21 mar 2018

1993- LA GUERRA DE LAS TRINCHERAS – Jacques Tardi


¿Por dónde empezar cuando se trata de abordar algo tan inmenso y tan complejo como la Gran Guerra, ahora más conocida como Primera Guerra Mundial? ¿Cómo te aproximas a un conflicto que causó millones de muertos y mutilados, que trajo a los campos de batalla nuevos niveles de horror en la forma de armamento producido industrialmente, como las ametralladoras, el alambre de espino, los cañones de gran calibre, los tanques, la aviación o los gases letales? ¿Cómo explicar un cataclismo que derribó imperios y gobiernos, redibujó el mapa de Europa, aniquiló a toda una generación y dejó cicatrices en el territorio, la política, los cuerpos y la mente de los europeos?



La Primera Guerra Mundial ha constituido desde hace décadas una obsesión para Jacques Tardi y, de hecho, la génesis de esta obra se encuentra enraizada en su propia niñez, cuando descubrió simultáneamente el comic y la guerra, esta última a través de las anécdotas y vivencias que su abuela le contaba acerca de su abuelo, Paul Tardi. De origen corso, éste llegó al continente por primera vez en 1914 con ocasión del estallido de la Primera Guerra Mundial, en el curso de la cual resultó herido y gaseado. No era un hombre hablador y probablemente no disfrutaba rememorando aquellas experiencias. Murió cuando Tardi tenía cinco años de edad pero fue su abuela la encargada de transmitírselas a su nieto, que asumió el rol de custodio de los recuerdos familiares, volcándolos en varios de los comics que desde 1970, cuando empezó a trabajar para la revista “Pilote”, escribió y dibujó a lo largo de su carrera y en los que la guerra es o bien el tema o bien el fondo. (Por su parte, el padre de Tardi, René, participó en la Segunda Guerra Mundial y permaneció prisionero en un campo alemán).

Sin embargo, sus primeros intentos para trasladar a las viñetas la vida cotidiana de los soldados en las trincheras del frente occidental, terminaron en fracaso. René Goscinny, editor por entonces de “Pilote”, rechazó sus páginas por encontrarlas demasiado caricaturescas, pero sin
duda también tuvo que ver el miedo a la polémica y la censura. Tras diversas colaboraciones, Tardi vuelve a la carga y en 1974 publica en la editorial Dargaud “Adios Brindavoine” (serializada en “Pilote”); y en Futurópolis el mismo año, “La Verdadera Historia del Soldado Desconocido”. Son las primeras historias firmadas por él que se hacen eco de la Primera Guerra Mundial sin abordarla directamente. La primera de esas obras hallaría continuación en “La Flor en el Fusil” y su protagonista saltaría posteriormente a la saga de “Adele Blanc-Sec”, en la que, a partir de un determinado momento, la guerra hace irrupción en el peculiar universo de esa emancipada heroína. Los comics de Tardi solían transcurrir en entornos urbanos –especialmente los suburbios parisinos-, introducían temas como el anarquismo, la revolución, la guerra o la miseria y estaban protagonizados por antihéroes que, deliberadamente, ridiculizaban el tópico heroico tradicional.

En 1993, Tardi decide zambullirse de lleno en su particular obsesión por los horrores del
fenómeno bélico realizando simultáneamente un trabajo documental y una declaración de principios sobre la guerra que puede complementar perfectamente a clásicos literarios sobre el mismo tema como “Sin Novedad en el Frente” de Erich Maria Remarque o “Adiós a las Armas” de Ernest Hemingway.

“La Guerra de las Trincheras” no es una historia de la Primera Guerra Mundial ni una narración de ficción al uso, con una trama definida y unos personajes fijos. De hecho, el comic no se desarrolla linealmente ni se limita exclusivamente a los soldados franceses, sino que va saltando de personaje en personaje, de año en año, hacia atrás y hacia delante. Comienza en el último tercio de 1917; luego retrocede al comienzo de la guerra, en 1914; después avanza a 1916, etc.

Por otra parte, a Tardi no le interesan las intrigas políticas internacionales, los juegos de poder
en las altas esferas, las estrategias o las batallas. Y es que basta con echar un vistazo a las estadísticas de esa guerra para darse cuenta de que rápidamente acaban convirtiéndose se convierten en meros números sin nada detrás. Nuestros cerebros no pueden procesar la imagen ni el concepto de millones de vidas cercenadas que se esconden tras esas cifras. Tardi comprendió que era necesario una mirada personal para que el lector pudiera conectar con quienes vivieron aquellos salvajes acontecimientos y, como Remarque, prefiere centrarse en la pesadilla cotidiana de las trincheras, en la vida del infeliz soldado de a pie, cuyas peripecias y muerte narra con cercanía, sarcasmo, disgusto y rabia apenas controlada. No hay aquí batallas gloriosas, victorias, recompensas al esfuerzo y el sacrificio… Sólo terror, sufrimiento, sangre, barro, enfermedades, lluvia, balas, explosiones, confusión, pérdida, ratas, piojos, comida y cadáveres en descomposición, sinsentido, brutalidad y, sobre todo, muerte.

Puede que los hombres que aparecen en sus viñetas sólo representen una fracción de los millones de almas de muchas naciones que dejaron sus vidas en el frente, pero son personas,
individuos reales, con los que resulta fácil identificarse. El mismo autor, en el prólogo, se confiesa: “No me intereso más que en el hombre y su sufrimiento…y mi indignación es grande”. Así, lo que nos ofrece Tardi son las vivencias de una serie de soldados en forma de historias cortas y fragmentadas, sin conexión aparente más allá del trágico y anónimo fin de sus efímeros protagonistas. Todas juntas, sin embargo, forman un todo coherente a la hora de reflejar la terrible ordalía que experimentaron quienes lucharon y murieron en las trincheras del frente occidental: los alemanes avanzan utilizando a civiles como escudos, y los franceses disparan de todas formas porque éstos no son sus paisanos; una compañía retrocede a la relativa seguridad de las trincheras tras una carga que ha acabado en total fracaso, sólo para verse masacrada por sus propios cañones a la orden de su general, que los castiga por cobardía; el empeño de un cocinero en repartir sopa y vino a sus compañeros se convierte en un viaje nocturno de trece páginas por un auténtico infierno que incluye suicidios con granadas, deformes masas de cadáveres en descomposición y la confesión de un moribundo de que ha asesinado a varios policías militares de su propio bando (una historia ésta inspirada parcialmente por una vivencia real del abuelo del autor).

Es precisamente la pequeñez de los hechos narrados en relación a las colosales dimensiones del conflicto lo que los hace tan importantes, porque la visión subjetiva, la experiencia individual y cercana, es lo que nos permite descender del frío nivel de la Historia para identificarnos con los personajes y darnos cuenta de lo mucho que tenemos en común con ellos. Entre el barro, bajo el fuego de artillería y el gas mostaza, no importan las naciones, los reyes, las fronteras o los uniformes. Los soldados de ambos bandos piensan y sienten lo mismo. “En el otro lado”, dice uno de los franceses, “es más o menos lo mismo. Pero las trincheras están más organizadas porque son alemanes”.

Tardi elige un escenario, un momento de la guerra, y lo conecta con una pequeña historia de uno o varios individuos atrapados en ella. Empieza con un pasaje bastante equilibrado en el que se muestra la rutina diaria de los bombardeos sobre el bando contrario, tanto desde el punto de vista alemán como francés, presentando las trincheras, el infierno dantesco de la Tierra de Nadie y el primer “protagonista” cuya peripecia seguiremos: Binet. En realidad, cuando le vemos por primera vez, el soldado Binet está muerto y pudriéndose en la Tierra de Nadie, por lo que ya sabemos cuál va a ser su destino: estadística de guerra. A continuación, Tardi retrocede en el tiempo para contarnos algo de su vida, humanizar ese simple número anónimo. No es una decisión habitual el hacer que tu personaje de apertura sea un tipo
bastante misántropo y asocial, pero es que el autor no trata de engañar a nadie. Los caídos ni son santos ni héroes patrióticos y virtuosos: son personas, algunos buenos, otros miserables, estos divertidos, aquéllos egoístas… Binet no es el tipo de persona que a ninguno le gustaría tener como compañero de cuarto, pero tampoco merece la horrible muerte que tiene. Ésa es una de las claves del comic: que esta guerra enorme e industrializada engulle a cuantos se le ponen por delante independientemente de su personalidad, profesión y trasfondo social. El sufrimiento es universal en ambos bandos.

Lo relevante es que aquellos combatientes no eran guerreros, sino hombres y muchachos que personalmente no tenían ninguna razón para odiarse y que, incluso colectivamente, les era indistinto el resultado del conflicto, pero que eran obligados a luchar, matar y enfrentarse a una muerte arbitraria. No
sabían dónde iban, no tenían información, se los manipulaba con facilidad. El concepto de “sacrificio voluntario” era una invención. Ciertamente, cuando estalló la guerra, a mitad de agosto y con buen tiempo, se produjo una suerte de histeria nacionalista colectiva y muchos debieron pensar que alistarse no sería más que tomar unas cortas vacaciones para matar alemanes y luego volver a casa convertido en héroe. Pero eso duró poco y abunda el material gráfico contemporáneo en el que se puede ver la desesperación y las lágrimas en los rostros de quienes han recibido órdenes de marchar al frente.

Al final, es la humanidad de los combatientes –su miedo, su confusión e incluso su mezquindad- lo que nos abre los ojos a la inhumanidad de la guerra que se ven obligados a librar. Los personajes de “La Guerra de las Trincheras” tienen una serie de características comunes: todos están desilusionados, dominados por el cinismo y la desesperanza y lo único que buscan es sobrevivir al infierno al que han sido arrojados. Binet acaba muriendo ametrallado mientras busca por la noche a su desaparecido compañero Faucheux en la Tierra de Nadie. Es encontrado por un soldado que resulta ser el narrador de la historia, un personaje que interviene varias veces y que contempla la atrocidad de la guerra y la deshumanización de sus combatientes. Sufre los efectos del gas tóxico, conoce a compañeros desesperados que se
suicidan y, finalmente, muere el mismo día en que el Armisticio pone fin a las hostilidades.

El soldado Lafon es a través de quien Tardi nos presenta el comienzo de la guerra, el clima enfervorizado y agresivo que dominó a tantos ingenuos en los primeros meses del conflicto. Morirá en una trinchera víctima de la explosión de un proyectil. El soldado Huet es quien nos ilustra acerca de la violencia psicológica del conflicto: se siente culpable por disparar a los civiles utilizados por los alemanes como escudos humanos. Carcomido por los remordimientos, termina muriendo de un disparo en el estómago. El soldado Mazure es uno de los raros luchadores que ha sobrevivido desde el comienzo de la guerra. Lo vemos herido, vagabundeando en busca de refugio tras una batalla hasta terminar cayendo prisionero de un soldado alemán que se había escondido en un pueblo abandonado. Los dos, sin embargo, aprenden rápidamente a coexistir sin hostilidad. La llegada de otros soldados franceses dará un vuelco a la situación: matarán al alemán y Mazure terminará siendo juzgado en consejo de guerra y sentenciado a muerte por abandono del puesto y confraternización con el enemigo.

Es cierto, no obstante, que parte del efecto cercano que Tardi busca al ofrecer un relato caleidoscópico y no lineal, se neutraliza al evitar dar más protagonismo a un determinado personaje, lo cual hubiera facilitado no solo la exploración de su personalidad en ese entorno bélico sino también el encariñamiento del lector. Al saltar de uno a otro personaje, es difícil conocer e interesarse realmente por alguno de ellos.

El comic destaca asimismo la destrucción de la escala de valores que conlleva la guerra moderna. Las reglas ordinarias que rigen la conducta humana no sólo se suspenden sino que se invierten: matar no está castigado e incluso no hacerlo puede conllevar la pena capital; la muerte puede venir no sólo de los enemigos, sino también de los aliados; los suertudos son los que quedan mutilados, son hechos prisioneros o mueren porque para ellos “la guerra ha terminado”; el acto más valeroso posible bien puede ser la deserción.

A veces, a la guerra se la describe como un tipo de locura, pero no se trata de una locura
ordinaria. Ésta es siempre algo minoritario, una experiencia individual. La guerra, en cambio, es un fenómeno colectivo, absorbe todo lo que toca, hace de la demencia la regla al tiempo que castiga a los cuerdos, empuja a hombres perfectamente normales a situaciones obscenas, les impone condiciones inhumanas, les exige lo imposible… Lo banal y lo atroz convergen en el mismo punto.

Esa mirada cercana no le impide a Tardi, sin embargo, entrar en las causas subyacentes de la guerra: la exaltación colectiva irracional o la explotación del patriotismo con fines económicos. Subraya lo cruelmente ridículo que supuso que naciones e imperios no tuvieran reparos en gastar toda su riqueza y recursos en asesinar a millones cuando con ese mismo esfuerzo podría haberse albergado, educado y alimentado a cada uno de sus propios ciudadanos, incluidos aquellos que vivían en la pobreza y a los que los gobiernos ignoraron hasta que los necesitaron como carne de cañón. En las últimas páginas y sin salir del escenario del frente, expone el coste humano que esa explosión de locura y violencia supuso para multitud de naciones de todo el mundo y cómo dejó abierta la puerta a otros conflictos futuros, desde la Revolución Rusa a la Segunda Guerra Mundial. Allí combatieron regimientos traídos desde las esquinas más lejanas de los imperios: soldados sijs de la India luchando por Gran Bretaña; argelinos y vietnamitas por los franceses (estos últimos, a la vuelta de unas décadas, asesinarían a sus antiguos amos buscando su propia libertad).

El estilo gráfico de Tardi, claro y sólido, siempre ha sido inmediatamente reconocible, y en “La Guerra de las Trincheras” ofrece uno de sus mejores y más maduros ejemplos. Desde finales de la década de los sesenta, Tardi ha tenido una carrera rica, productiva y variopinta, escribiendo y dibujando un poco de todo, desde ciencia ficción retrofuturista a comic fantástico, de retrospectivas familiares a relatos policiacos pasando por ese folletín tan nostálgico como cínico que es su serie de Adele Blanc-Sec. Para cada una de esas obras, Tardi variaba un poco su estilo de forma acorde al tema y enfoque de la historia a tratar. Para “La Guerra de las Trincheras”, se limita casi exclusivamente a una composición de tres viñetas horizontales por página, un formato visual panorámico que le deja espacio para reflejar cuidadosamente el mundo de las trincheras y los campos de batalla, los tanques, cañones, soldados cubiertos de barro y rostros exhaustos contra un fondo de cielos grises o barrizales devastados.

Esa composición también hace que la acción transcurra a un ritmo más lento de lo normal,
como si fueran escenas congeladas en vez de un movimiento continuo. Es una decisión que casa con el propio planteamiento de este comic. Así, una inútil carga de la infantería francesa al principio del álbum transmite una sensación monumental, casi agónica. Los hombres corren, tropiezan, son alcanzados por las balas, sangran… pero todo ello con una lentitud casi sádica. El principal “truco” de los comics consiste en convencernos de que una serie de imágenes estáticas, recorridas por la mirada, pueden reflejar el paso del tiempo y el movimiento que a él acompaña. En cambio, “La Guerra de las Trincheras” juega a la inversa: vemos un momento de acción rabiosa paralizada, con esos horribles flashes que marcan el final de una vida congelados para siempre en nuestra retina.

Menos acertada me parece la sobrecarga de textos que acompaña a muchas viñetas, en ocasiones ralentizando excesivamente el ritmo de lectura. Da la impresión de que el autor concede más importancia a los textos que al dibujo y eso descompensa el equilibrio entre el aspecto visual y el literario que debe guardar todo comic.

En cambio, Tardi acierta de pleno al elegir el blanco y negro para recrear una época que nosotros hemos aprendido a visualizar en ese formato a través de viejas fotografías y filmaciones. Además, recurre a abundante documentación gráfica para acercar su estilo hacia el tipo de ilustraciones que acompañaban a las gacetas periodísticas de entonces, dejándose también inspirar por los clásicos bélicos americanos y trabajando cuidadosamente en su blanco y negro la mezcla de masas de tintas y tramas mecánicas para construir imágenes que conjugan la belleza con el horror más visceral. Sabe cuándo aumentar el grado de detalle para perfilar mejor la arquitectura, las armas y vehículos, la ropa, el equipamiento o una estancia determinada; pero también cuándo
prescindir de todo excepto de lo básico, utilizando una simple mancha o unas líneas para dibujar un árbol seco recortado en el horizonte, un reflejo en un cráter inundado o las sombras pesadillescas de la Tierra de Nadie.

En las páginas que dibuja Tardi para este comic, el mundo tiene peso, humedad, olor y tacto. La ropa se arruga y se dobla, se moja y lastra a quien la lleva; los objetos se rompen, astillan, oxidan y pudren. Sus figuras humanas son sólidas, caminan encorvadas de agotamiento, sus dedos son gruesos, sus rostros toscos y poco agraciados por unas narices anchas, unas cejas pobladas y expresión de agotamiento e insensibilidad. En los momentos de máxima violencia, el trazo se endurece y salpicones de tinta cruzan la página simulando la sangre. En este apartado, quizá pueda achacársele a Tardi cierta inexpresividad. Su estilo virado hacia la caricatura no es el mejor para recoger un amplio rango de emociones dramáticas. De todas formas, es un defecto que quizá no chirríe tanto dado que sus personajes apenas hablan y, por tanto, las caras y los cuerpos no tienen que acompañar a las palabras.

Tardi realizó con “La Guerra de las Trincheras” un notable trabajo cuya influencia se dejaría sentir en el estilo seguido por otros dibujantes-periodistas, como Joe Sacco. En el corazón del comic está el interés y la curiosidad que sentía el propio Tardi por su abuelo. Todas las fuentes literarias, históricas, cinematográficas y fotográficas que ha utilizado como guía para elaborar esta obra no han hecho sino enriquecer esos recuerdos familiares.

Es cierto, sin embargo, que hay ciertos anacronismos inherentes a la interpretación de un suceso del pasado utilizando los referentes éticos, políticos y sociales de una época muy diferente como fue el final del siglo XX. Cuando asegura que no es un historiador, Tardi preserva su libertad a la hora de elegir el enfoque y el peso que debe jugar su propia imaginación. No le importa que su reconstrucción del conflicto se haya hecho en ocasiones a expensas de la Historia más estricta. Su meta es triple: dar voz a su abuelo, hacer inteligible un acontecimiento hoy difícilmente comprensible y justificable desde el punto de vista social y humano, y denunciar lo absurdo de las guerras.

Por todo esto, “La Guerra de las Trincheras” es un comic atípico. Una obra a mitad de camino
entre el ensayo histórico, el documental y el manifiesto ferozmente antibelicista. Rezuma dolor, sufrimiento, horror y muerte, pero también pasión y humanismo. No resulta agradable de leer (el poco humor que hay es, como no puede ser de otra manera, negro y descarnado) y sin duda es uno de los tebeos más duros que haya dado el género. El propio Tardi admitió que su elaboración había sido agotadora, teniendo que hacer frecuentes altos para dedicarse a otras cosas a lo largo de toda una década. Pero merece ser leído. Es más, debería serlo. Nadie de los que combatió en aquella guerra está ya entre nosotros y obras como esta les da voz, impide que su padecimiento y muerte sean víctimas del silencio y hace que no olvidemos los actos monstruosos de los que el hombre es capaz en nombre del nacionalismo exacerbado.


1 comentario:

  1. Muy bueno, en algunos planteamientos mejor que "Puta Guerra!... De todas formas mi preferido sigue siendo "El Grito del Pueblo" y los de Néstor Burma, se adaptan muy bien las tintas tan "duras" de Tardí al género negro...

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