(Viene de la entrada anterior)
Con el quinto volumen, “El Día del Apocalipsis” (2017), este laboratorio de géneros que es “Infinity 8”, después de haber transitado por la aventura espacial en “Amor y Cadáveres”, el delirio pulp de “Regreso al Führer”, el tono más oscuro de “El Evangelio según Emma” o la estética Blaxploitation de “Guerrilla Simbólica”, llega, inevitablemente, a otro de los grandes territorios de la cultura popular: los zombis. Para esta ocasión, la mente conceptual tras el proyecto, Lewis Trondheim, colabora con el guionista Davy Mourier y el dibujante Lorenzo De Felici.
Como ya sabemos,
la nave Infinity se ha encontrado en su travesía con una gig
antesca necrópolis
espacial, una acumulación imposible de cementerios, tumbas y mausoleos que se
extiende a una escala inmensa, ocupando el volumen de un sistema solar. Tras
haber agotado la mitad de los reinicios posibles, ninguna de las agentes
especiales seleccionadas ha logrado resolver por el momento el enigma ni sacar
la nave de su aprieto.
Así que el capitán activa, por quinta vez, el Procedimiento 8. Tras el reinicio, disponen de otras ocho horas para neutralizar la crisis. Y, en esta ocasión, la agente seleccionada para ello será la mayor Ann Ninurta, una madre divorciada o soltera –pero con una mala relación con el padre de su hija y expareja- que deja a su pequeña Syb en la guardería de la nave. Justo antes de recibir sus órdenes de misión, Ann deja caer deliberadamente el peluche del niño sobre un grupo de soldados con la esperanza de coquetear y ligar con el apuesto comandante humano, Casey Brooks, líder de un grupo de mercenarios que la ayudará posteriormente. Inmediatamente después, interviene para neutralizar a un criminal alienígena, sin saber que este individuo será el causante de la inminente crisis.
Una horda de
zombis desata una onda expansiva gravitacional y una carnicería masiva que
diezma a los pasajeros del Infinity y, simultáneamente, resucita a los
cadáveres. El arma experimental que creó a los no muertos ha afectado también a
la necrópolis, transformándola en una fuente inagotable de muertos vivientes
que se abalanzan sobre la nave.
Atrapada entre su deber de investigar el origen del cementerio espacial y la urgencia de rescatar a su hija, Ann se encuentra en una situación imposible. Para empeorar las cosas, es mordida por un zombi, quedando infectada. Su cuerpo comienza a descomponerse lenta pero inexorablemente: pierde el cabello, escupe sus dientes frente a Brooks y sufre los estragos de la infección. En esta línea temporal, está condenada. Solo hay una salida: mantenerse con vida durante las 8 horas que dura este nuevo reinicio temporal para regresar al pasado, evitar el desastre y volver a la normalidad antes de que se agote el tiempo.
Como sucede con
las anteriores entregas, es posible leer “El Día del Apocalipsis
” sin necesidad
de conocer aquéllas, aunque la experiencia mejora si se sabe previamente el
funcionamiento de la serie y sus personajes recurrentes. Además, aparecen
personajes procedentes de episodios previos, como Patty Stardust, lo que
refuerza la sensación de que, pese a los reinicios temporales, todo forma parte
de una misma aventura.
Davy Mourier, nacido en 1976, es un creador francés de trayectoria polifacética que ha trabajado como actor, guionista, realizador, presentador y autor de cómics. Antes de dedicarse plenamente a la historieta desarrolló actividades relacionadas con el diseño gráfico y la televisión. En el terreno del cómic ha tendido a integrar tramas de género muy marcadas con otras de carácter más íntimo y costumbrista, incluyendo en ellas humor irreverente, situaciones absurdas y diálogos ágiles. Entre sus obras destaca “La Petite Mort”, iniciada en 2015, una serie que demuestra su facilidad para utilizar la muerte como fuente simultánea de humor y reflexión.
Pre
cisamente esa
manera de escribir hace que su incorporación a “Infinity 8” resulte
especialmente adecuada para un volumen como “El Día del Apocalipsis”. El
concepto original de la serie ya incluye de partida una considerable dosis de
humor, pero Mourier lo potencia hasta convertirlo en uno de los motores de la
aventura. Los zombis, la violencia y la paulatina descomposición física de la
protagonista no se presentan únicamente desde el terror sino que se convierten
también en materia para el humor negro y el absurdo. A lo largo de todo el
álbum, los autores juguetean con aquello que normalmente debería provocar miedo
o repulsión: zombis infantiles, cuerpos corruptos y deformados y escenas de
extrema violencia. La progresiva descomposición de Ann después de ser infectada
es un buen ejemplo de esta mezcla de horror y comedia. El grupo de personajes
secundarios, especialmente los aliados mercenarios de Ann, también aporta
algunos de los momentos más divertidos del álbum.
El argumento no
pretende revolucionar el género zombi y, de hecho, su principal punto débil es,
precisamente, que su estructura, elementos y dinámicas resultan demasiado
familiares: infección, supervivencia,
hordas de muertos vivientes, personajes
confinados en unas instalaciones y carrera contrarreloj. No es de extrañar que
se le haya comparado con otras obras zombis más famosas, como la serie “The Walking
Dead” o incluso películas como las de la saga “Alien”.
Aunque, por supuesto, es cuestión de gustos, en mi opinión y hasta cierto punto, “El Día del Apocalipsis” compensa esa falta de originalidad mediante el contexto y el tono: a diferencia de las historias que utilizan a los muertos vivientes para articular sombrías reflexiones sobre los peores aspectos de nuestra naturaleza, los autores se decantan aquí por la vertiente más espectacular, cómica y extravagante: zombis dentro de una nave espacial gigantesca, una necrópolis cósmica, reinicios temporales, extraterrestres de lo más pintoresco, cuerpos que se descomponen, mordeduras, pérdida de miembros, criaturas repulsivas y situaciones grotescas.
Una vez más, la
muerte, se convierte en un elemento del propio juego narrativo que propone en
esta serie Lewis Trondheim, ya que el reinicio temporal que activa el capitán
elimina parcialmente la irreversibilidad característica de las historias de
zombis: morir no significa necesariamente terminar la aventura y a esa
esperanza se aferra Ann cuando todo está perdido para ella. Como en este caso,
la muerte puede convertirse en información y experiencia con la que, quizá,
tener más éxito en el siguiente intento. Esto encaja perfectamente con la subversiva
filosofía general de “Infinity 8”, donde todas las protagonistas, de una forma
u otra, fracasan, aunque ello no sea en vano.
La
caracterización de las protagonistas es otra constante positiva de la serie,
que ha puesto siempre en el centro de las historias a heroínas femeninas
fuertes, modernas –pese a sus sexys atuendos extraídos de la tradición gráfica
pulp- y muy diferentes entre sí. Cada volumen presenta a una mujer capaz de sacar
adelante en solitario el tipo de aventura que tradicionalmente resolvían protagonistas
masculinos. Ann Ninurta añade una variante interesante dado que no necesita
recurrir a
características habitualmente asociadas al género masculino para
demostrar fortaleza. Tiene una profesión peligrosa y no duda en afrontar los
riesgos, soportar los golpes que recibe y coquetear abiertamente con los
hombres; pero, al mismo tiempo, es una madre abnegada con una compleja
situación familiar. El conflicto entre vida personal y deber constituye,
probablemente, el elemento dramático más conmovedor de la historia dado que Ann
debe decidir hasta dónde puede llegar para cumplir la misión cuando ésta entra
en conflicto con la seguridad de su hija.
Además, este episodio proporciona, por fin, una pieza importante del misterio central de la serie, ofreciendo en su final una posible explicación del origen de la gigantesca necrópolis, aunque todavía quedan varios reinicios y álbumes por delante. La respuesta no cierra el misterio, sino que abre nuevas posibilidades para los episodios venideros.
El di
bujo y color
de Lorenzo De Felici constituyen uno de los principales atractivos del álbum.
Este artista, nacido en 1983 en Frascati, Italia, se formó en la Scuola Romana
dei Fumetti y estudió escritura de guiones en la Universidad Roma Tre. Sus
primeros trabajos profesionales estuvieron vinculados al mercado italiano,
especialmente como colorista para la editorial Bonelli, participando en series
como “Orfani” y “Dylan Dog”. Posteriormente pasó al territorio francobelga como
dibujante de “Drakka”, con guion de Frédéric Brrémaud.
En “El Día del Apocalipsis”, su colaboración con Mourier funciona a la perfección porque ambos parecen comprender que el objetivo principal no es construir una historia de zombis original, sino llevar hasta el extremo el espectáculo pulp propio del subgénero. Mourier proporciona la combinación de acción, humor y situaciones absurdas; De Felici la convierte en una sucesión de personajes expresivos, criaturas espeluznantes y escenas de gran dinamismo.
Su estilo se
distancia en algunos aspectos del de los artistas anteriores, per
o ello no va
en detrimento de la identidad visual de la serie gracias al respeto que, como
todos sus antecesores gráficos en ella, mantiene respecto a los diseños y
universo creados originalmente bajo la dirección artística de Olivier Vatine. Uno
de sus mayores aciertos es la expresividad de los personajes. Las caras y los
gestos están exagerados al límite de la caricatura, algo especialmente
apropiado para un relato que combina acción y comedia. Los secundarios pueden
resultar caricaturescos sin que eso perjudique la narración, y las expresiones
de Ann y del grupo de mercenarios ayudan a convertir determinadas escenas en
auténticos gags visuales.
De Felici también sobresale en su talento para diseñar criaturas y razas alienígenas, algo imprescindible en una serie cuyo universo debe constantemente transmitir una sensación de amplitud más allá de la historia concreta que se está contando en un álbum concreto. Los zombis, por su parte, reciben un tratamiento deliberadamente desagradable que funciona tanto desde el horror como desde la caricatura.
La
expresividad
casi cartoon de De Felici le imprime a sus figuras una sensación de movimiento
y velocidad que complementa y amplifica la planificación de las páginas. Rompe
la cuadrícula estándar siempre que una determinada escena lo requiere,
permitiendo que las páginas respiren o, por el contrario, abrumen al lector con
una acumulación de personajes, disparos, cuerpos y criaturas. El uso cromático
es también clave para ambientar la tensión que se vive en la nave: las
tonalidades frías y metálicas en los pasillos y hangares contrastan de forma
muy efectiva con destellos estridentes en los momentos de acción y carnicería.
No obstante, la
valoración que se ha hecho de su trabajo aquí no es del todo unánime. Ha habido
quien considera que está ligeramente por debajo del de los dibujantes anteriores
de la serie y que, aunque su estilo posee una incuestionable personalidad, en
ocasiones se aleja de la estética pulp establecida por Olivier Vatine. Por mi
parte y comprendiendo esas críticas, considero que su energía y expresividad
convierten este quinto volumen en uno de los más espectaculares de la
colección. Porque De Felici no intenta imitar a sus predec
esores, sino llevar “Infinity
8” hacia una estética más cercana al cómic estadounidense contemporáneo. Y, de
hecho, así se percibió en aquel continente porque después de este álbum, daría
el salto al mercado estadounidense como dibujante y cocreador de “Oblivion Song”,
junto a Robert Kirkman, y, posteriormente, desarrollaría proyectos propios como
“Kroma”. También ha participado en “Void Rivals”, dentro del denominado Energon
Universe.
“El Día del Apocalipsis” sigue la misma línea
que los cuatro álbumes precedentes de la serie, ofreciendo una historia que es,
al mismo tiempo, una aventura y una parodia de un género popular: el de zombis.
No intenta ocultar los clichés del mismo, sino que los integra y exagera hasta
convertirlos en parte de su identidad. Esta entrega probablemente no sea la más
profunda de la colección desde el punto de vista intelectual o temático, pero sí
una de las que mejor explota las posibilidades de su concepto. No es un comic
al que haya que exigirle una renovación del género porque hacerlo sería perder
de vista el objetivo de Lewis Trondheim en “Infinity 8”: jug
ar con los lugares
comunes de la CF pulp, no reinventarlos. En este álbum en concreto, lo
interesante no es que los zombis sean o hagan nada nuevo, sino que aparezcan
dentro de una gigantesca nave espacial detenida ante una necrópolis cósmica y
dentro de un sistema de reinicios temporales.
Quizá “El Día del Apocalipsis” pierda puntos ante algunos seguidores de la serie por la escasa novedad de su argumento y porque el apartado gráfico puede resultar irregular para quienes prefieran la estética de otros episodios anteriores. Pero, en mi opinión, los recupera sobradamente gracias a una protagonista magnífica; un ritmo narrativo excelente; la eficaz combinación del humor gamberro y el terror visceral con momentos de genuino calado dramático; y un De Felici inspirado en las escenas de acción y muy notable en expresividad de los personajes y variedad de diseños alienígenas. Más que una historia destinada a hacer pensar al lector, es una concebida para divertir, sorprender y llevar el concepto de “Infinity 8” hasta el extremo.
Y aquí tendré que dejar este recorrido por los diferentes álbumes de la serie. Y es que la editorial que los publicó en España, Dibbuks, la interrumpió a falta de tres entregas para el final sumida en diversos problemas financieros y polémicas. Quizá algún día alguien se decida a retomarla y concluirla. Mientras tanto, mis comentarios terminan aquí.

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