El de la holandesa Aimée de Jongh es uno de esos casos de alguien que parece nacer para ser autor de comic y que desde sus primeros pasos parecía destinada a subir hasta lo más alto. A los 14 años, llevada por su pasión por el manga, se integró en el circuito doujinshi de su país (colectivos de dibujantes que autoeditan y venden sus propias obras de estética manga), donde pulió su técnica de dibujo, el diseño de personajes y la narrativa visual mucho antes de entrar en el mundo profesional.
Con apenas
16 años, comenzó a publicar una serie de tiras cómicas e hist
orias cortas en
internet bajo el título de “Aimée TV”, una propuesta fresca e informal que le
sirvió para mejorar y atraer su primera base de lectores. Este webcomic tuvo
tan buena acogida que terminó recopilándose en formato físico en el año 2005.
Pero el proyecto que le dio verdadera fama en los Países Bajos fue ”Snippers”,
publicada en el diario gratuito “Metro” que se distribuía en las estaciones de
tren holandesas. Se trataba de una tira cómica de humor costumbrista y semi-autobiográfico,
protagonizada por dos compañeras de piso (la propia Aimée y su amiga Stef). El
ritmo frenético que suponía escribir y dibujar una tira diaria le aportó una
experiencia valiosísima. Aprendió a escribir guiones rápidos con remates
efectivos en tres o cuatro viñetas y a dibujar directamente sobre el papel sin
apenas abocetar. A partir de 2013, estas tiras se empezaron a recopilar con
gran éxito en álbumes.
Pero De
Jongh no limitó su carrera a las viñetas. Tras cursar estudios universitarios
de animación, compaginó la exigencia de la tira diaria de prensa con el trabajo
como autónoma de animadora comercial, creadora
de cortometrajes e ilustradora
de libros infantiles y revistas. Sin embargo, cuando llegó 2014 y contando 25
años, se sintió un poco encasillada. El formato humorístico y estilizado de “Snippers”
no le permitía explotar su faceta más artística y dramática. Fue esa necesidad
de demostrarse a sí misma y a los lectores que era capaz de abordar una obra
mucho más ambiciosa, lo que le llevó a compaginar sus entregas diarias de las
tiras de prensa con la realización de su primera novela gráfica, “El Regreso
del Halcón Abejero”, un profundo estudio psicológico sobre el trauma, la transferencia
de culpa y la dolorosa necesidad de reinventarse cuando el pasado amenaza con
sepultar el presente.
La trama sigue
a Simon Antonisse, un librero treintañero cuyo problema no es tanto acercarse a
la típica crisis de los cuarenta, sino su incapacidad para afrontar la
realidad. La librería que heredó de su padre y que constituye el medio de vida
para él y su esposa Laura, se ha ido a pique. Están en pleno proceso de
liquidación y Laura le viene insistiendo para que venda el negocio a una de
esas grandes cadenas
que, precisamente, han contribuido al declive de la tienda.
Él, sin embargo, se niega en redondo, más por el sentimiento de traición al
legado de su padre (le prometió en el lecho de muerte que se haría cargo de la
tienda) que porque realmente le guste esa actividad. Ese sentimiento de lealtad
quizá mal entendida y que ahora pone en peligro su estabilidad económica, fue
lo que le llevó a abandonar su auténtico sueño profesional: la ornitología.
El verdadero detonante del drama llega cuando, una noche, volviendo en coche a la ciudad tras cargar más libros de la cabaña en el bosque que utiliza como almacén, Simon es testigo directo del suicidio de una mujer que, exultante, se lanza a las vías del tren en un paso a nivel. Él observa la escena, paralizado e incapaz de reaccionar -por razones que luego se entienden-, lo que le genera un sentimiento de culpabilidad. Este evento traumático fractura su ya frágil estabilidad emocional, abriendo la puerta a un torrente de recuerdos reprimidos de su infancia.
A partir de
ahí, la narrativa se desdobla en dos planos: el presente, con sus problemas
económicos y la aparición de una adolescente, Regina, que le salva a él de
morir atropellado y con la que conecta de forma muy especial; y el pasado,
recordando la trágica historia de acoso escolar y muerte de su mejor amigo en
la escuela, Ralf.
Como
protagonista, Simon es un personaje cautivador. Si bien no resulta
particularmente simpático (tampoco antipático), es un ser humano fascinante con
el que resulta fácil identificarse. Como muchos de nosotros, esconde episodios
de su pasado que prefiere olvidar; y, como muchos de nosotros también, arrastra
profundas imperfecciones. La principal de ellas quizá sea su inacción. No sólo
es incapaz de tomar una decisión respecto a la librería, sino que se culpa por
no haber salvado a la mujer del tren, un reflejo directo de la culpa que
arrastra desde niño por no defender a Ralf del brutal bullying que sufría. Esto
plantea la incómoda pregunta de hasta qué punto somos responsables de las
tragedias que suceden a nuestro alrededor. Simon nunca pudo superar aquello y
desde entonces tiene larvado en su interior una especie de duelo perpetuo qu
e
ahora se agrava con el cierre de la librería, lo cual percibe no solo como un fracaso
económico sino como la desconexión definitiva con su padre y sus propias
ilusiones de juventud.
A medida que
avanza la trama, De Jongh introduce sutiles elementos de realismo mágico,
difuminando el pasado y el presente. Es en este punto donde aparece Regina, que
tras salvarle la vida a Simon le pide ayuda para realizar un
trabajo del
instituto sobre literatura de aquél género. Es ella quien le da a Simon (y al
lector) las herramientas conceptuales necesarias para entender lo que le está
pasando. Aunque hay momentos en los que parece que ambos van a cruzar una línea
peligrosa, la autora mantiene su relación en el terreno de la amistad casi
fraternal. Regina despierta en Simon un instinto de protección que él creía
haber perdido o que sentía que no merecía ejercer.
Sí, cierto,
Regina es un personaje plano, vacío incluso, salido de la nada en el momento
más conveniente y aduciendo los motivos más adecuados para el estado anímico de
Simon. Pero ello tiene sentido, aunque tampoco quiero explicarlo aquí para no
hacer un spoiler crucial. En cualquier caso, al interactuar con ella, Simon
recuerda lo que era ser joven, tener planes y mirar hacia el futuro. Regina
representa la pureza y la vulnerabilidad que una vez tuvo su amigo Ralf. Al
ayudarla en sus búsquedas de libros y pasar tiempo con ella, el protagonista encuentra
una segunda oportunidad para ser el apoyo de alguien y encontrar la redenci
ón de
su inacción del pasado, cuando no pudo salvar a Ralf del bullying ni a la mujer
de las vías del tren. Así que es en un momento de crisis vital, mientras desmantela
la librería de su padre y regresan los fantasmas del pasado, cuando Regina le
ofrece un ancla en la realidad. Ella no lo juzga; simplemente está ahí,
mostrando un interés genuino por su bienestar y por los libros en un momento en
que el resto del mundo parece haberle dado la espalda a su negocio y a su salud
mental.
Estoy seguro
de que una de las cosas que más llaman la atención del comic es la originalidad
de su título. ¿Qué significa? ¿Qué pinta aquí un halcón? Ya he apuntado que la
ornitología había sido la gran pasión de la infancia de Simon y el vínculo más
puro que conserva con su pasado. Sin embargo, al crecer, abandonó esa vocación
para hacerse cargo de la librería familiar, lo que supuso el primer abandono de
su identidad esencial. A lo largo de la trama y como síntoma de su necesidad de
recuperar el control, Simon vuelve a mirar al cielo para observar las aves y se
reencuentra con una vieja guía ornitológica que utilizó de niño. Frente al caos
incomprensible que representa el suicidio de la mujer y el sinsentido de la
muerte de Ralf, la ornitología le ofrece a Simon un refugio de orden, lógica y
belleza predecibles. En el mundo de las aves, todo tiene un sentido, un ciclo y
una explicación biológica. Las aves no actúan por malicia ni por culpa sino
exclusivamente por instinto de supervivencia. Y es precisamente ahí donde Simon
encuentra su mayor lección.
Y es por eso
que el título, “El Regreso del Halcón Abejero” encierra el mensaje de toda la
historia. El halcón abejero es un ave rapaz migratoria con una particularidad
biológica que Aimée de Jongh convierte en metáfora. Cuando llega el invierno,
la pareja de halcones de esa especie emprende la migración hacia África, pero
no viajan juntos; vuelan por rutas completamente separadas. Se trata de una
estrategia evolutiva de supervivencia: si uno de los dos muere en el camino
debido a una tormenta, un cazador o un depredador, el otro sobrevivirá para
mantener viva la especie. Al llegar la primavera, los halcones regresan a
Europa. Si ambos han sobrevivido al durísimo viaje, se reencuentran en el mismo
nido. Pero si uno de ellos no aparece, el superviviente no se queda atrapado
en
el duelo ni se deja morir: busca una nueva pareja, reconstruye el nido y
continúa con el ciclo de la vida
Simon es,
por tanto, un halcón abejero que se ha negado a aceptar que su "pareja de
viaje" (su amigo Ralf y, más tarde, su padre) no va a regresar. Al quedarse
paralizado en el nido vacío del pasado, desafía las leyes de la propia
naturaleza, lo que lo está destruyendo por dentro. Así que el "regreso"
del halcón abejero del título t
iene un doble significado: por una parte, hace
referencia al retorno a los cielos de esa ave, señalando el fin del crudo
invierno/duelo y la llegada de la primavera/sanación; por otra, comprender el
comportamiento del halcón le permite entender que seguir adelante, asumir las
pérdidas y tener el coraje de empezar desde cero con una nueva ruta vital
(representada en parte por su nuevo camino tras cerrar la librería) no es una
traición a los que se han ido, sino la única forma madura y natural de
sobrevivir.
La figura
del halcón no es el único elemento del mundo natural que desempeña una función
metafórica y narrativa en esta novela gráfica. Aimée de Jongh utiliza el mundo
natural como un espejo de la psique humana. Desde las primeras páginas, la
naturaleza se presenta en contraste con el entorno urbano e industrial (las
vías del tren, la crisis de la librería). Cuando Simon presencia el suicidio de
la mujer en las vías del tren, en pleno paraje rural, esa ilusión de naturaleza
idílica se fractura de golpe, recordándole que el peligro y la muerte acechan
en cualquier parte. Más tarde, a través de los flashba
cks, descubrimos que el
bosque era el lugar donde Simon y su amigo Ralf se escondían para escapar del bullying
escolar. La naturaleza era su santuario, el único lugar donde podían ser niños
sin miedo. Además, la autora utiliza el clima de forma expresiva: el barro, la
lluvia y los cielos plomizos reflejan el estancamiento emocional de Simon.
A pesar de su vívida emotividad, no puedo evitar la sensación de que el esqueleto sobre el que se apoya la obra me resulta muy familiar: el niño acosado que pierde la cordura, la joven estudiante que capta la atención de un hombre maduro, la reticencia de un hijo a hacerse cargo del negocio familiar… Puede parecer que se está releyendo una historia ya muy sobada, pero gracias al talento de De Jongh, es difícil sentirse engañado. La fórmula en la que combina todos esos elementos, la manera de desarrollarlos y la conclusión a la que llega son diferentes. Además, es una historia completa, autoconclusiva y sin cabos sueltos, lo suficientemente corta como para leerse en una hora, pero tan compleja como para para merecer la extensión que tiene.
Gráficamente,
el estilo bebe del manga, lo cual no es casual puesto que, como he apuntado al
principio, la propia autora ha reconocido en numerosas entrevistas que creció
leyendo comic japonés y viendo anime (especialmente las películas de Studio
Ghibli), lo cual moldeó su forma de entender la narrativa gráfica. Por ejemplo,
los personajes están dibujados con líneas sencillas, limpias y estilizadas,
mientras que los fondos tienen un considerable grado de detalle y realismo. El
contraste en general es muy importante en esta obra. Las escenas retrospectivas
del joven Simon y su amigo Ralf muestran a los dos chicos como el Yin y el
Yang, uno con cabello oscuro y ropa clara, el otro su opuesto.
También
propio del manga es el peso dramático que de Jongh le otorga a los ojos,
especialmente los de Simon, jugando con su brillo, amplitud o fijeza para
expresar momentos de crisis, pánico o disociación. El tratamiento del cabello
de los personajes, las texturas de la ropa y las sombras proyectadas en los
rostros beben directamente de la estética de autores de manga dramático. La
elección de un bitono en bl
anco, negro y una paleta de grises texturizados
también recuerda a las tramas mecánicas de ese tipo de comic.
Narrativamente,
“El Regreso del Halcón Abejero” también incorpora préstamos del manga. En lugar
de, como el comic europeo, tratar de concentrar una acción en una sola viñeta,
De Jongh ralentiza el tiempo, descomponiéndola en varias imágenes y haciendo un
uso extensivo del silencio. Pero, al final, esto no es un “euromanga” ni un
pastiche, sino una fusión de estilos gráficos y narrativos que toma la
sensibilidad
temática, el costumbrismo y sobriedad de la novela gráfica
europea, y la dota de la fuerza dinámica, la carga emocional y los recursos
técnicos del cómic japonés.
El ritmo es tan dinámico que existe la tentación de dejarse llevar por las prisas y leer el volumen del tirón, pero es fundamental tomárselo con calma. Esa tentación es un hábito muy occidental porque en nuestras narrativas tradicionales la historia suele avanzar solo a base de diálogos o acción física. Si las viñetas no contienen ninguna de las dos cosas, las pasamos por alto rápidamente para llegar a la siguiente secuencia. Sin embargo, la influencia del manga en la autora se hace también evidente aquí a través del uso del “Ma”: el concepto japonés del "vacío" o espacio entre las cosas.
En los
comics, el tiempo lo maneja el lector, pero el autor utiliza herramientas
visuales para obligarle a acelerar o a frenar el ritmo de lectura. De Jongh
intercala viñetas con imágenes del mundo natural (u
na rama moviéndose por el
viento, un insecto sobre una hoja, un pájaro alzando el vuelo…) como pausas poéticas
que obligan al lector a detener la mirada, respirar y asimilar el peso
emocional de lo que acaba de ocurrir. La historia de Simon es oscura y
asfixiante y si la autora encadenara las escenas traumáticas o de angustia
psicológica una detrás de otra, la lectura resultaría demasiado cargante desde
el punto de vista emocional. En cambio, al colocar una viñeta silenciosa de la
naturaleza justo después de un momento de pánico o de una alucinación de Simon,
De Jongh imita el propio proceso de la mente humana, el momento en que, tras
una crisis, el entorno se queda en un silencio sepulcral y solo se escucha el
sonido del viento. Es elocuencia a través del silencio.
Pero esas
viñetas también cumplen otro propósito: recordarnos que la Naturaleza funciona ajena
al dolor humano y de acuerdo a sus propias leyes de supervivencia. No se
detiene para juzgar a Simon; simplemente late a su alrededor. Para el lector,
ralentizar la lectura en esas viñetas ayuda a sintonizar con esa misma
frecuencia, entender que, a pesar de la tragedia, el mundo exterior sigue
adelante y que ahí fuera está la clave para que el protagonista recupere su equilibrio
emocional.
No es nada
fácil debutar en la gran industria profesional del comic europeo con una obra
que trate temas tan delicados como el suicidio, el acoso escolar, la culpa, el
arrepentimiento o el trauma sin caer en el melodrama gratuito, pero De Jongh
sale airosa del desafío y, además con nota, tal y como atestigua la recepción
del Prix Saint-Michel al Mejor Comic en Lengua Neerlandesa (ganar ese galardón
con una ópera prima en un mercado tan competitivo como el francobelga fue todo
un logro). E
n 2017, la cadena de televisión pública holandesa AVROTROS produjo
una adaptación cinematográfica que funcionó muy bien en el circuito de
festivales, ganando incluso un par de premios.
El éxito de esta obra tanto entre la crítica como entre los lectores le facilitó a Aimée de Jongh entrar en los círculos de élite del comic europeo, colaborando con Zidrou en la magnífica “La Obsolescencia Programada de Nuestros Sentimientos” (2018), con la que ganó el prestigioso International Manga Award en Japón. Posteriormente, consolidaría su estatus de estrella mundial del cómic con obras maestras como “Días de Arena” (2021, nominada a tres premios Eisner) o su adaptación de “El Señor de las Moscas” (2024, también Premio Eisner y nominada a los Harvey y Angouleme).
“El Regreso del Halcón Abejero” no es sólo el retrato de una depresión, sino una exploración psicológica de los mecanismos de defensa de la psique humana. Una obra compacta, devastadora en sus momentos más crudos pero también esperanzadora en su mensaje y resolución.

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