18 ago 2026

2013- JOHN TIFFANY – Stephen Desberg y Dan Panosian

A comienzos de la década de 2010, el guionista belga Stephen Desberg venía trabajando en series de tono realista, entre ellas, por ejemplo, “I.R.$”, uno de los thrillers de suspense financiero y geopolítico más exitosos de la escuela franco-belga. Según explicó el propio guionista en una entrevista, en ese punto sintió el deseo no tanto de cambiar de género como de registro: le apetecía hacer una historia con mucha acción, pero también humor, diálogos mordaces y personajes con ideas bastante extremas.

 

De hecho, cuando empezó a concebir el personaje de John Tiffany, llegó a escribir los dos primeros álbumes sin tener todavía un dibujante asignado al proyecto. Su intención era jugar con un tono próximo al cine de acción y al thriller, pero evitando la solemnidad habitual del género e introduciendo múltiples referencias cinematográficas. El protagonista sería un cazador de recompensas de alto nivel que acaba convertido en presa. Es rico, conduce coches de lujo, se mueve por ambientes sofisticados y tiene una vida aparentemente envidiable, pero está rodeado de personajes bastante peculiares y moralmente ambiguos.

 

Y entonces apareció el dibujante: el norteamericano Dan Panosian. El encuentro entre ambos fue bastante fortuito. Antoine Maurel, editor de Le Lombard, conoció a Panosian en Nueva York y le habló del proyecto que Desberg había preparado. El americano ya conocía el trabajo de éste porque, entre otros comics firmados por él, era admirador de “El Escorpión”, dibujado por Enrico Marini. Así que Desberg viajó a Los Ángeles para conocerlo y ambos congeniaron. Panosian hizo a continuación una página de prueba… y el guionista se encontró con que la concepción visual de Tiffany no coincidía con la que él tenía en la cabeza.

 

Panosian contó que él y Desberg trabajaron estrechamente, pero que sus respectivas visiones del personaje diferían. Desberg lo imaginaba inicialmente más serio y dramático, mientras que Panosian veía a Tiffany bajo un prisma algo más irónico y caricaturesco. Incluso tuvo que convencer al guionista y a la propia editorial Lombard de que aquella interpretación podía funcionar. Cuando empezaron a llegar las páginas, tanto el editor como Desberg terminaron aceptando su versión. Y eso es importante para entender el aspecto final de la serie, porque Tiffany no es simplemente un héroe de acción dibujado de manera realista, sino que tiene un punto caricaturesco que rebaja la épica del personaje.

 

Panosian no recibió todo el guion de una vez sino que Desberg se lo iba proporcionando escalonadamente, una dinámica de trabajo muy diferente a la que él estaba acostumbrado en Estados Unidos. Por otra parte, el comic iba a ser inicialmente en blanco y negro, pero después –y esto, en mi opinión, fue un error- decidieron hacerlo en color, encargándose Panosian de ello.

 

El resultado fueron dos álbumes publicados, como he dicho, por Lombard, y titulados respectivamente “El Secreto de la Felicidad” (2013) y “El Deseo del Deseo” (2014). Posteriormente, en 2023, Mad Cave Studios recuperó el material para el mercado anglosajón, recopilando los dos volúmenes en una novela gráfica y presentándola como una especie de reinterpretación subversiva del género de espías.

 

Con una trayectoria de una década como cazador de recompensas de élite y habiendo acumulado una fortuna de aproximadamente sesenta millones de dólares, John Tiffany parece tener su vida y sus riesgos milimétricamente controlados. Sin embargo, los engranajes de su mundo se desmoronan de golpe el día en que la balanza se invierte y pasa de ser el cazador implacable a la codiciada presa. Sobre su cabeza alguien ha puesto una macabra recompensa de 800.000 dólares que va a animar a los mejores cazarrecompensas del mundo a ir tras él.

 

De ello se entera nada más comenzar la historia, mientras John saborea una comida tranquila en una modesta taberna de Ciudad de México. En medio de la aparente calma, un desconocido se le acerca sin aspavientos para comunicarle que pretende cobrar la recompensa ofrecida por su vida. El sicario le advierte de que lo acribillará en cuanto cruce el umbral del local y que no descansará hasta ver el encargo cumplido. Tras esta advertencia, se marcha.

 

Lejos de entrar en pánico o salir disparado, John permanece sentado, terminando su plato con frialdad mientras su mente empieza a procesar la situación en la que se encuentra. Lo inquietante no es el asesino aficionado que lo espera afuera, sino la constatación de que ha sido traicionado. Sólo cuatro personas sabían exactamente dónde se encontraba, y todas pertenecen a su reducido círculo de amigos: el pastor Lovejoy, un sacerdote heterodoxo que, lejos de condenar su oscuro camino, le ha servido de guía espiritual para aceptar su turbia existencia de asesino y libertino; Wan Chao, el experto informático de origen chino que rastrea las bases de datos para servirle en bandeja los perfiles de los magnates que ofrecen jugosas recompensas; Dorothy Parker, su compañera de fatigas sobre el terreno, una agente de élite de gatillo fácil, carácter áspero y marcados tintes ultraconservadores (su aspecto y estética evoca inconfundiblemente a la entonces famosa política Sarah Palin, figura destacada del conservadurismo estadounidense); y, por último, Magdalena Prokoviev, una hermosa prostituta rusa de refinada cultura e intelecto de la que John se ha enamorado. Tiffany lo tiene claro: de ese cuarteto íntimo, pronto solo quedarán tres con vida. La cuenta atrás ha comenzado para descubrir quién ha decidido vender al mejor postor al sicario más rico del mundo.

 

Mientras tanto, una misión anterior que realizó en Pakistán y por la que la CIA le pagó abundantemente, ha provocado la ira de mucha gente desagradable que también se ha propuesto liquidarlo animada por un profesor universitario con ideas radicales llamado Mehmet Barath, pariente del terrorista que John entregó a los americanos.

 

Hay toda una serie de influencias cinematográficas claramente reconocibles en “John Tiffany”, empezando, claro está, por James Bond. Tiffany tiene prácticamente todos los atributos externos del héroe bondiano: dinero, coches, mujeres, ropa impecable, viajes internacionales, armas y una profesión extraordinariamente peligrosa. Pero Desberg y Panosian le dan un giro, arrebatándole la perfección. Tiffany puede parecer un tipo tan sofisticado como Bond, pero en realidad es inquieto, solitario y bastante inmaduro. Su elegante traje y su aspecto de triunfador esconden a un hombre que toma decisiones bastante cuestionables en su vida privada.

 

Desberg reconoció haber tomado elementos del cine de Tarantino, además de los hermanos Coen y Robert Rodriguez. Panosian, por su parte, citó explícitamente “Pulp Fiction” y las películas de Guy Ritchie, especialmente “Snatch”. Esto se nota en que los personajes de John Tiffany pueden estar haciendo cosas terribles sin que la escena esté necesariamente tratada con solemnidad. Hay asesinos, prostitutas, terroristas, agentes, traficantes, tipos corruptos... pero pueden discutir, bromear, comportarse como idiotas o tener conversaciones absolutamente ordinarias. Hay también esquemas tomados de “El Fugitivo” (el cazador que pasa a ser cazado) y las ficciones de Agatha Christie (averiguar al traidor de entre una serie de sospechosos de partida).

 

Dicho esto, hay que reconocer que “John Tiffany” es un comic entretenido, pero poco más. Tiene un gancho interesante y, aunque ciertamente la trama es bastante convencional, un buen guionista como Van Hamme o Greg podría haberla hecho brillar. No es el caso de Desberg. No es que sea una mala historia; simplemente es demasiado genérica. Los personajes tienen sus peculiaridades, pero nunca se desarrollan mucho más allá de lo superficial. El amigo sacerdote de John tiene ideas bastante extrañas sobre lo que Jesús predicaba (básicamente, haz lo que quieras siempre y cuando intentes ser buena persona), pero eso no llega a ninguna parte. Su ayudante es una ultraderechista que no siente remordimiento alguno por haber torturado a prisioneros en Irak, pero, de nuevo, eso es solo un rasgo llamativo del personaje y no algo que se explore. La prostituta es, por supuesto, mucho más inteligente de lo que nadie supone y ejerce su oficio por razones turbias, aunque al final del comic no sabemos más de ella que al principio (es posible, incluso probable, que Desberg estuviera guardando eso para una secuela que nunca llegó).

 

John parece un tipo bastante decente, pero, a pesar de afirmar que ama a Magda, se acuesta con casi todas las mujeres con las que se cruza, incluida la niñera de su hijo, lo cual es un poco perturbador. Ni siquiera la trama principal se desarrolla tan bien como debería: el protagonista sospecha de su equipo, pero acepta sus explicaciones con demasiada facilidad; y, una vez que lo hace, el arco de la traición parece desaparecer (al final se resuelve, pero a John deja de importarle pasado un tiempo). La trama pakistaní es la principal, pero también resulta bastante caótica, ya que añade todavía más personajes; John se convierte en un objetivo cada vez más deseado a pesar de que la recompensa por su cabeza se reduce aleatoriamente; y el gran plan del villano no está bien expuesto. Es frustrante, porque la historia tiene buena base, pero el desarrollo deja que desear.

 

Para cualquier veterano lector de tebeos de superhéroes de los años 90, el nombre de Dan Panosian evoca inevitablemente una etapa de dibujo estridente. Su estilo de entonces en Marvel o DC parecía destilar los trazos más histriónicos y la flagrante falta de rigor anatómico y claridad narrativa que popularizaron gigantes comerciales del momento como Rob Liefeld, Todd McFarlane o Jim Lee. Por ello, resulta chocante contemplar la madurez artística y el realismo que Panosian exhibe en trabajos más modernos. ¿Aquel dibujo grotesco de su juventud respondía a la inexperiencia o era simplemente el peaje obligado para contentar las directrices de los editores en plena fiebre noventera?

 

Su participación en “John Tiffany” hace de este comic no exactamente un álbum franco-belga tradicional ni tampoco un cómic americano al uso, sino un híbrido en el que realiza un trabajo bastante notable. Su estilo clasicista algo sucio pero con un sombreado cuidado, viene apoyado por referencias fotográficas que aportan verosimilitud y realismo a todos los decorados. Sus mujeres, por supuesto, son todas deslumbrantes. A pesar de sus líneas gruesas, Panosian siempre ha destacado por su fluidez, y sus escenas de acción tienen un buen ritmo, aunque algunos aspectos de su narrativa son un poco confusos (si bien esto podría ser más bien un problema del guion). La principal pega que le pongo es el poco acertado uso del color. No sólo resulta demasiado apagado, sino que en muchas ocasiones difumina la ilusión de perspectiva y emborrona los detalles de fondo. 

 

Desberg, como he indicado, toma elementos reconocibles de otras obras, pero la mezcla no termina de ofrecer algo nuevo y, además, cuando el lector reconoce las referencias, también puede anticipar bastante bien el tipo de situación que viene a continuación. El guion es eficaz, ágil, con mucha acción y algunos buenos giros, pero bastante del montón. Los personajes carecen de desarrollo, incluido el protagonista, que tiene un potencial que no se aprovecha. En resumen, “John Tiffany” es un comic de acción bastante convencional. Funciona bien como entretenimiento, pero cuesta encontrar en él una personalidad narrativa verdaderamente propia.

 

 


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