atractivo. Al contrario, el guionista opta por mostrar el coste humano de haber convertido a una persona en una herramienta para ejercer la violencia.

 

De ahí que la relación con Yelena adquiera tanta importancia. Ésta representa, en cierto modo, una imagen alternativa de lo que Natasha podría haber sido. Recibió el mismo adiestramiento en el mismo lugar y, durante un tiempo, ejerció de Viuda Negra. Pero, al final, desengañada por unos y otros, eligió su propio camino: el de empresaria relacionada con una agencia de modelos, una ocupación que, además, introduce deliberadamente una ironía: una mujer entrenada para utilizar su cuerpo como arma termina trabajando en un mundo en el que el cuerpo femenino vuelve a convertirse en mercancía. La relación entre Natasha y Yelena le permite a Morgan hablar de las distintas formas en que las mujeres son instrumentalizadas por las estructuras de poder, principalmente en manos de hombres. Natasha ha sido utilizada por los servicios secretos; otras mujeres pueden ser explotadas por corporaciones, organizaciones criminales o sistemas económicos. El mecanismo cambia, pero la lógica de fondo permanece.

 

Yelena es también uno de los personajes secundarios fundamentales de la historia, porque, estando mucho más allá del rol de “sidekick” o socia con la que compartir la acción física, humaniza a Natasha. Ésta no es ya únicamente la loba solitaria capaz de resolver cualquier situación sin ayuda externa, sino alguien que establece vínculos, adquiere responsabilidades y decide intervenir porque hay otra persona, la joven Sally Ann, que necesita ayuda.

 

La Viuda es presentada aquí como una mujer con un adiestramiento excepcional, pero no como alguien infalible. Sus capacidades físicas y profesionales siguen estando muy por encima de las de una persona corriente, pero sus motivaciones son profundamente humanas: culpa, venganza, deseo de reparación, afecto y necesidad de proteger a alguien vulnerable. En este sentido, resulta significativo que la propia Natasha manifieste su cansancio respecto a la utilización de su cuerpo como instrumento para conseguir sus objetivos. Es una declaración importante porque ataca directamente uno de los elementos más problemáticos de la representación tradicional de la Viuda Negra: la combinación de espionaje, sensualidad y sexualización.

 

La Natasha de Morgan no renuncia a su sexualidad ni a su atractivo físico, pero deja claro que no quiere que estos constituyan la medida de su valor como persona. La ironía es que la poco inspirada portada que Bill Sienkiewicz realizó para el volumen recopilatorio –y que encabeza este artículo- parece contradecir esa intención al presentar una imagen fuertemente sexualizada –y anatómicamente imposible- de la heroína. En 2006, la sexualización de personajes femeninos en las portadas superheroicas estaba lejos de ser excepcional. Sin embargo, dentro de una obra que cuestiona explícitamente la utilización del cuerpo femenino como instrumento de poder, esa representación adquiere una dimensión particularmente problemática y resume bastante bien las tensiones existentes en torno al personaje durante aquella época.

 

Uno de los detalles más interesantes es la comparación que Natasha establece entre enfrentarse al crimen organizado y realizar su trabajo habitual de espionaje. En cierto sentido, los criminales resultan más fáciles de tratar porque son menos sofisticados y su estupidez los hace más previsibles. Es una observación muy propia del cinismo con el que Morgan suele recubrir a sus protagonistas. Natasha pertenece a un mundo en el que la inteligencia, la manipulación y la capacidad para anticipar las intenciones del adversario son tan importantes como la fuerza física. Por eso, la violencia nunca constituye su única arma ni Morgan la utiliza como exclusivo recurso narrativo.

 

En otro orden de cosas, trasladar parte de la acción a Cuba permite introducir la no demasiado sofisticada dimensión política de esta historia. La isla no es sólo un escenario exótico para una aventura de espionaje sino un lugar en el que entran en contacto sistemas económicos y políticos a priori diferentes, pero que comparten la corrupción, el abuso de poder y la explotación de los indefensos. La miniserie establece una suerte de continuidad entre el pasado soviético de Natasha, la realidad cubana y el capitalismo estadounidense. Las fronteras ideológicas se difuminan porque, por encima de las diferencias entre sistemas, aparecen dinámicas y objetivos sorprendentemente similares. El enemigo no es tanto una ideología concreta como la utilización del poder para proteger intereses privados y someter a quienes carecen de él. La conclusión de la historia lleva esta crítica todavía más lejos y la conecta explícitamente con Estados Unidos durante la época posterior al 11-S. La referencia a la Patriot Act alude al debate sobre la reducción de libertades civiles en nombre de la lucha contra el terrorismo.

 

El subtexto político es, probablemente la dimensión potencialmente más controvertida del guion. Para algunos lectores, esta vertiente política amplía de manera coherente los temas de la historia; para otros, el comentario se vuelve demasiado explícito. Las secuencias protagonizadas por Nick Furia y Matt Murdock, en particular, se apartan de la trama principal para introducir de manera más directa ese discurso. Sea cual sea la valoración, resulta evidente que Morgan no pretende limitarse a contar una aventura de espías, sino abordar temas como la relación del poder y la corrupción, la violencia institucional y las libertades civiles.

 

Nick Furia encaja de forma natural en el mundo de Natasha. Ambos han dedicado sus vidas al espionaje y las operaciones clandestinas, y su participación en esta historia amplía la dimensión política del relato dado que él mismo se convierte en víctima de su propio gobierno cuando se niega a traicionar a su antigua agente. Daredevil, por el contrario, tiene una función más circunstancial y sirve en buena medida para conectar la historia con el universo superheroico convencional.

 

Esto produce una incómoda tensión, porque, por un lado, la presencia de personajes conocidos nos recuerda continuamente que estamos leyendo una historia Marvel. Por otro, la intriga funciona mejor cuando se mantiene alejada de los superhéroes y se concentra en la conspiración, la violencia y los personajes. Y ese, a mi juicio, es uno de los principales problemas de esta miniserie. Morgan desplaza periódicamente el foco hacia otros personajes y organizaciones (mafias, corporaciones, el gobierno americano, el Instituto North, SHIELD…), y eso hace que la historia parezca por momentos menos una aventura de la Viuda Negra que un thriller político coral en el que ella desempeña un papel fundamental.

 

A priori, los nombres encargados del apartado gráfico, Sean Phillips y Bill Sienkiewicz, deberían ser un fuerte gancho para el lector. El primero, británico, había trabajado anteriormente en series como “Sleeper”, “WildC.A.T.s”, “Batman” y “Hellblazer,” además de su trabajo en la veterana revista inglesa de ciencia ficción “2000 AD”. Posteriormente se convertiría en uno de los colaboradores fundamentales de Ed Brubaker, sobre todo gracias a la serie “Criminal”. Y en cuanto a Sienkiewicz, sinceramente, si estás leyendo este blog creo que no necesitas que te lo presente, porque es uno de los mejores y más personales dibujantes del comic norteamericano desde los años 70.

 

Pues bien, sorprendentemente, el arte de esta miniserie constituye, a mi juicio, su principal punto negativo. Sean Phillips realiza unos lápices aparentemente muy básicos que después son completados por Bill Sienkiewicz. Sobre el papel, la combinación resulta fascinante: Phillips posee una estética especialmente apropiada para el noir y el thriller criminal, mientras que Sienkiewicz aporta una personalidad gráfica mucho más expresionista y experimental. Cuando se produce la sintonía, el resultado es tan atmosférico y sugerente como podría esperarse: rostros deformados, sombras densas, composiciones violentas y una sensación constante de suciedad visual que encaja muy bien con el mundo moralmente degradado en el que se mueve la Viuda Negra.

 

El problema es la irregularidad, porque también hay demasiadas páginas en las que se evidencia desgana o apresuramiento, sobre todo hacia el final, como si Phillips proporcionara a su colega una estructura cada vez menos trabajada y Sienkiewicz no estuviera por la labor de tapar los agujeros de su colega. Precisamente por eso resulta difícil considerar el apartado gráfico como un éxito. Hay momentos brillantes, pero la irregularidad rompe la continuidad visual.

 

“Viuda Negra: Las Cosas Que Dicen de Ella” es un cómic ambicioso y deliberadamente áspero. Su principal virtud no está tanto en la perfección de su argumento como en la voluntad de Richard K. Morgan de utilizar a Natasha Romanoff para hablar de cuestiones bastante más incómodas de lo habitual en el Universo Marvel hasta ese momento: la instrumentalización y explotación de las mujeres; la corrupción a todos los niveles económicos, políticos y sociales;  la violencia institucional; el espionaje; la manipulación y el precio de convertir a una persona en un arma. Como he dicho, el discurso político resulta demasiado evidente y la trama coral reduce el protagonismo de Natasha quizá más de lo deseable. El dibujo tampoco es una fortaleza y el desenlace puede dejar cierta sensación de anticlimax.

 

Pero sus mejores momentos compensan buena parte de esas limitaciones. Morgan entiende que la evolución más importante de la Viuda Negra en esta etapa no es física ni profesional. Es moral. Natasha sigue matando, sigue engañando y sigue recurriendo a métodos extremos, pero comienza a hacerlo desde una posición distinta: ya no es simplemente un arma que recibe órdenes, sino una mujer que intenta decidir qué merece la pena defender. Y esa diferencia convierte a esta miniserie en un eslabón importante dentro de la trayectoria del personaje, aun cuando los autores no logren que sus ambiciones narrativas y artísticas funcionen con absoluta eficacia.

 


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