18 dic. 2016

1986- SUPERMAN - John Byrne (3)


(Viene de la entrada anterior)

La colección de “Action Comics”, como apunté, pasó tras las “Crisis en Tierras Infinitas” a ser un título de team-up, esto es, en cada episodio, Superman aunaría fuerzas con otro héroe del universo DC para enfrentar una amenaza diferente. La colección se convirtió de esta forma en una especie de escaparate del nuevo Universo DC postcrisis. Byrne tuvo libertad total para elegir a los comparsas que cada mes acompañarían al Hombre de Acero…con una excepción: La Cosa del Pantano, que en ese momento estaba en manos de Alan Moore. La continuidad no era aquí un factor relevante y las limitaciones de tal formato se cobraban su peaje en las historias. El número 584 (enero 1987), por ejemplo, presentaba como he dicho un Superman poseído por la mente de un científico que había utilizado una máquina para transferir mentes, un recurso narrativo rancio a más no poder y mil veces utilizado en comics, películas y series de todo tipo. En esta ocasión eran los Nuevos Titanes (tres de ellos en realidad, Cyborg, Changelling y Wonder Girl) los encargados de detenerle. La elección de estos personajes se basó simplemente en que se contaban entre los más populares de la editorial en ese momento.


El 585 (febrero 1987) sirvió para poner de manifiesto, una vez más, no un nuevo superpoder, sino una nueva debilidad: Superman es vulnerable a la magia, por lo que en esta ocasión es El Fantasma Desconocido, personaje de la galería de héroes místicos de DC, el que debería encargarse de la parte no meramente física de una amenaza sobrenatural. En el 588 (mayo 87), Superman sale al espacio para ayudar a Hawkman y Hawkwoman a detener una flota invasora procedente de Thanagar. Al término de la misma, Superman es arrojado al otro extremo del universo, donde será rescatado en el 589 (junio 87) por los Green Lanterns de la Tierra. Juntos, tratarán de detener una enorme masa protoplasmática que se dirige hacia nuestro planeta al tiempo que buscan un hogar para los últimos ejemplares de una forma de vida cuyo mundo ha sido destruido.

El nº 590 (julio 87) presenta como compañeros de Superman a los Metal Men, unos personajes que siempre me han parecido absurdos –una suerte de Transformers tontorrones- y que aquí no mejoran la consideración que tengo de ellos. En esta ocasión, la historia sirve para poco más que recuperar en la nueva continuidad post-Crisis a su principal némesis, Chemo (que había aparecido originalmente en 1962, ya como adversario de los Metal Men).

Los números 592 y 593 (sept-octubre 87) se encuentran entre los mejores de la colección, no sólo gracias a su historia sino a que en esta ocasión John Byrne entinta sus propios dibujos y Keith Williams los fondos, ofreciendo páginas gráficamente más sólidas y mejor acabadas. De nuevo, Byrne recupera a dos de los personajes creados por Kirby para DC quince años atrás: el matrimonio formado por Big Barda y Mister Milagro, provenientes ambos de Apokolips si bien militan en el bando de los buenos. Los tres habrán de enfrentarse a Sleez, una grotesca y depravada criatura exiliada de Apokolips por Darkseid que se esconde desde hace décadas en las alcantarillas bajo la Barriada Suicida, la zona más degradada, física y moralmente, de Metrópolis. Se trata de una historia curiosa porque, una vez más, Byrne se acerca a los límites de lo admisible en el personaje: las mentes tanto de Big Barda como de Superman son anuladas y ambos se convierten en juguetes sexuales de Sleez, que los utiliza para rodar películas pornográficas que luego vende a un empresario sin escrúpulos. Bueno, en honor a la verdad hay que decir que sólo Big Barda es sometida a tal humillación (incluso, se infiere, Sleez llega a violarla), porque prefirió ser bastante más ambiguo acerca de si Superman y ella habían hecho algo más íntimo que besarse (al menos, Sleez sí parecía tener más problemas para dominar al Hombre de Acero que a Big Barda). Igual de poco valiente e inverosímil resulta que los tres superhéroes implicados, Superman, Barda y Mr.Milagro, se limiten al final a decir que no se acuerdan muy bien de lo que ha pasado o que prefieren no acordarse…y no se hable más del asunto.

Una vez más, Byrne insiste en subrayar la vulnerabilidad de Superman, aunque en esta ocasión con un matiz adicional: su incapacidad para afrontar problemas sociales crónicos. Como el mismo Clark Kent reflexiona durante su visita a un hospital de desahuciados: “La Barriada Suicida. Dos
palabras que siempre serán una espina que tendré clavada. Cuando llegué a Metrópolis intenté limpiar esa zona. Y fracasé. Hay tareas que me superan incluso a mí”.

Si se da un breve repaso a las historias de Superman escritas hasta ese momento por Byrne, nos llevamos la chocante sorpresa de que muchas –demasiadas, en realidad- giran alrededor de la confusión de identidades: “Superman” 4, 5, 6 y 7, 9 y 11 o “Action Comics” 591. Para el número 594 (noviembre 1987), vuelve a recurrir al mismo tema. Booster Gold era un nuevo personaje del universo post-Crisis, creado por Dan Jurgens para el número uno de su propia colección en febrero de 1986. Reflejo de los tiempos que corrían, Booster era un mercenario, un viajero temporal procedente del futuro que aprovechaba sus avanzados artilugios y conocimiento de nuestro siglo para amasar fama y dinero. En esta ocasión y de forma un tanto brusca e inexplicable, encabeza una campaña contra Superman que acaba desembocando en el enfrentamiento físico entre ambos héroes. La historia, no particularmente memorable, terminaría en “Booster Gold” 23 (diciembre 87) revelando, como era de esperar, que ese Booster Gold no era quien decía ser.

El último número del año, el 595, presentaba el que quizá era el primer villano de altura para Superman: Silver Banshee, una alta mujer de espectacular presencia que podía matar sólo con su voz y que recorría librería tras librería de Metrópolis buscando algo que no se llega a aclarar (Byrne revelaría el misterio más adelante, en la colección de “Superman”, estableciendo así cierta continuidad entre ambas series). Una vez más, el Hombre de Acero es derrotado por su vulnerabilidad a la magia, hasta el punto de que todos le dan por muerto, se da la noticia y se celebra un velatorio. Ésta es quizá la peor parte del número, puesto que un acontecimiento como ese –tal y como la editorial demostraría unos años después- debería suponer un auténtico terremoto en el universo DC, merecedor de mucho más que las tres someras páginas que Byrne le dedica. También es verdad que al final, Superman no estaba muerto, sino sólo sumido en un profundo coma. En cualquier caso, no es él quien consigue hacer huir a Silver Banshee –porque en puridad, ésta no es derrotada en combate- sino el Detective Marciano, personaje siempre considerado como secundario pero cuyos múltiples poderes lo convierten en alguien que puede militar tranquilamente en las ligas mayores.

“Action Comics” también tuvo su Anual en 1987. La historia, 39 páginas escritas por John Byrne
bajo el título de “Skeeter”, es una historia de terror ambientada en una pequeña ciudad aterrorizada por las “muertes” causadas por un vampiro. Allí llega Batman –mejor dicho, Bruce Wayne disfrazado- siguiendo la pista de un reguero de muertes similares y cuando se da cuenta de la naturaleza de la amenaza, decide telefonear a Clark Kent para que comunique a Superman que necesita ayuda. Para los estándares modernos, es una historia demasiado lenta y no muy dramática a pesar de su premisa, que hacía suponer una mayor espectacularidad. Todo parece estar razonablemente bajo control y el misterio sobre la identidad del vampiro o el secreto que esconde la ciudad nunca llegan a ser tales.

A nadie puede causar suspense que Batman se hunda en arenas movedizas o que Superman pase un mal rato cuando tenga que enfrentarse a una criatura mágica. Está claro que encontrarán la forma de salir airosos de la situación aunque sea recibiendo ayuda externa. El mérito de la historia reside en que la solución a sus problemas sea inteligente, incluso sorprendente. Pero en este caso no ocurre nada de eso y, de hecho, la parte más satisfactoria en ese sentido es la última página: con la amenaza conjurada y la
situación de la ciudad controlada, sólo queda una cosa que hacer y Batman no vacila en encargarse de ello… Es terrorífico y cómico al mismo tiempo.

Quizá lo más extraño, sin embargo, es que estamos ante un Anual de “Action Comics” en el que Superman parece la estrella invitada. Y es que esta historia pertenece sobre todo a Batman: es él quien ocupa más tiempo de la misma y quien arregla la situación al final; incluso tiene que salvar a Superman de ser convertido en un vampiro. No creo que haya mucha gente que se queje de ello. Por una parte, Batman era el personaje más popular del momento gracias al empujón que supusieron los dos trabajos que sobre él acababa de presentar Frank Miller: “El Regreso del Caballero Oscuro” y “Batman Año Uno”. Y, por otra, Byrne ya tenía dos comics mensuales con los que explayarse con Superman, así que este Anual le dio la oportunidad de jugar con el otro titán de la compañía gracias a la flexibilidad e independencia de la continuidad que ofrecían estos especiales.

Pero al final, el auténtico cebo de este Anual era su dibujante: Arthur Adams, por aquellas fechas
un muchacho recién llegado a la industria, pero que desde su debut dos años atrás con “Longshot” (1985), había causado un enorme impacto. Eso sí, quien espere ver aquí unas páginas a la altura de esa obra o los Anuales que realizó para “Los Nuevos Mutantes” y “X-Men” (1985), quedará decepcionado. Salta a la vista en cualquiera de sus planchas que este no es uno de los puntos álgidos de su carrera. Hay problemas en las proporciones, planchas enteras en las que los fondos brillan por su ausencia, un grado de detalle muy inferior al de los comics antes mencionados… Adivino que la presión de las fechas de entrega influyó en el resultado final y, además, el entintado de Dick Giordano no es probablemente el más indicado para su dibujo.

Con todo, su estilo resultaba fresco y novedoso por entonces y demostraba una capacidad menos frecuente de lo deseable en los dibujantes de comic-books para representar con verosimilitud lo cotidiano (coches, bares, gente normal). Asume ciertos riesgos con las angulaciones e iluminación de algunas viñetas y su narrativa es clara.

Con el cierre del primer año de Byrne al frente de “Action Comics” había quedado claro que ésta constaba de episodios autoconclusivos dominados por la acción. Las historias no eran demasiado elaboradas, los villanos o amenazas estaban creados para la ocasión y se notaba su papel interino en su escasa entidad y recurso al cliché. Pero Byrne, a pesar de todo, las hacía entretenidas y siempre resultaba satisfactorio ver su personal tratamiento de otros personajes de la casa, demostrando que a pesar de las prisas y la sobrecarga de trabajo no había perdido la capacidad de otorgarle a cada uno su propia personalidad. Por su parte, el entintado de Dick Giordano era funcional y ocasionalmente apresurado, menos detallado y limpio que los que Terry Austin o Karl Kesel realizaron para la serie principal.

En diciembre de 1987, justo antes de finalizar el primer año de vida del nuevo Superman, DC lanzó un nuevo título relacionado con el héroe, de un año de duración y estructurado en forma de tres miniseries consecutivas de cuatro números cada una: “Mundo de Kripton”, “Mundo de Smallville” y “Mundo de Metrópolis”, todas ellas escritas por Byrne. Fue una iniciativa editorial excepcional en una época en la que las miniseries todavía eran algo poco habitual. De todas ellas, la que realmente destaca es “Mundo de Kripton”. 


En las primeras páginas del número inicial del "nuevo" Supermán ("El Hombre de Acero nº 1),
Byrne nos había presentado un Krypton aséptico, frío y distante, una versión quizá algo más elegante del mundo que Richard Donner mostró en la película de 1978 pero con el mismo espíritu. Los kryptonianos viven innumerables años, pero aislados los unos de los otros y reduciendo el contacto personal al mínimo necesario. Los niños son concebidos en matrices genéticas sin que exista interacción entre los padres o de éstos con sus hijos. Cuando Jor-El envía a su primogénito a la Tierra, éste no sólo escapa de la muerte, sino de una vida carente de alegría y amor.

Pero no siempre fue así. En "Mundo de Krypton" Byrne nos cuenta el doloroso tránsito que llevó a sus habitantes de una fértil utopía de vida eterna a un planeta cansado, estéril e indiferente. La historia comienza miles de años antes de la destrucción de Krypton, con una escena de júbilo y fiesta en la que el joven Van-L, un antepasado de Kal-El-Superman, celebra su próximo paso a la madurez. El grave accidente que sufre su amada Vana nos desvela el oscuro secreto que, como toda utopía, esconde este mundo aparentemente perfecto. Los kriptonianos han conseguido una sociedad ideal: estable, pacífica, ordenada y de alto desarrollo tecnológico. Sus vidas son casi perpetuas gracias a un banco de clones: al nacer se crían tres clones sin mente de cada kryptoniano, conservándolos en animación suspendida con el fin de utilizarlos como "almacenes" de órganos y tejidos para el individuo principal.

Pero no todos son felices. Desde el comienzo, hubo un movimiento que se opuso con firmeza a la clonación arguyendo la inmoralidad que suponía sacrificar a tantos para asegurar el bienestar de tan pocos, que los clones eran seres humanos de pleno derecho. La liberación de los clones supondría el fin de la juventud eterna y el retorno de la enfermedad, el envejecimiento y la muerte, lo que obviamente no están dispuestos a admitir muchos de los kriptonianos. Se suceden los disturbios y la violencia degenera en guerra abierta cuando se descubre la liberación ilegal de un clon que ha desarrollado inteligencia y alma. Cuando Kandor es aniquilado por una explosión nuclear provocada por un grupo anti-clon radical, ya no hay marcha atrás.

En el segundo episodio, vemos un Krypton sumido desde hace siglos en una sangrienta y
devastadora guerra. El planeta está arrasado, ya nada queda del paraíso que una vez fue. Pero los kriptonianos siguen "disfrutando" de larguísimas vidas, eso sí, recurriendo a otros medios -como el cibernético- no tan perfectos ni elegantes. Van-L ha estado luchando desde el principio en el interior de un gran robot de combate, flotando en un núcleo de líquido amniótico desde el que, inmune al envejecimiento, controla cibernéticamente al coloso metálico. Embarcado en la búsqueda de aliados contra un grupo terrorista que aspira a la eliminación de toda vida, sus recuerdos nos van mostrando en forma de flashbacks retazos de su pasado y el desarrollo tanto de la guerra como de su drama personal.

El tercer episodio nos lleva mil años al futuro para presentarnos a Jor-El, el padre del que se convertirá en Superman. Miembro de una sociedad fría, sin emociones y que rehúye cualquier contacto social, vive recluido en su torre obsesionado con videos históricos sobre la guerra de los clones. Es en estos videos donde se nos informa del destino de Van-L y el final de aquel conflicto que selló el destino de Krypton. El cuarto episodio es el relato que Superman hace a Lois Lane de los últimos días de su planeta, los esfuerzos de su padre por averiguar el origen de la catástrofe y su rebeldía final: robar la matriz genética de su hijo para enviarla a la Tierra y afrontar su trágico destino en compañía de la mujer a la que siempre ha admirado a distancia, Lara.

Byrne recurre en "Mundo de Krypton" a dos grandes tópicos de la ciencia ficción: la falsedad de las utopías y las consecuencias de un mal uso de la tecnología, y con ellos teje una sólida historia narrada con un uso inteligente de las elipsis y los flashbacks, lo que permite condensar una acción que abarca siglos en tan solo cuatro episodios además de evitar una narración estrictamente lineal sin confundir al lector. Consigue además esquivar el enfoque épico y maniqueo propio de los superhéroes. Porque no hay aquí héroes como tales. Los personajes nos pueden caer mejor o peor, pero nadie está totalmente
en posesión de la razón ni del todo equivocado: los partidarios de la liberación de clones acaban utilizando métodos despiadados y asesinos, mientras que sus oponentes, más moderados al principio, no están dispuestos a cambiar su actitud en el litigio si ello supone ser juzgados como asesinos por las generaciones futuras. Y unos y otros pierden cualquier legitimidad moral al embarcarse en una guerra fratricida que acaba con todo lo que pretendían defender. La propia tecnología que fue considerada un logro maravilloso guarda en sí la semilla de la discordia y la destrucción.

También destaca Byrne por su habilidad a la hora de crear personajes entrañables, como esos robots mayordomos preocupados por la salud mental de su amo Jor-El. O el propio Jor-El, rebelde e incómodo con la sociedad en la que ha nacido, enamorado de una mujer con la que jamás ha tenido contacto y por la que está dispuesto a saltarse reglas y tradiciones; un idealista y soñador en un mundo horripilantemente pragmático del que han sido desterradas las emociones más básicas.

La dramática historia de Krypton y su caída en desgracia fue interpretada gráficamente por un primerizo Mike Mignola en una etapa en la que aún no había desarrollado el elegante estilo tenebrista que le haría famoso en "Hellboy". En la primera parte, con el fin de retratar la sofisticada civilización kriptoniana en su momento más glorioso, adopta un estilo reminiscente del de los grandes autores clásicos de Flash Gordon, como Al Williamson o Alex Raymond, aunque su éxito es solo parcial. Mignola no es un dibujante cuyo talento resida en la construcción de ambientes tecnológicos, el diseño de maquinaria futurista o la expresividad facial y gestual de sus personajes, pero siempre ha sido hábil a la hora de disimular sus carencias. En esta ocasión consigue que la atención del lector recaiga más en aquello que sí se le da bien: las equilibradas y bellas composiciones de viñeta y página.

"Mundo de Krypton" tuvo un epílogo, también dibujado por Mignola, en la colección regular de
Superman (nº 18, junio 88). En ese episodio, el héroe viaja hasta los restos de Krypton para establecer contacto con su legado alienígena impulsado por el sentimiento -muy humano- de conocer sus orígenes y lo que podría haber sido el destino de los kriptonianos de haber escapado al apocalipsis y llegado a la Tierra liderados por Jor-el. Su visión de la mentalidad kriptoniana no puede ser más desesperanzadora. Aunque fue concebido -"nacido" quizá no sea la palabra más adecuada ya que no había en Krypton proceso biológico que se ajuste a ese fenómeno- en el seno de otra cultura, Byrne vuelve a dejarnos claro que Superman fue educado y criado por Jonathan y Martha Kent y eso es lo que ha hecho de él un humano y no un alienígena. Ésa es la gran paradoja del personaje: que un extraterrestre pueda ser el máximo exponente de lo que debería ser la raza humana, un "humano" que, sin embargo, no es uno de "nosotros" puesto que el sentimiento de último superviviente de Krypton, de heredero de una gran cultura a la que ni siquiera conoce realmente, forma parte de su ser más íntimo. Como él mismo afirma, el mejor regalo que le hizo su padre Jor-El no fueron sus poderes, sino su humanidad.

"Mundo de Krypton" es parte del Universo de Superman pero también constituye una sólida historia de ciencia-ficción que puede disfrutarse independientemente y que anima a reflexionar sobre temas relevantes: la clonación y sus límites éticos, la obcecación y el fanatismo, las consecuencias medioambientales de la guerra y la estupidez humanas, la herencia que dejaremos a las generaciones venideras y el elogio de las emociones que nos hacen humanos. Da igual que Byrne insista en llamar Krypton a ese planeta. Bien podría ser el futuro del nuestro.




(Continúa en la siguente entrada)

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