11 ago 2022

2013- LA CARTA 44- Charles Soule y Alberto Jiménez Alburquerque

Charles Soule es un guionista neoyorquino con un recorrido y trasfondo peculiares que no se ajustan al perfil del aficionado veterano de los comics ascendido a la liga profesional. Para empezar, se graduó en Estudios Asiáticos y de Oriente Medio con una especialización en el idioma y cultura chinos. En 2000, obtuvo su licenciatura en Derecho, trabajó en un bufete de Nueva York y luego se estableció por su cuenta, ejerciendo sobre todo en el ámbito de la inmigración y el derecho financiero, comercial y corporativo. Y luego, a partir de 2009 y a un ritmo enfebrecido, empezó a escribir comics como Lobezno, Daredevil, Hulka, la Cosa del Pantano o Superman. Pero, evidentemente, su base cultural era muy extensa y ello no solo le permitía sino que le animaba a probar temáticas más valientes y alejadas del canon superheroico.

 

En 2013, debuta en Oni Press, “La Carta 44”, una absorbente historia de ciencia ficción que mezcla el thriller político, las historias de primer contacto alienígena y el subgénero apocalíptico. La génesis de esta mezcla entre “Interstellar” y “House of Cards” –a decir de su creador- se remonta al día de Año Nuevo de 2011, cuando Soule se encontraba paseando por una playa de Nueva Jersey. La idea le vino a la mente casi completamente formada a partir de un pensamiento casual: ¿Qué podría llevar a los Estados Unidos a retomar un papel activo en la exploración espacial tripulada tras el abandono del Transbordador Espacial y la cancelación de las misiones a la Luna y Marte?

 

Convencido de que tenía entre manos algo digno de desarrollo, empezó a perfilar mejor la idea, tratar de captar el interés de un editor y encontrar un dibujante. Trabajar para Marvel o DC permite estirar la imaginación, pero no con la total libertad que otorga un proyecto propio. Eso sí, los problemas que hay que afrontar no son pocos, especialmente si, como era este el caso, no se trataba de una novela gráfica o una miniserie, sino de una colección, limitada, sí, pero extensa. Hay que encontrar un artista dispuesto a comprometerse a largo plazo con el proyecto para contar así con una sola y coherente visión gráfica; y captar el apoyo de una editorial dispuesta a correr el riesgo, promocionándolo adecuadamente en los foros apropiados. Y después de todo eso, claro, que el comic tenga éxito y consiga completar su recorrido.

 

En la primavera de 2011, durante una convención en Chicago, Soule le presentó la idea verbalmente a Jill Beaton, editora de Oni Press, un modesto sello independiente fundado en 1997 en Portland, Oregón y que había lanzado comics como “Scott Pilgrim” de Bryan Lee O'Malley o “Queen & Country”, de Greg Rucka. Fue ella quien encontró y contrató al español Alberto Jiménez Alburquerque para encargarse del aspecto gráfico. Así, “La Carta 44” empezó a publicarse en forma de serie mensual en octubre de 2013, finalizando en 2017 tras 35 números con la conclusión que desde el principio había tenido Soule prevista. 

 

La historia comienza con la toma de posesión del nuevo presidente de los Estados Unidos, Stephen Henry Blades, que al llegar al Despacho Oval tras la ceremonia se encuentra con la tradicional carta de su antecesor, Francis T.Carroll, y que da título al comic (el 44 designa el número que el presidente hace en ocupar el cargo). En ella, para su consternación, lee cómo éste llevó deliberadamente a la guerra a su país en Oriente Medio con el fin de reforzar el poderío y tecnología militares de cara a otra amenaza, secreta pero inminente: siete años atrás, se descubrió en el cinturón de asteroides entre Marte y Júpiter que una inteligencia alienígena –porque ninguna nación de la Tierra dispone de los medios y conocimientos para hacer algo así- había estado utilizando los recursos mineros de esa zona del Sistema Solar para construir algo de gran tamaño y propósito incierto que, además, está enmascarado a los sistemas de detección más comunes.

 

Los pocos miembros del gobierno al tanto del secreto son también los únicos que conocen el envío a ese punto del espacio de una nave, la Clarke, con una tripulación compuesta por cinco científicos y cuatro militares, con el fin de averiguar de qué se trata el objeto y su riesgo potencial, así como de hacer contacto con los alienígenas si ello fuera posible. La nave fue ensamblada en órbita, ocultándola a los telescopios y medios de observación tradicionales y enviando sus piezas como si fueran parte de otras misiones. Tras tres años de viaje, el mismo día en que Blades jura el cargo, los astronautas están a punto de entrar en la esfera de vacío de radiación que rodea el objeto.

 

Pero la tripulación también esconde un secreto. Ante la perspectiva de pasar años juntos en el espacio –quizá para no volver nunca a la Tierra- y tras afrontar una tragedia derivada de los celos, deciden adoptar una dinámica sexual, digamos, democrática, un poliamor que permite a cualquier miembro tener relaciones consentidas con cualquier otro. El resultado es el embarazo de la comandante Charlotte Hayden, al mando de la parte científica de la misión, una situación no buscada que cambia las expectativas de todo el grupo y de la que en la Tierra son ajenos.

 

Dada la enorme cantidad de sucesos que narra este comic, no deseo profundizar en la trama mucho más allá de esta premisa de arranque (aunque en el comentario que sigue sí entraré en algunos spoilers).

 

En “La Carta 44”, Soule teje un argumento intricado, repleto de giros y sorpresas y que equilibra perfectamente un alcance épico (lo que está en juego es nada menos que el futuro de la especie humana) con momentos intimistas de la vida de aquellos que participan en el drama. El guionista utiliza acontecimientos de la historia reciente de Estados Unidos (la Guerra de Irak, el aumento en el presupuesto de defensa, la crisis económica de 2008, la ralentización del programa espacial) para construir sobre ellos una terrible conspiración que, desgraciadamente, a veces parece más verosímil que la auténtica Historia. Con algunos desvíos ocasionales (la guerra en Afganistán, las maquinaciones del expresidente Carroll, la Tercera Guerra Mundial…), la narración oscila entre las intrigas de despacho de Washington y el drama que tiene lugar a bordo de la Clarke, cuyos exploradores realizan descubrimiento tras descubrimiento sin poder comunicárselo a la Tierra y dejándose más de una vida por el camino.

 

Es más, Soule dosifica cuidadosamente la información en ambas líneas narrativas. Desde el momento en que conocemos a la tripulación de la Clarke, es evidente que a bordo han ocurrido cosas que les han dejado a todos profundas cicatrices y que sólo conoceremos bien avanzada la historia. Igualmente, Blades descubre de sopetón, a través de la carta de su predecesor, la existencia tanto de los alienígenas como de una conspiración gubernamental para hurtar información al pueblo americano, pero los detalles de la misma sólo van desgranándose progresivamente.

 

A priori, Blades es un personaje quizá algo tópico: un político elegante y carismático, amante de su hermosa e inteligente mujer –aunque ésta también s intrigante a su manera- y su encantador hijo, honrado, leal y con buenas intenciones. Evidentemente, está modelado a partir del auténtico cuadragésimo cuarto presidente de Estados Unidos, Barack Obama, en el cargo cuando este comic fue concebido (mientras que Francis T. Carroll es una poco sutil y muy deformada versión de su predecesor George W.Bush). Es, también, el más digno de compasión de todo el extenso reparto, porque se ve atrapado en una jaula de maquinaciones y secretos heredados que le colocan en la poco envidiable situación de ir resolviendo un dilema ético tras otro, tomando decisiones que en poco tiempo le dejarán una marca física. Blades es con quien el lector puede simpatizar más, no sólo por la difícil situación a la que se ve empujado, sino porque es en buena medida a través de sus ojos que va siguiendo la historia.  

 

Aún peor, los partidarios del anterior presidente y conocedores de la gran conspiración, le mienten y traicionan, y su más valioso e inteligente asesor es víctima de un atentado. ¿Es posible durante su mandato pensar en cualquier otra cosa que no sea ese objeto extraterrestre que puede cambiar la faz del mundo? ¿Cómo decidir políticas educativas o nombramientos cuando quizá en cuestión de semanas o meses podríamos estar los humanos luchando por nuestra supervivencia? ¿Debe entonces revelar la existencia del objeto extraterrestre al mundo? Si lo hace, podría enfrentarse a un panorama de desorden social como nunca antes en toda la historia de la humanidad. Adeás, desvelar cómo se ha sumido al país en dos guerras, una crisis económica y la inacción en todos los campos políticos para financiar el Proyecto Monolito (que desarrola armas de alta tecnología con las que afrontar una posible invasión alienígena) y la misión de la Clarke, podría llevar a una guerra civil. De hecho, estalla una Tercera Guerra Mundial en la que antiguos aliados se enzarzan en cruentas batallas por todo el globo y en el curso de la cual grandes ciudades quedan arrasadas.

 

El grupo de astronautas de la Clarke está menos perfilado y su función, es sobre todo, la de actuar o bien como expertos en diferentes campos del conocimiento que aportan la explicación técnica necesaria para entender tal o cual suceso e inventan una solución para este u otro asunto; o bien como militares que desarrollan tácticas para enfrentarse a un peligro y encabezan los momentos de acción física. Hay alguno con personalidad más definida, como el sargento John Willett o el astrónomo Donald Pritchard, pero en general no son demasiado memorables a título individual, siendo más interesante la dinámica conjunta que han establecido en su vida cotidiana a bordo. Se trata de un grupo de gente valiente y capaz que han quedado atrapados en el espacio. La tecnología que les llevó hasta allí, aunque más avanzada que ninguna otra en la historia de la humanidad, está sin embargo lejos de haber sido probada y una parte importante de su tiempo han de invertirlo en reparar continuos fallos en los sistemas. Para colmo, no tienen suficiente combustible como para regresar a casa y la comandante está embarazada de alguno de sus compañeros, no se sabe cuál (al menos hasta que nace la criatura). La perspectiva de dar a luz en gravedad cero y sin un equipo médico adecuado, añade otra capa adicional de tensión e incertidumbre.

 

Originalmente intercalados en la serie regular, se publicaron cinco episodios (que en la edición compilada se han juntado en uno solo de los volúmenes) dedicados exclusivamente a aportar información individual sobre los miembros de la expedición, sus pasados, personalidades y motivos para alistarse en lo que tenía todas las probabilidades de ser un viaje sin retorno. No hay apenas acción en estos capítulos dedicados íntegramente, como digo, a la construcción de personajes, lo que demuestra que Soule sí tenía recursos e ideas en ese sentido, pero que no encontró la forma de insertar toda esa información (correspondiente, recordemos, a diez personas nada menos) en la historia principal sin ralentizar su acelerado ritmo.

 

Más chirriante resulta el expresidente Carroll, que acaba encajando – innecesariamente a mi parecer- en el molde de villano de manual por el que es imposible sentir afinidad alguna. Soule nos sugiere que la pérdida de su mujer, a la que verdaderamente amaba y que le servía de brújula moral en el desempeño de sus funciones políticas, fue uno de los factores que le llevaron a perder el rumbo y cometer serios atropellos contra su país y el mundo en general (algo en lo que no cae el presidente Blades, que en todo momento cuenta con el apoyo de su familia). Personalmente, creo que hubiera resultado mucho más interesante conservar su ambigüedad hasta el final: alguien que, convencido de actuar en aras del bien de la especie, realiza actos deplorables que siembran miseria, destrucción y muerte. En cambio, Soule lo reduce progresivamente al estereotipo: un sujeto arrogante, egocéntrico, psicópata y que, incapaz de asumir la pérdida del poder, está dispuesto a cualquier cosa para recuperarlo, incuyendo conspirar contra su país, traicionarlo vendiendo secretos a otras potencias y maquinar para salvar sólo a quienes le apoyan incondicionalmente, engañándolos y sacrificándolos cuando su plan no sale como esperaba.

 

En cuanto a los alienígenas, Soule se enfrentaba al dilema de cualquier escritor que aborde el tema del Primer Contacto. Una vez conocido o encontrado el objeto, vehículo, planeta o elemento extraterrestre que se sitúa en el cenro del enigma que pone en marcha la trama, caben dos alternativas. En primer lugar, mantener hasta el final el sentido de lo maravilloso, la emoción, el asombro y el temor ante lo desconocido, limitándose a exponer hipótesis sobre el hallazgo sin llegar a desvelar nunca su auténtica naturajleza, origen o propósito. Es el caso de “Pórtico” (1977), de Frederik Pohl; “Solaris” (1961), de Stanislaw Lem; “Cita con Rama” (1972), de Arthur C.Clarke; o “Mundo Anillo” (1970), de Larry Niven.

 

Ahora bien, el desarrollo narrativo de ese enfoque puede ser limitado y no son pocos los lectores que encuentran insatisfactorio finalizar una historia sin conocer la resolución del misterio que la impulsaba. La única alternativa es desvelar más y más de ese enigma hasta aclararlo por completo. Pero ello tiene dos peligros. El primero es, precisamente, aquello de lo que se quería huir inicialmente y que es la razón por la que sagas de novelas como la de “Pórtico” o “Rama” van perdiendo progresivamente su interés conforme más se sabe de los alienígenas en cuestión: sin el misterio que impulsa a seguir leyendo, es frecuente que la historia quede reducida a una aventura más o menos convencional.

 

Esa es la opción que escoge Soule encontrándose con el segundo peligro asociado a la misma: son pocos los autores capaces de imaginar inteligencias extraterrestres verdaderamente ajenas a lo humano o siquiera que estén a la altura del enigma inicialmente planteado. Así, en “La Carta 44”, los Constructores, por muy avanzada que resulte su tecnología, resultan estar regidos por emociones que nos resultan sospechosamente familiares (básicamente, la búsqueda de la redención por la destrucción que provocó la arrogancia de toda su especie y su fe en un Destino Manifiesto) y son sensibles a la frustración, la ira o la venganza. Tampoco Alburquerque plasma gráficamente unos extraterrestres particularmente originales: una especie de conchas con tentáculos que se sirven de una suerte de prolongaciones fractales multiuso.   

 

El madrileño Alberto Alburquerque no tenía ante sí un desafío sencillo cuando decidió encargarse de “La Carta 44”. En primer lugar, debía diseñar un extensísimo reparto de personajes, docenas de ellos con un papel relevante en la trama y cada uno con rasgos claramente definitorios que permitieran identificarlos al momento en cualquier escena. En segundo lugar, tenía que ambientar la acción en lugares y entornos muy dispares: a bordo de la Clarke, en el interior de la construcción alienígena y en los círculos políticos y científicos de Washington. Y, para colmo, había elementos y secuencias complicados de resolver: tecnología y biología extraterrestre, fenómenos cósmicos de magnitud sobrecogedora, batallas en la Tierra con armas de última generación… Aún peor, Soule incluye extensos parlamentos que no hay forma de resolver más que con primeros y medios planos de “cabezas” dando discursos.

 

Alburquerque sale razonablemente bien parado de este reto. Su estilo, una mezcla de línea independiente americana, sabor francés y manga, destaca  sobre todo en los fondos y los elementos mecánicos, pero en cuanto a las figuras adolece de desproporciones anatómicas y expresiones y manierismos que pretenden subrayar la intensidad emocional de ciertos momentos pero que, a mi juicio, son excesivos e innecesarios.

 

Los 35 números de que consta “La Carta 44” –reunidos en seis volúmenes- son una lectura adictiva que perfectamente podría haber adoptado la forma de una novela o una serie de televisión. Tiene un extenso reparto de personajes que le permite a los autores mezclar la CF y la Política “duras” en una trama original que va in crescendo desde el primer número, que encadena revelación tras revelación, ofrece acción en abundancia pero bien dosificada y no traiciona su espíritu con un final abierta y forzadamente feliz.  

 

 

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