13 jun 2026

2014- LITTLE NEMO – Frank Pe


El 15 de octubre de 1905, los lectores del suplemento dominical del “New York Herald” pudieron disfrutar por primera vez de “Little Nemo in Slumberland”, un comic a página completa a color creada por Winsor McCay. Cada semana, el joven Nemo viajaba en sueños a un mundo surrealista rebosante de maravillas como invitado del Rey Morfeo para jugar con su hija, la Princesa. Estas historias, dibujadas con un estilo claramente influido por el art nouveau, solían terminar con el niño protagonista cayéndose de la cama o siendo despertado por sus padres para ir a la escuela.

 

McCay publicó la tira en el “Herald” hasta 1911, momento en el que pasó al “New York American” de William Randolph Hearst bajo el título “In the Land of Wonderful Dreams”, hasta 1914. En 1924, la revivió en el “New York Herald Tribune” hasta su conclusión en 1927, totalizando más de 500 páginas.

 

Hoy en día, la obra de McCay está reconocida como uno de los primeros ejemplos de experimentación formal en el cómic. Elogiado por el prodigioso uso de la forma, el color, el ritmo, la perspectiva, el detallismo arquitectónico, el estilo de sombreado o el manejo sincronizado de los tiempos y espacios, McCay influyó enormemente en el cine de animación y en autores posteriores de la altura de Robert Crumb, Moebius, Mattoti o Art Spiegelman. No hay lector ni autor de comics que se precia de tal que desconozca “Little Nemo”.

 

Uno de esos creadores que se sintió tan fascinado como inspirado por el trabajo del genial McCay fue un belga llamado Frank Pé, que se hizo profesional a los 19 años en la revista “Spirou”. Desde los años 80, se labró una reputación de gran artista y, en concreto, por su maestría en el dibujo de animales –él mismo criaba reptiles y colaboró en diversos proyectos con zoológicos-, una predilección y talento que se evidencia en obras tan sobresalientes como “Zoo” (con guion de Philippe Bonifay) o “La Bestia” (una historia del Marsupilami junto al guionista Zidrou), además de en su serie “Cabelloloco”.

 

Y en 2014, ya sintiéndose seguro de sus capacidades y más que bien asentado en la industria, decide atreverse a dar su propia versión del gran clásico. No fue el primero en hacerlo. En 1984, por ejemplo, el italiano Vittorio Giardino lo hizo en su “Little Ego”, aunque incorporando una protagonista femenina y dándole un cariz erótico. Y, curiosamente, aquel mismo año 2014, aparecieron en Estados Unidos otros dos comics homenaje a la obra de McCay: “Little Nemo: Return to Slumberland”, de Eric Shanower y Gabriel Rodríguez, publicada por IDW, en la que el personaje es traído al siglo XXI aunque respetando la estética clásica; y “Little Nemo: Dream Another Dream”, de Locust Moon Press, un espectacular libro de gran formato donde más de un centenar de autores contemporáneos reimaginaron la obra clásica (Paul Pope, Bill Sienkiewicz, J.H. Williams III, Craig Thompson, Peter Bagge, David Mack…).

 

Obviamente, Frank Pé tenía que, por una parte, actualizar el tono, estilo y temas del original para que sintonizara mejor con las nuevas generaciones de lectores; y, por otra, encontrar la forma de ajustarlo a sus propias sensibilidades. Si bien gran parte del volumen que resultó de ese esfuerzo demuestra el compromiso de Pé con la visión de McCay, algunas alteraciones bastante sustanciales terminan por restarle a su versión cierta autenticidad. Algunos de esos cambios son sin duda necesarios, casi podríamos decir obligatorios; otros, sin embargo, son desconcertantes.

 

Si bien las tiras siguen (en su mayoría) la misma estructura de eventos disparatados que ocurren en el mundo de los sueños antes de ser interrumpidos por el repentino despertar de Nemo, Pé modifica la idea presentando las aventuras de Nemo como ensueños, no de Nemo, sino del propio McCay. En algunos casos, incluso toma prestada ideas de otra famosa tira firmada por él, “Pesadillas de un Glotón” (1904-1911), al mostrar a McCay preguntándose qué causó tales divagaciones mentales.

 

Por otra parte, las historias de McCay eran de una página y autoconclusivas, pero mantenían entre sí una continuidad. En cambio, Pé enlaza en ocasiones varias planchas o crea historias de diferente extensión, pero no existe una ligazón argumental de principio a fin. Las casi 80 páginas de comic e ilustración que componen el álbum fueron creadas a lo largo de varios años y con distintos propósitos. De hecho, alrededor de una docena de planchas se realizaron expresamente como piezas independientes para diferentes exposiciones y festivales de cómic como los de Bruselas, Cherburgo o Estrasburgo. Esto significa que siguen formatos, extensiones y ritmos diferentes, y se centran alternativamente en la historia o en el arte. Es, más bien, una combinación de antología y cuaderno de detallados bocetos. Las historietas abarcan desde lo ingenioso y divertido hasta lo caprichoso, lo metatextual y lo simplemente bello, pero el conjunto carece de unidad o coherencia.

 

Otro punto en común con la obra de McCay son las numerosas criaturas fantásticas, míticas y surrealistas con las que Frank Pé puebla sus páginas. El norteamericano era famoso por su interés en la creación de criaturas juguetonas de lo más peculiares además de por su gusto por los animales reales. En sus viñetas solían aparecer elefantes, leones, osos polares, etc. El artista belga hereda esa pasión, asegurándose de que casi todos los episodios del álbum presenten animales reconocibles o nuevas criaturas extraídas de un surrealista bestiario (elefantes rosas, albinos o turquesa, tigres que ríen y lloran al tiempo, híbridos imposibles…) que siempre añaden una enorme belleza a la narración.

 

Es innegable que “Little Nemo” es un comic visualmente maravilloso, un deleite para la vista del lector, al que le cuesta pasar página y dejar de contemplar cada viñeta. Desafortunadamente, si bien no se puede poner ninguna pega en el plano gráfico, las andanzas oníricas de este Nemo moderno no logran suscitar la misma respuesta. Es interesante el enfoque metanarrativo mediante el cual Pé incluye a Winsor McCay como personaje dentro del comic y, desde luego, las historias tienen un innegable espíritu surrealista y fabuloso, pero también se sienten ajenas al estilo del autor original.

 

Tomemos, por ejemplo, el personaje de Flip. Cuando se presentó por primera vez en 1905, estaba celoso de Nemo porque sentía que merecía ser el compañero de juegos de la Princesa. A lo largo del más de medio millar de planchas que firmó McCay, él y Nemo terminaron por hacerse muy buenos amigos. Al principio, lo retrató como un embaucador, hijo del Sol y sobrino de la poderosa Guardia del Alba, lo que lo convertía en miembro de la realeza de Slumberland (aunque rara vez se le trataba como tal). Una vez dejó de pelear con Nemo, Flip se convirtió en su compañero en muchas aventuras y rápidamente pasó a ser uno de los personajes más interesantes de la serie (hasta el punto de ocupar el centro de la narrativa durante la etapa “In the Land of Wonderful Dreams”, de 1911 a 1914). Bajo la dirección de McCay, Flip era un alborotador estoico y testarudo con un temperamento explosivo.

 

El problema con Flip es que a menudo se le ha interpretado como una caricatura de los americanos de ascendencia irlandesa de principios del siglo XX. El imaginario popular de la época asociaba sus rasgos distintivos –rostro verdoso, hábito de fumar puros y mal genio- con tópicos negativos de ese colectivo. En otras palabras, introducir a Flip en un comic de Nemo del siglo XXI requeriría de cierta adaptación, pero la descripción de Pé lo despoja de su esencia de forma tan drástica que resulta casi irreconocible. En su primer encuentro, se alegra tanto de ver a Nemo que los dos se abrazan, bailan y saltan gritando: “¡Vamos a celebrarlo, como en los viejos tiempos! ¡Nunca volveremos a separarnos!”. Esto es un comportamiento absolutamente atípico para Flip.

 

Posiblemente, estos cambios son la forma en que Pé distancia a Flip de su anterior perfil caricaturesco. Sin embargo, al hacerlo, ha desdibujado por completo su esencia original. Casi todo lo que hacía de Flip un adorable pícaro ha desaparecido: su cara verdosa, su sombrero de copa (que originalmente ordenaba a Nemo despertar para mantenerlo alejado de la Princesa en sus sueños) ha sido reemplazado por un mechón de pelo en la parte superior de su cabeza y, lo más importante, su función como creador de caos e inductor de travesuras ha sido sustituida por un temperamento obediente e incluso de mentor respecto a su compañero de aventuras oníricas. Lo único que queda para identificarlo como el personaje que conocimos es su gabardina roja, sus pies exageradamente grandes y un cigarro (representado de forma que desafía el concepto de fumar). En realidad, todo esto probablemente no va a suponer ningún problema para los lectores que se acercan por primera vez al mundo de Little Nemo, pero sí chirría bastante en quienes ya lo conocen.

 

Reconozco que encontrar el equilibrio entre mantener elementos del pasado de un personaje y desarrollar otros nuevos es particularmente difícil, especialmente cuando ese pasado incluye una representación étnica potencialmente ofensiva. Dicho esto, a lo largo de los años ha habido otras reinterpretaciones de Flip que han logrado mantenerse fieles al personaje a la vez que han modificado sus aspectos más controvertidos. No es el caso de esta versión.

 

Tampoco pretendo menospreciar la decisión de Pé de distanciar a los personajes de su pasado caricaturesco. De hecho, la entiendo y la comparto en mayor medida, por ejemplo, en la eliminación de Impie, uno de los amigos más antiguos de Nemo en los cómics originales y una caricatura racial increíblemente ofensiva de los niños afroamericanos. McCay lo representaba con labios blancos muy gruesos, una boca desproporcionadamente grande con reminiscencias simiescas y mechones de pelo negro en punta que combinan con su falda de hierba. Este diseño bebía directamente de la estética del “minstrel show” y las caricaturas de la época colonial, presentándolo como un nativo de una "isla caníbal" o de la selva africana, despojado de toda civilización y reducido al estereotipo del salvaje ingenuo o peligroso, un recurso muy común para justificar la superioridad euroamericana en los medios de la época.

 

Obviamente, en una actualización este personaje no tenía cabida. Su rol en las historias se limitaba casi exclusivamente a hacer payasadas, reforzando la idea paternalista de que las personas negras o indígenas solo sirven para el entretenimiento simplón de la audiencia blanca. Si Frank Pé hubiera querido incorporarlo como personaje recurrente de su versión, habría tenido que modificarlo tanto, que hubiera quedado irreconocible. De todas formas –y a diferencia de la edición norteamericana de este comic, donde su figura fue borrada- sí aparece en las tres primeras páginas con su aspecto original, probablemente porque la perspectiva europea respecto a la problemática racial y los tropos contemporáneos asociados a la etnia del personaje son diferentes.

 

Sin embargo, estos no son los únicos tres personajes que poblaban los cómics originales de McCay. En última instancia, lo que más perjudica la versión de Pé es la ausencia de otros que también tuvieron mucha importancia. La Princesa, aunque McCay (y Pé) no la nombran, se menciona de pasada, pero nunca se encuentra cara a cara con Nemo en estas nuevas historias. Su padre, el Rey Morfeo de Slumberland, jamás aparece. El Doctor Pill, el acompañante de la Princesa, brilla por su ausencia. El Misionero Bailarín, Splinters, el Niño de los Dulces y otros amigos que fácilmente podrían haber servido para conectar la nueva visión de Pé con la de McCay están completamente ausentes.

 

Quizá esas ausencias se deban a que Pé tuviera previsto ir introduciendo a los miembros más significativos del reparto en entregas futuras (llegó a publicar dos álbumes, en 2014 y 2016, totalizando unas 80 páginas) que nunca pudo llegar a completar al fallecer en 2025 tras una larga enfermedad. O puede que, más que ampliar el elenco de personajes, el interés del autor radicara en actualizar el universo de Nemo mediante la incorporación de preocupaciones y sensibilidades contemporáneas con las que el lector actual pueda identificarse. Aunque la obra mantiene intactos elementos esenciales del clásico, como la inocencia infantil, la imaginación desbordante y el profundo amor por la naturaleza, introduce también reflexiones de gran actualidad. Junto a temas universales a los que da una nueva cara, como la búsqueda de la felicidad, la importancia de encontrar una vocación que permita disfrutar del trabajo o la necesidad de preservar el vínculo con el entorno natural, encontramos otros más conectados al mundo contemporáneo, como el reciclaje y la sostenibilidad, las adicciones, el impacto de la tecnología en la vida cotidiana y en los procesos creativos, el paso de la niñez a la madurez, la transición del papel a las pantallas o la normalización de nuevas formas de entender el amor. Temas que, por otra parte, son tratados con la misma libertad, extravagancia y sentido de la maravilla característicos del “Little Nemo” original.

 

Pero tampoco conviene sobreinterpretar una obra que, en el fondo, no aspira a convertirse en un tratado sobre grandes ideas. El “Little Nemo” de Frank Pé parece nacer, ante todo, de la voluntad de jugar con la imaginación y de trasladar al papel la lógica caprichosa de los sueños, mientras homenajea la creación original de McCay. La sensación predominante es la de una obra libre de artificios intelectuales, construida desde el placer de dibujar y narrar. Como un niño que juega por el simple hecho de jugar, Frank Pé parece crear sin más propósito que disfrutar del proceso y compartir con el lector su capacidad de asombro.

 

Por eso, el principal motivo para recomendar esta lectura no son la calidad de sus argumentos, el carisma de sus personajes, la metatextualidad o la sofisticación e interés de su mensaje, sino su espectacular dibujo. La dedicación de Pé a reflejar la obsesión de McCay por la organización espacial y la composición de página a la hora de producir tanto un efecto estético como uno narrativo, es evidente de principio a fin. Si bien pocas (o ninguna) de las composiciones de Pé pueden replicar los diseños de McCay, sí logra incorporar una brillantez formal matizada a través, por ejemplo, de raccords espaciales y temporales, escenas y personajes que se niegan a permanecer confinados dentro de los límites marcados por los bordes de las viñetas y una estructura de página dinámica.

 

Gráficamente, el cómic es deslumbrante, con un dibujo expresivo y de gran factura técnica. Pé utiliza un sutil y elegante carboncillo con el que delinea figuras de infinita plasticidad, en continuo movimiento y de expresividad pletórica. Su paleta de variados colores pastel aterciopelado remiten a la esponjosidad cromática del clásico de McCay y revisten al conjunto de una particular calidez en sintonía con la amabilidad que transmiten sus personajes.

 

“Little Nemo”, de Frank Pé, es una obra valiente y un homenaje que podemos considerar más o menos conseguido, pero sin duda honesto y gráficamente magnífico en el que cada vuelta de página se convierte en una constante revelación visual. El lector se ve sorprendido una y otra vez por una composición de página y paleta de tonos y esquemas cromáticos en constante evolución que sirven como marco para un torrente de persecuciones, paseos, saltos y vuelos que, a su vez, sirven para reflexionar sobre el valor irremplazable de la imaginación y el riesgo de perder esa capacidad en el tránsito de la niñez a la madurez. A pesar de los cambios en el elenco de personajes, su apartado gráfico rejuvenece de forma notable la obra clásica preparando a las nuevas generaciones de amantes del noveno arte para acercarse al original.

 

 

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