A diferencia de otros superhéroes, Hulk es un personaje que lo tiene difícil para reunir en torno a sí a un nutrido grupo de fans. Eso no le ha impedido convertirse en un auténtico icono mundial de la cultura pop. Su nombre ha pasado al vocabulario popular para describir a alguien que se enfurece desproporcionadamente por motivos ridículos y su musculosa figura verde adorna innumerables objetos. Es igualmente cierto, sin embargo, que tan conocido como es el propio Hulk resulta fácil olvidarse de que tiene un alter ego perpetuamente a su sombra. De él es de quien trata precisamente “Hulk: Banner”.
“Startling Stories” fue un sello que Marvel utilizó para publicar una serie de proyectos (cuatro

“Hulk: Banner” fue la primera de esas miniseries, de cuatro números, en la que se presentaba una historia, como he dicho, ajena al canon y la continuidad oficiales de Marvel. Ello quiere decir que para comprender lo que aquí se narra basta con conocer lo más básico del personaje, a saber, que Bruce Banner es un científico apocado que se transforma en un violento gigante con la inteligencia de un saltamontes cada vez que alguien o algo le suscita una emoción violenta como el miedo o la ira. Esa independencia de la continuidad es también lo que le permite a su guionista, Brian Azzarello, imaginar el cuento de un hombre angustiado que lleva demasiado tiempo viviendo con una carga de culpabilidad inimaginable.

Y es que el Hulk que vemos aquí no es el superhéroe alienado, digno de compasión, al que todo el mundo persigue injustificadamente y que, solo o en alianza con algún otro justiciero, salva al mundo del supervillano de turno. No, este Hulk no derriba exclusivamente edificios desalojados por la policía, en obras o abandonados sino que destroza ciudades enteras y mata a centenares de personas en el proceso. Es una auténtica fuerza de la naturaleza, sin conciencia ni remordimientos, que deja la zona por la que pasa convertida en un escenario dantesco. Aunque no se recrean en ello, Azzarello y Corben no tienen problemas en mostrar a Hulk estampando a un civil contra una pared o al ejército sacando cadáveres bajo los escombros y montando hospitales de campaña para atender

Pero es que, además, en este universo alternativo, el ejército y el gobierno intentan evitar el pánico general –y ocultar de paso su incapacidad- achacando los brutales actos de Hulk a huracanes o terremotos, falseando informes meteorológicos y –suponemos- engañando, comprando o amenazando a los testigos supervivientes. En este contexto bastante más oscuro que el Universo Marvel convencional, Doc Samson, a la cabeza de los militares que persiguen a Hulk, es presentado como un individuo despreciable, sarcástico y despiadado, que no tiene inconveniente en sacrificar a sus hombres lanzándolos sin posibilidad alguna contra el monstruo verde.
Muchos han visto en Hulk una metáfora de las armas nucleares. Hijo de una bomba radioactiva, su poder es inmenso e incontrolable. Azzarello conserva esa idea aunque la enfoca desde un ángulo más personal. El Hulk de esta historia personifica una furia e ira con las que todo el mundo puede identificarse, pero de las que nadie quiere hablar. A menudo se ha alabado al guionista por su habilidad con el lenguaje pero aquí destaca precisamente por las pocas palabras que le hacen falta para que entendamos

El problema de “Hulk: Banner” es que contiene un puñado de ideas nuevas o más osadas de las que pueden encontrarse en los comics normales del personaje, pero hiladas por una trama en exceso alargada y poco interesante. De hecho, si quitamos las referencias a las víctimas que causa Hulk, los intentos de suicidio de Banner y sustituimos a Samson por otro personaje, estaríamos ante un comic bastante convencional.
El número de apertura, aunque genérico, es muy potente, mostrándonos el desolador panorama

En el número dos encontramos el ya tópico choque entre Hulk y el ejército en el desierto, una escena que se ha visto centenares de veces en los comics del personaje. Ahora bien, en lugar de dedicarle dos o tres páginas, Azzarello y Corben lo alargan hasta ocupar todo el episodio. Y eso es un problema para una obra que se precia de ofrecer una visión no convencional de Hulk. Porque al final, la trama es consabida y escasa y la caracterización casi inexistente más allá de Banner y Samson. Quizá si hubiera incluido a Betty Ross podría haberse ampliado y mejorado el plano emocional.
Por otra parte, el punto fuerte de la miniserie es profundizar en el sentimiento de culpa que podría sentir alguien como Banner, que periódicamente y sin control alguno sobre ello, se transforma en un monstruo furioso. Pero este aspecto también ha formado parte de la serie regular desde su misma creación y multitud de guionistas le han dado vueltas al concepto durante décadas. Azzarello lo aborda con acierto técnico y le da quizá algo más de intensidad empujando al personaje hacia el suicidio, pero no puede decirse que la idea

Azzarello cuenta en esta ocasión con el apoyo artístico de Richard Corben (con quien volvería a unir fuerzas en “Hellblazer” y “Cage”). El dibujo de este ilustre de la historieta ha sido siempre muy personal, una mezcla extraña entre la estética underground y el hiperrealismo. Tras labrarse prestigio internacional en el género del Terror y la Fantasía, se vio obligado ya a comienzos de siglo a amoldarse a la industria del superhéroe como forma de supervivencia y obtención de ingresos con los que impulsar otros proyectos más personales.
Sus figuras para “Hulk: Banner” están alejadas de ese naturalismo estilizado dominante en el comic de superhéroes. Los suyos son cuerpos achaparrados y cabezones, a veces casi

“Hulk: Banner” podría recomendarse a alguien que no haya leído prácticamente nada del personaje y, desde luego, a los seguidores de Corben, que aquí podrán verle lejos de su ambiente temático habitual. Pero por lo demás, se trata de una historia muy escuálida y no particularmente nueva. Tenemos un arranque y un desenlace potentes, un dibujante peculiar y algunas ideas interesantes pero que añaden poco a lo que es el argumento en sí. No veo material suficiente para justificar su extensión, a menos, claro está, que le interese al autor para así poder cobrar royalties de las reediciones en volumen recopilatorio.
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