Tras las aventuras domésticas o fantásticas con niños, locos, mudos o animales que habían constituido la primera vanguardia de los comics norteamericanos en prensa, llegaron los héroes de las tiras de aventuras. Influidos por el desarrollo de tecnologías relacionadas con la fotografía y el cine, los artistas que imaginaron estas épicas aventuras ampliaron sus repertorios visuales, narrativos y literarios mostrando amplios panoramas paisajísticos o arquitectónicos, explorando fórmulas complejas para representar el movimiento del cuerpo y las emociones del rostro, ampliando la longitud de las historias e imaginando nuevas iconografías y formas de iluminar las escenas.
Mientras
que los primeros cómics habían sido en su mayoría de tono picaresco, el género
de aventuras presentaba auténticas epopeyas cuyas tramas iban desarrollándose a
lo largo de años. Iniciada en 1906 por "Hairbreadth Harry", de
Charles W. Kahle, pero llevada a la perfección en los años 20, la tira de aventuras
estaba, por un lado, relacionada con la venerable tradición del libro ilustrado
y, por otro, con la desarrollo y popularización de las imágenes en movimiento
del cine. El de aventuras fue el género del cómic más estrechamente vinculado a
la tradición estética clásica y permitió a los artistas abordar grandes temas
desde diferentes ángulos y estilos.
Su
florecimiento coincidió con el apogeo del suplemento de cómics de gran tamaño
que se incluía en las ediciones dominicales de los periódicos. Los dibujantes
contaban ahí con la suficiente amplitud como para lucir su talento en todo su
esplendor, ganándose una reputación difícilmente imaginable hoy día. Las
peripecias de sus personajes eran seguidas con interés por millones de lectores
en todo el mundo, una hazaña que no ha vuelto a ser igualada en el medio. A
medida que el tamaño de los cómics de prensa disminuyó drásticamente en los
años cincuenta, la tira de aventuras decayó en consonancia, ya que esos
recortes no permitieron a los artistas disponer del espacio que exigían los
relatos ambientados en paisajes exóticos y en los que las imágenes evocadoras y
cargadas de dramatismo desempeñaban un papel esencial.
A pesar
de que la mayoría de estos primeros comics de aventuras surgieron y se
desarrollaron durante los años de la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial
(ofreciendo una necesaria evasión pero sin renunciar al realismo), en su núcleo
se identificaba invariablemente una oda al potencial infinito del hombre. Recuperando
la fe entusiasta en la perfectibilidad del hombre y el progreso de la sociedad
propugnada por la Ilustración y en manos de los dibujantes magistrales que
conformaron la segunda generación de artistas de comic norteamericano, estas
tiras de prensa presentaban héroes viriles, sociables y totalmente
estadounidenses enfrentados a villanos exóticos, astutos y sociópatas. A medida
que la tira de aventuras evolucionó, estos adversarios, ya fueran anacronismos
históricos o extraterrestres, pasaron a encarnar lo que se percibía como amenazas
internacionales. Así, Flash Gordon se enfrentó al “peligro amarillo”
personificado por Ming el Despiadado en el planeta Mongo; el Príncipe Valiente
batalló contra los hunos y Tarzán combatió a los nazis en las selvas africanas.
Entre
los ejemplos más ilustres del primer comic de aventuras podemos citar tiras de
ciencia ficción como “Buck Rogers” (1929), “Brick Bradford” (1933) o “Flash Gordon” (1934); sagas selváticas como Tarzán (1929), “Tim Tyler´s Luck” (1928),
“The Phantom” (1936) o “Sheena, Queen of the Jungle” (1937); épicas medievales
como “El Príncipe Valiente” (1937); thrillers policiacos como “Dick Tracy”
(1931) o “El Agente Secreto X-9” (1934); fantasías prehistóricas como las de
“Alley Oop” (1933); aviadores como “Smilin´Jack” (1933); westerns como “Bronc
Peeler” (1934) o “Red Ryder” (1938); o aventuras en tiempos actuales en parajes
exóticos, como “Wash Tubbs & Captain Easy” (1924), "Jungle Jim" (1934) o la que ahora nos ocupa:
“Terry y los Piratas”.
Buscar
nuevos talentos entre la competencia había sido una práctica común en los
syndicates norteamericanos desde la época de rivalidad entre William Randolph
Hearst y Joseph Pulitzer. Así que, cuando el coronel Joseph M.Patterson, uno de
los magnates de la prensa y dueño del Chicago Tribune- N.Y. Daily News Syndicate,
decidió añadir a su catálogo de tiras de prensa una de aventuras en entornos
exóticos, le hizo la oferta a un tal Milton Caniff, un artista que entonces
empezaba a despuntar.
Caniff había nacido en Hillsboro (Ohio) en 1907. Tras iniciarse en el mundo del comic trabajando con un par de periódicos mientras estudiaba en la universidad, en 1932, con 25 años, se traslada a Nueva York, donde empieza a colaborar semanalmente con diversos encargos genéricos para Associated Press. Un año después, en 1933, ya estaba dibujando la tira de aventuras infantiles “Dickie Dare” para la AP Newsfeatures, la división de comics de Associated Press. Ya en estas peripecias de un niño soñador que transcurrían tanto en el mundo real como en el de ficción, empezó a ensayar nuevos recursos en el medio, como el uso de múltiples puntos de vista o los contrastes muy marcados entre zonas iluminadas y oscuras.
El
artista respondió al desafío con su habitual celeridad y entusiasmo y presentó
lo que iba a convertirse en uno de los comics más estudiados y admirados de
todos los tiempos: “Terry y los Piratas”. El nombre de Terry fue el
seleccionado de una lista con cincuenta nombres que Patterson le pidió que
escribiera, y su apellido fue tomado del general confederado Robert E.Lee. ¿Y
la palabra “Piratas”? Pues nadie lo sabe muy bien. Fue una imposición de
Patterson, probablemente para que el título incluyera una alusión llamativa a
un tópico del género de aventuras. En cualquier caso, y aunque muy al principio
sí intervinieron unos piratas fluviales, Caniff olvidó pronto el asunto y el
título dejó de tener sentido o, al menos, definir lo que realmente contaba el
comic.
Su
debut tuvo lugar el 22 de octubre de 1934 en su formato de tira diaria, seguido
por una página dominical el 9 de diciembre del mismo año. Al comienzo, las
tiras diarias y las planchas dominicales eran independientes. De lunes a
sábado, los protagonistas se adentraban en el interior de China; los domingos
se narraban aventuras autónomas por la costa de ese país.
Cuando Caniff se puso manos a la obra con “Terry y los Piratas”, el género de aventuras ya estaba bien asentado en el comic. Harold Foster narraba las correrías de “Tarzán” en un continente africano de fantasía, mientras que Alex Raymond manejaba a su “Jungle Jim” por las junglas del Sudeste Asiático. Caniff acordó con Patterson que el decorado sobre el cual transcurriría la nueva serie fuera China. Y no porque el país estuviera en la mente del público a raíz de la guerra que entonces se estaba librando en su suelo, sino porque su nombre e iconografía seguía evocando en el lector desinformado el exotismo, lejanía, peligro y maravillas que tanto habían utilizado las revistas pulp.
Sin
embargo, conforme la tira iba asentándose y ganando popularidad, Caniff fue
sofisticando su representación de China, pasando de decorado pintoresco a un
entorno geográfico y cultural más realista. Años más tarde, ya convertido en un
experto en la materia, describiría su metodología de investigación en estos
términos: “Nunca he estado en China, así
que acudo al segundo mejor lugar, la biblioteca pública. A partir de su archivo
de imágenes y con un recorte cuidadoso de cada fragmento de información sobre
temas orientales, combinado con una pizca de la "Enciclopedia Británica",
puedo reconstruir un fondo bastante fiel de las tradiciones del Lejano Oriente.
Para los auténticos manierismos lingüísticos, reviso un montón de libros de
autores viajeros, desde Pearl S. Buck hasta Noel Coward”.
Como
sus protagonistas, Caniff eligió la misma combinación que tanto éxito había
tenido en “Dickie Dare”: el varonil héroe adulto y su compañero adolescente. De
hecho, “Terry y los Piratas” no parecía tanto una evolución de “Dickie Dare”
como un auténtico duplicado. El joven y rubio Terry, de unos doce años, era un
sosias algo más despierto de Dickie. Su mentor, tutor y compañero, el
periodista de origen irlandés Pat Ryan, le servía de guía y protector durante
un viaje al término del cual esperaban encontrar una mina de oro perdida y
material para un libro que Ryan deseaba escribir –y del que nunca volvería a
saberse-. Pronto se les uniría un nativo orejudo y dentón que más allá de
intérprete les serviría de ayuda para todo y fiel amigo: George Webster “Connie” Confucius. Pese al título de la serie, el protagonista real fue, al menos al
principio, Pat Ryan que, como adulto que era, tomaba las decisiones y se veía
envuelto en los inevitables líos de faldas con mujeres fatales mientras Terry y
Connie le seguían el juego.
El
estilo gráfico de “Terry” era al principio algo rígido, esquemático y
amanerado, pero pronto, gracias a la influencia de otro pionero del género de
aventuras, Noel Sickles, Caniff acometió una transformación radical. Ambos se conocían desde la infancia y, a finales de
1934, mientras Caniff trabajaba ya en “Terry”, Sickles había empezado a dibujar
“Scorchy Smith” con un innovador estilo basado en el uso del pincel y con el
cual conseguía una atmósfera cuasi-expresionista y unas escenas de acción de
gran intensidad. A la vista de la larga amistad y relación profesional que
compartían ambos dibujantes (trabajaron en el mismo estudio durante varios años),
era inevitable que se produjera un constante intercambio entre la brillante
técnica de Sickles y el talento dramático de Caniff. De hecho, Caniff recibió
ayuda gráfica de Sickles en “Terry” y éste obtuvo de él guiones para las tiras
de “Scorchy Smith”.
Y así,
cuando a partir del 26 de agosto de 1936, tiras diarias y planchas dominicales
se fusionaron en una sola continuidad, lo hicieron ya con la plena madurez del
estilo que haría famoso a su autor, una síntesis de narración cinematográfica
(a partir de la obra de realizadores como Howard Hawks, John Ford, William
Wellman, Frank Capra…), cuidadosos encuadres, personajes a mitad de camino entre
el realismo y la caricatura, elaborados efectos de iluminación y una hábil
manipulación espacial que le alejaban de la escuela netamente naturalista del
género de aventuras, representado por el academicismo de Alex Raymond o Harold
Foster.
Esta
sofisticación gráfica halló reflejo en la narrativa. Las sucesivas aventuras se
mezclaban con el humor y el suspense en un tono cada vez más realista y
extenso. Una aventura se solapaba naturalmente con la siguiente en una
progresión dramática propia de la novela-río sobre cuyo tempo aprendió Caniff a
ejercer un control absoluto, alternando dramatismo y comedia costumbrista,
acción y momentos relajados y recuperación periódica de personajes presentados
en aventuras pasadas; pero siempre haciendo avanzar la historia sin interrupción
ni desequilibrios.
E igualmente importante: Terry, cuyo papel inicial había sido el de facilitar la identificación de los lectores más jóvenes, acompañaba a éstos en su proceso vital dejando atrás la infancia para entrar en la adolescencia, adquiriendo autonomía respecto de la figura paterna que encarnaba Pat y corriendo peripecias en solitario cada vez más prolongadas antes de reencontrarse con su amigo. Con el paso del tiempo, sus rasgos van cambiando al mismo tiempo que madura y adquiere experiencia: la sencillez e ingenuidad con la que Caniff representaba su rostro al comienzo va adquiriendo más matices, se endurece y transmite con mayor eficacia sus emociones.
Sus
correrías seguían incorporando contrabandistas, piratas y bandidos, que habían
sido los adversarios estereotipados del género de aventuras desde hacía
décadas, pero desde finales de 1937, esas figuras empezaron a fundirse en el
contexto de una China que, como sucedía en el mundo real, estaba asolada desde
1931 por la guerra contra los invasores japoneses. Terry y Pat seguirían
cruzando su camino con el de un amplio catálogo de pintorescos villanos, desde
el siniestro Capitán Judas al grimoso Papa Pyzon, pasando por el despiadado
Klang o el traidor Tommy Sandhurst. Pero siempre, de fondo, acechaban los
auténticos adversarios de los protagonistas: el ejército de ocupación japonés,
al que Caniff, para evitar pisar callos políticos y diplomáticos habida cuenta
de la popularidad que había alcanzado su comic también en Japón, se refería solamente
como “los invasores”, un eufemismo que no engañaba al lector medianamente
informado de la actualidad internacional a través de los mismos periódicos en
los que se publicaba la tira.
Pero
“Terry y los Piratas” se recuerda sobre todo por su galería de hermosas féminas
de personalidad arrolladora que cautivaron a los lectores masculinos. La
primera en llegar fue Dragon Lady, concebida inicialmente como la típica
villana euroasiática, líder de una banda de asesinos y contrabandistas y cuyo auténtico
nombre era “Lai Choi San” (que, supuestamente, en chino significa “montaña de
riqueza”). Enigmática y fría, con una figura esbelta, pómulos altos y oscuro y
brillante cabello, Dragon Lady era no sólo bella, sino inteligente,
sofisticada, experimentada, cínica y culta (igual citaba a Shakespeare que a
Confu
cio). Al estallar la guerra, reconvierte su actividad criminal en la de
resistente guerrillera, luchando al frente de sus hombres contra el invasor
japonés y canalizando su anterior crueldad como firme compromiso patriótico.
A continuación, apareció Normandie Drake, mimada, caprichosa y terca, que acabaría contrayendo matrimonio con el despreciable Sandhurst, al que permanecería fiel no por amor sino por un mal ententido sentido del deber. La rubia Burma, una fugitiva de la justicia con corazón de oro, completaba el tríptico femenino recurrente de la serie: desvergonzada, mundana, valiente y con un indiscutible atractivo erótico, se empeñaba en seducir a Pat con inagotable determinación.
Caniff se
inspiró para muchos de sus personajes en actores y actrices muy conocidos.
Dragon Lady, por ejemplo, tomaba los rasgos de Joan Crawford; Burma, de Jean
Harlow; y ambas bebían también de Marlene Dietrich en su faceta de diosa
erótica y mujer fatal. Pat Ryan era un sucedáneo de Fred McMurray; Tony Sandhurst
era un reconocible Charles Laughton… Con el tiempo, Caniff dispuso de medios y
fama como para contratar a modelos profesionales que posaran para él. Por otra
parte, caracterizó a sus personajes con mucho cuidado, otorgándoles
manierismos, acentos y expresiones individualizados que no sólo los distinguían
entre sí sino que les aportaban verosimilitud.
La
entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial llevó a “Terry y los
Piratas” a primera línea. Las aventuras pulp dieron paso a las realidades y
adversidades de la guerra. Terry, habiendo superado la fase adolescente e
independizado ya de Pat Ryan, asumió el protagonismo que le correspondía
convirtiéndose en teniente y piloto de la Fuerza Aérea americana que operaba en
el continente chino. Su oficial al mando, el coronel Flip Corkin (inspirado en
un aviador real, el mayor Philip Cochran), aunque muy distinto de Pat Ryan (que
se incorporó a la inteligencia naval) pasó a ocupar el rol de mentor que anteriormente
había desempeñado éste.
La
serie cambió entonces de tono y temática, de la aventura a la bélica, pasando a
narrar misiones militares, sobre todo aéreas. Aumentó su crudeza y no miraba a
otro lado si la coherencia y el ánimo realista sugerían matar a algún personaje.
Por ejemplo, Raven Sherman, una joven rica e idealista que ayudaba a los
refugiados en China y cuyo deceso en octubre de 1941, magistralmente narrado
por Caniff, generó una avalancha de correspondencia dirigida tanto al domicilio
del autor como al del syndicate.
Se
cuenta la historia de que tales eran no sólo su exactitud y detalle en la
descripción de las tropas, material bélico y cultura local sino su capacidad
predictiva respecto al rumbo que iba tomando en aquel país la contienda, que
Caniff recibió la visita de un par de agentes federales con la intención de
averiguar si existía alguna filtración de inteligencia. No existía tal cosa,
claro. Todo se debía al concienzudo trabajo de Caniff a la hora de documentarse
y tratar de adelantarse a las decisiones estratégicas de uno u otro bando. Convencido
al fin de la falsedad de sus sospechas, lo que no le pasó desapercibido al
gobierno fue la popularidad del personaje y el talento de su creador para
contar historias. Y así, llegaron a un acuerdo: el ejército le suministraría
información de primera mano con la que Caniff podría dar todavía más
verosimilitud a sus comics; y, a cambio, éste se convertiría en propagandista
de la labor de los soldados, marinos y aviadores en el frente y de
instituciones involucradas como la Cruz Roja o el China Relief Fund.
De este modo, con una impresionante cantidad de documentación a su disposición (que incluía no sólo el material proporcionado por el ejército sino la correspondencia que le llegaba desde el frente remitida por los propios combatientes o civiles involucrados, como enfermeras), Caniff pudo describir con plena autenticidad la vida en los campamentos y bases militares. “Terry y los Piratas” añadió así a su propósito de entretenimiento una faceta pedagógica para quienes se habían quedado en casa y otra humanista en virtud de la cual se mostraban el vocabulario, problemas, desafíos, decepciones, inquietudes, anhelos y actividades propias de los soldados asignados a diferentes unidades. Pero, sobre todo, se preocupó de subrayar el heroísmo colectivo frente a las heroicidades individuales propias de la aventura más clásica.
El
compromiso de Caniff con el esfuerzo bélico (no pudo alistarse por un problema
de salud) y su firme, reiterado y hasta poético ensalzamiento de todos los
estamentos norteamericanos involucrados en la contienda, culminó en la famosa
plancha dominical del 17 de octubre de 1943, leída en el Congreso de los
Estados Unidos y añadida al diario de sesiones. En ella, Corkin le daba una
charla a un Terry recién nombrado piloto sobre sus nuevas responsabilidades, la
grandeza del ejército norteamericano y la obligación de reconocer el esfuerzo
de todos sus miembros. “Terry y los Piratas” inspiró y aglutinó al público
americano proporcionándole unos héroes realistas y de clase obrera cuyas
aventuras se convirtieron en una experiencia nacional compartida.
El
patriótico Caniff no sólo convirtió “Terry y los Piratas” en un comic
propagandístico (lo que no le quita un ápice de entretenimiento y maestría)
sino que donó desinteresadamente al ejército una gran cantidad de diseños (por
ejemplo, para adornar el fuselaje de escuadrillas que así se lo pedían),
manuales e ilustraciones conmemorativas y creó para el periódico militar “Stars
and Stripes” una variante de “Terry y los Piratas” que hubo de ser cancelada
por su flagrante racismo y reformulada como “Male Call”, de la que ya hablé en
su respectiva entrada.
Mientras
tanto, la popularidad de la serie (en su mejor época llegó a tener 31 millones
de lectores) hacía tiempo que le había facilitado su salto a otros medios. Era
lógico. En aquellos años en los que la televisión aún estaba por inventarse,
los seriales radiofónicos (con voces de actores de radio y cine muy populares
en su momento) y cinematográficos (estos últimos, el equivalente a las series
televisivas actuales) eran seguidos apasionadamente por millones de personas.
Cualquier productor mínimamente avispado podía entender que un personaje de
comic cuyo público se contaba por millones, tenía una audiencia asegurada. Y
así, “Terry y los Piratas” contó, ya en 1937, con un programa radiofónico
emitido por la NBC. Dos años después, sería la WGN la que adoptaría los
aventureros de Caniff en otro serial que finalizó en 1942. El último de estos
seriales lo realizaría la ABC de 1943 a 1948, narrando parte del argumento de
la serie de comic.
Para
entonces, la Columbia ya había ofrecido su propio serial en pantalla grande.
Fue en 1940 y duró quince episodios de veinte minutos contando una historia
propia que mezclaba aventura y humor. Eran estos productos de consumo rápido y
producción barata de los que no se esperaban cualidades destacables más allá
del puro entretenimiento. Y eso es lo que encontramos aquí, con un guion
firmado por Mark Layton, George Morgan y Joseph Levering dirigido por James
W.Horne, un profesional veterano que venía del cine mudo. El guion recuperó la
premisa original de la serie, si bien la búsqueda de la mina de oro era
sustituida por la del padre de Terry, un arqueólogo perdido en las selvas
asiáticas. En la peripecia participarían también algunos de los personajes más
famosos del comic: Connie y Big Stoop, Normandie Drake y Dragon Lady
(curiosamente, Burma estaba ausente del reparto).
Después de la guerra, Terry y Pat permanecieron en China y cumplieron más misiones relacionadas con el inestable escenario resultante de la contienda, en particular el comienzo de otra guerra, esta civil, entre los nacionalistas y los comunistas. Los planes de Caniff pasaban por casar a Pat, ascendido a comandante durante la guerra, con Burma, amnistiada por los servicios prestados; y devolver a Terry a los Estados Unidos.
Pero nada
de esto tuvo lugar porque las negociaciones de Caniff con el Chicago
Tribune-N.Y.Daily News para continuar con la tira fracasaron. Durante años
había tenido tiras y aflojas con el sindicato y, como eran ellos los que, al
fin y al cabo, poseían los derechos sobre los personajes y podían imponer su
criterio, Caniff decidió abandonar la serie y dedicarse a un proyecto propio
para otra empresa, Field Enterprises, y sobre el que tendría completo control
creativo. Se trató del piloto “Steve Canyon”, cuyas aventuras escribió y dibujó
hasta su muerte en 1988. No obstante, dispuso de un año entero para dirigir
“Terry y los Piratas” hacia su conclusión, despidiendo personajes y cerrando
tramas hasta la última y melancólica plancha, publicada el 29 de diciembre de
1946 y en la que veíamos a un Terry que en nada se parecía ya al jovencito
bullicioso que los lectores habían conocido doce años atrás.
Como
sustituto, el sindicato eligió a George Wunder, que jamás llegó a estar a la
altura de Caniff. Sus dibujos eran rígidos y carentes de elegancia o carisma,
su representación de personajes tosca y sus composiciones estáticas. A pesar de
la intervención puntual de ayudantes de mayor talento como Wallace Wood, Frank
Springer, Don Sherwood o George Evans, “Terry y los Piratas” se convirtió casi
en una parodia de lo que había sido. Tras el estallido de la guerra de Corea,
Terry volvía a alistarse como capitán para ser ascendido más tarde a
comandante. La situación permitió que Wunder, que siempre se había sentido más
cómodo dibujando máquinas que personas, se lanzara a dibujar con meticuloso
detalle tanques, aviones y otra parafernalia bélica.
En 1953, se produjo para el aún novedoso medio televisivo otro serial de 18 capítulos de 25 minutos. Terry (John Baer) era coronel de las Fuerzas Aéreas y su compañero ya no era Pat Ryan, sino otro personaje que aparecería más tardíamente en la serie, Hotshot Charlie (William Tracy, que había interpretado en el serial de 1940 al propio Terry). En esta ocasión, como catalizador de la acción, volvería a recuperarse la mina de oro de los inicios del comic, apareciendo una vez más Dragon Lady (Gloria Saunders) y presentando, ahora sí, a Burma (Sandra Spencer).
Pero ninguna de las traslaciones audiovisuales fueron capaces de capturar la genialidad del comic de Caniff, quedándose solo en sus capas más superficiales. Por otra parte y siendo justos, era una tarea imposible. “Terry y los Piratas” se convirtió en un fenómeno de la cultura popular no sólo por el genio de Caniff, sino por la propia época y lugar en la que la tira se gestó y desarrolló: un país primero sumido en una crisis económica de la que mucha gente se evadía con ayuda de comics como este; y luego lanzado a una guerra sangrienta que el autor utilizó para potenciar el realismo y la actualidad de la tira.
Con todo, cabalgando sobre los vientos de la Guerra Fría, “Terry y los Piratas” sobreviviría otro cuarto de siglo hasta que el sentimiento antibélico que permeó la sociedad norteamericana a raíz de la Guerra de Vietnam, aconsejó su cancelación el 25 de febrero de 1973.
De 1995 (año en que Terry fue uno de los veinte personajes de comic seleccionados para figurar en la emisión de una tirada postal conmemorativa) a 1997, se acometió una actualización del personaje sin continuidad con el original, primero con el equipo formado por el guionista Michael Uslan, acompañado de los Hermanos Hildebrandt en el dibujo; y luego por Jim Clark y Dan Spiegle. La iniciativa, evidentemente, no tuvo éxito. Ni eran ya los tiempos adecuados, ni el formato para llegar al público. Probablemente, ni siquiera había ya lectores suficientes con interés en el personaje.
Con “Terry y los Piratas”, Milton Caniff creó no sólo un clásico, sino uno de los primeros comics modernos y el inicio de una escuela estética y narrativa cuya influencia llega hasta nuestros días y que ha marcado a maestros posteriores como Alex Toth, Frank Robbins, Hugo Pratt o Jordi Bernet; por no hablar de plagios directos como nuestro patrio “Roberto Alcázar y Pedrín” o inspiraciones como el “Johnny Quest” de Doug Wildey.
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