(Viene de la entrada anterior)
“Profesión Protegida” es una corrosiva crítica a los creadores subvencionados por el Estado y está protagonizada por Stèphane Grenier, un joven que al término de sus estudios en la Escuela de Letras recibe el título de “Maestro Escritor”, honor inédito para alguien de su edad que todavía no ha publicado ninguna novela y que, además, le permite acceder a un nivel de vida privilegiado. El Estado se ocupará de pagar todos sus gastos para que él pueda dedicarse a crear sin distraerse con preocupaciones materiales. Pero esto no es un regalo sin precio. El escritor no sólo queda obligado a producir material de forma regular, sino que éste ha de adecuarse a unas líneas editoriales dictadas implícitamente por el Estado; sobre todo que la obra sea optimista e inspiradora. Cualquier enfoque melancólico, nihilista o cínico, es invariablemente rechazado por unos editores reacios a indisponerse con las autoridades.
Hijo de un escritor estatal con menos distinciones que él,
Stéphane no tarda en sentirse asfixiado por esas imposiciones, pero su única
alternativa es renunciar a todos sus privilegios y ganarse la vida con un
trabajo ordinario. Y así lo hace. Viviendo en la humildad, trabaja por el día
en una fábrica y por la noche escribe literatura no permitida que es distribuida
por un grupo de disidentes. Pero dado que ha salido del sistema y que sólo ese
paraguas permite ejercer la actividad de escritor, queda expuesto a la detención
y el castigo…
El tercer y último volumen (del primer ciclo, porque bastante tiempo después, en 2017 y 2019, aparecerían otros dos volúmenes escritos por Stephen Desberg y dibujados otra vez por Griffo) es el que revela que todas las historias anteriores tenían lugar en el mismo futuro y que están relacionadas. Un encuentro casual que deriva en incidente violento, lleva a Robert Langlais (el padre de la pequeña Emilie de “¡A Tu Salud!”) al sistema judicial, que también ha experimentado profundos cambios.
Como explica el funcionario que ahora resuelve los casos: “No se da cuenta de hasta qué punto carecían
de agilidad esos tribunales que parece añorar. ¿Sabía que, entre un
aplazamiento y otro algunos casos tardaban años en resolverse? ¿Se imagina lo
que eso representaba para los demandantes? Y en materia penal, ¿dónde estaban
los procesados mientras tanto? ¡En la cárcel! Cerca de la mitad de los detenidos
de este país estaban en ella de forma preventiva, a la espera de un juicio que
probase su inocencia. ¡Cárceles superpobladas, tribunales atorados, actuaciones
desfasadas y jueces estresados! Ése era su “antes”. Y ese antes, ya no nos
interesa. Y estaba el factor humano. La falibilidad de los hombres. El juez
intransigente y el juez demasiado indulgente. Aquél que padece de úlcera o el
que durmió mal la víspera. ¿Es esa la auténtica justicia?”.
La solución que se ha encontrado está en la tecnología: Temis,
un ordenador (hoy lo llamaríamos inteligencia artificial) que, alimentado con
todos los detalles del caso y conectado a la información que del acusado consta
en los registros oficiales, dicta una sentencia tan neutral como inhumana. Pero
cuando, por alguna razón que nadie quiere comprender, la máquina condena a
muerte a Langlais (castigo que había sido eliminado del código penal pero que
los políticos se empeñan en llevar a cabo para no socavar la confianza que el
pueblo tiene en la infalibilidad de Temis), se ponen en marcha una serie de
acontecimientos que involucran al comisario Louis Carelli, a punto de jubilarse
y quien llevó el caso de Langlais.
En manos de Carelli obra una foto que no entregó a sus superiores: una imagen en la que aparecen, felices y juntos, todos los “desaparecidos” de las historias precedentes. Dispuesto a llegar al fondo del asunto, pide ayuda a un viejo amigo, el abogado Marcel Blanchart, que también es el defensor de Langlais, y le explica que la niña que aparece en la imagen es Emilie, su sobrina. Cuando empieza a indagar en los entornos familiares y laborales de todos esos ciudadanos que han pasado a la clandestinidad, él mismo empieza a ser vigilado por sus jefes. Eventualmente, esos ilegales serán quienes le rescaten de morir asesinado por sus propios colegas. Carelli se encuentra así metido de cabeza en los preparativos finales de una revolución…
Cada historia, como hemos visto, tiene la misma estructura:
un individuo, consciente de lo absurdo de las normas sociales que le sofocan,
se rebela sólo para ser inevitablemente triturado por los engranajes del
sistema. Los dos primeros álbumes presentan seis dramas autoconclusivos e independientes
entre sí. Lo que da coherencia y unidad al conjunto es el tercer álbum, que
conecta todo lo anterior y ofrece una serie de reflexiones sobre la
organización social, el establecimiento de las leyes o los límites de la
libertad individual y el bien común. A pesar de una sucesión de giros un tanto
forzados, el final que ofrece “S.O.S. Bienestar” en esta tercera entrega difícilmente
puede ser más pesimista, apuntando a una gran conspiración de los poderosos que
controlan los mecanismos de la Historia: “Hace
tiempo que comprendimos algo esencial. El único medio que tenemos de asegurar
la perpetuidad de nuestro dominio sobre el mundo no es gobernando a los que
tienen el poder, sino a los que quieren tomarlo. Es decir, controlar las
revoluciones. Todas las revoluciones, en todos países, sean cuales sean sus
ideologías”.
A través de los dramas individuales de los personajes de
cada una de las historias de esta breve serie, Van Hamme describe una sociedad
que ha devenido fascista sin que sus ciudadanos hayan tenido conciencia de
ello. No sólo viven bajo un régimen intransigente, absurdo, deshumanizado y
autoritario, sino que colaboran con él convencidos de que es la única solución a
los problemas que siempre han lastrado las sociedades. La contaminación, las
desigualdades, la superpoblación… se han solucionado a cambio de instaurar un
sistema policial global que vigila, controla y sanciona a los infractores. Escribir
ficción, tener un hijo, ir de vacaciones, buscar un tratamiento médico… implica
estar fichado, solicitar autorización y reprimir cualquier queja o transgresión
so pena de sufrir graves consecuencias. Un médico lo resume de forma
contundente: “El individualismo ya no
tiene lugar en una sociedad tan estructurada como la nuestra. Hoy día, la
Libertad es una forma de herejía que debe ser eliminada por el bien de todos”.
Cada historia de “S.O.S. Bienestar” está separada de la anterior y la siguiente
por la imagen de una estatua a medio construir que va paulatinamente
desintegrándose conforme el estado del Bienestar (el auténtico, no el impuesto
por las autoridades) va degradándose.
Se ha dicho de “S.O.S. Bienestar” que es un precedente de
la serie televisiva británica “Black Mirror”, si bien existen notables
diferencias entre ambos productos. Mientras que esta última a menudo apoyaba
sus especulaciones futuristas en desarrollos tecnológicos, Van Hamme plantea
futuros distópicos en los que la tecnología (quizá con la excepción de
“Seguridad Pública” y, sólo parcialmente, “Revolución”) no juega un papel
determinante. Esa es una de las razones por las que esta obra parece más
realista que la serie británica y, tras cuarenta años, siga manteniendo
actualidad aun cuando la estética, entorno urbano, vestuario y tono sí reflejen
la década que la vio nacer.
Quizá los referentes más claros de “S.O.S. Bienestar” sean autores
clave del género distópico y reconocidos por la Literatura universal, como Franz
Kafka (“El Proceso”), George Orwell (“1984”), Aldous Huxley (“Un Mundo Feliz”)
o Ray Bradbury (“Fahrenheit 451”), novelas que presentan estados
intervencionistas y autoritarios; dinámicas, leyes y procesos tan absurdos como
opresivos; sociedades conformistas y antihéroes rebeldes atrapados y aplastados
por el sistema. Van Hamme deja bien claro en cada historia que las situaciones
que describe son producto no de la búsqueda del poder por parte de una élite
(si bien él mismo agrieta esa premisa en la conclusión del tercer álbum, a mi
entender innecesariamente) como de una auténtica voluntad de mejorar una
sociedad democrática. Siempre hay algún personaje en la historia que se ocupa
de explicar al lector la pésima situación en que se encontraba en el pasado
(que es nuestro presente) tal o cual aspecto de la sociedad: la justicia, la
superpoblación, la sanidad, la cultura…y la necesidad de tomar medidas
administrativas o legales de carácter drástico. A priori, éstas parecen
inexcusables e incluso razonables… hasta que Van Hamme nos muestra los excesos
en los que es fácil caer y que empujarán a esa misma sociedad hacia la
dictadura. Bajo el argumento de la protección del ciudadano y el bien común, se
le imponen más y más restricciones y obligaciones, anulando su libertad y
sofocando la iniciativa personal.
No son estas historias con final feliz en las que el
perverso sistema y sus defensores caen derribados por algún héroe con tanto
valor como recursos. El mensaje, de hecho, es muy pesimista: un sistema opresor
será reemplazado por otro antes o después. No faltan ejemplos, en nuestra
propia Historia, de revoluciones que triunfan sobre dictaduras sólo para
edificar otra equivalente a continuación: “Acaban
de derrotar un sistema que los ahogaba desde hacía años. ¡Están ebrios de
alegría y libertad! Pero a partir de mañana, impondrán un nuevo sistema: nuevas
leyes, nuevas reglas, nuevas instituciones. Por lo tanto, nuevos medios de
control y represión que llevarán a nuevas injusticias”.
El dibujo de Griffo es reminiscente del de Moebius, Enki
Bilal o Caza. Su estilo realista, de línea precisa, sombreado a base principalmente
de rayado y meticulosa atención al detalle, resulta idóneo para el tipo de
historias que Van Hamme escribe, carentes de aventura, heroísmo o sentido de lo
maravilloso y donde sólo vemos a gente ordinaria dedicada a sus quehaceres
cotidianos. De hecho, es inevitable identificar en estas viñetas nuestro propio
mundo. No hay fantasías tecnológicas, ni especulaciones arquitectónicas o de
moda y diseño, pero sí un claro aroma a decrepitud urbana y una suerte de estancamiento
y atmósfera opresiva gracias a pequeños detalles como los omnipresentes
carteles y eslóganes, las pintadas callejeras o las manifestaciones de
protesta; efecto realzado, además, por la aplicación de una apagada paleta de
colores que le da a las imágenes un aire de tristeza, monotonía y uniformidad).
Aunque Griffo no sea un artista particularmente carismático ni su dibujo llame
inmediatamente la atención, tampoco puede achacársele ningún defecto importante.
Quizá el único punto mejorable (y que en obras posteriores mejoraría
considerablemente) sea el de la expresividad facial de los personajes, que a
veces se antojan excesivamente acartonados.
“S.O.S.Bienestar” es una obra distópica que, para nuestra
desgracia, conserva su relevancia décadas después de su publicación original. Independientemente
de la ideología del propio Van Hamme (él mismo se declaró de derechas, pero
también decepcionado desde hace mucho por la calidad del estamento político y
aquí ataca de frente tanto a los Estados controladores como a las grandes
empresas sedientas de poder que él conoció muy bien), “S.O.S. Bienestar”, con
su difuminación de la línea entre lo deseable y lo inadmisible y los argumentos
y contraargumentos para cada medida adoptada por ese gobierno benevolente, ofrece
una interesante reflexión acerca del poder del Estado, las reglas que le
permitimos que nos imponga y la alienación y servidumbres que de ellas derivan;
una lectura, en fin, intensa y presciente, que nos propone mirar con ojo
crítico a lo que sucede en nuestro propio entorno y considerar si no estamos ya
viviendo en una distopía.
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