Alfredo Alcalá fue uno de los artistas filipinos más destacados de las décadas de 1960 y 1970, emigrando finalmente a Estados Unidos llevado por su fama y en un momento en el que editoriales de ese país, como Warren o Marvel, buscando dibujantes baratos, contrataron a muchos artistas, guionistas y entintadores de Filipinas, como Néstor Redondo, Alex Niño, Tony de Zuñiga o Rudy Nebres.
Siendo un
adolescente, Alfredo Alcalá abandonó la escuela para dedicarse
al arte. Realizó
diversos trabajos ocasionales, como pintar letreros y diseñar utensilios
domésticos. Era todavía un adolescente cuando Japón invadió Filipinas en 1941.
Enterró su colección de cómics estadounidenses bajo las tablas del suelo de su
casa para esconderlos de las fuerzas de ocupación y se dedicó a usar su talento
artístico contra los invasores: recorría en bicicleta los campamentos militares
y las posiciones de artillería japonesas, los dibujaba de memoria y entregaba luego
los planos a las fuerzas estadounidenses en la zona.
Influenciado por dibujantes e ilustradores estadounidenses como Hal Foster, Alex Raymond, Lou Fine, Howard Pyle, N.C.Wye o Franklin Booth, Alcalá comenzó su carrera en el mundo del cómic en 1948. Trabajó para Ace Publications, la editorial más grande de Filipinas, donde desarrolló la ética de trabajo y la velocidad que lo hicieron famoso. Se dice que llegó a dibujar doce páginas en nueve horas y que nunca dormía en la cama sino en el suelo de su estudio o su mesa de trabajo.
Convertido en una
estrella consolidada del cómic filipino, el trabajo de Alcalá apareció en la
revista “Alcalá Komix Magazine”, en cuyo número de julio de 1963, debutó su personaje
"Voltar", uno de los más espectaculares comics de Espada y Brujería
que jamás haya dado el género fantástico y que le valió fama internacional. Ganador
del prestigioso Premio de la Sociedad de Ilustradores y Dibujantes de Filipinas
en numerosas ocasiones a principios de la década de 1970, “Voltar” también
captó la atención de los fans estadounidenses, figurando en lugar destacado en
varios eventos de ciencia ficción y fantasía de ese país.
Tras la masiva
llegada de artistas filipinos a la industria estadounidense, el personaje fue
rescatado para el público occidental, reapareciendo oficialmente en las páginas
del número 1 de la revista “Magic Carpet”, una breve iniciativa –contabilizó
sólo dos números- impulsada por el escritor e historiador de cómics Manuel Auad
(quien también ejerció de guionista y editor del material para reintroducir a
Voltar en el mercado estadounidense) y el historiador Bill Blackbeard. Allí fue
donde Alcalá actualizó al personaje con nu
e
vas páginas e historias más largas
apoyándose en guionistas como el mencionado Manuel Auad o Will Richardson
(alias de Bill Dubay).
Posteriormente, las aventuras de Voltar encontraron acomodo en la editorial Warren Publishing, que, aunque se había hecho famosa por sus revistas de terror en blanco y negro como “Creepy” y “Eerie”, tenía en su catálogo otra cabecera, “The Rook”, especializada en ciencia ficción y aventuras de corte pulp. Fue allí, entre sus números 2 al 9, donde se publicó “El Fin de los Tiempos”, una historia larga con guiones del antedicho Bill DuBay. Debido a la enorme admiración que despertaba el dibujo de Alcalá, en 1979 también se comercializó en EE UU. un portafolio de ilustraciones dedicado exclusivamente a esa creación.
Si imaginas a
Conan en la versión gráfica de John Buscema, y le añades un casco alado como
el de Thor, tienes a Voltar. Esta descripción podría llevar a pensar que ese
musculoso guerrero no es más que una burda copia de ambos personajes, pero,
como he dicho, Voltar
debutó en 1963, siete años antes de que Conan fuera
adaptado en Marvel por Roy Thomas y Barry Windsor-Smith, y solo un año después
de la primera aparición de Thor en “Journey into Mystery”, también en Marvel.
Claramente inspirado en el personaje de Robert E. Howard, y en otras fuentes
evidentes (“El Señor de los Anillos”, la mitología nórdica y los relatos
bíblicos), Voltar no es tanto un bárbaro como un oficial militar del ejército
del reino ficticio de Elysium.
Batiburrillo incongruente de leyendas, mitos e Historia, “Voltar” no destaca por sus guiones simplones, predecibles, incoherentes y con nula caracterización. Sus peripecias no son más que un encadenamiento de encuentros con bestias salvajes y criaturas extrañas mientras busca venganza y justicia en antiguas ciudades invadidas por sanguinarios bárbaros o brujos al frente de ejércitos. La mayoría de estos encuentros se narran de forma episódica: Voltar conoce a un personaje, ambos luchan durante unas pocas viñetas y, al pasar la página, ya ha salido victorioso y se dirige al siguiente choque.
Cualquier tebeo
de Conan, ya sea de su colección de comic-book o de “La Espa
da Salvaje de
Conan”, es más entretenido que las historias de “Voltar”. Hay que reconocer que
el formato tampoco jugó a favor del personaje. Durante casi dos décadas, sus
aventuras se dispersaron en una serie de relatos cortos que saltaban de una
cabecera a otra, pasando de una etapa en la que Alfredo Alcalá asumió todo el
proceso creativo a otra en la que guionistas diversos impusieron su visión. El
resultado fue una trayectoria fragmentada que impidió al héroe consolidarse y
adquirir una personalidad diferenciada.
Ahora bien, la razón para leer este comic no es la calidad de su prosa ni la inventiva de sus conceptos, sino su sombrío e impresionante dibujo.
Tradicionalmente,
la producción de cómics se realizaba en equipo para maximizar las ganancias de
las editoriales y aprovechar la popularidad de los artistas del género. Por
eso, cuando una aventura épica de la magnitud de Voltar fue escrita, dibujada a
lápiz, entintada, rotulada y publicada por una sola p
ersona, este logro resulta
aún más increíble al contemplar la impecable calidad del resultado. Alcalá
estaba convencido de que "en el
momento en que dejas que alguien más intervenga en tu trabajo, ya no eres tú".
No creo exagerar
al decir que las escasas páginas de Voltar contienen algunas de las ilustraciones
de cómic más bellas de la Edad de Bronce. Realizadas con un exuberante estilo
de grabado, “Voltar” rivalizaba con las obras de los grandes maestros del comic
y la ilustración, exhibiendo uno de los trabajos a pluma más detallados jamás
vistos en el medio. De hecho, su obsesión por el detalle fue tal que, en los
años 50, llegó
a desarrollar un pincel recargable en cuya técnica era muy
difícil de dominar, pero cuyo resultado era sencillamente impresionante.
Lejos de conformarse con los estándares de la época, su propuesta gráfica despliega un barroquismo visual y un nivel de detalle sobresalientes. Claramente influenciada por maestros como Alex Raymond, Will Eisner, Harold Foster o Burne Hogarth, cada lámina de este volumen se convierte en una pieza de orfebrería artística. Mediante un magistral dominio de la iluminación y los claroscuros, Alcalá construye una atmósfera profundamente sombría que transporta de inmediato al lector a un universo de magia, brutalidad y seres extraordinarios.
En “El Fin de los
Tiempos”, cada pocas páginas, intercala una impactante ilustración a doble
página que contribuye a que las historias se sientan como algo más que simples
relatos de aventuras, otorgándoles una cua
lidad mítica. Sus diseños de
personajes son excelentes, y es interesante observar que Voltar luce (al menos
sin su casco) exactamente como Conan será dibujado por legiones de artistas en
las décadas siguientes. Ahora bien, Voltar no es precisamente un bárbaro; no
parece provenir de una nación no civilizada, no es un guerrero iracundo. Llamarlo
"Voltar el Bárbaro" es, por tanto, inapropiado aunque es un epíteto
que suele atribuírsele como si en el género de Espada y Brujería no bastara con
sólo el nombre (“Thongor de Lemuria”, “Claw the Unconquered”, “Kull el
Conquistador”, “Ator el Invencible”… son otros ejemplos).
Voltar y el resto de los personajes irradian musculatura y vigor y siempre se mueven con dinamismo. Los villanos portan cascos angulosos y puntiagudos o prominentes mandíbulas de orco que delatan sus lealtades. Los paisajes son maravillosamente dramáticos y evocadores, realizados con una técnica de plumilla al alcance de muy pocos maestros: imponentes castillos que se alzan entre escarpadas paredes rocosas, rayos de luz que atraviesan impenetrables masas de nubes….
“Voltar” es, en fin, un comic altamente recomendable por la calidad gráfica de sus páginas y que debería figurar en la colección de cualquier amante no ya del género de Espada y Brujería, sino de cualquier aficionado al noveno arte.

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