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“Los Lobos de San Augusto” apareció serializada en las páginas de la revista “Dark Horse Presents” en 1994 (nº 88 a 91), justo después de la publicación de la primera miniserie, "Semilla de Destrucción”, y a petición de la entonces editora Barbara Kesel, que quería aprovechar el éxito que había registrado el personaje con una nueva aventura que asegurase a los lectores que iba a tener continuidad.
Aunque John Byrne había dejado en manos de
Mignola la escritura de la última
parte de “Semilla de Destrucción”, en esta
ocasión el dibujante iba a tener que dar el paso final para convertirse en
autor completo. Y el resultado puede calificarse de éxito.
Mignola quería hacer una historia relacionada con licántropos y encontró la inspiración en una leyenda irlandesa según la cual San Patricio maldijo a un grupo de paganos para que cada siete años se convirtieran en lobos. Lo que hizo el autor fue trasladar esa situación geográfica y temporalmente y llevar a su investigador de lo paranormal al centro de la tragedia.
La historia comienza en 1994 cuando un
sacerdote llega a Griat, un pequeño pueblo de los Balcanes. Celebra una misa de
Pascua en una capilla en ruinas que antaño fue escenario de un asesinato atroz.
Siglos atrás, los aldeanos atraparon a la familia aristócrata propietaria del
templo y los torturaron y asesinaron en la cripta. De todo esto es informado el
sacerdote por un vecino que le m
uestra los subterráneos y, al abrir uno de los
sarcófagos, lo que encuentra es el esqueleto de un ser humano… con cabeza de
animal. Inmediatamente, el guía se transforma en un enorme hombre lobo y acaba
con él en un abrir y cerrar de ojos.
Esta escena de apertura es una de las marcas distintivas de los cómics de Hellboy: en un puñado de viñetas se describe el origen de una situación con tintes sobrenaturales. El lector no necesita verlo todo ni ser informado con prolijidad del contexto. Unos cuantos dibujos dominados por las sombras y unas pocas frases bastan para evocar una historia sórdida y triste que llama a los monstruos y demonios.
Hellboy y la Dra. Kate Corrigan llegan al pueblo
nueve días después de la supuesta muerte del sacerdote –que era amigo de
Hellboy- y encuentran a todos los vecinos masacrados en sus casas. A primera
vista, se diría que un animal salvaje mató a todos en una sola noche. Los dos
investigadores comienza
n sus pesquisas y se dan cuenta de que la policía actuó
con prisas, abandonando el lugar lo antes posible y con la intención de arrasar
toda la población con excavadoras.
Kate le cuenta a Hellboy la historia de un monje llamado Felipe de Bayeux, que llegó al pueblo en 1214. Atraído por la campana del castillo, acudió a la capilla sólo para encontrarse a la familia de aristócratas adorando a un dios pagano. Maldijo a los asistentes para que cada siete años se convirtieran en lobos y atormentaran a sus súbditos. El pueblo cambió de nombre para evitar la intervención de la Inquisición y destruyó el campanario con el fin de eliminar pistas que confirmaran la veracidad de la historia de la que dejó testimonio el monje.
Kate y Hellboy se encuentran con fantasmas, se
topan con el espíritu maldito del sacerdote recientemente fallecido y,
finalmente, como sucede en casi todas las historias de la serie, tiene lugar un
violento combate físico entre el monstruo principal y Hellboy. El ci
erre de la
historia es impactante: el protagonista utiliza un pesado crucifijo a modo de
lanza para acabar con el gigantesco hombre lobo. Observando alrededor, están
las estatuas de los santos, componiendo una metáfora visual de la lucha eterna
entre las viejas creencias paganas y la religión cristiana. Y, aunque Hellboy se
alza victorioso, su triunfo no beneficia a nadie, puesto que el pueblo ya está
muerto y quedará desierto para siempre.
Es esta una historia que transmite sensación
de pérdida e injusticia puesto que fue el juicio de un representante de Dios el
que condenó a los paganos a transformarse en monstruos iracundos y sedientos de
sangre. En fin, que la reacción del monje acabó provocando más muerte y dolor
que si hubiera dejado las cosas como estaban. Desde una perspectiva moral, no
puede aprobarse que los hombres lobo se descontrolen, devoren una aldea entera
y asesinen a un sacerdote. Sin embargo, no se me escapa que, en el contexto de
esta historia, el verdadero horror es el causado por el juicio de un monje que,
sin ser invitado, apareció en un pueblo y se enfadó porque no jugaban con el
mismo amigo imaginario que él. Tanto, de hecho, que usó sus poderes mágicos
para convertir a la familia en monstruos y, luego, en lugar de quedarse e
intentar ay
udar, abandonó al pueblo a su suerte para que las criaturas los
masacraran regularmente. Es, por tanto, la intolerancia y el fanatismo lo que
ha creado los auténticos monstruos.
Más allá de estas disquisiciones morales, el arte de estas páginas se cuenta entre lo mejor de Mignola, una brillante confluencia minimalista de sombras y formas con un color en perfecta sintonía con la estética del autor.
A destacar también la presentación de Kate Corrigan (que luego aparecerá por segunda vez en “Despierta al Diablo”), apuntando a que mantiene una vieja amistad con Hellboy. Ambos mantienen un tipo de relación diferente a la de Abe y Liz y resulta refrescante ver a una mujer de mediana edad, inteligente y valiente, arriesgándose en misiones de campo. En cuanto al pobre padre Kelly, es el segundo –tras el profesor Bruttenholm, en “Semilla de Destrucción”- pero ni mucho menos el último, de los viejos amigos de Hellboy que acaban muertos de formas horribles.
Publicada
en 1997 como miniserie de dos
números, “Casi un Coloso” es la continuación directa de “Despierta al Demonio”
y una historia fundamental para el protagonista puesto que profundiza en su
humanidad a través de su relación con el homúnculo Roger. Éste había sido
presentado brevemente en la mencionada miniserie y aquí Mignola quería atar ese
cabo suelto.
Hallado en un laboratorio nazi abandonado, el homúnculo había drenado el poder pirotécnico de Liz Sherman, dejando a ésta en un estado de apatía absoluta que la está llevando a la muerte. Sintiéndose responsable y buscando una forma de salvar a su amiga, Hellboy sigue el rastro de la criatura hasta Rumanía. Allí, descubre que Roger tiene un “hermano” mayor, otro homúnculo creado siglos atrás por un alquimista. Pero, a diferencia de Roger, este coloso es una masa deforme de carne y miembros de cadáveres. Alimentado por el odio y el deseo de venganza contra la humanidad, intenta convencer a Roger de que jamás podrán integrarse en una sociedad para la que son solo monstruos, invitándolo a unirse a él para, como un solo y colosal cuerpo, sembrar la destrucción y dominar a los humanos.
En el clímax, Roger decide que no quiere ser
un monstruo y ayuda a Hellboy
a derrotar al coloso y luego utiliza la energía
que le queda para reanimar a Liz, quedando él mismo "apagado" y
aparentemente sin vida (aunque más tarde sería revivido para unirse a la AIDP).
Así, el título de la historia, "Casi un Coloso", no solo se refiere
al tamaño del ser compuesto por los dos homúnculos, sino a la grandeza moral
que alcanza Roger al final, un ser artificial que demuestra tener más
"alma" que muchos humanos (Por cierto, que Liz, inicialmente, estaba
destinada a morir dado que Mignola no sabía qué hacer con el personaje, pero le
convenció para salvarla Glen Murakami, director de las películas de animación
de Hellboy).
Si en “Los Lobos de San Augusto” el tema
nuclear era el de paganismo versus. cristianismo, en "Casi un Coloso"
es el del determinismo versus el libre albedrío. Mignola utiliza a los dos
homúnculos como sendos espejos de Hellboy. El coloso representa lo que Hellboy
"debería" ser de acuerdo al destino que alguien fijó para él, esto
es, un destructor; mientras que Roger simboliza la capacidad de elegir incluso
contradiciendo la propia naturaleza o el destino impuesto. Por otra parte, si
en “Semilla de Destrucción” y “Despierta al Diablo” la amenaza tenía un orig
en
sobrenatural, en “Casi un Coloso” el peligro proviene de la ciencia mal
aplicada. Rasputín aspiraba a convertirse en algo semejante a un dios sirviendo
a un poder mayor; el homúnculo es un nuevo Prometeo que, utilizando la ciencia,
aspira al mismo estatus que el monje ruso.
Esta relectura del mito de Frankenstein de Mary Shelley no solo destaca por su profundidad temática, sino por el dominio técnico de Mignola, que utiliza el diseño de página y el contraste lumínico para construir un suspense in crescendo y una atmósfera atrapante. Los castillos en ruinas, los laboratorios alquímicos abandonados y la nieve de Rumanía crean un contraste perfecto con el rojo intenso de Hellboy y la palidez cadavérica de los homúnculos.
Con “La Mano Derecha del Destino” (“Dark Horse
Annual”, 1998), Mignola añadió una pieza más a su creciente universo abordando
la cuestión de la grotesca mano derecha de Hellboy en la forma de una
co
nversación entre el protagonista y un sacerdote católico vasco. Es, básicamente,
una recopilación de toda la información que sobre el origen del protagonista
había ido encajándose en diferentes historias. Aunque todavía faltan piezas en
el rompecabezas, éste puede resumirse básicamente de esta forma: hace eones,
antes siquiera de la creación de la Tierra, Dios creó a los Espíritus Mayores
(los Vigilantes). Uno de ellos, llamado Anum, tomó un poco del fuego divino y
creó al Ogdru Jahad o los Siete Dragones del Caos. Al ver que éstos eran seres
de destrucción, los otros Vigilantes castigaron a Anum y lo aniquilaron,
quedando de él sólo su mano derecha, la cual fue conservada por los espíritus
hasta terminar en posesión de las altas instancias del Infierno.
Como ya se vio en “El Ataud Encadenado”, el padre biológico de Hellboy es el demonio Azzael. Cuando Hellboy nació (bajo el nombre de Anung Un Rama), Azzael le cortó la mano derecha original y le injertó la Mano de Piedra de Anum, sabiendo que ésta le otorgaba el poder de liberar al Ogdru Jahad y provocar el Ragnarok o fin del mundo. De esta manera, se aseguró que su hijo fuera el catalizador del apocalipsis.
A difer
encia del resto del cuerpo de Hellboy,
la mano es indestructible, no siente dolor y, aunque funciona como un mazo
natural capaz de romper casi cualquier cosa, su auténtico propósito es el de
servir de “llave” para liberar a los Siete Dragones del Caos de su prisión
rocosa. Tal y como le recuerda el sacerdote, esa mano es la advertencia constante
de que no puede escapar de su herencia. Si, como sugiere, se corta la mano,
alguien más la usará; pero, si se queda con ella, en cualquier momento puede
convertirse en la herramienta del infierno para empezar el apocalipsis. En este
punto de su vida, adversarios como Rasputín o Hécate, han intentado obligar a
Hellboy a usar la mano para despertar a los Dragones. Su lucha constante es,
por tanto, la de demostrar que son sus actos los que definen quien es y no el
objeto indestructible pegado a su brazo. ¿Y por qué no se limitan las fuerzas
del Mal a matarlo y arrancar esa “llave” de su cadáver? Pues porque con él
muerto, la mano pierde su utilidad original a menos que alguien con el
"derecho" o el linaje adecuados la reclame. Es por eso que Hellboy es
tan valioso vivo para las fuerzas malignas que, en lugar de asesinarlo tratan
de manipularlo o convencerlo para que se rinda a su destino.
Destino que vuelve estar en el centro de la
miniserie de dos episodios “La Caja
del Mal” (1999). Un hombrecillo bajito y
malvado llamado Igor Bromhead roba una caja de una casa en Escocia y libera a
un demonio menor, Ualac, que llevaba siglos atrapado en ella. Ualac le revela a
Bromhead el nombre secreto de Hellboy, Anung Un Rama, cuyo conocimiento, junto
con los conjuros adecuados, le otorga a éste el control sobre héroe. El
demonio, aún peor, invoca la Corona del Apocalipsis, símbolo del derecho de
Hellboy al trono del Infierno. Con ello, éste se vuelve vulnerable al mismo
tiempo que Ualac se transforma en una entidad gigantesca y poderosa. De nuevo,
tenemos aquí el conflicto interno de Hellboy: para él, la corona es una
maldición, para Ualac, el poder absoluto.
Al borde de la muerte, en otro plano
dimensional, Hellboy se encuentra por primera vez con las misteriosas figuras
que en otras historias habían estado observándolo a distancia y que ahora le
dan la clave para escapar del control de Bromhead. Es interesante que sea
precisamente ahora cuando estos tres seres decidan ayudar a Hellboy, quien ha
pasado su vida luchando (y generalmente matando) contra demonios y criaturas
místicas como ellos. No queda clara en
este punto la razón por la que lo hacen.
Quizá ellos son la prueba de que en el mundo místico se dan las mismas
diferencias que entre los humanos: no todos esos seres son malvados y estos
tres en concreto parecen mucho más civilizados y razonables que el monstruoso
Ogdru Jahad y sus "hijos". La cosa se pone aún más intrigante cuando
Bromhead invoca a Astaroth, un Príncipe del Infierno. En lugar de una criatura terroríficamente
monstruosa, aquél se manifiesta bajo la forma de anciano barbado (al menos hasta
el final, cuando adopta su auténtico aspecto) que no solo trata amablemente a
Hellboy sino que lo invita a sus dominios, donde guardará la Corona del
Apocalipsis: “En Pandemonium, en la Casa
de la Mosca, tienes un asiente reservado. Allí te estará esperando la corona.
Cuando la quieras, llámame”.
Al final, Hellboy tiene que aceptar que, aunque no quiera ser el Rey del Infierno, tampoco puede permitir que otros usen su poder para el mal. Y también es el momento en el que empieza a cuestionar seriamente no sólo su papel en la AIDP sino su propia vida, sintiendo que su oficio de cazador de monstruos no es sino el equivalente a tener la cabeza metida en un agujero por miedo a afrontar su auténtica naturaleza.
(Continúa en la siguiente entrada)

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