A comienzos de la década de 2010, el guionista belga Stephen Desberg venía trabajando en series de tono realista, entre ellas, por ejemplo, “I.R.$”, uno de los thrillers de suspense financiero y geopolítico más exitosos de la escuela franco-belga. Según explicó el propio guionista en una entrevista, en ese punto sintió el deseo no tanto de cambiar de género como de registro: le apetecía hacer una historia con mucha acción, pero también humor, diálogos mordaces y personajes con ideas bastante extremas.
De hecho,
cuando empezó a concebir el personaje de John Tiffany, llegó a escri
bir los dos
primeros álbumes sin tener todavía un dibujante asignado al proyecto. Su
intención era jugar con un tono próximo al cine de acción y al thriller, pero
evitando la solemnidad habitual del género e introduciendo múltiples
referencias cinematográficas. El protagonista sería un cazador de recompensas
de alto nivel que acaba convertido en presa. Es rico, conduce coches de lujo,
se mueve por ambientes sofisticados y tiene una vida aparentemente envidiable,
pero está rodeado de personajes bastante peculiares y moralmente ambiguos.
Y entonces apareció el dibujante: el norteamericano Dan Panosian. El encuentro entre ambos fue bastante fortuito. Antoine Maurel, editor de Le Lombard, conoció a Panosian en Nueva York y le habló del proyecto que Desberg había preparado. El americano ya conocía el trabajo de éste porque, entre otros comics firmados por él, era admirador de “El Escorpión”, dibujado por Enrico Marini. Así que Desberg viajó a Los Ángeles para conocerlo y ambos congeniaron. Panosian hizo a continuación una página de prueba… y el guionista se encontró con que la concepción visual de Tiffany no coincidía con la que él tenía en la cabeza.
P
anosian
contó que él y Desberg trabajaron estrechamente, pero que sus respectivas
visiones del personaje diferían. Desberg lo imaginaba inicialmente más serio y
dramático, mientras que Panosian veía a Tiffany bajo un prisma algo más irónico
y caricaturesco. Incluso tuvo que convencer al guionista y a la propia
editorial Lombard de que aquella interpretación podía funcionar. Cuando
empezaron a llegar las páginas, tanto el editor como Desberg terminaron
aceptando su versión. Y eso es importante para entender el aspecto final de la
serie, porque Tiffany no es simplemente un héroe de acción dibujado de manera
realista, sino que tiene un punto caricaturesco que rebaja la épica del
personaje.
Panosian no recibió todo el guion de una vez sino que Desberg se lo iba proporcionando escalonadamente, una dinámica de trabajo muy diferente a la que él estaba acostumbrado en Estados Unidos. Por otra parte, el comic iba a ser inicialmente en blanco y negro, pero después –y esto, en mi opinión, fue un error- decidieron hacerlo en color, encargándose Panosian de ello.
El resultado
fueron dos álbumes publicados, como he dicho, por Lombard, y
titulados
respectivamente “El Secreto de la Felicidad” (2013) y “El Deseo del Deseo”
(2014). Posteriormente, en 2023, Mad Cave Studios recuperó el material para el
mercado anglosajón, recopilando los dos volúmenes en una novela gráfica y
presentándola como una especie de reinterpretación subversiva del género de
espías.
Con una trayectoria de una década como cazador de recompensas de élite y habiendo acumulado una fortuna de aproximadamente sesenta millones de dólares, John Tiffany parece tener su vida y sus riesgos milimétricamente controlados. Sin embargo, los engranajes de su mundo se desmoronan de golpe el día en que la balanza se invierte y pasa de ser el cazador implacable a la codiciada presa. Sobre su cabeza alguien ha puesto una macabra recompensa de 800.000 dólares que va a animar a los mejores cazarrecompensas del mundo a ir tras él.
D
e ello se
entera nada más comenzar la historia, mientras John saborea una comida
tranquila en una modesta taberna de Ciudad de México. En medio de la aparente calma,
un desconocido se le acerca sin aspavientos para comunicarle que pretende cobrar
la recompensa ofrecida por su vida. El sicario le advierte de que lo
acribillará en cuanto cruce el umbral del local y que no descansará hasta ver
el encargo cumplido. Tras esta advertencia, se marcha.
Lejos de
entrar en pánico o salir disparado, John permanece sentado, terminando su plato
con frialdad mientras su mente empieza a procesar la situación en la que se
encuentra. Lo inquietante no es el asesino aficionado que lo espera afuera,
sino la constatación de que ha sido traicionado. Sólo cuatro personas sabían exactamente
dónde se encontraba, y todas pertenecen a su reducido círculo de amigos: el
pastor Lovejoy, un sacerdote heterodoxo que, lejos de condenar su oscuro
camino, le ha servido de guía espiritual para aceptar su turbia existencia de
asesino y libertino; Wan Chao, el experto informático de origen chino que
rastrea las bases de datos para servirle en bandeja los perfiles de los magnates
que ofrecen jugosas r
ecompensas; Dorothy Parker, su compañera de fatigas sobre
el terreno, una agente de élite de gatillo fácil, carácter áspero y marcados
tintes ultraconservadores (su aspecto y estética evoca inconfundiblemente a la
entonces famosa política Sarah Palin, figura destacada del conservadurismo
estadounidense); y, por último, Magdalena Prokoviev, una hermosa prostituta
rusa de refinada cultura e intelecto de la que John se ha enamorado. Tiffany lo
tiene claro: de ese cuarteto íntimo, pronto solo quedarán tres con vida. La
cuenta atrás ha comenzado para descubrir quién ha decidido vender al mejor
postor al sicario más rico del mundo.
Mientras tanto, una misión anterior que realizó en Pakistán y por la que la CIA le pagó abundantemente, ha provocado la ira de mucha gente desagradable que también se ha propuesto liquidarlo animada por un profesor universitario con ideas radicales llamado Mehmet Barath, pariente del terrorista que John entregó a los americanos.
H
ay toda una
serie de influencias cinematográficas claramente reconocibles en “John
Tiffany”, empezando, claro está, por James Bond. Tiffany tiene prácticamente
todos los atributos externos del héroe bondiano: dinero, coches, mujeres, ropa
impecable, viajes internacionales, armas y una profesión extraordinariamente
peligrosa. Pero Desberg y Panosian le dan un giro, arrebatándole la perfección.
Tiffany puede parecer un tipo tan sofisticado como Bond, pero en realidad es
inquieto, solitario y bastante inmaduro. Su elegante traje y su aspecto de
triunfador esconden a un hombre que toma decisiones bastante cuestionables en
su vida privada.
Desberg
reconoció haber tomado elementos del cine de Tarantino, además de los hermanos
Coen y Robert Rodriguez. Panosian, por su parte, citó explícitamente “Pulp
Fiction” y las películas de Guy Ritchie, especialmente “Snatch”. Esto se nota
en que los personajes de John Tiffany pueden estar haciendo cosas terribles sin
que la escena esté necesariamente tratada con solemnidad. Hay asesinos,
prostitutas, terroristas, agentes, traficantes, tipos corruptos... pero pueden
discutir, bromear, comportarse como idiotas o tener conversaciones
absolutamente ordinarias. Hay también esquemas tomados de “El Fugitivo” (el
cazador que pa
sa a ser cazado) y las ficciones de Agatha Christie (averiguar al
traidor de entre una serie de sospechosos de partida).
Dicho esto,
hay que reconocer que “John Tiffany” es un comic entretenido, pero poco más. Tiene
un gancho interesante y, aunque ciertamente la trama es bastante convencional,
un buen guionista como Van Hamme o Greg podría haberla hecho brillar. No es el
caso de Desberg. No es que sea una mala historia; simplemente es demasiado
genérica. Los personajes tienen sus peculiaridades, pero nunca se desarrollan
mucho más allá de lo superficial. El amigo sacerdote de John tiene ideas bastante
extrañas sobre lo que Jesús predicaba (básicamente, haz lo que quieras siempre
y cuando intentes ser buena persona), pero eso no llega a ninguna parte. Su
ayudante es una ultraderechista que no siente remordimiento alguno por haber
torturado a prisioneros en Irak, pero, de nuevo, eso es solo un rasgo llamativo
del personaje y no algo que se explore. La prostituta es, por supuesto, mucho
más inteligente de lo que nadie supone y ejerce su oficio por razones turbias,
aunque al final del comic no
sabemos más de ella que al principio (es posible,
incluso probable, que Desberg estuviera guardando eso para una secuela que
nunca llegó).
John parece un tipo bastante decente, pero, a pesar de afirmar que ama a Magda, se acuesta con casi todas las mujeres con las que se cruza, incluida la niñera de su hijo, lo cual es un poco perturbador. Ni siquiera la trama principal se desarrolla tan bien como debería: el protagonista sospecha de su equipo, pero acepta sus explicaciones con demasiada facilidad; y, una vez que lo hace, el arco de la traición parece desaparecer (al final se resuelve, pero a John deja de importarle pasado un tiempo). La trama pakistaní es la principal, pero también resulta bastante caótica, ya que añade todavía más personajes; John se convierte en un objetivo cada vez más deseado a pesar de que la recompensa por su cabeza se reduce aleatoriamente; y el gran plan del villano no está bien expuesto. Es frustrante, porque la historia tiene buena base, pero el desarrollo deja que desear.
Para
cualquier veterano lector de tebeos de superhéroes de los años 90, el nombre de
Dan Panosian evoca inevitablemente una etapa de dibujo estridente. Su estilo d
e
entonces en Marvel o DC parecía destilar los trazos más histriónicos y la
flagrante falta de rigor anatómico y claridad narrativa que popularizaron
gigantes comerciales del momento como Rob Liefeld, Todd McFarlane o Jim Lee. Por
ello, resulta chocante contemplar la madurez artística y el realismo que Panosian
exhibe en trabajos más modernos. ¿Aquel dibujo grotesco de su juventud
respondía a la inexperiencia o era simplemente el peaje obligado para contentar
las directrices de los editores en plena fiebre noventera?
Su
participación en “John Tiffany” hace de este comic no exactamente un álbum
franco-belga tradicional ni tampoco un cómic americano al uso, sino un híbrido
en el que realiza un trabajo bastante notable. Su estilo clasicista algo sucio
pero con un sombreado cuidado, viene apoyado por referencias fotográficas que
aportan verosimilitud y realismo a todos los decorados. Sus mujeres, por
supuesto, son todas deslumbrantes. A pesar de sus líneas gruesas, Panosian siempre
ha destacado por su fluidez, y sus escenas de acción tienen un buen ritmo,
aunque algunos aspectos de su narrativa s
on un poco confusos (si bien esto
podría ser más bien un problema del guion). La principal pega que le pongo es
el poco acertado uso del color. No sólo resulta demasiado apagado, sino que en muchas
ocasiones difumina la ilusión de perspectiva y emborrona los detalles de
fondo.
Desberg, como he indicado, toma elementos reconocibles de otras obras, pero la mezcla no termina de ofrecer algo nuevo y, además, cuando el lector reconoce las referencias, también puede anticipar bastante bien el tipo de situación que viene a continuación. El guion es eficaz, ágil, con mucha acción y algunos buenos giros, pero bastante del montón. Los personajes carecen de desarrollo, incluido el protagonista, que tiene un potencial que no se aprovecha. En resumen, “John Tiffany” es un comic de acción bastante convencional. Funciona bien como entretenimiento, pero cuesta encontrar en él una personalidad narrativa verdaderamente propia.

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