Michel Bussi es uno de los escritores de novela negra con mayor éxito de Francia y, por extensión, de Europa. Sus libros son famosos por incluir al final giros argumentales que dejan al lector completamente descolocado. Además de escritor, es catedrático de Geografía en la Universidad de Ruan, lo que explica por qué los paisajes y la ambientación de sus libros son casi un personaje más de sus historias.
Pues bien,
su novela “Ni Con Un Hilo de Seda” (en original, “Nymphéas
Noirs”, “Nenúfares
Negros”) es una buena muestra de lo anterior y está considerada como su mejor
obra. Se trata de un thriller psicológico fascinante que destaca por su
estructura casi matemática y su ambientación artística y que se convirtió en el
libro más premiado de su género en Francia en 2011, un éxito que replicó su
adaptación al comic de 2019 (aquí publicada por Norma Editorial ya con el
título “Nenúfares Negros”), a cargo del guionista Fred Duval y el dibujante Didier
Cassegrain.
Una anciana relata al lector el increíble caso policial que vivió como vecina de la pintoresca población francesa de Giverny. Tras su paseo matutino por la orilla del río con su perro, pasa los días observando el ir y venir de los turistas en esta especie de burbuja paisajística y arquitectónica artificialmente conservada. Y es que los jardines y estanques de Giverny fueron la famosa fuente de inspiración del inmortal pintor impresionista Claude Monet durante los últimos treinta años de su vida. En esa localidad, pasó aquel largo periodo pintando cientos de cuadros de nenúfares bajo diferentes luces y estaciones.
E
sa mañana, al
amanecer, la anciana encuentra un cadáver en el río, con una herida en el
cráneo y otra en el corazón. Conocía al hombre: Jérôme Morval, oftalmólogo en
Ruan, pero vecino del pueblo. Sin embargo, no avisa a las autoridades y
continúa con su paseo. Más tarde, ya descubierto el crimen, la policía envía a
un inspector, Serenac, y su más experimentado ayudante para hacerse cargo de la
investigación. Examinan la escena del crimen e interrogan a los conocidos de la
víctima, que coinciden en su reputación de adúltero. ¿Podría la bella maestra
Stéphanie Dupain, a la que parecía cortejar, estar relacionada con este crimen?
¿Quizá fue su marido, enfermizamente celoso? En la chaqueta de Morvan se
encuentra una postal dirigida a una niña de once años. Sin embargo, el
fallecido y su ahora viuda no tenían hijos. ¿Está quizá entonces involucrada la
joven Fanette Morelle, una promesa local en el ámbito de la pintura? Otra pista
posible es sugerida por el coleccionismo de Morvan, que le había llevado a
buscar durante años una legendaria pintura de Monet nunca catalogada ni
hallada, “Nenúfares Negros”
El pueblo es
pequeño y los rumores corren como la pólvora. La jovencita Fa
nette se lleva de
maravilla con su amigo Paul. Son demasiado jóvenes para hablar de amor, pero su
estrecha amistad claramente apunta en esa dirección en un futuro muy próximo. Su
gran talento como pintora la hace tener esperanzas de ganar el concurso
relacionado con Monet al que se presenta su escuela. La maestra es hermosa e
inteligente, pero también una mujer frustrada. No está enamorada de su marido y
anhela tener hijos, le gusta el arte pero nunca pudo dedicarse profesionalmente
a ese campo. Y en cuanto a la anciana, sabe cosas de todos los demás, entre
ellas la identidad del asesino. Entonces, ¿por qué no dice nada? ¿Qué secretos
esconde?
A pesar de
que el propio Bussi consideró esta novela inadaptable, la traslación a las
viñetas que hace Duval del material literario original es impecable por varias
razones: conserva intacta la ingeniosa estructura narrativa de la obra original
-en la cual no entraré para no arruinar la sorpresa de quienes aún no la hayan
leído- y el interés, complejidad y solidez de la trama policial; el suspense se
mantiene hasta el mismo fin
al y, además, los personajes están bien definidos,
se comportan de forma realista y reaccionan con emociones que podemos
comprender a las circunstancias particulares que rodean sus vidas. No hay
acción al estilo hollywoodiense, con un clímax explosivo en el que el villano termina
por salir a la luz y el detective exhibe su lado más heroico. Y, sin embargo,
no se echa de menos por la sencilla razón de que no hace falta. Es más, no
tiene sentido aquí y la conclusión es tan poética y satisfactoria como
anticlimática.
A lo largo
de los trece días que abarca la trama, se cometen varios asesina
tos, de
personas muy diferentes y por distintos motivos, y el inspector encargado del
caso abandona su rigor seducido por la mirada seductora de una de las mujeres
clave del caso, lo cual da ocasión de jugar con las expectativas. El guionista utiliza
hábilmente la voz en off y embrolla la trama a base de investigaciones y
contrainvestigaciones que siguen pistas que no llevan a ninguna parte, manipulando
las expectativas del lector. Como si de pinceladas impresionistas se tratase, salpica
toda la trama de anzuelos falsos y callejones sin salida, pistas plausibles
pero engañosas y un magistral juego con el tiempo y el espacio. No es hasta las
últimas páginas que el enigma –los enigmas, en realidad- reciben respuesta,
dejando al lector completamente pasmado y preguntándose cómo durante las cien
páginas precedentes pudo haber pasado por alto lo que ahora se le hace
evidente. Es llegado el final y revisado de nuevo el cómic, cuando el lector
atento se dará cuenta, por ejemplo, del habilidoso empleo por parte de Duval de
“viñetas tabulares” o sutiles raccords que sirven bien para saltar bien para
deslizarse no sólo de una secuencia a la siguiente, sino de un tiempo a otro; o
del nuevo significado de los diálogos y el
diferente contexto de las escenas.
Más allá del asesinato inicial y la investigación subsiguiente, la historia incorpora de forma natural abundante información sobre las pinturas de Monet, sus versiones, variaciones y coleccionistas, todo ello entrelazado con secuencias específicas de las pesquisas policiales y las vidas de las tres mujeres que se hallan en el centro del misterio y que aparentemente no guardan relación: una niña, una esposa de mediana edad y una anciana.
Esta
historia difícilmente podría haber tenido el mismo efecto –especialmente en su
versión en comic, donde la faceta visual se convierte en absolutamente
esencial- ambientándola en una localidad diferente de Giverny. Este pueblo turístico
y con una arquitectura y un entorno natural perfectamente preservados, es ideal
para una narrativa atemporal como esta –no puedo entrar en detalles para, una
vez más, no estropear la lectura-. La turb
iedad de los crímenes y las emociones
involucradas se ve atenuada por la serenidad, luz y color que invade cada
rincón y cautiva los sentidos. Una población que, a través de los ojos de los
autores, se convierte en un lugar con una atmósfera al tiempo opresiva y
vigorizante, serena e inspiradora en la superficie y turbulenta y malsana tras
el decorado turístico.
Acercarse
gráficamente al universo pictórico de Monet requería, desde luego, de un
artista valiente. Pero Cassegrain no sólo aceptó el reto sino que salió
victorioso del mismo. El artista hace un uso excelente del entorno, ya sea la
catedral de Ruan o los idílicos alrededores y calles de Giverny. A lo largo de
las casi 140 páginas del álbum, mantiene un estilo artístico de línea
semirrealista (que recuerda al de nuestro Miguelanxo Prado) y en perfecta
armonía y coherencia tanto con la trama como con el arte impresionista de
Monet, que también desempeña un papel fundamental en la trama: fondos
difuminados, abundancia de texturas, un entintado
muy sutil realizado a lápiz
para no perturbar el efecto del color, los juegos de la luz natural sobre el
paisaje en distintos momentos del día, la delicadeza en las composiciones y el
retrato de los fondos… casi puede sentirse el viento susurrando entre las hojas
y escuchar el zumbido de los insectos veraniegos.
Un festín visual, en fin, que, de alguna forma, también se opone a lo que pide la historia, porque mientras la intriga detectivesca impele al lector a avanzar viñeta tras viñeta y página tras página lo más deprisa posible para llegar al corazón del misterio, las cuidadas instantáneas de Cassegrain retienen su mirada con su aproximación pictórica lograda gracias a un entintado muy sutil que es engullido por los vibrantes colores de tonos pastel evocadores del arte de Monet.
“Nenúfares Negros” es, además de un absorbente caso policiaco, un espectáculo de luz y color y una obra que adopta las convenciones gráficas del arte impresionista para fusionarlas ingeniosamente con las narrativas del género negro. Un álbum que deleita la vista y el intelecto, que merece una lectura detenida y atenta (de hecho, más que leerlo, conviene saborearlo), perfecto para quien disfrute tanto de la contemplación de un cuadro genial como de los asesinatos y las mujeres fatales.

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