Aunque durante mucho tiempo, entre los círculos más conservadores, Will Eisner fue sobre todo conocido por su papel pionero en el uso de los comics con fines didácticos, cualquier verdadero aficionado al comic lo asocia inmediatamente a uno de los personajes más importantes del medio: The Spirit. Puede que no sea tan celebrado a nivel popular como Flash Gordon o Dick Tracy, pero sí ha sido muchísimo más influyente en el desarrollo del comic como lenguaje narrativo y forma artística.
William Erwin Eisner vino al mundo en 1917 en
la ciudad de Nueva York, en el barrio de Brooklyn y en el seno de una familia
judía con pocos recursos. Desde tierna edad tuvo inclinaciones artísticas y
antes de cumplir los 18 años ya colaboraba con revistas aportando ilustraciones
y tiras de comic. A los 19 años, hizo su primera venta remunerada de un comic.
Bien pronto, por tanto, descubrió no sólo su talento creativo sino su habilidad
con los negocios. No eran tiempos fáciles para la ciudad y dedicarse a dibujar
“monigotes” con el azote de la Gran Depresión aún muy vivo no parecía la
ocupación más segura posible. Pero Eisner supo ver el potencial que tenía el entonces
recién inventado formato del comic-book, que enseguida se hizo inmensamente
popular reeditando series previamente publicadas en tiras de prensa y planchas
de las ediciones dominicales. Es más, comprendió que al ritmo al que se estaba
publicando y habida cuenta del número de editoriales que habían entrado en ese
mercado en muy poco tiempo, iba a llegar un momento en que el inventario de ese
material se acabaría y que los editores necesitarían comics completamente
nuevos con los que seguir alimentando sus revistas.
Como esas editoriales (que normalmente se
dedicaban primordialmente a otro tipo de publicaciones, ya fueran pulp o
revistas convencionales de diferentes temáticas) no confiaban demasiado en que
el comic-book perdurara y lo veían como una moda perecedera, no se molestaban
en contratar plantillas de guionistas y dibujantes. Eisner vio ahí la
oportunidad de negocio y en 1937, a los veinte años, se asoció con Samuel “Jerry”
Iger, exeditor de “Wow, What a Magazine” (la revista donde Eisner había
publicado aquel su primer comic) para montar un taller donde guionistas y
dibujantes bajo su supervisión trabajarían a destajo satisfaciendo encargos de
los editores. Unos meses después, en 1938, nacería Superman y, en buena medida
gracias a él y sus imitadores, los comic-books empezaron a venderse a millones.
Todas las editoriales querían su parte del pastel, pero no estaban preparadas
así que tuvieron que contratar estudios externos que produjeran el material
para sus revistas. SM-Iger Studio fue uno de ellos.
Al principio, como en cualquier comienzo, sus
fundadores hubieron de trabajar rápido y sin descanso. No tenían aún suficiente
dinero para contratar colaboradores y Eisner llegó a dibujar simultáneamente en
cinco estilos diferentes y firmar con otros tantos seudónimos para que sus
clientes creyeran que contaban con una amplia nómina de creadores. No tardaron
mucho éstos en materializarse de verdad y por el taller de Eisner y Iger
pasaron nombres que acabarían entrando en la historia del comic por méritos
propios: Bob Kane, Jerry Robinson, Jack Kirby, Lou Fine… Gracias a la
colaboración de todos ellos, nacieron personajes que se movían en temáticas de
lo más diversas, como “Sheena, la Reina de la Jungla”, que tendría una larga vida;
el pirata “The Hawk of the Seas”; el patriota “Uncle Sam” o el piloto
“Blackhawk”, que acabaría formando parte del Universo DC.
En 1940, por tanto, el estudio iba viento en
popa y es entonces cuando un empresario, el propietario de Quality Comics,
Everett “Busy” Arnold, le propone a Eisner un proyecto que iba a cambiar no
sólo su vida, sino la propia historia del comic. Por entonces, todos los
periódicos norteamericanos incluían comics en sus páginas, como un contenido
más, en dos formatos diferentes: tiras en blanco y negro de lunes a sábado y
planchas a toda página y en color los domingos. La idea consistía en ofrecer
como suplemento dominical algo nuevo: un comic-book de 16 páginas a todo color,
distribuido a través del sindicato Register and Tribune.
El problema era que, para acometer esta
empresa, Eisner debería abandonar sus obligaciones en el estudio que compartía
con Iger. Su socio y amigo le aconsejó en contra. Por una parte, los tambores
de guerra sonaban cada vez más próximos y el proyecto podría verse bruscamente
interrumpido; por otra, al estudio le iban bien las cosas y no parecía prudente
desvincularse del mismo.
Pero Eisner lo tenía claro. Aspiraba a algo más que a dibujar comics de encargo según estándares convencionales, que era lo que llevaba haciendo todo ese tiempo. Deseaba explorar los recursos del medio y, como él mismo declaró, “producir un trabajo de valor literario”. Además, esta oportunidad le permitía jugar con el formato narrativo del comic book, más flexible que las tiras de prensa o las planchas dominicales, llegando además a un público más adulto que el habitual del comic-book de quiosco y sin renunciar al prestigio que otorgaba el publicar su trabajo en la prensa (en contraposición a los dibujantes de comic-book, habitualmente peor considerados y pagados). Así que, ni corto ni perezoso, vendió su parte de la sociedad a Iger, se estableció en su propio estudio con otros profesionales que decidieron irse con él y se puso manos a la obra.
De esta forma, el 2 de junio de 1940, nace
“The Spirit” como personaje principal de un suplemento dominical para los
periódicos. El comic-book, además de las siete páginas dedicadas a ese
justiciero, incluía también dos historias de complemento de otros tantos
personajes, también nuevos, con cuatro páginas cada uno: “Lady Luck” y
“Mr.Mystic”, realizadas por Dick French y Chuck Mazoujian la una, y Bob Powell
el otro, todos ellos parte de su antiguo estudio.
A diferencia de los comic-books ordinarios,
que utilizaban la serialización para animar a los lectores a comprar el
siguiente número, el realizado por Eisner, como he apuntado, constaba
exclusivamente de historias autoconclusivas, esto es, sin el carácter seriado
común tanto en los comic-books de la época como en la mayoría de las series de
aventuras publicadas en prensa. Esto hacía de “The Spirit” un personaje
sencillo de seguir incluso por el lector casual y, más adelante, ideal para su
reedición. Pero también obligaba al autor a imaginar cada semana una historia
nueva, con personajes al menos en parte nuevos y que debía plantearse,
desarrollarse y cerrarse en tan solo siete páginas. Para acometer semejante
tarea, era necesario agudizar o sólo la creatividad sino la capacidad de
síntesis.
Un año después del debut del personaje y ya habiendo acumulado cierto éxito, Eisner recordaría para el “Philadelphia Record” el origen del mismo: “Cuando decidí crear Spirit, trabajé, podría decirse, de dentro hacia fuera. Esto es, primero pensé en su personalidad, el tipo de hombre que iba a ser, qué actitud tendría hacia la vida, la clase de mente que poseería. Cuando eso quedó perfilado, ya no tuve que imaginarlo como una persona. Empecé a verle. Atractivo, obviamente, con una constitución poderosa pero no uno de esos brutos imposiblemente grandes y con piernas gruesas. Iba a ser el tipo de hombre que un niño podría pensar que vería por la calle”.
En muchas ocasiones, se ha querido ver a
Spirit como un trasunto de “superhéroe”, en buena medida por su característico “uniforme”
(gabardina, sombrero, antifaz, guantes), pero también por rasgos tan propios de
ese género como la identidad secreta, la base de operaciones oculta o su origen
casi milagroso en virtud de una excusa pseudocientiífica. Eisner también fue
pionero a la hora de conservar los derechos sobre su personaje, algo inaudito
en una época en la que éstos solían quedar siempre en manos de los poderosos
“syndicates” que, además, explotaban e imponían sus condiciones a los
dibujantes. Ello le dotó de una amplia libertad creativa e intelectual que supo
aprovechar muy bien, pero, al menos al principio, también tenía que vender su
trabajo y hubo de hacer concesiones como la indicada.
Y es que Eisner sólo creó para su personaje ese
característico atuendo atendiendo a las exigencias del sindicato que iba a
distribuir sus aventuras. Había propuesto una serie de historias cortas de
perfil policíaco pero le ordenaron que las protagonizara un personaje
enmascarado, probablemente tratando de aprovechar el éxito que por entonces
estaban cosechando los superhéroes. No obstante, se negó a que Spirit tuviera
superpoderes de cualquier tipo o habilidades cuasi sobrehumanas. Sí, tiene una
constitución física poderosa (a veces, es cierto, con una resistencia poco
realista al castigo) que le permite medirse en combate directo con cualquier
oponente o incluso varios de ellos a la vez, pero eso no le impide encajar en
numerosas ocasiones torturas, palizas o disparos que le dejan para el arrastre.
A la postre, en sus victorias contaban más su ingenio, inteligencia, capacidad
de observación, talento detectivesco y perseverancia. Y en cuanto a la
identidad secreta, no se puede decir que en realidad existiera porque Spirit
siempre era Spirit. No disponía de un alter ego con el que integrarse en la
sociedad y rodearse de un círculo de amigos y familiares ignorantes de su doble
vida. Una vez que se colocó el antifaz, ya jamás se lo volvió a quitar.
El justiciero enmascarado conocido como Spirit
era en realidad Denny Colt, un criminólogo al que el público en general dio por
muerto tras un enfrentamiento con el malvado científico Doctor Cobra, que
pretendía envenenar a toda la población de Central City para luego pedir
rescate. Dos días después de su presunto óbito, el Comisario de Policía de la
ciudad, Eustace P. Dolan, recibe la visita de un hombre con un antifaz que se
descubre como Colt. La sustancia que recubrió su cuerpo durante la pelea le
provocó una muerte sólo aparente y ahora le comunica al policía su decisión de
ocultar su identidad –esto es, permanecer muerto para el resto del mundo- para
así utilizar su nueva clandestinidad como herramienta con la combatir con mayor
eficacia el crimen, actividad que realizará desde su base secreta en el
cementerio de Wildwood y de forma autónoma, aunque con el consentimiento y
colaboración de la policía. Dolan, campechano, ingenuo, cascarrabias y con
cierto parecido con el propio Eisner, accede al plan.
Conocedora también de su secreto será la rubia
y temperamental hija de Dolan: Ellen. En su doble rol de eterna aspirante a
novia del héroe y celosa custodia de su secreto, a menudo se veía envuelta en
los casos de su amado, debiendo ser rescatada –por los pelos, claro- por éste.
El principal peligro para Ellen, no obstante, residía en la larga galería de elegantes mujeres fatales que iban cruzándose en el camino de Spirit. Y es que la mayoría de ellas se sentían inmediatamente atraídas por el varonil héroe, que no siempre podía –ni quería- permanecer insensible a sus turbadores encantos. Eran éstas siempre mujeres de curvas voluptuosas, sensuales y duchas en las artes de seducción. Hasta sus nombres eran evocadores: Autumn Mews, Sparrow Fallon, Wisp O´Smoke, Plaster of Paris, Skinny Bones, Silk Satin, Sand Saref, P´Gell…
La dinámica entre mujeres sexualmente
agresivas y hombres mequetrefes era muy común en los comics de aventuras de la
época, desde el “Li´l Abner” de Al Capp al “Superman” de Siegel y Shuster o el “Terry
y los Piratas” de Milton Caniff. En otro personaje creado por Will Eisner
–junto a su socio Jerry Iger-, la ya mencionada “Sheena, Reina de la Jungla”,
también se utilizaba la misma fórmula de heroína dominante que salvaba de
múltiples peligros tanto a los ignorantes salvajes como a su bobalicón novio.
Spirit también tenía que enfrentarse con
adversarios varones no tan atractivos, entre los que destacaba el malvado genio
criminal conocido como Octopus, líder de una banda de rebanadores de gargantas.
En esa categoría también entraban el sinuoso Belabaruk, “comerciante de joyas”;
y durante la guerra, un surtido de arrogantes nazis con monóculo. En ocasiones,
para seguir la pista y detener a los criminales, Spirit tenía que abandonar su
territorio de Central City y viajar a los desiertos de Arabia, las nieves del
Himalaya, los mares de Oceanía o los barrios de París. Pero no siempre los
infractores de la ley eran carismáticos villanos profesionales. Spirit hubo de solucionar
casos mucho más reales y dramáticos protagonizados por ciudadanos normales y
corrientes que, llevados por las circunstancias, cometían un crimen por razones
bien fundamentadas –que no justificadas-, desde maridos despechados a muchachos
que entraban en el lumpen a temprana edad.
En muchas de esas aventuras, al héroe le
acompañaba su amigo y ayudante incondicional: Ebony White, un muchachito
lustrador de zapatos y raza negra lleno de sueños y fantasías. Desde su
aparición a finales de los años 30 del pasado siglo, los comics norteamericanos
de justicieros (fueran superhéroes o no) reflejaron en sus historias las
tendencias sociales de su época. Pero en aquellos años de su andadura, los
afroamericanos parecían no existir en las ficciones. La segregación los hacía
invisibles para los blancos, incluidos los comics. Y cuando en sus páginas
aparecían personajes de raza negra, consistían en nefastos estereotipos, con
grandes ojos saltones, labios exagerados, un acento horrible, asustadizos,
serviles, dependientes de sus benefactores caucásicos… todo ello dirigido a despertar
una sonrisa condescendiente en los lectores blancos. “Spirit” no fue una
excepción. La portada de su número 1, fechado en 1944, prometía “acción, emociones y risas”, y éstas
últimas corrían a cargo de Ebony, caminando nerviosamente por el cementerio de
Wildwood pegado a su mentor y protector, el blanco Spirit.
A partir del 13 de octubre de 1941 y hasta el
11 de marzo de 1944, se publicó una versión en tira de prensa de “The Spirit”, independiente
de las historias del encarte dominical, aunque éste siguió existiendo
simultáneamente. En 1942, con la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra
Mundial, Eisner fue reclutado y su personaje continuado por los profesionales
que se había ocupado de ir contratando y entre los que se contaban Lou Fine, Jack
Cole, Alex Kotsky, Fred Kida, Joe Kubert, Wally Wood, Jerry Grandenetti o Bob
Powell, y los guionistas Manly Wade Wellman y Bill Woolfolk. La serie, en otras
manos y con un aproximación diferente, perdió frescura y entró en una senda
rutinaria y predecible.
Eisner fue desmovilizado en el otoño de 1945 e inmediatamente reclamó que se le devolviera su creación. Su primera historia posbélica apareció en diciembre de ese año y se tituló, muy apropiadamente, “The Christmas Spirit”. Y aquí es donde comenzó la etapa verdaderamente gloriosa del personaje.
Porque, pese a las pretensiones iniciales de
Eisner, lo cierto es que las historias de “The Spirit” que había realizado
antes de la guerra han envejecido bastante mal, tanto en sus argumentos como en
su dibujo. Los primeros parecen sacados de la literatura pulp menos inspirada y
el segundo adolecía de cierta rigidez y esquematismo aun cuando era evidente
que el autor trataba de ofrecer soluciones compositivas originales y
experimentar con la gramática visual.
Pero Eisner, que en el ejército había desempeñado labores de dibujante y escritor, regresó a su carrera artística con un temperamento más reflexivo y esto halló reflejo en las historias que escribía y dibujaba, mucho más refinadas temática, narrativa y gráficamente que en la etapa anterior. Eisner tenía ganas de explorar los límites del arte secuencial –término, por cierto, acuñado por el propio Eisner en 1985- y, como era su propio editor y propietario del personaje, no había nada ni nadie que se lo impidiera.
Fueron los comics de esta etapa los que
dejaron una huella imperecedera en el medio e hicieron avanzar su lenguaje
varias décadas, convirtiéndose en un paradigma de expresividad gráfica,
síntesis narrativa y hallazgos visuales. Descrito como el “Ciudadano Kane” de
los comics, se ha dicho que “The Spirit” tuvo una influencia directa en esa
película que rodó Orson Welles en 1941 (y, al contrario, del trabajo de ese
cineasta también bebieron muchos artistas de comic, incluido Eisner).
Hasta el nacimiento de “The Spirit” en 1940
los comics habían sido básicamente dibujos colocados en una secuencia lineal. Semana
a semana, Eisner transformó el lenguaje del medio experimentando con la
iluminación, los encuadres, la composición de página, el tratamiento del tiempo
y el espacio o innovaciones como la incorporación del logo de Spirit de la
primera página a los escenarios en vez de colocarlo al margen; o la integración
de las onomatopeyas en el discurso narrativo. Podemos encontrar en sus planchas
collages fotográficos, juegos tipográficos y de rotulación, angulaciones
forzadas, visión subjetiva, raccords espaciales y temporales, flashbacks, edificios
cortados en sección, historietas sin palabras, planos fijos, montajes
simultáneos, rotura de la viñeta clásica, travellings, utilización de poemas,
programas de radio, películas postales, villancicos o canciones, rotura de la
cuarta pared y de la linealidad narrativa… Eisner se negó a encasillarse en una
fórmula predecible y dirigió su mirada en todas direcciones para encontrar
herramientas, recursos, enfoques, géneros e ideas que le permitieran contar la
siguiente historia de una forma distinta y original. Y todo ello con un dibujo
en continua mejora, extraordinariamente expresivo, detallado y fluido que
dotaba de atmósfera a los entornos urbanos y de vida, movimiento, personalidad
y, sobre todo, humanidad a cada una de las figuras.
Renunciando al exotismo dominante en otras
series contemporáneas (ya fuera el espacio exterior, las selvas africanas o la
Inglaterra artúrica), Eisner, bebiendo de las tradiciones del teatro yiddish,
empezó a construir en “The Spirit” un cajón de sastre temático y estético. Cada
episodio de siete páginas encapsulaba una historia autocontenida, pero el
encadenamiento semanal de todas ellas denotaba un ritmo muy especial, una
cadencia que evocaba no tanto la narrativa en prosa como la poesía. Aspirando a
un lector más maduro y sofisticado que el típico de los comic books (y que él
definió como “un cretino de diez años de
Kansas City”), incorporó profundos y emotivos análisis de personajes,
ramalazos de fantasía, ciencia ficción y fábulas morales sobre un marco de
historias policiacas que versaban sobre la justicia, el castigo, la venganza,
el odio, el amor y los siete pecados capitales.
A diferencia de la Metrópolis de Superman o la
Gotham de Batman, urbes semifantásticas que simbolizaban el progreso, Central
City, un trasunto de la Nueva York de los años 40, era un escenario siniestro,
sucio, casi siempre lluvioso y nocturno, amenazador e incluso agresivo, que
tenía vida propia y que servía de catalizador para muchos de los dramas en los
que Spirit se veía envuelto, tanto criminales como estrictamente cotidianos,
protagonizados por un rico y variopinto catálogo de personajes que a menudo le
dejaban en segundo plano y el tono de cuyas historias oscilaba entre lo cómico y
lo trágico, lo enternecedor y lo despiadado, pero siempre dotadas de una gran
humanidad y un sentido del humor ligero y respetuoso que permitía digerir
incluso las escenas a priori más desgarradoras. Respetando el limitado formato
de siete páginas, Eisner supo ofrecer en tan corto espacio una gran variedad de
argumentos que iban desde lo costumbrista a lo criminal, de la fantasía al
romance, del terror a la sátira, de la parodia a la aventura exótica, de la
crítica social y política a la tragedia; de la ciencia ficción al melodrama. Y
todo ello con un nivel de calidad que iba desde lo correcto a lo magistral,
estando algunas de esas historias consideradas hoy como seminales en la
historia del medio.
A partir de 1950, Eisner, cansado del
frenético ritmo de trabajo y deseoso de explorar otro tipo de historias en las
que un justiciero enmascarado no tenía cabida, fue desvinculándose cada vez más
del dibujo y el guion de su personaje, cediendo las tareas a otros
profesionales como Wally Wood, Tex Blaisdell, Klaus Nordling, Al Wenzel o Jules
Feiffer. La serie, privada del talento, creatividad e inquietud de su creador,
fue deslizándose hacia lo irrelevante no sin antes disfrutar de un último
estallido de gloria cuando Eisner regresó a su personaje el 27 de julio de 1952
para contar una aventura en la que Spirit viajaba nada más y nada menos que
hasta la Luna y que fue dibujada por Eisner ayudado por un Wally Wood en pleno
dominio de su arte sobre textos de aquél y Jules Feiffer.
En su momento de mayor éxito, “The Spirit” fue
comprado por veinte periódicos para su edición dominical y tuvo un público
lector de más de cinco millones de personas. Teniendo en cuenta las dimensiones
del mercado americano, su recorrido no puede calificarse como triunfo
arrollador. Basta compararlo con los quinientos periódicos que publicaban las
series de Alex Raymond, Harold Foster, Milton Caniff o Al Capp. Y, sin embargo,
es “Spirit” el que ha ejercido sobre el medio una mayor y más duradera
influencia.
Como encarte de acompañamiento a los periódicos, “The Spirit” llegó al final de su andadura el 5 de octubre de 1952, al mismo tiempo que la odisea lunar del personaje. Dejando al margen que los intereses de Eisner ya eran otros, fue un momento en el que los comics de aventura y acción empezaban a perder fuelle. Sin embargo, Spirit no fue ni mucho menos olvidado y su “espíritu” pervivió en la mente y el corazón de un reducido pero comprometido núcleo de aficionados, que propiciaron la reedición de sus aventuras en formato de comic book o revistas. Ya en 1942, la editorial Quality Comics empezó a reimprimir la serie tanto en su antología “Police Comics”, donde permaneció hasta 1950, como en “The Spirit”, lanzado también ese año y que totalizó 22 números hasta 1950. Fiction House fue la siguiente en reeditar al personaje en su propio comic-book en 1952, llegando al número 5 en 1954.
Después de eso, hubo que esperar doce años
para que el personaje experimentara un renacimiento. Cuando el New York
Herald-Tribune, en 1966, lo recuperó para una aparición puntual, se abrieron
las puertas para la completa y general reivindicación del personaje y su
creador. Harvey Publications lanzó “The Spirit” en 1966 y, aunque sólo duró dos
números, incluyó el primer trabajo nuevo que Eisner realizó para su personaje en
diez años. La primera de esas historias presentaba un origen revisado de Spirit
que incluía a Octopus.
En 1976, Warren Publishing lanzó una revista en blanco y negro, “The Spirit”, con reediciones del material clásico. En 1983, Kitchen Sink recuperó la revista como una colección de 87 números que finalizó en 1987. Desde entonces, Spirit ha sido una de esas privilegiadas creaciones que ha disfrutado casi ininterrumpidamente de reediciones de su material clásico en diversos formatos, desde los más accesibles a volúmenes lujosos, además de admitir de vez en cuando nuevas interpretaciones de su figura por parte de autores de prestigio, como Alan Moore, Neil Gaiman, Kurt Busiek, Jordi Bernet, Dave Gibbons, Brian Bolland, Daniel Torres, John Wagner, Mike Allred, Paul Chadwick, …
“The Spirit” es una obra seminal del comic y, como tal, lectura obligatoria para cualquiera que esté interesado en el medio y su lenguaje. Tal y como han reconocido muchos otros maestros de los más diversos estilos, desde Frank Miller a Richard Corben pasando por Robert Crumb, sus páginas son no sólo una auténtica enciclopedia de los recursos que ofrece el medio, sino una muestra de cómo fundir a la perfección una historia y su dibujo. Aun en el caso de que a partir de los años 70, Eisner no hubiera seguido dando al medio más obras maestras –en un registro muy diferente, pero de nuevo auténticos recitales de creatividad desbordante con los que volvió a reinventar el comic-, “The Spirit” ya le habría brindado un lugar entre los más insignes autores de la historia de las viñetas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario