8 nov 2026

1994- LOS MUNDOS DE ALDEBARÁN - Léo (3)




(Viene de la entrada anterior)

 

Aunque la aventura constituye el motor de estos cinco primeros álbumes de “Aldebarán”, el cómic la utiliza para explorar varios temas que van adquiriendo importancia a medida que avanza la narración. Léo se sirve de un viaje por un planeta alienígena colonizado para plantear cuestiones que tienen bastante que ver con nuestra propia sociedad. No necesita recurrir a una civilización de seres extraterrestres para hablar de los problemas humanos. Le basta con trasladar a un grupo de personas a un lugar donde las condiciones de vida son algo diferentes.

 

La cuestión ecológica es, probablemente, el aspecto más interesante de la obra. Aldebarán no es un planeta hostil en el sentido habitual del término. Su clima es benigno y buena parte de sus paisajes podría resultar familiar a cualquier habitante de la Tierra. Sin embargo, su fauna y su flora presentan características que los colonos, en muchos casos, desconocen y que pueden convertir una excursión aparentemente inocua en una experiencia mortal. Léo invierte de esta forma una perspectiva bastante habitual en la ciencia ficción. Aquí, el ser humano no llega a un planeta para transformarlo a su conveniencia, sino que debe aprender a convivir con un ecosistema que existía mucho antes de su llegada. La Naturaleza no está a su servicio y tampoco tiene obligación alguna de adaptarse a sus necesidades. La Mantriz representa la expresión más acabada de esa idea. Su presencia obliga a abandonar la concepción de la vida extraterrestre como una simple colección de organismos que pueden clasificarse según criterios terrestres. Se trata de una entidad cuya inteligencia y capacidades escapan a las habituales herramientas conceptuales de la ciencia humana.

 

La relación entre los personajes y el entorno tiene también una dimensión de aprendizaje. Los científicos que aparecen en la historia se aproximan al planeta con curiosidad y respeto, mientras que las autoridades tienden a considerar cualquier fenómeno desconocido como algo que controlar y aprovechar para su propio beneficio.

 

Ahora bien, la curiosidad y respeto no son, ni de lejos, virtudes suficientes para superar los límites del conocimiento humano, que es otro de los temas presentes en la obra. Los científicos pueden observar las manifestaciones de la Mantriz, estudiar sus efectos e intentar establecer relaciones entre los distintos fenómenos que provoca, pero eso no significa que comprendan realmente su naturaleza. La criatura parece actuar siguiendo una lógica propia y casi nunca resulta posible establecer una relación de causa y efecto entre sus comportamientos y los acontecimientos que experimentan los personajes. Por ejemplo, en una de sus fases no tiene inconvenientes en disolver y digerir a todo el pueblo de Arenas Blancas, mientras que en otra identifica claramente quiénes son humanos amistosos y hostiles, decidiendo premiar a unos y castigar a los otros.

 

Aquí, como dije al principio, se hace evidente la influencia de “Solaris”. La ciencia no aparece como una herramienta capaz de resolver automáticamente cualquier misterio. En determinadas circunstancias, el investigador puede encontrarse ante algo que supera sus categorías intelectuales y que exige revisar sus propias ideas sobre la vida y la inteligencia. También podemos establecer un parentesco con el misterio del monolito de “2001: Una Odisea del Espacio” (1968). Léo es un admirador de esa película de Stanley Kubrick y comparte su interés por las entidades cuya naturaleza y motivaciones permanecen parcialmente ocultas. La Mantriz no es simplemente un animal extraordinario que espera ser descubierto, sino un enigma que obliga a los seres humanos a reconocer su propia ignorancia.

 

Otro de los temas esenciales sin los que la historia no podría funcionar es cómo podría evolucionar una sociedad privada de sus vínculos con la civilización de origen. La colonia de Aldebarán fue fundada con una tecnología avanzada, pero un siglo de aislamiento ha modificado radicalmente sus condiciones de vida. Una vez que los repuestos y nuevos métodos y procedimientos dejaron de llegar y los científicos y técnicos originales fueron muriendo por el simple paso del tiempo, los conocimientos para fabricar y mantener muchos objetos se han perdido de manera progresiva y los recursos técnicos han dejado de estar disponibles. La población ha tenido que adaptarse a vivir de una forma mucho más sencilla.

 

El autor plantea así una cuestión interesante que deberíamos tener muy presente: el progreso tecnológico no está garantizado. Una sociedad puede perder en pocas generaciones buena parte de los conocimientos que da por sentados si desaparecen las condiciones que permiten transmitirlos y aplicarlos. Y la situación no afecta solamente a la ciencia y tecnología, sino a la organización económica. Sectores primarios como la pesca y la agricultura han pasado a tener un papel central, aprovechando sus frutos de forma directa, en autoconsumo o comercio muy limitado cuantitativa y cualitativamente al haber desaparecido los medios de transporte más avanzados y tener que depender de barcos de vela, vehículos terrestres a vapor que transitan por caminos sin asfaltar y dirigibles.

 

Narrativamente, esta regresión permite combinar la aventura planetaria con elementos propios de las historias de exploración decimonónicas. Los protagonistas viven en el futuro, sí, pero se desplazan por su planeta de una manera que remite a los grandes viajes de descubrimiento del pasado. 

 

El aislamiento también ha propiciado la consolidación de un régimen autoritario que utiliza las instituciones y las fuerzas militares para controlar a la población. El fanatismo religioso aparece asociado a ese poder, especialmente a través de Algernon Loomis, una figura inquietante que representa una forma de autoridad moral estrechamente vinculada a la represión. La investigación científica tampoco disfruta de plena libertad. Los estudios sobre la Mantriz que llevan a cabo Driss y Alexa despiertan recelos porque podrían llegar a cuestionar las explicaciones oficiales y poner en peligro determinados intereses. El problema, pues, no está en la falta de inteligencia de los habitantes de Aldebarán, sino en las restricciones impuestas a quienes intentan comprender su entorno.

 

El retrato del régimen adquiere una dimensión especialmente dura en los últimos álbumes. La prohibición de la música, las desapariciones de detenidos y la subordinación de las mujeres revelan una sociedad en la que el poder pretende controlar incluso los aspectos más íntimos de la existencia. La propuesta legislativa de imponer embarazos a las jóvenes y utilizar a las presas con fines reproductivos lleva esa lógica represiva hasta un extremo perturbador que no resulta difícil relacionar con la experiencia personal del autor.

 

En 1968, tras graduarse en ingeniería mecánica, Léo comenzó a militar activamente en movimientos estudiantiles de izquierda, enfrentados a la dictadura militar instaurada en Brasil en 1964. Tres años más tarde, la represión política le obligó a abandonar el país. Se refugió inicialmente en Chile, donde permaneció hasta el golpe de Estado de Pinochet, en septiembre de 1973, momento en el que tuvo que trasladarse a Argentina. Regresó clandestinamente a Brasil en 1974, estableciéndose en São Paulo. A partir de entonces abandonó la militancia política y empezó a concentrarse en el dibujo, mudándose en 1981 a París, esta vez ya por razones profesionales. Trasladar esas experiencias a una colonia humana situada en otro planeta le permitió construir una metáfora política sin necesidad de reproducir literalmente los acontecimientos históricos.

 

Y esto nos lleva directamente a la cuestión de la expansión humana por el universo. Los primeros colonos llegaron a Aldebarán con la intención de establecer una nueva comunidad, pero el resultado dista mucho de ser una sociedad ideal. El alejamiento físico de la Tierra no ha eliminado automáticamente los problemas tradicionales que afligen a nuestra especie. Las diferencias sociales, la ambición política, el autoritarismo y el fanatismo religioso han reaparecido en el nuevo asentamiento. Los seres humanos han cambiado de planeta, pero siguen reproduciendo comportamientos que parecen inherentes a nuestra naturaleza.

 

“Aldebarán” no descansa únicamente sobre el sentido de lo maravilloso asociado al descubrimiento de los secretos de un planeta alienígena o la crítica política de una comunidad aislada. Buena parte de la narración está dedicada a desarrollar las relaciones personales y mostrar cómo cambian sus protagonistas a medida que avanza la trama. En ocasiones, los diálogos explican demasiado lo que los personajes piensan o sienten, pero esa tendencia no impide que el lector termine interesándose por sus destinos.

 

La historia comienza con dos adolescentes que, habiendo crecido en una aislada y pequeña población pesquera, apenas conocen el mundo que los rodea. La destrucción de Arena Blanca los obliga a abandonar su entorno y enfrentarse a situaciones que aceleran su maduración. El viaje se convierte así en una experiencia de aprendizaje que afecta tanto a su relación con los demás como a la percepción que tienen de sí mismos.

 

Una de las características más interesantes de la saga es que los personajes envejecen y cambian de un álbum a otro. No permanecen congelados en una edad determinada, como sucede en tantas series de aventuras. Kim, en especial, comienza siendo una niña de trece años y su evolución se prolonga durante los siguientes ciclos hasta convertirse en una mujer adulta con responsabilidades y experiencias muy diferentes a las del momento en que la conocemos, convirtiéndose en el personaje con mayor relevancia dentro de la colección más allá de este primer ciclo.

 

Al principio es una adolescente lenguaraz, de carácter rebelde y poco dispuesta a aceptar las normas que intentan imponerle. Su relación con Marc es complicada, dado que se siente atraído por él –y quien, inicialmente, corteja a su hermana mayor-, pero no sabe expresarlo. La destrucción de su pueblo la obliga a abandonar la seguridad relativa de su infancia y, a partir de ese momento, las circunstancias la empujan a enfrentarse a desafíos que no corresponden a alguien de su edad.

 

Léo evita convertir a Kim en una protagonista pasiva que se limite a acompañar al personaje masculino. Tiene iniciativa, participa en las decisiones y demuestra una capacidad de adaptación indispensable para la supervivencia del grupo. Su curiosidad científica y su interés por la Naturaleza la acercan a Alexa y Driss, al tiempo que anticipan su importancia en los ciclos posteriores. Otro de sus rasgos es la intuición. Desde el comienzo parece percibir que la llegada de los terrícolas y el restablecimiento del contacto con la Tierra están destinados a provocar un cambio decisivo en su vida. Estos presentimientos introducen una dimensión casi profética que el autor desarrollará más adelante.

 

Kim es también el personaje a través del cual Léo articula buena parte de su concepción de la heroína moderna. Su figura se inscribe en una tradición de protagonistas femeninas que contribuyeron a renovar el cómic de ciencia ficción francobelga desde finales de los años sesenta. Laureline, en “Valérian” (1967), de Pierre Christin y Jean-Claude Mézières, había demostrado que una mujer podía compartir el protagonismo de la aventura espacial en pie de igualdad con su compañero masculino, aportando inteligencia, independencia y una actitud crítica ante las situaciones que debía afrontar. Poco después, “Yoko Tsuno” (1970), de Roger Leloup, llevó esa autonomía a otro terreno al convertir a una ingeniera electrónica en el centro de relatos donde sus conocimientos científicos y su capacidad de iniciativa resultaban tan importantes como su valor.

 

Léo recoge esa herencia, pero introduce un elemento propio: la evolución de la protagonista a lo largo de su vida. Kim comienza siendo una adolescente y, conforme avanzan sus aventuras, madura, descubre su sexualidad, establece relaciones afectivas y asume responsabilidades cada vez mayores. Su trayectoria vital permite abordar cuestiones relacionadas con la autonomía femenina y la construcción de la identidad sin idealizarla ni convertirla en una heroína infalible e inmutable. A diferencia de Laureline o Yoko, cuya personalidad aparece ya bastante definida desde sus primeras aventuras, Kim es un personaje en permanente transformación. Sus experiencias modifican su manera de entender el mundo y de relacionarse con los demás, mientras sus dudas, defectos y contradicciones la alejan de cualquier modelo de perfección. Léo ha manifestado su preferencia por los personajes femeninos con personalidad propia frente al predominio tradicional de los héroes masculinos en el cómic de aventuras. Kim constituye una de las expresiones más completas de esa inclinación: una protagonista que ocupa el centro del relato por derecho propio y cuya condición de heroína no está reñida con su vulnerabilidad y humanidad.

 

Por su parte, Marc es un joven pescador que vive en Arenas Blancas cuando comienza la historia. Su carácter es más reservado que el de Kim y representa una figura más convencional. Es un joven que se ve obligado a abandonar su vida anterior y que debe aprender a desenvolverse en un mundo mucho más complejo del que conocía. Su relación con Kim aporta buena parte del componente sentimental de los primeros álbumes. Léo juega con los malentendidos, los celos y las inseguridades propias de la adolescencia, aunque evita que esa línea argumental desplace por completo la aventura principal. El salto temporal entre el segundo y el tercer álbum permite observar las consecuencias de las experiencias que han vivido ambos. Su reencuentro con Kim, como ya indiqué en el resumen de los argumentos, supone el inicio de una relación más madura, aunque ambos siguen arrastrando vacilaciones.

 

La caracterización de Alexa y Driss está menos trabajada y, de hecho, casi son intercambiables. Ambos biólogos representan la curiosidad científica frente a las restricciones impuestas por el poder. Su conocimiento de la Mantriz les proporciona una posición privilegiada dentro de la historia, aunque tampoco ellos comprenden plenamente aquello que están estudiando. La relación que mantienen con la criatura introduce uno de los aspectos más inquietantes del relato dado que parecen haber establecido una conexión con una inteligencia que los utiliza para fines desconocidos.

 

La cuestión del envejecimiento añade otra dimensión a sus personajes. Las cápsulas que reciben de la Mantriz les permiten conservar su juventud, pero esa prolongación de la vida tiene consecuencias psicológicas. La posibilidad de vivir indefinidamente no aparece como un regalo sin inconvenientes. También plantea interrogantes sobre el sentido de la existencia y la capacidad de una mente humana para soportar el paso de periodos de tiempo extraordinariamente largos.

 

La relación entre Driss y Alexa tiene, además, una función estructural. Representan una pareja más experimentada que Marc y Kim, que todavía están aprendiendo a desenvolverse en el mundo. Su experiencia anticipa el tipo de relación al que pueden llegar los protagonistas y establece un vínculo entre las generaciones.

 

Del resto del reparto, en cuanto a carisma cabría quizá destacar sólamente a Pad, un anciano astuto, caprichoso y bastante poco fiable, capaz de robar a quienes acaba de conocer y de aparecer después para ayudarlos cuando más lo necesitan. Su comportamiento resulta imprevisible, pero tiene un encanto que evita que se convierta en un simple personaje cómico. Sus intervenciones aportan humor y rompen en ocasiones la tensión de una narración que, por lo demás, incluye pasajes bastante sombríos.

 

El dibujo de Léo tiene una personalidad reconocible, aunque no sea precisamente un autor que destaque por la experimentación formal. Su estilo se inscribe en la tradición figurativa del cómic europeo, con una narración visual clara y una composición de página que privilegia la comprensión de la acción por encima de las virguerías estilísticas. Su manera de dibujar suele describirse como una variante realista de la línea clara francobelga porque sus figuras están delimitadas por contornos limpios y sobrios, aunque sí añade sombras y detalles que dan mayor volumen a los rostros y escenarios.

 

Los personajes están representados de forma sencilla, con anatomías y expresiones faciales principalmente funcionales. No hay una búsqueda especial de dramatismo en los rostros ni una estilización que les dote de una expresividad intensa. En ocasiones, incluso pueden resultar algo rígidos y sus rasgos tienden a parecerse demasiado entre sí. Sin embargo, esta aparente sencillez contrasta con la imaginación que Léo despliega cuando debe representar el planeta y su ecosistema.

 

Aldebarán tiene una apariencia cálida y tropical. Abundan las costas, zonas boscosas, grandes espacios naturales y paisajes húmedos. Hay una voluntad clara de alejarse de la iconografía habitual de la ciencia ficción espacial, dominada tantas veces por superficies rocosas, desiertos y ciudades metálicas. Esa elección tiene mucho que ver con los recuerdos de infancia del autor. Léo explicó que quería trasladar a sus páginas ambientes que para él eran cotidianos, pero que podían resultar exóticos para un lector europeo. El paisaje brasileño le proporcionaba una referencia reconocible desde la que construir un mundo diferente.

 

También es interesante la arquitectura de los asentamientos humanos. Las viviendas y poblaciones no parecen formar parte de una civilización tecnológica avanzada. Tienen un aspecto más próximo al de comunidades rurales o pequeñas localidades costeras: edificios de pocas alturas, presencia abundante de vegetación, calles anchas, fachadas blancas… todo lo cual refuerza la sensación de aislamiento y ayuda a establecer la personalidad del planeta. Y como decía antes, el diseño retro de los objetos cotidianos y medios de transporte contribuyen a esa impresión.

 

La fauna constituye, probablemente, el mayor logro gráfico de la obra. Léo disfruta inventando animales y organismos que parecen proceder de una evolución completamente diferente a la terrestre. Sus referencias a los insectos, peces abisales y criaturas prehistóricas se mezclan y traducen en seres de anatomías sorprendentes. Algunos tienen dimensiones gigantescas; otras poseen inquietantes mecanismos de defensa o de ataque. No siempre es posible reconocer a qué tipo de animal terrestre podrían parecerse, y ese es precisamente parte de su atractivo.

 

La Mantriz es el ejemplo más destacado. Su diseño evita la representación convencional del monstruo marino y busca transmitir la sensación de estar ante algo que no pertenece a ninguna categoría zoológica conocida. Su presencia resulta desasosegante porque el lector no termina de comprender qué está viendo ni cuáles son sus verdaderas capacidades. También merece atención la variedad de criaturas que aparecen durante la expedición por los pantanos. Los teodoros, los gregorios y otros organismos que pueblan Aldebarán contribuyen a la sensación de que estamos ante un ecosistema completo y no ante una colección de monstruos inventados para resolver situaciones concretas del argumento.

 

La imaginación de Léo no se limita a diseñar animales espectaculares. También procura que sus características físicas parezcan coherentes con el entorno donde viven. Los organismos tienen formas, comportamientos y mecanismos de defensa que sugieren una adaptación a las condiciones del planeta. Incluso cuando sus capacidades resultan extravagantes, el dibujo consigue transmitir cierta verosimilitud. En este sentido, Léo consigue algo que no resulta sencillo en el cómic de ciencia ficción: hacer que el lector tenga curiosidad por seguir descubriendo animales y plantas de un mundo imaginario.

 

La narración puede resultar demasiado pausada, especialmente cuando el autor dedica varias secuencias a desarrollar conversaciones o desplazamientos. En algunos momentos, el argumento pierde algo de intensidad porque los personajes parecen dar vueltas sobre los mismos problemas sentimentales o personales, pero esa impresión cambia a medida que avanza la serie. Los dos primeros álbumes tienen un ritmo propio de viaje, con una sucesión de encuentros y situaciones que permiten ir descubriendo el planeta y contextualizando a los personajes. En los tres últimos, la narración se concentra mucho más. “La Foto” transcurre en dos días, “El Grupo” en uno y “La Criatura” en tres. La trama adquiere así mayor tensión sin perder claridad. Léo consigue manejar un reparto amplio y mantener al lector informado en todo momento sobre la posición de cada personaje. Como apunté antes, la distribución de las viñetas es funcional y evita que los recursos gráficos distraigan de los acontecimientos.

 

Hay que hacer mención especial al color, sin duda uno de los aspectos más atractivos del trabajo gráfico de Léo. Su paleta es vibrante y cálida, con tonos que realzan la vegetación, las aguas y las diferentes atmósferas del planeta. Los espacios abiertos tienen una presencia magnífica y el color ayuda a distinguir los distintos entornos naturales. El resultado es especialmente eficaz en las escenas exteriores porque puede que Léo no sea un dibujante especialmente llamativo en cuanto a la representación de los personajes (él mismo ha reconocido su admiración por Moebius, aunque también sus limitaciones a la hora de alcanzar la fluidez y la capacidad de caracterización del maestro francés), pero sabe cómo construir un paisaje y dotarlo de una atmósfera determinada. El planeta parece existir más allá de las necesidades inmediatas de la historia.

 

También resulta interesante la información complementaria que acompaña a los álbumes. Los datos sobre geografía, clima y biología ayudan a establecer una relación entre los ecosistemas terrestres y el mundo imaginario. Estos elementos refuerzan la impresión de que Aldebarán ha sido concebido con cierta coherencia y no como un simple decorado.

 

“Aldebarán” es, en resumen, una obra que recupera con acierto una de las grandes tradiciones de la ciencia ficción: la exploración de mundos desconocidos. Su autor no necesita recurrir a grandes batallas espaciales ni a complejas civilizaciones alienígenas para mantener el interés. Le basta con presentar un planeta que, a primera vista, nos es familiar, pero que esconde una Naturaleza cuyas reglas todavía están por descubrir. Las objeciones que he indicado no impiden ni mucho menos apreciar lo que Léo consiguió con su primer gran proyecto personal. “Aldebarán” tiene una personalidad reconocible y, sobre todo, transmite auténtica curiosidad por el mundo que presenta. Y precisamente eso es lo que le amerita para ocupar un lugar destacado dentro del cómic europeo de CF. Su lectura deja la sensación de que todavía quedan muchas cosas por descubrir y que el planeta no se agota cuando termina la última página.

 

El éxito de este primer ciclo le permitió a Léo continuar la historia con “Betelgeuse” (2000-2005), que recuperaría a varios de los personajes y trasladaría la aventura a otro planeta. Pero de esto hablaremos en la siguiente entrada.

 

(Continúa en la siguiente entrada) 

 

 

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