Aunque hoy se puede encontrar reunido en un solo volumen, “La Teoría del Grano de Arena” fue originalmente publicado en dos álbumes, en 2007 y 2008 respectivamente, conformando la decimoprimera y decimosegunda entregas de la serie “Las Ciudades Perdidas” (aunque ello sólo si excluimos otros libros ilustrados ambientados en ese universo, como “El Archivista” o “El Eco de las Ciudades”).
En esta
ocasión, el guionista Benoit Peeters y el dibujante François Schuite
n no
imaginan, como era su costumbre desde hacía dos décadas para cada nuevo álbum,
una ciudad nueva, sino que se trasladan unos años al futuro de otra que ya
habían presentado anteriormente: “Brüsel” (1992). De hecho, podría decirse que
“La Teoría del Grano de Arena” es una secuela directa de aquél álbum. Aunque
puede leerse consecutivamente a aquél y de esa forma seguir el hilo de la
transformación de la ciudad y conocer el destino de Constant Abeels, no
recomendaría tal opción por cuanto esta entrega cierra también muchos de los misterios
que quedaron abiertos en la posterior “La Chica Inclinada” (1996), una de las
entregas más poéticamente surrealistas de la serie.
Veinte años
después de la casi destrucción de la ciudad al final de “Brüsel”, ésta ha
resurgido de sus cenizas y alcanzado una gloriosa modernidad. Siguen existiendo
dos niveles urbanos: uno inferior, en el que sobreviven los edificios más
antiguos y los viejos tranvías de dos pisos; y otro,
digamos, superior aunque
interrelacionado con el anterior, dominado por los rascacielos de diseños
vanguardistas conectados mediante pasarelas peatonales y entre los que vuelan
dirigibles.
Justo tras la llegada a Brüsel de un misterioso hombre de impresionante apariencia y vestimenta oriental, empiezan a acontecer una serie de enigmáticos sucesos. En uno de los modernos edificios de apartamentos, una mujer descubre que todas las habitaciones están cubiertas de una fina arena de origen desconocido. Un envejecido pero todavía muy vital Constant Abeels, el protagonista de “Brüsel”, ve invadida su vieja casa por unas piedras del mismo peso y forma. Justo al lado, el dueño de un restaurante se da cuenta de que está perdiendo peso rápidamente sin que su cuerpo parezca acusarlo.
El barbudo
forastero de casi dos metros de altura cuya llegada ha coincidido c
on el inicio
de estos fenómenos, responde al nombre de Gholam Mortiza Khan, y ha viajado
hasta Brüsel desde el país oriental de Boulachistan. Es un líder guerrero de la
tribu Bugti y su intención es venderle joyas a una especialista en el tema, Elsa
Autrique. Normalmente lo hace a través de un intermediario pero, en esta
ocasión, ha decidido realizar la transacción él mismo. Autrique queda fascinada
por el intrincado talismán que su interlocutor lleva al cuello y lo convence
para que se lo preste durante un día. Sin embargo, esa misma tarde el guerrero
muere en un accidente de tranvía y su cuerpo, que nadie reclama y al que nadie
conoce, es trasladado a la morgue. Elsa se queda, por tanto, con el medallón
con la intención de replicarlo en serie y vender las copias a un alto precio.
A partir de
ese momento, el ritmo e intensidad de los antedichos sucesos (a los que se
suman las fantasmales voces y ruidos que resuenan en la casa de Elsa) se
aceleran hasta convertirse en aterradoras perturbaciones que escapan a toda
comprensión y control. I
ncapaces de decidir un curso de acción, las autoridades
de la ciudad llaman a Mary Von Rathen, la niña protagonista de “La Chica
Inclinada” (1996), ahora ya una mujer valiente, independiente y decidida que se
ha especializado en fenómenos extraños. Es capaz de ver lo que otros no: la
naturaleza de las anomalías en la estructura de este universo. Junto al animoso
Constant, emprende una investigación que acabará llevándoles más lejos de lo
que nunca pudieron imaginar.
El título
del álbum es un eco del famoso “Efecto Mariposa” enunciado por Edward Lorenz,
sólo que cambiando la metáfora. Así, un evento minúsculo e insignificante -un
simple grano de arena- puede desencadenar el colapso de una civilización entera
que se sentía invencible. Los autores analizan cómo reaccionan nuestras
sociedades modernas y racionales ante un fenómeno silencioso pero imparable que
no pueden medir ni explicar. Al principio, los protagonistas y las autoridades
intentan aplicar la lógica, la burocracia y la ciencia, consumidos por la
necesidad de entender el origen de las piedras y los
ríos de arena. Es inútil,
porque a lo que se enfrentan es a algo fantástico e impenetrable –de hecho, su
naturaleza, origen y propósito nunca llegan a conocerse-.
Y, tras la negación y ante el derrumbe de los cimientos ideológicos de la ciudad – normas, control, planificación- y la irrupción del caos, llega el pánico. La población, asustada y sin confiar en que sus líderes puedan protegerlos, huye de la urbe por todos los medios posibles. De esta manera sutil, las dos “casi muertes” de Brüsel, la del pasado a causa del agua y la del presente por vía de la arena, quedan conectadas. Es más, los “granos de arena” bien podrían ser una manifestación física de culpas o recuerdos olvidados que regresan para pedir cuentas: el pasado regresando para perturbar el presente.
Como siempre
en “Las Ciudades Oscuras”, el entorno urbano y el espacio habitable son un
reflejo del alma, social e individual. Por
ejemplo, la casa de Constant Abeels se
convierte en una trampa mortal, como también la de Kristin Antipova, expulsada
de su apartamento por avalanchas de arena. A Elsa, arruinada y desesperada, la
atormentan las voces que salen de las paredes. La arquitectura ya no protege al
hombre, sino que lo asfixia bajo el peso de la materia.
Pero pueden encontrarse más significados ocultos a primera vista. Benoît Peeters no es solamente un experto en cómic, sino que fue alumno y biógrafo del filósofo deconstruccionista Jacques Derrida (escribió su biografía definitiva, “Derrida”, publicada en 2010). Esta es la razón por la cual el sustrato intelectual de “Las Ciudades Oscuras” es tan profundo: sus historias no son meras excusas argumentales, sino reflexiones de alguien que entiende perfectamente el pensamiento post-estructuralista francés.
Sin entrar a
fondo en disquisiciones filosóficas, el núcleo central del pensa
miento de Derrida
(quien falleció en 2004) encaja perfectamente con el colapso de Brüsel. El
filósofo argumentaba que todo sistema (un texto, una ley o un edificio) tiene
contradicciones internas que pueden acabar deconstruyéndolo. En el cómic, la
invasión de la arena supone la deconstrucción física de la ciudad: lo sólido se
vuelve fluido; lo que debería ser eterno (la piedra) se convierte en un estorbo
que destruye la lógica del espacio.
Derrida
hablaba también mucho sobre la importancia del rastro o la huella. En “La
Teoría del Grano de Arena”, las piedras no aparecen al azar, sino que, como he
dicho, son rastros de un pasado que no ha sido debidamente asimilado. El
pensador afirmaba además que nada está totalmente presente ni totalmente
ausente. Las piedras que aparecen en el apartamento de Constant son precisamente
eso: presencias de "otro mundo" que vienen a perturbar la estabilidad
del nuestro. Esta permeabilidad de las fronteras de la realidad enlaza asimismo
con nuestro propio mundo globalizado, en el que los países occidentales, debido
a sus propias políticas miopes, experimentan en sus carnes los traumas de
naciones muy lejanas. En la historia, las guerras libradas e
ntre los Bugti y
los Moktar en los desiertos de oriente fueron intensificadas por el tráfico de
armas desde Brüsel (para eso llegó Gholam Mortiza Khan a la ciudad). Y es un
dispositivo de esa cultura guerrera el que acaba provocando la destrucción
parcial de la metrópoli.
Gráficamente,
François Schuiten alcanza en “La Teoría del Grano de Arena” nuevas cotas de
excelencia. Se sirve de miles de finas líneas trazadas a mano para dar textura
a las piedras, la arena y los cientos de materiales presentes en las viñetas de
esta historia, creando una sensación de densidad que el lector casi puede
sentir en los dedos. Su dibujo monume
ntal y su impactante precisión
arquitectónica, transforma Bruselas en un organismo vivo, a la vez opresivo y
frágil. Cada viñeta es una ilustración; cada fachada, cada interior, narra la
historia de los excesos de una ciudad que creía controlar su destino. La composición,
el matizado blanco y negro elegido para esta entrega de la serie y las
perspectivas vertiginosas refuerzan la sensación de un mundo al borde del
colapso.
Es cierto
que el estilo de Schuiten no es del gusto de todo el mundo y que hay quien dice
que, reconociendo su talento, no es capaz de entrar en sus historias. A menudo,
estas críticas vienen dirigidas desde lectores mayormente familiarizados con la
estética norteamericana del comic, más inclinada hacia la caricatura, la
abstracción y la idealización. Esto deriva de varios factores, que incluyen el
peso de la tradición del comic de prensa humorístico (“Krazy Kat”, “Pogo”, “Peanuts”…);
la creciente influencia del manga; la hipercanonización del género
superheróico; el convencimiento (de acuerdo a l
as teorías de Scott McCloud) de
que la abstracción icónica basta para activar los mecanismos de identificación
del lector; y el deseo de atraer tanto al público no lector de cómics pero
familiarizado con las viñetas, como a los críticos que han absorbido la
aversión ya centenaria del mundo del arte a la mímesis. En el género de los
superhéroes, por ejemplo, es raro encontrar artistas que busquen la precisión y
el máximo realismo (Wally Wood, Neal Adams, Alex Ross…). Así, a la pura
necesidad económica que lleva a producir páginas a un ritmo elevado para
cumplir plazos de entrega mensuales, se le ha otorgado injustamente la dignidad
de principio estético.
Otro factor
que contribuye al rechazo de estilos como el de Schuiten es la creencia de que
el arte muy detallado ralentiza la lectura. Pero ¿qué hay de malo en eso? El
cómic no es cine ni animación, no está pensado para leerse como un flipbook. La
principal ventaja del cómic sobre el cine reside en ofrecer una narrativa
visual cuyo ritmo es controlado por cada lector, en lugar de venir rígidamente
impuesto desde el ext
erior. Los dibujantes o escritores que cultivan un arte
refinado que obliga al lector a detenerse, observar y/o meditar, no traicionan
los principios del medio, sino que explotan uno de sus mayores potenciales. En
resumen, que no solo obras como las de Schuiten deberían ser más celebradas,
sino que deberían disfrutar de mayor estima entre la crítica especializada.
Las páginas de “La Teoría del Grano de Arena” están sutilmente coloreadas de un gris uniforme, incluyendo los bocadillos de diálogo y los márgenes, por lo que toda la superficie visual presenta tonos apagados, como si se tratara de un velo que le da a la historia un aire añejo. Por el contrario, los objetos y fenómenos ajenos a Brüsel (el medallón y la luz que proyecta, la arena, las piedras y el desgraciado restaurador Maurice que ya no puede pisar el suelo), son de un blanco brillante que contrasta agudamente con el gris circundante, un recurso artístico tan ingenioso como sencillo con el que indicar al lector qué elementos están causando la perturbación.
En “Las
Ciudades Oscuras”, Schuiten y Peeters siempre han disfrutado introduciendo en
sus
historias, siempre que les es posible, elementos de nuestro mundo, usando a
sus amigos como modelos para los personajes y convirtiendo lugares reales en
ficticios. En este caso, la residencia de Elsa es un edificio real. La
verdadera Casa Autrique fue construida en Bruselas en 1893 por el arquitecto
modernista Victor Horta, y los autores siempre se han manifestado grandes
admiradores de ese compatriota. Horta está considerado como un pionero y
excelso representante del Art Nouveau y su obra se ha filtrado en “Las Ciudades
Oscuras” en más de una ocasión. Su uso del hierro, el vidrio y las líneas
curvas, ha servido de inspiración para Schuiten en varias de sus ciudades
ficticias. La Bruselas real todavía cuenta con varias obras maestras de Horta
(como el Hôtel Tassel o su propia casa-estudio, hoy Museo Horta, en cuyo
interior uno se siente como en una página dibujada por Schuiten). De hecho, el
álbum “Brüsel” fue, en gran medida, un homenaje a la belleza de sus edificios y
un lamento por aquellos que fueron demolidos durante la errada modernización de
la capital.
Pues bien,
el epílogo de “La Teoría del Grano de Arena”, aunque un tanto desconectado del
resto de la historia, está directamente relacionado con la Casa Autrique, con
cuya restauración se involucraron activamente los autores. Tras la muerte de Eugène
Autrique, el propietario original y amigo de Victor Horta, la casa pasó por
varias manos y, como ocurrió con buena parte del patrim
onio arquitectónico de
Bruselas durante el siglo XX, cayó víctima del abandono. Estuvo a punto de
desaparecer o ser reformada de forma irreversible, perdiendo su esencia
original. Y en ese punto es donde la realidad se mezcla con el cómic. François
Schuiten y Benoît Peeters descubrieron que la casa, en muy mal estado, estaba a
la venta, y convencieron al municipio de Schaerbeek para que la comprara en
1996, argumentando que era una pieza histórica única. La restauración fue
minuciosa y no se limitó a aplicar una capa de pintura sobre las paredes.
Rascaron las diversas capas de pintura y papel hasta encontrar los colores y
diseños originales de 1893.
En 2005, dos años antes de que se publicara este álbum, la casa abrió al público, pero no como un frío museo sino como un lugar vivo. Y es que Schuiten y Peeters diseñaron el interior para que el visitante se sienta como un personaje de sus ficciones. Hay objetos antiguos, mapas extraños y un desván lleno de inventos que parecen sacados de sus álbumes.
“La Teoría
del Grano de Arena” es una de las obras más maduras del veterano dúo de autores.
Aunque tiene misterio y aventura, no es una simple investigación con toques
fantásticos; es una reflexión sobre la fragilidad de nuestros sistemas, la
ilusión de control y cómo una sola anomalía puede llevar al colapso de un mundo
entero. Un broche final de oro a la excelente serie de “Las Ciudades Oscuras”
(al menos hasta la aparición, en 2023, de “El Regreso del Capitán Nemo”) en el
que se concentra todo lo que hace a este universo tan singular y fascinante: la
fusión de ciencia ficción, filosofía, política e imaginería onírica a través de
un rigor casi científico y una inquietante poesía visual.

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