28 ene 2026

2007- LA TEORÍA DEL GRANO DE ARENA – Schuiten y Peeters

 


Aunque hoy se puede encontrar reunido en un solo volumen, “La Teoría del Grano de Arena” fue originalmente publicado en dos álbumes, en 2007 y 2008 respectivamente, conformando la decimoprimera y decimosegunda entregas de la serie “Las Ciudades Perdidas” (aunque ello sólo si excluimos otros libros ilustrados ambientados en ese universo, como “El Archivista” o “El Eco de las Ciudades”).

 

En esta ocasión, el guionista Benoit Peeters y el dibujante François Schuiten no imaginan, como era su costumbre desde hacía dos décadas para cada nuevo álbum, una ciudad nueva, sino que se trasladan unos años al futuro de otra que ya habían presentado anteriormente: “Brüsel” (1992). De hecho, podría decirse que “La Teoría del Grano de Arena” es una secuela directa de aquél álbum. Aunque puede leerse consecutivamente a aquél y de esa forma seguir el hilo de la transformación de la ciudad y conocer el destino de Constant Abeels, no recomendaría tal opción por cuanto esta entrega cierra también muchos de los misterios que quedaron abiertos en la posterior “La Chica Inclinada” (1996), una de las entregas más poéticamente surrealistas de la serie.

 

Veinte años después de la casi destrucción de la ciudad al final de “Brüsel”, ésta ha resurgido de sus cenizas y alcanzado una gloriosa modernidad. Siguen existiendo dos niveles urbanos: uno inferior, en el que sobreviven los edificios más antiguos y los viejos tranvías de dos pisos; y otro, digamos, superior aunque interrelacionado con el anterior, dominado por los rascacielos de diseños vanguardistas conectados mediante pasarelas peatonales y entre los que vuelan dirigibles.

 

Justo tras la llegada a Brüsel de un misterioso hombre de impresionante apariencia y vestimenta oriental, empiezan a acontecer una serie de enigmáticos sucesos. En uno de los modernos edificios de apartamentos, una mujer descubre que todas las habitaciones están cubiertas de una fina arena de origen desconocido. Un envejecido pero todavía muy vital Constant Abeels, el protagonista de “Brüsel”, ve invadida su vieja casa por unas piedras del mismo peso y forma. Justo al lado, el dueño de un restaurante se da cuenta de que está perdiendo peso rápidamente sin que su cuerpo parezca acusarlo.

 

El barbudo forastero de casi dos metros de altura cuya llegada ha coincidido con el inicio de estos fenómenos, responde al nombre de Gholam Mortiza Khan, y ha viajado hasta Brüsel desde el país oriental de Boulachistan. Es un líder guerrero de la tribu Bugti y su intención es venderle joyas a una especialista en el tema, Elsa Autrique. Normalmente lo hace a través de un intermediario pero, en esta ocasión, ha decidido realizar la transacción él mismo. Autrique queda fascinada por el intrincado talismán que su interlocutor lleva al cuello y lo convence para que se lo preste durante un día. Sin embargo, esa misma tarde el guerrero muere en un accidente de tranvía y su cuerpo, que nadie reclama y al que nadie conoce, es trasladado a la morgue. Elsa se queda, por tanto, con el medallón con la intención de replicarlo en serie y vender las copias a un alto precio.

 

A partir de ese momento, el ritmo e intensidad de los antedichos sucesos (a los que se suman las fantasmales voces y ruidos que resuenan en la casa de Elsa) se aceleran hasta convertirse en aterradoras perturbaciones que escapan a toda comprensión y control. Incapaces de decidir un curso de acción, las autoridades de la ciudad llaman a Mary Von Rathen, la niña protagonista de “La Chica Inclinada” (1996), ahora ya una mujer valiente, independiente y decidida que se ha especializado en fenómenos extraños. Es capaz de ver lo que otros no: la naturaleza de las anomalías en la estructura de este universo. Junto al animoso Constant, emprende una investigación que acabará llevándoles más lejos de lo que nunca pudieron imaginar.

 

El título del álbum es un eco del famoso “Efecto Mariposa” enunciado por Edward Lorenz, sólo que cambiando la metáfora. Así, un evento minúsculo e insignificante -un simple grano de arena- puede desencadenar el colapso de una civilización entera que se sentía invencible. Los autores analizan cómo reaccionan nuestras sociedades modernas y racionales ante un fenómeno silencioso pero imparable que no pueden medir ni explicar. Al principio, los protagonistas y las autoridades intentan aplicar la lógica, la burocracia y la ciencia, consumidos por la necesidad de entender el origen de las piedras y los ríos de arena. Es inútil, porque a lo que se enfrentan es a algo fantástico e impenetrable –de hecho, su naturaleza, origen y propósito nunca llegan a conocerse-.

 

Y, tras la negación y ante el derrumbe de los cimientos ideológicos de la ciudad – normas, control, planificación- y la irrupción del caos, llega el pánico. La población, asustada y sin confiar en que sus líderes puedan protegerlos, huye de la urbe por todos los medios posibles. De esta manera sutil, las dos “casi muertes” de Brüsel, la del pasado a causa del agua y la del presente por vía de la arena, quedan conectadas. Es más, los “granos de arena” bien podrían ser una manifestación física de culpas o recuerdos olvidados que regresan para pedir cuentas: el pasado regresando para perturbar el presente.

 

Como siempre en “Las Ciudades Oscuras”, el entorno urbano y el espacio habitable son un reflejo del alma, social e individual. Por ejemplo, la casa de Constant Abeels se convierte en una trampa mortal, como también la de Kristin Antipova, expulsada de su apartamento por avalanchas de arena. A Elsa, arruinada y desesperada, la atormentan las voces que salen de las paredes. La arquitectura ya no protege al hombre, sino que lo asfixia bajo el peso de la materia.

 

Pero pueden encontrarse más significados ocultos a primera vista. Benoît Peeters no es solamente un experto en cómic, sino que fue alumno y biógrafo del filósofo deconstruccionista Jacques Derrida (escribió su biografía definitiva, “Derrida”, publicada en 2010). Esta es la razón por la cual el sustrato intelectual de “Las Ciudades Oscuras” es tan profundo: sus historias no son meras excusas argumentales, sino reflexiones de alguien que entiende perfectamente el pensamiento post-estructuralista francés.

 

Sin entrar a fondo en disquisiciones filosóficas, el núcleo central del pensamiento de Derrida (quien falleció en 2004) encaja perfectamente con el colapso de Brüsel. El filósofo argumentaba que todo sistema (un texto, una ley o un edificio) tiene contradicciones internas que pueden acabar deconstruyéndolo. En el cómic, la invasión de la arena supone la deconstrucción física de la ciudad: lo sólido se vuelve fluido; lo que debería ser eterno (la piedra) se convierte en un estorbo que destruye la lógica del espacio.

 

Derrida hablaba también mucho sobre la importancia del rastro o la huella. En “La Teoría del Grano de Arena”, las piedras no aparecen al azar, sino que, como he dicho, son rastros de un pasado que no ha sido debidamente asimilado. El pensador afirmaba además que nada está totalmente presente ni totalmente ausente. Las piedras que aparecen en el apartamento de Constant son precisamente eso: presencias de "otro mundo" que vienen a perturbar la estabilidad del nuestro. Esta permeabilidad de las fronteras de la realidad enlaza asimismo con nuestro propio mundo globalizado, en el que los países occidentales, debido a sus propias políticas miopes, experimentan en sus carnes los traumas de naciones muy lejanas. En la historia, las guerras libradas entre los Bugti y los Moktar en los desiertos de oriente fueron intensificadas por el tráfico de armas desde Brüsel (para eso llegó Gholam Mortiza Khan a la ciudad). Y es un dispositivo de esa cultura guerrera el que acaba provocando la destrucción parcial de la metrópoli.

 

Gráficamente, François Schuiten alcanza en “La Teoría del Grano de Arena” nuevas cotas de excelencia. Se sirve de miles de finas líneas trazadas a mano para dar textura a las piedras, la arena y los cientos de materiales presentes en las viñetas de esta historia, creando una sensación de densidad que el lector casi puede sentir en los dedos. Su dibujo monumental y su impactante precisión arquitectónica, transforma Bruselas en un organismo vivo, a la vez opresivo y frágil. Cada viñeta es una ilustración; cada fachada, cada interior, narra la historia de los excesos de una ciudad que creía controlar su destino. La composición, el matizado blanco y negro elegido para esta entrega de la serie y las perspectivas vertiginosas refuerzan la sensación de un mundo al borde del colapso.

 

Es cierto que el estilo de Schuiten no es del gusto de todo el mundo y que hay quien dice que, reconociendo su talento, no es capaz de entrar en sus historias. A menudo, estas críticas vienen dirigidas desde lectores mayormente familiarizados con la estética norteamericana del comic, más inclinada hacia la caricatura, la abstracción y la idealización. Esto deriva de varios factores, que incluyen el peso de la tradición del comic de prensa humorístico (“Krazy Kat”, “Pogo”, “Peanuts”…); la creciente influencia del manga; la hipercanonización del género superheróico; el convencimiento (de acuerdo a las teorías de Scott McCloud) de que la abstracción icónica basta para activar los mecanismos de identificación del lector; y el deseo de atraer tanto al público no lector de cómics pero familiarizado con las viñetas, como a los críticos que han absorbido la aversión ya centenaria del mundo del arte a la mímesis. En el género de los superhéroes, por ejemplo, es raro encontrar artistas que busquen la precisión y el máximo realismo (Wally Wood, Neal Adams, Alex Ross…). Así, a la pura necesidad económica que lleva a producir páginas a un ritmo elevado para cumplir plazos de entrega mensuales, se le ha otorgado injustamente la dignidad de principio estético.

 

Otro factor que contribuye al rechazo de estilos como el de Schuiten es la creencia de que el arte muy detallado ralentiza la lectura. Pero ¿qué hay de malo en eso? El cómic no es cine ni animación, no está pensado para leerse como un flipbook. La principal ventaja del cómic sobre el cine reside en ofrecer una narrativa visual cuyo ritmo es controlado por cada lector, en lugar de venir rígidamente impuesto desde el exterior. Los dibujantes o escritores que cultivan un arte refinado que obliga al lector a detenerse, observar y/o meditar, no traicionan los principios del medio, sino que explotan uno de sus mayores potenciales. En resumen, que no solo obras como las de Schuiten deberían ser más celebradas, sino que deberían disfrutar de mayor estima entre la crítica especializada.

 

Las páginas de “La Teoría del Grano de Arena” están sutilmente coloreadas de un gris uniforme, incluyendo los bocadillos de diálogo y los márgenes, por lo que toda la superficie visual presenta tonos apagados, como si se tratara de un velo que le da a la historia un aire añejo. Por el contrario, los objetos y fenómenos ajenos a Brüsel (el medallón y la luz que proyecta, la arena, las piedras y el desgraciado restaurador Maurice que ya no puede pisar el suelo), son de un blanco brillante que contrasta agudamente con el gris circundante, un recurso artístico tan ingenioso como sencillo con el que indicar al lector qué elementos están causando la perturbación.

 

En “Las Ciudades Oscuras”, Schuiten y Peeters siempre han disfrutado introduciendo en sus historias, siempre que les es posible, elementos de nuestro mundo, usando a sus amigos como modelos para los personajes y convirtiendo lugares reales en ficticios. En este caso, la residencia de Elsa es un edificio real. La verdadera Casa Autrique fue construida en Bruselas en 1893 por el arquitecto modernista Victor Horta, y los autores siempre se han manifestado grandes admiradores de ese compatriota. Horta está considerado como un pionero y excelso representante del Art Nouveau y su obra se ha filtrado en “Las Ciudades Oscuras” en más de una ocasión. Su uso del hierro, el vidrio y las líneas curvas, ha servido de inspiración para Schuiten en varias de sus ciudades ficticias. La Bruselas real todavía cuenta con varias obras maestras de Horta (como el Hôtel Tassel o su propia casa-estudio, hoy Museo Horta, en cuyo interior uno se siente como en una página dibujada por Schuiten). De hecho, el álbum “Brüsel” fue, en gran medida, un homenaje a la belleza de sus edificios y un lamento por aquellos que fueron demolidos durante la errada modernización de la capital.

 

Pues bien, el epílogo de “La Teoría del Grano de Arena”, aunque un tanto desconectado del resto de la historia, está directamente relacionado con la Casa Autrique, con cuya restauración se involucraron activamente los autores. Tras la muerte de Eugène Autrique, el propietario original y amigo de Victor Horta, la casa pasó por varias manos y, como ocurrió con buena parte del patrimonio arquitectónico de Bruselas durante el siglo XX, cayó víctima del abandono. Estuvo a punto de desaparecer o ser reformada de forma irreversible, perdiendo su esencia original. Y en ese punto es donde la realidad se mezcla con el cómic. François Schuiten y Benoît Peeters descubrieron que la casa, en muy mal estado, estaba a la venta, y convencieron al municipio de Schaerbeek para que la comprara en 1996, argumentando que era una pieza histórica única. La restauración fue minuciosa y no se limitó a aplicar una capa de pintura sobre las paredes. Rascaron las diversas capas de pintura y papel hasta encontrar los colores y diseños originales de 1893.

 

En 2005, dos años antes de que se publicara este álbum, la casa abrió al público, pero no como un frío museo sino como un lugar vivo. Y es que Schuiten y Peeters diseñaron el interior para que el visitante se sienta como un personaje de sus ficciones. Hay objetos antiguos, mapas extraños y un desván lleno de inventos que parecen sacados de sus álbumes.

 

“La Teoría del Grano de Arena” es una de las obras más maduras del veterano dúo de autores. Aunque tiene misterio y aventura, no es una simple investigación con toques fantásticos; es una reflexión sobre la fragilidad de nuestros sistemas, la ilusión de control y cómo una sola anomalía puede llevar al colapso de un mundo entero. Un broche final de oro a la excelente serie de “Las Ciudades Oscuras” (al menos hasta la aparición, en 2023, de “El Regreso del Capitán Nemo”) en el que se concentra todo lo que hace a este universo tan singular y fascinante: la fusión de ciencia ficción, filosofía, política e imaginería onírica a través de un rigor casi científico y una inquietante poesía visual.  

 


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