En mayo de 2008, Marvel estrenó con enorme éxito la primera película de su nuevo universo cinematográfico, “Iron Man”. Como era de esperar, la compañía apostó fuerte por ese proyecto y resulta lógico que se dispusieran a rentabilizar al máximo la apuesta y lo utilizaran para impulsar al personaje en una nueva colección, la segunda, titulada “Invincible Iron Man” (la otra era “Iron Man: Director de S.H.I.E.L.D.) y que debutó en el mes de julio de la mano del guionista Matt Fraction y el dibujante Salvador Larroca.
El intento de atraer a un nuevo lector que hubiera tenido
su primer contacto con Marvel a través de las películas se hace evidente en la
elección de Larroca para ilustrar la colección, cuyo estilo fotorrealista –y el
color demasiado saturado de Frank D´Armata- acercaba esas páginas a las
imágenes de una película. Ahora bien, la tarea del guionista era más espinosa. El
director Jon Favreau y el actor Robert Downey Jr habían creado un personaje
para la película, un vendedor de armas reconvertido en guerrero de la paz, que
se parecía poco al Tony Stark contemporáneo que podía verse en los comics, a
quien el guionista Mark Millar había transformado en el peor villano de la casa
durante “Civil War” y su continuación. Fraction empezó a trabajar en el guion
antes siquiera de que se hubiera lanzado el primer tráiler de la película, pero
aun así su visión del personaje y la del film hablan con una voz parecida.
Lo que hizo Fraction para el primer arco de la nueva
colección, titulado “Las Cinco Pesadillas”, fue adoptar ciertos elementos de la
película para rebajar el perfil manipulador y oscuro del Stark de los comics en
ese momento y aumentar su carisma (conforme la colección progresara, esta
deriva hacia la “versión Downey Jr” se haría aún más patente). También le dio
mayor relevancia al personaje de Pepper Potts y su affaire romántico, así como
se recuperaba a James Rhodes como buen amigo y confidente.
En el primer episodio de la colección, encontramos al Tony
Stark ejecutivo carismático con corazón de acero que compagina actividades tan
diversas –y, cualquiera puede ver, en conflicto mutuo de intereses- como
director de S.H.I.E.L.D (cargo que obtuvo en “Civil War”), superhéroe y
propietario y gestor de Industrias Stark. El arco toma su nombre de las cinco
pesadillas que él va describiendo a lo largo del capítulo, empezando por su
alcoholismo (un conflicto que no podría haber sido incorporado a la película
sin hacer que toda ella pivotara sobre él pero que Fraction puede abordar con
mayor comodidad al tener a su disposición cientos de páginas) y terminando por
el abaratamiento de la tecnología que él mismo diseñó años atrás y que ahora es
accesible para mucha gente en la que él no puede confiar.
Y es que lo que distingue a Tony Stark de la inmensa mayoría de otros superhéroes es que, tanto como una fuerza del Bien, Iron Man es el símbolo superheroico del complejo militar-industrial norteamericano y la fuerza del mercado y la libre empresa. Su armadura es el producto de una investigación privada y, por tanto, propiedad personal de su creador. Pero también es un invento que puede ser desmontado, vendido, estudiado y replicado. A diferencia de Spiderman o el Capitán América, cada vez que Stark se mira en el espejo recuerda que su maravillosa armadura podría un día escapar a su control, que alguien podría copiarla. En otras palabras, el tráfico de armas ya no pertenece exclusivamente a un grupo de industriales poderosos y gobiernos sino también a pequeños grupos independientes y fanatizados.
Stan Lee sugirió una vez que el concepto nuclear que
conforma el personaje fue un experimento un tanto extravagante. En plena guerra
de Vietnam, debió haber parecido muy provocador coger a un fabricante de armas
multimillonario y convertirlo en estrella de su propia serie mensual. Es fácil
etiquetar a Stark como “fascista” o “títere de los poderosos” porque, en cierto
modo, lo es. En lugar de compartir el conocimiento y el poder, se aferra a él y
lo mantiene alejado de los demás. Y ahí reside la tragedia del personaje: en
principio, sus actos son egoístas e incluso abominables, pero también
pragmáticos y justificables. Claro que su tecnología podría hacer mucho bien si
la compartiera, pero en malas manos, sería terriblemente nefasta.
Ese es uno de los rasgos más fascinantes del personaje y
que más debates interesantes puede suscitar en relación a la investigación y
proliferación armamentística. Esto lo hizo en su momento tan políticamente
relevante como la etapa contemporánea de Ed Brubaker en “Capitán América” y le
insufló una nueva vida al personaje, devolviéndole actualidad e importancia.
Las escenas con terroristas suicidas que utilizan la tecnología Stark son
duras, pero ajustadas al contexto de la actualidad. Al fin y al cabo, lo que
hace el terrorismo moderno es servirse de retales de tecnología armamentística
occidental para producir sus propias versiones, más baratas pero igualmente
letales.
El villano de esta primera historia es Ezekiel Stane, hijo de Obadiah Stane (principal adversario de Stark en la película), quien, como venganza por la derrota de su padre, asume la misión de desmantelar los logros empresariales de Stark y destruir a Iron Man, triunfando allí donde su padre no pudo. En este sentido, “Las Cinco Pesadillas” bien podría leerse como una suerte de segunda parte de la película de 2008.
Stane consigue hacer realidad cuatro de esas cinco pesadillas en el curso del arco argumental. De alguna forma, Stane es la versión más joven, amargada y despiadada de Stark. Su genio con la tecnología es igual al de su némesis y utilizando tecnología Iron Man adquirida en el mercado negro, desarrolla una nueva generación de armas que fusiona al hombre con la máquina. Junto a su amante, Sasha, utilizará esa invención para atacar a Stark y Potts golpeándoles donde más les duele y causando multitud de víctimas inocentes.
Stark simboliza el futurismo, el arte de adivinar y hacer
realidad el mañana. Sin embargo, él siempre ha mantenido una delicada relación
con su invento señero, la armadura de Iron Man. Para Stark, la clave reside en
encontrar el equilibrio entre la mente humana y la tecnología. Por el
contrario, Stane, defensor de otro tipo más siniestro de futurismo, cree en la
fusión hombre-máquina. Literalmente, ha convertido su cuerpo en una máquina de
matar (Sasha compara la pasta de la que se alimenta con aceite de motor). Esa
relación hombre-máquina es inestable y peligrosa. En un momento determinado,
Stark describe a Stane como “el futuro de “Iron Man, la auténtica síntesis
entre hombre y máquina”. Pero no es un futuro con el que Stark pueda sentirse
cómodo y así, en la conclusión, dispara un pulso electromagnético que apaga
tanto su armadura como el constructo biotecnológico que es ahora el cuerpo de
Stane, venciéndole en un brutal combate cuerpo a cuerpo. Stark entiende la
armadura como una “mera” herramienta, no una mejora. Puede prescindir de su invento,
no depende de él; Stane sí del suyo porque no puede separarse ya de él y eso es
lo que le lleva a la derrota.
Los seis números de que consta “Las Cinco Pesadillas”, por
tanto, conforman el primer gran conflicto de la nueva serie, relacionado con la
evolución de la tecnología y el armamento, un tema que se abordará en el resto
de la colección varias veces de forma más o menos directa. Stark gana, pero lo
acontecido aquí quiebra el statu quo: ha de reconstruir su empresa desde los
escombros en la que la ha convertido Stane; y Pepper Potts sobrevive a uno de
los ataques de Stark sólo gracias al implante de un disco repulsor en su pecho
que le otorga poderes (en un poco sutil simbolismo, podría decirse que los dos
comparten ahora corazón).
Fraction también nos presenta al Stark más humano, el que esconde sus tormentos bajo una fachada de playboy multimillonario. “¿Ahora bromeas?” le pregunta Maria Hill en un momento determinado, a lo que él responde honestamente “Es eso o empezar a llorar”. El guionista consigue construir algo interesante a partir de ese revoltijo que había sido “Civil War” y empezar a cicatrizar la profunda herida que le había causado ese evento a Tony Stark como personaje. En esta su etapa con Iron Man, presenta al inventor expiando sus recientes errores y felonías pero sin forzarle a disculparse o admitir su culpa. Son unos números que pretenden redimir a Tony Stark y reconstruirle como fuerza del Bien en el Universo Marvel.
La saga se cierra con un número, el 7, que hace las veces
de epílogo y que tiene a Spiderman de estrella invitada. Es una pequeña
historia team-up que sirve para subrayar lo que separa y une ambos personajes.
El “mefistazo” de “One More Day” no estaba todavía muy alejado en el tiempo (se
acabó de publicar en diciembre de 2007) pero los problemas de continuidad que
generó aquél evento son fáciles de ignorar y, de hecho, si no se está muy al
tanto de la reciente historia común de ambos superhéroes, este episodio se
puede entender sin dificultades.
Pero no todo son aciertos en este comic. Como concepto, puede merecer una extensión de seis episodios: terrorismo internacional, venganzas personales, un enemigo tan inteligente y poderoso como Iron Man, tráfico de armas… Es en su ejecución donde tropieza. A pesar de la tontorrona simplicidad de algunas de las viejas historias de Spiderman o Daredevil en los sesenta y primeros setenta, Stan Lee a menudo ideaba giros y sorpresas que permitían ampliar la historia y esperar con ganas el siguiente episodio. “Las Cinco Pesadillas” no ofrece demasiado de esto. Las pocas “revelaciones” que contiene están mal administradas y no generan la sorpresa dramática que sería deseable.
Por otra parte, hay agujeros en la trama, por no hablar de
que algunas ideas no son ni mucho menos nuevas (“La Guerra de las Armaduras” ya
abordaba el tema del mal uso de la tecnología Iron Man). La motivación de Stane
es poco clara. En principio le mueve la sed de venganza por la derrota de su
padre a manos de Stark, pero a la hora de la verdad lo menciona poco e incluso
se permite despreciar su memoria (“Mejora eso, papá”, murmura en cierto
momento). Stane parece existir menos como personaje que como metáfora de la
brutalidad del terrorismo internacional, pero tampoco acaba determinándose si
se mueve por ideología (como sería el caso de un terrorista), es un mercenario…
o simplemente el típico villano de comic-book buscando vengarse del héroe de
turno.
Además, y esto es una opinión personal, un Tony Stark
director de S.H.I.E.L.D no parece ser algo que case bien con el personaje que
siempre hemos conocido. Aunque dirigir una corporación industrial y una
organización internacional de espionaje parecen actividades similares, no lo
son ni mucho menos. Cuando se describe a Stark como el hombre más inteligente
del mundo, es tan vago como hiperbólico. En todo caso, podríamos calificarle
como el inventor más brillante del Universo Marvel (seguido de cerca por Reed
Richards, de los Cuatro Fantásticos, que también es el científico más genial),
pero eso no le convierte automáticamente en el hombre más inteligente del mundo
y no lo capacita para dirigir una organización como S.H.I.E.L.D. Al ocupar ese
puesto, Stark pierde parte de esa humanidad que había sido la piedra de toque
de la revolución Marvel en los años 60. Iron Man es un personaje que puede ser
tan interesante vestido de Armani como de armadura, pero esta nueva dirección
le priva de su vertiente “civil”. Incluso la tecnología de su traje se ha
alterado para hacerlo todavía más poderoso, menos, digamos, humano. Antes,
Stark era vulnerable sin su armadura; ahora, ésta lo envuelve en un pestañeo e
incluso llevando un smoking nada tiene que temer.
Pese a su talento para dibujar tecnología futurista (y esto
no es poca cosa en un comic como Iron Man), el dibujo de Salvador Larroca y
Frank D´Armata puede ser algo indigesto y no está al nivel que el dúo alcanzará
un poco más adelante en la serie. El principal problema aquí es que la
utilización de fotografías y personas del mundo real para encarnar ciertos
personajes (el más llamativo es el actor Eduardo Noriega como Stane) tiende a
sacar al lector de la historia y da lugar a ciertas escenas un tanto
acartonadas, como si las figuras estuvieran posando (un problema que, por
ejemplo, también acusa Greg Land) o se retorcieran de formas poco naturales. Los
diseños de los personajes también tienen problemas. Aunque Stark y Potts mantienen
el mismo aspecto durante todo el arco, la cara de Stane se transforma de viñeta
en viñeta y María Hill, que cumple el papel de una especie de subordinada de
Stark en S.H.I.E.L.D, cambia de color de pelo y piel unas cuantas veces.
“Las Cinco Pesadillas” fue recibido con un gran entusiasmo (ganó el Premio Eisner) y se hizo merecedor de grandes abalanzas por su combinación de drama sofisticado y aventura superheroica de la vieja escuela, al tiempo que por su alejamiento de la ciénaga moral que había sido “Civil War”. Leído casi quince años después, en mi opinión no es un comic rompedor ni imprescindible (no está al nivel de, digamos, “El Demonio en la Botella”). Pero sí es entretenido y sólido en su tratamiento de Tony Stark. Y, sobre todo, cumplió su objetivo a la hora de renovar al personaje y ofrecer una versión actualizada del mismo que pudiera conectar con los nuevos lectores atraídos por lo que habían visto en la película.
No hay comentarios:
Publicar un comentario