A comienzos del siglo XX, cuando las ciudades no habían alcanzado las actuales dimensiones y las nuevas tecnologías y dinámicas laborales, familiares y sociales no habían conspirado para alienar a los individuos de aquellos que tienen más cerca, los vecinos desempeñaban un papel en la comunidad mucho más importante que hoy. Todos se conocían, eran sabedores de las tribulaciones de todas las familias del inmueble o de la calle, compartían celebraciones y tragedias, se ayudaban mutuamente, compraban en los mismos establecimientos que, a su vez, actuaban como lubricante social y correa de transmisión de información... Es en este microcosmos y con un trasfondo de crónica social que Zidrou y Lafebre narran la historia de una comunidad que, conmovida por el espejismo autoinducido de una madre que ha perdido a su bebé, se presta a perpetuar una mentira cuyas dimensiones sólo igualan su solidaridad y compasión.
En una ciudad indeterminada, a comienzos de los años 30 del
pasado siglo, existe un callejón sin salida oficialmente bautizado como
Callejón Barón Van Dick, pero cuyos residentes, han renombrado jocosamente el
Callejón del Bebé con Bigote por un cartelón publicitario de jabones con un
infante que alguien colocó en el muro que cierra el pasaje y que luego algún
gracioso “decoró” con un mostacho. Los vecinos de esta pequeña calle, donde se
alinean una docena de casas habitadas por gente de extracción humilde, forman
una comunidad muy unida. Uno de ellos es Camille, una joven de pocas luces a
quien la vida le promete pocas salidas.
Y es que Camille, huérfana de madre desde su nacimiento y
criada por su afectuoso padre ferroviario, Augustin, ha quedado embarazada de
algún desaprensivo que no ha dado la cara y que ni siquiera ella parece conocer.
Si su madre murió al darla a luz, ahora es su hija quien muere en el
alumbramiento, un bebé al que iba a llamar Lydie. Inconsolable, Camille se
refugia en la negación. Un par de meses después, reaparece con una faz radiante,
acunando en sus brazos una criatura invisible y anunciando el milagroso regreso
de su hija, segura de que los ángeles del cielo se la han devuelto: “El sitio de un bebé está junto al corazón de
su mamá, no en el paraíso”. Perplejos ante la insólita situación, los
vecinos comprenden que la muchacha ha perdido parte de su cordura, pero, viendo
la inmensa felicidad que la embarga y dándose cuenta de que jamás podrá
asimilar la verdad, acceden a seguirle el juego y convertirse en sus cómplices.
Y cuando la tragedia vuelve a golpearla unos años más tarde, la solidaridad del
pequeño vecindario se reafirma todavía más.
Es probable que el lector se sienta inicialmente
sorprendido por la premisa de partida de esta historia, profundamente trágica.
De hecho, el comic comienza con una sucesión de escenas sobrecogedoras y
presentadas visual y narrativamente de forma magistral: un vecino ahoga a unos
gatitos recién nacidos ante la triste mirada de su madre mientras el doctor que
atiende el parto de Camille, coloca el pequeño cadáver sobre un aparador con la
cabecita cubierta por una sábana; Augustin entrando en el cuarto que había
dispuesto para su nieta y tomando su cuerpo en brazos; Camille suplicando
arrodillada bajo la lluvia ante una estatuilla de la virgen colocada en el
anaquel de una esquina del callejón (imagen que, desde su puesto privilegiado,
narra la historia con voz en off y cuyos brazos, como los de Camille, también
están huérfanos de un hijo)…
Cuando Camille aparece deslumbrante de alegría con un bebé imaginario, al que habla, alimenta y saca a pasear, y los vecinos deciden apoyarla y reforzar su ilusión, inicialmente puede sentirse algo de lástima, incluso repulsión, ante ese morboso juego de engaño y fingimiento. Pero lo cierto es que la historia está tan bien expuesta y desarrollada con un cariño y humanidad tales que el lector termina entrando en ella. En un mundo y una época en la que las mujeres no siempre tenían los derechos y reconocimiento que se merecían, la fraternidad y generosidad con que arropan a Camille sus vecinos resulta reconfortante. Porque no se limitan a fingir que ven y oyen a la pequeña Lydie mintiéndole a Camille, sino que, manteniendo su cordura, asumen como propia su ilusión y la integran en la vida de la comunidad comprendiendo que la felicidad de Camille es la de todos y que conseguirla no requiere más que un pequeño sacrificio.
La estatuilla de la Virgen –y el niño ausente- nos invita a
creer en el milagro, no de la vuelta de la pequeña Lydie, claro, sino de esa
microsociedad que se esfuerza por mantener la ingenua felicidad de una mujer
profundamente bondadosa que, sin haber conocido a su madre, hubiera sido una
extraordinaria si el destino no la hubiera golpeado tan cruelmente. Conforme pasan
las páginas y los años en la historia, el fantasma de la niña empieza a cobrar
vida y la mentira colectiva actúa de bálsamo para una verdad demasiado
dolorosa. Camille lleva a Lydie a pasear, le prepara pasteles de cumpleaños, la
acompaña a montar en la locomotora del abuelo Augustin, la matricula en la
escuela, avisa al doctor en mitad de la noche para que la atienda de algún mal…
La resurrección empieza a ser algo más que un espejismo transformando el drama
en momentos de alegría y optimismo.
El dibujo del español Jordi Lafebre no puede calificarse
sino de extraordinario. Cada una de sus páginas, realizadas con un fino y
elegante estilo semirrealista, exuda nostalgia y humanidad. La ambientación de
época (papeles de pared y embaldosados, muebles, ajuar, vestimenta) se conjuga
a la perfección con unos personajes diseñados con una meticulosidad
maravillosa, no sólo perfectamente diferenciados en sus físicos sino con un
inmenso rango expresivo que le permite al guionista prescindir de textos que no
hubieran sino estorbado la emoción que transmiten las imágenes. No sólo son sus
rostros los que nos hablan de sus sentimientos, sino todo su cuerpo y en todo
momento: la postura al sentarse, caminar o hablar con alguien también nos indica
cansancio, alegría, satisfacción o tristeza,
La concisión del escenario general (el callejón propiamente
dicho, los oficios que llevan a cabo sus vecinos, la tasca que hace las veces
de colmado y club social, la pequeña iglesia); y, por otro lado, la simpatía,
naturalidad y calidez humana que emanan de los personajes (entre los que no
faltan las notas discordantes, como la amargada arpía con lengua de víbora o la
detestable banda de gamberrillos) ayudan al lector a entrar en ese microuniverso,
que Lafebre puebla con todos los personajes necesarios y ni uno más que pueda despistar
al lector. E igualmente notable: conforme la historia avanza en el tiempo,
vemos a esos personajes envejecer de una manera realista y coherente sin que en
ningún momento nos confundan o chirríen sus cambios físicos: Augustin gana algo
de peso, pero sigue siendo él; Camille cambia lo justo para que la veamos
convertirse en una mujer adulta; los pilluelos del barrio llegan a la
adolescencia…
A ello se añade un coloreado dominado por los tonos sepia que remiten a las viejas fotografías (un arte éste que desempeña un importante papel en la historia) y algo apagados, acordes con una época en la que los interiores estaban menos iluminados que en la actualidad. Colores que también Lafebre utiliza variando su luminosidad y calidez bien para situar temporalmente la acción, bien para enfatizar la emoción asociada a una determinada escena: una cena en familia, la presencia de la muerte en una habitación, una fiesta en un día de verano…
Un apartado artístico, en fin, insuperable, que ofrece
momentos tan sobresalientes como aquellos que mencionaba del parto de Camille o
el abuelo Augustin entrando en la habitación de la difunta nieta; el punto de
inflexión en el que, tras ser víctima de una desalmada travesura por parte de
los gamberros del callejón, los vecinos arropan a Camille; cuando ésta deja a
Lydie en la escuela al cuidado de la maestra y recuerda breve pero muy
significativamente, las crueldades que ella sufrió siendo niña; la poética
muerte de Augustin; y ese enigmático final…
“Lydie” es, en definitiva, un comic tierno y dulce –que no edulcorado- que rompe y al tiempo sana el corazón con unos personajes que calan en el lector aun cuando de vez en cuando se cuestione la sensatez última de sus actos. Zidrou y Lafebre demuestran en esta inteligente mezcla de fábula y drama social un inmenso talento para transmitir emociones que, en esta ocasión, dosifican a lo largo de las diferentes etapas de la vida de un entrañable conjunto de personajes y los desafíos que cada una conlleva, poniendo especial énfasis en valores positivos como la humanidad, la solidaridad, compasión, empatía, fe y amor tanto por el prójimo como por la propia vida. La conclusión, en la que la frontera entre lo material y lo sobrenatural se difumina, dejará al lector reflexionando no ya sobre lo que podría o no ser real en lo que acaba de leer, sino dubitativo respecto a quién es el loco y quien el cuerdo en esa historia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario