El 15 de octubre de 1905, los lectores del suplemento dominical del “New York Herald” pudieron disfrutar por primera vez de “Little Nemo in Slumberland”, un comic a página completa a color creada por Winsor McCay. Cada semana, el joven Nemo viajaba en sueños a un mundo surrealista rebosante de maravillas como invitado del Rey Morfeo para jugar con su hija, la Princesa. Estas historias, dibujadas con un estilo claramente influido por el art nouveau, solían terminar con el niño protagonista cayéndose de la cama o siendo despertado por sus padres para ir a la escuela.
McCay publicó la
tira en el “Herald” hasta 1911, momento en el que pas
ó al “New York American”
de William Randolph Hearst bajo el título “In the Land of Wonderful Dreams”, hasta
1914. En 1924, la revivió en el “New York Herald Tribune” hasta su conclusión
en 1927, totalizando más de 500 páginas.
Hoy en día, la
obra de McCay está reconocida como uno de los primeros ejemplos de
experimentación formal en el cómic. Elogiado por el prodigioso uso de la forma,
el color, el ritmo, la perspectiva, el detallismo arquitectónico, el estilo de
sombreado o el manejo sincronizado de los tiempos y espacios, McCay influyó
enormemente en el cine de animación y en autores
posteriores de la altura de Robert
Crumb, Moebius, Mattoti o Art Spiegelman. No hay lector ni autor de comics que
se precia de tal que desconozca “Little Nemo”.
Uno de esos creadores que se sintió tan fascinado como inspirado por el trabajo del genial McCay fue un belga llamado Frank Pé, que se hizo profesional a los 19 años en la revista “Spirou”. Desde los años 80, se labró una reputación de gran artista y, en concreto, por su maestría en el dibujo de animales –él mismo criaba reptiles y colaboró en diversos proyectos con zoológicos-, una predilección y talento que se evidencia en obras tan sobresalientes como “Zoo” (con guion de Philippe Bonifay) o “La Bestia” (una historia del Marsupilami junto al guionista Zidrou), además de en su serie “Cabelloloco”.
Y en 2014, ya sintiéndose
seguro de sus capacidades y más que bien asentado en la industria, decide
atreverse a dar su propia versión del gran clásico. No fue el primero en
hacerlo. En 1984,
por ejemplo, el italiano Vittorio Giardino lo hizo en su
“Little Ego”, aunque incorporando una protagonista femenina y dándole un cariz
erótico. Y, curiosamente, aquel mismo año 2014, aparecieron en Estados Unidos
otros dos comics homenaje a la obra de McCay: “Little Nemo: Return to
Slumberland”, de Eric Shanower y Gabriel Rodríguez, publicada por IDW, en la
que el personaje es traído al siglo XXI aunque respetando la estética clásica;
y “Little Nemo: Dream Another Dream”, de Locust Moon Press, un espectacular
libro de gran formato donde más de un centenar de autores contemporáneos
reimaginaron la obra clásica (Paul Pope, Bill Sienkiewicz, J.H. Williams III, Craig
Thompson, Peter Bagge, David Mack…).
Obviament
e, Frank
Pé tenía que, por una parte, actualizar el tono, estilo y temas del original
para que sintonizara mejor con las nuevas generaciones de lectores; y, por
otra, encontrar la forma de ajustarlo a sus propias sensibilidades. Si bien
gran parte del volumen que resultó de ese esfuerzo demuestra el compromiso de
Pé con la visión de McCay, algunas alteraciones bastante sustanciales terminan
por restarle a su versión cierta autenticidad. Algunos de esos cambios son sin
duda necesarios, casi podríamos decir obligatorios; otros, sin embargo, son
desconcertantes.
Si bien las tiras
siguen (en su mayoría) la misma estructura de eventos disparatados
que ocurren en
el mundo de los sueños antes de ser interrumpidos por el repentino despertar de
Nemo, Pé modifica la idea presentando las aventuras de Nemo como ensueños, no
de Nemo, sino del propio McCay. En algunos casos, incluso toma prestada ideas
de otra famosa tira firmada por él, “Pesadillas de un Glotón” (1904-1911), al
mostrar a McCay preguntándose qué causó tales divagaciones mentales.
Por otra parte, las
historias de McCay eran de una página y autoconclusivas, pero mantenían entre
sí una continuidad. En cambio, Pé enlaza en ocasiones varias planchas o crea
historias de diferente extensión, pero no existe una ligazón argumental de
principio a fin. Las casi 80 páginas de comic e ilustración que componen el
álbum fueron creadas a lo largo de varios años y con distintos propósitos. De
hecho, alrededor de una docena de planchas se realizaron expresamente como
piezas independientes para diferentes exposiciones y festivales de cómic como
los de Bru
selas, Cherburgo o Estrasburgo. Esto significa que siguen formatos,
extensiones y ritmos diferentes, y se centran alternativamente en la historia o
en el arte. Es, más bien, una combinación de antología y cuaderno de detallados
bocetos. Las historietas abarcan desde lo ingenioso y divertido hasta lo
caprichoso, lo metatextual y lo simplemente bello, pero el conjunto carece de
unidad o coherencia.
Otro punto en común con la obra de McCay son las numerosas criaturas fantásticas, míticas y surrealistas con las que Frank Pé puebla sus páginas. El norteamericano era famoso por su interés en la creación de criaturas juguetonas de lo más peculiares además de por su gusto por los animales reales. En sus viñetas solían aparecer elefantes, leones, osos polares, etc. El artista belga hereda esa pasión, asegurándose de que casi todos los episodios del álbum presenten animales reconocibles o nuevas criaturas extraídas de un surrealista bestiario (elefantes rosas, albinos o turquesa, tigres que ríen y lloran al tiempo, híbridos imposibles…) que siempre añaden una enorme belleza a la narración.
Es innegable que “Little
Nemo” es un comic visualmente maravillo
so, un deleite para la vista del lector,
al que le cuesta pasar página y dejar de contemplar cada viñeta.
Desafortunadamente, si bien no se puede poner ninguna pega en el plano gráfico,
las andanzas oníricas de este Nemo moderno no logran suscitar la misma
respuesta. Es interesante el enfoque metanarrativo mediante el cual Pé incluye a
Winsor McCay como personaje dentro del comic y, desde luego, las historias
tienen un innegable espíritu surrealista y fabuloso, pero también se sienten
ajenas al estilo del autor original.
T
omemos, por
ejemplo, el personaje de Flip. Cuando se presentó por primera vez en 1905,
estaba celoso de Nemo porque sentía que merecía ser el compañero de juegos de
la Princesa. A lo largo del más de medio millar de planchas que firmó McCay, él
y Nemo terminaron por hacerse muy buenos amigos. Al principio, lo retrató como
un embaucador, hijo del Sol y sobrino de la poderosa Guardia del Alba, lo que
lo convertía en miembro de la realeza de Slumberland (aunque rara vez se le
trataba como tal). Una vez dejó de pelear con Nemo, Flip se convirtió en su
compañero en muchas aventuras y rápidamente pasó a ser uno de los personajes
más interesantes de la serie (hasta el punto de ocupar el centro de la
narrativa durante la etapa “In the Land of Wonderful Dreams”, de 1911 a 1914).
Bajo la dirección de McCay, Flip era un alborotador estoico y testarudo con un temperamento
explosivo.
El problema con
Flip es que a menudo se le ha interpretado como una caricatura de los americanos
de ascendencia irlandesa de principios del siglo XX. El imaginario popular de
la época asociaba sus r
asgos distintivos –rostro verdoso, hábito de fumar puros
y mal genio- con tópicos negativos de ese colectivo. En otras palabras,
introducir a Flip en un comic de Nemo del siglo XXI requeriría de cierta
adaptación, pero la descripción de Pé lo despoja de su esencia de forma tan
drástica que resulta casi irreconocible. En su primer encuentro, se alegra
tanto de ver a Nemo que los dos se abrazan, bailan y saltan gritando: “¡Vamos a celebrarlo, como en los viejos
tiempos! ¡Nunca volveremos a separarnos!”. Esto es un comportamiento
absolutamente atípico para Flip.
Posiblemente, estos
cambios son la forma en que Pé distancia a Flip de su anterior perfil caricaturesco.
Sin embargo, al hacerlo, ha desdibujado por completo su esencia original. Casi
todo lo que hacía de Flip un adorable pícaro ha desaparecido: su cara verdosa,
su sombrero de copa (que originalmente ordenaba a Nemo despertar para mantenerlo
alejado de la Princesa en sus sueños) ha sido reemplazado por un mechón de pelo
en la parte superior d
e su cabeza y, lo más importante, su función como creador
de caos e inductor de travesuras ha sido sustituida por un temperamento
obediente e incluso de mentor respecto a su compañero de aventuras oníricas. Lo
único que queda para identificarlo como el personaje que conocimos es su
gabardina roja, sus pies exageradamente grandes y un cigarro (representado de
forma que desafía el concepto de fumar). En realidad, todo esto probablemente
no va a suponer ningún problema para los lectores que se acercan por primera
vez al mundo de Little Nemo, pero sí chirría bastante en quienes ya lo conocen.
Reconozco que encontrar el equilibrio entre mantener elementos del pasado de un personaje y desarrollar otros nuevos es particularmente difícil, especialmente cuando ese pasado incluye una representación étnica potencialmente ofensiva. Dicho esto, a lo largo de los años ha habido otras reinterpretaciones de Flip que han logrado mantenerse fieles al personaje a la vez que han modificado sus aspectos más controvertidos. No es el caso de esta versión.
Tampoco pretendo
menospreciar la decisión de Pé de distanciar a los perso
najes de su pasado
caricaturesco. De hecho, la entiendo y la comparto en mayor medida, por ejemplo,
en la eliminación de Impie, uno de los amigos más antiguos de Nemo en los
cómics originales y una caricatura racial increíblemente ofensiva de los niños
afroamericanos. McCay lo representaba con labios blancos muy gruesos, una boca
desproporcionadamente grande con reminiscencias simiescas y mechones de pelo
negro en punta que combinan con su falda de hierba. Este diseño bebía
directamente de la estética del “minstrel show” y las caricaturas de la época
colonial, presentándolo como un nativo de una "isla caníbal" o de la
selva africana, despojado de toda civilización y reducido al estereotipo del
salvaje ingenuo o peligroso, un recurso muy común para justificar la
superioridad euroamericana en los medios de la época.
Obviamente, en
una actualización este personaje no tenía cabida. Su rol en las historias se
limitaba casi exclusivamente a hacer payasadas, reforzando la idea pa
ternalista
de que las personas negras o indígenas solo sirven para el entretenimiento
simplón de la audiencia blanca. Si Frank Pé hubiera querido incorporarlo como
personaje recurrente de su versión, habría tenido que modificarlo tanto, que hubiera
quedado irreconocible. De todas formas –y a diferencia de la edición
norteamericana de este comic, donde su figura fue borrada- sí aparece en las
tres primeras páginas con su aspecto original, probablemente porque la
perspectiva europea respecto a la problemática racial y los tropos contemporáneos
asociados a la etnia del personaje son diferentes.
Sin embargo,
estos no son los únicos tres personajes que poblaban los cómics originales de
McCay. En última instancia, lo que más perjudica la versión de Pé es la
ausencia de otros que también tuvieron mucha importancia. La Princesa, aunque
McCay (y Pé) no la nombran, se menciona de pasada, pero nunca se encuentra cara
a cara con Nemo en estas nuevas historias. Su padre, el Rey Morfeo de
Slumberland, jamás aparece. El Doctor Pill, el acompañante de la Princesa,
brilla por su ausencia. El Misionero Bailarín, Splinters, el Niño de los Dulces
y otros amigos que fácilm
ente podrían haber servido para conectar la nueva
visión de Pé con la de McCay están completamente ausentes.
Quizá esas
ausencias se deban a que Pé tuviera previsto ir introduciendo a los miembros
más significativos del reparto en entregas futuras (llegó a publicar dos
álbumes, en 2014 y 2016, totalizando unas 80 páginas) que nunca pudo llegar a completar
al fallecer en 2025 tras una larga enfermedad. O puede que, más que ampliar el elenco
de personajes, el interés del autor radicara en actualizar el universo de Nemo
mediante la incorporación de preocupaciones y sensibilidades contemporáneas con
las que el lector actual pueda identificarse. Aunque la obra mantiene intactos
elementos esenciales del clásico, como la inocencia infantil, la imaginación
desbordante y el profundo amor por la naturaleza, introduce también reflexiones
de gran actualidad. Junto a temas universales a los que da una nueva cara, como
la búsqueda de la felicidad, la importancia de encontrar una vocación que
permita disfrutar del trabajo o la necesidad de preservar el vínculo con el
entorno n
atural, encontramos otros más conectados al mundo contemporáneo, como
el reciclaje y la sostenibilidad, las adicciones, el impacto de la tecnología
en la vida cotidiana y en los procesos creativos, el paso de la niñez a la
madurez, la transición del papel a las pantallas o la normalización de nuevas
formas de entender el amor. Temas que, por otra parte, son tratados con la
misma libertad, extravagancia y sentido de la maravilla característicos del “Little
Nemo” original.
Pero tampoco conviene sobreinterpretar una obra que, en el fondo, no aspira a convertirse en un tratado sobre grandes ideas. El “Little Nemo” de Frank Pé parece nacer, ante todo, de la voluntad de jugar con la imaginación y de trasladar al papel la lógica caprichosa de los sueños, mientras homenajea la creación original de McCay. La sensación predominante es la de una obra libre de artificios intelectuales, construida desde el placer de dibujar y narrar. Como un niño que juega por el simple hecho de jugar, Frank Pé parece crear sin más propósito que disfrutar del proceso y compartir con el lector su capacidad de asombro.
Por eso, el
principal motivo para recomendar esta lectura no son la cal
idad de sus
argumentos, el carisma de sus personajes, la metatextualidad o la sofisticación
e interés de su mensaje, sino su espectacular dibujo. La dedicación de Pé a
reflejar la obsesión de McCay por la organización espacial y la composición de
página a la hora de producir tanto un efecto estético como uno narrativo, es
evidente de principio a fin. Si bien pocas (o ninguna) de las composiciones de
Pé pueden replicar los diseños de McCay, sí logra incorporar una brillantez
formal matizada a través, por ejemplo, de raccords espaciales y temporales, escenas
y personajes que se niegan a permanecer confinados dentro de los límites marcados
por los bordes de las viñetas y una estructura de página dinámica.
Gráficamente, el
cómic es deslumbrante, con un dibujo expresivo y de gran factura técnica. Pé utiliza
un sutil y elegante carboncillo con el que delinea figuras de infinita
plasticidad, en continuo movimiento y de expresividad pletórica. Su paleta de variados
colores pastel aterciopelado remiten a la esponjosidad cromática del clásico de
McCay y revisten al conjunto de una particular calidez en sintonía con la
amabilidad que
transmiten sus personajes.
“Little Nemo”, de Frank Pé, es una obra valiente y un homenaje que podemos considerar más o menos conseguido, pero sin duda honesto y gráficamente magnífico en el que cada vuelta de página se convierte en una constante revelación visual. El lector se ve sorprendido una y otra vez por una composición de página y paleta de tonos y esquemas cromáticos en constante evolución que sirven como marco para un torrente de persecuciones, paseos, saltos y vuelos que, a su vez, sirven para reflexionar sobre el valor irremplazable de la imaginación y el riesgo de perder esa capacidad en el tránsito de la niñez a la madurez. A pesar de los cambios en el elenco de personajes, su apartado gráfico rejuvenece de forma notable la obra clásica preparando a las nuevas generaciones de amantes del noveno arte para acercarse al original.

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